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jueves, 19 de marzo de 2026

David Erritzøe: "No hay rastro de adicción tras el uso de psicodélicos. Es más, ayudan a dejar de ser un adicto"

Uno ve llegar a David Erritzøe y podría pensar que es pintor, quizá profesor, puede que músico. Pero este danés es uno de los científicos más reputados del mundo en el estudio terapéutico de los psicodélicos, drogas que en los últimos años empiezan a aceptarse como medicinas en unos cuantos países del mundo. Las permiten algunos estados de EEUU, Canadá, Alemania, República Checa, Suiza, Australia, Nueva Zelanda, Portugal, Jamaica, Brasil, Perú y Países Bajos. En este momento, hay siete ensayos clínicos en fase 3, la previa a la comercialización, de medicinas en las que el compuesto principal forma parte de la familia psicodélica. En ella, es la psilocibina -una sustancia natural presente en algunos hongos y parecida a la ayahuasca en los efectos-, una de las más empleadas, pero en el tablero participan también otras con mayor estigma, como el LSD, la ketamina o el MDMA. Erritzøe es psiquiatra y neurocientífico e investiga sobre ello en el Centro de Investigación Psicodélica del Imperial College de Londres. Recientemente fue invitado por la Fundación Inawe a dar una conferencia en el Colegio Oficial de Médicos en Madrid, dentro de su primer congreso sobre el uso terapéutico de psicodélicos. En un patio cercano al aula Ramón y Cajal, responde a esta entrevista mientras a su alrededor decenas de estudiantes de Psicología le observan con máximo interés porque saben que la próxima gran revolución de la psicoterapia depende de sus hallazgos. Él afirma que «los psicodélicos se han probado y demostrado eficaces en el tratamiento de depresiones profundas o trastornos como el estrés postraumático (PTSD)», pero resulta que donde mejor funcionan es ayudando a adictos a dejar de serlo. ¿Podría explicar con sencillez cómo una droga permite a un adicto a otras drogas dejar de serlo? Sé que pertenezco a este campo de trabajo pero no deja de sorprenderme que todo lo que rodea a este asunto sea siempre tan controvertido o difícil de interpretar. Dicho esto, ¿qué es una droga? El alcohol es droga. Los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) son drogas. Y las ilícitas son drogas también. ¿Qué hacen al cuerpo? ¿Y qué concepto de droga es el que se ha colocado en el lado de la ilegalidad? Esto es un constructo completamente diferente, y es además arbitrario en lo relativo a los riesgos y los beneficios que otorgan. Los psicodélicos deberían haber sido clasificados en una categoría de regulación legal dado su perfil riesgo-beneficio. Pero no es lo que ha pasado. Y luego tienes drogas legales y menos estigmatizadas precisamente por ser legales o por formar parte de una cultura. Pero se ha prescrito que el grado de riesgo es más alto en los psicodélicos. ¿Cómo actúan estos? Los psicodélicos son drogas desafiantes y difíciles, y también interesantes en lo que se refiere al aspecto psicológico, y más seguros que otras en lo que respecta a los riesgos, porque son mucho más que casi cualquier otra droga que podamos pensar. La heroína es una experiencia en el fondo fácil, aunque podrías morir por una sobredosis; dejar directamente de respirar. La heroína puede destruir la vida de una persona pero, psicológicamente, es una experiencia sencilla. Lo mismo sucede con los estimulantes, drogas que aumentan e inflan el ego, drogas charlatanas que acarrean sin embargo dependencia y toneladas de problemas, cardiovasculares, etcétera. Los psicodélicos son un poco lo contrario, o funcionan al revés. ¿Por qué son ilegales, entonces? Sucedió durante un proceso de tomas de decisiones políticas y legales arbitrarias que no tenían nada que ver con la salud ni con los posibles beneficios médicos de la ciencia psicodélica. Se ha simplificado en exceso. Sólo porque alguien los haya puesto a todas en la gran olla de la ilegalidad no significa que deban ser comparadas entre ellas, porque no son iguales. Los beneficios están demostrados en el caso de compuestos como la psilocibina: hay beneficios potenciales para la salud, el desarrollo de tratamientos, el autodesarrollo, la exploración intelectual de las personas, sus propias mentes y vidas, y la comprensión de sí mismos y del mundo. Entonces, ¿no causan dependencia? Son herramientas muy útiles y poderosas. No debemos temerlas porque no causan adicción. Al menos los psicodélicos clásicos. Un poco diferente es la ketamina, un psicodélico atípico o no clásico, como algunos lo llamarían, o el MDMA y derivados, compuestos psicodélicos novedosos que están relacionados con los clásicos pero tienen características diferentes. Algunos de ellos tienen mayor riesgo que los clásicos. Así que todo depende de la molécula exacta de la que estemos hablando. Una de las sustancias más usadas ahora es la psilocibina, ¿puede hablarnos más de ella, por favor? Los psicodélicos serotonérgicos clásicos, como es la psilocibina o el LSD, son fisiológicamente muy seguros. Tienen un riesgo extremadamente bajo de formar un comportamiento dependiente. Pero son psicológicamente muy desafiantes. Por eso necesitas un colchón terapéutico y psicológico seguro a tu alrededor cuando los tomas. Mientras que las otras drogas funcionan al revés: puedes tomar un estimulante sin necesitar que ningún terapeuta lo examine. Vas a tener un gran momento, pero podrías terminar cayendo en un uso dependiente y con un fuerte impacto fisiológico en tu cerebro. Por eso me parece una locura que, sin explicar el medicamento, éste se declare ilegal. Conozco la pregunta que se harán muchas personas: '¿por qué darle a un adicto a una sustancia ilícita, otra sustancia ilícita?' Pero esto es así porque en un momento dado alguien lo consideró ilícito. No hay correlación entre riesgos y beneficios y el lugar que ocupa esta sustancia en términos de ilegalidad. El psiquiatra David Erritzøe en un recoveco del Colegio de Médicos en Madrid. El psiquiatra David Erritzøe en un recoveco del Colegio de Médicos en Madrid. La historia nos dice que la gran época de la investigación con psicodélicos fue la década de los 60, que el presidente de Estados Unidos Richard Nixon destruye en los 70, durante su guerra contra las drogas. ¿Se ha perdido mucho tiempo? Demasiado. Demasiado tiempo perdido en el desarrollo medicinal de ciertas drogas. Se siguió investigando un poco en animales y también algo en Suiza por parte de colegas estadounidenses, y algo también en EEUU, pero muy poco. Hasta que la investigación volvió suavemente y algunas personas, de repente, fueron autorizadas a hacer algunos estudios, y eso terminó por abrir lentamente esta nueva era o renacimiento de la ciencia psicodélica de la que ahora todos somos parte. La inactividad la genera Richard Nixon, como mencionaba, dando un final brutal a la investigación con psicodélicos. Se ha perdido un tiempo precioso. Aunque algunos dirán: «Bueno, ahora estamos mucho más preparados». ¿Lo estamos? Sí, desde luego. Pero la gente no era idiota en ese entonces. Hubo grandes profesionales, científicos y pacientes con las mismas historias que ahora. Es una pena tanto tiempo perdido, pero no podemos cambiar el pasado. Hay que buscar resquicios de esperanza, y la podemos encontrar por ejemplo en la evolución de la terapia de conversación. Hace 100 años era muy psicodinámica, psicoanalítica, Freud, etcétera. Luego vino un enfoque muy cognitivo, se desarrolló la terapia cognitivo-conductual y, ahora, tenemos esta tercera ola en la que se mezclan muchas cosas: mindfulness, ejercicio somático... Hay muchas terapias conversacionales en maduración que encajan bastante bien con la terapia psicodélica. Tal vez la psicoterapia ha madurado de forma espontánea, y esto brinda oportunidades a los psicodélicos. Un campo a explotar en el que ya hay muy buenas escuelas, formaciones, terapeutas clínicos con experiencia y nuevos enfoques. Todo esto puede combinarse de manera significativa y segura con los psicodélicos. Usted viene también de la neurociencia y es un especialista en imagen cerebral. ¿Cómo ha evolucionado su investigación? No tenemos aún el método perfecto, no entendemos completamente el cerebro, apenas estamos arañando su superficie, pero la arañamos mejor que en los 70 así que creo que podemos entender mejor lo que sucede. En todo lo que hemos publicado hasta el momento sobre imagen cerebral tras el uso de psicodélicos no hemos encontrado ningún signo de adicción. Las personas con adicciones vienen a tratarse a nuestro centro y estamos configurando dos nuevos ensayos, uno para la adicción al juego y otro para la adicción a los opiáceos, donde intentaremos tratar a estas personas con terapias de psilocibina. Hay incluso mucho trabajo publicado sobre la terapia con ketamina para la adicción al alcohol. Sé que es una paradoja tratar la adicción al alcohol con ketamina, pero lo cierto es que funciona muy bien. Explique cómo lo consigue, por favor La característica principal del psicodélico es la oportunidad para generar cambios, para romper ciclos y patrones de conducta y mejorar el bienestar, la resiliencia, la creación de significado... Y todo eso es muy importante para una persona que está atrapada en la adicción y realmente sufriendo. Se necesita algo transformador, y la psilocibina es un instrumento perfecto para generar esa experiencia transformadora, las personas no se vuelven adictas a ella porque no pasa por los sistemas del cerebro que hacen que las personas se vuelvan adictas. ¿Qué debería suceder entre los profesionales de la salud mental para aceptar estos tratamientos? Uno de los psiquiatras que trabajan conmigo en el Imperial College hace retiros en lugares donde es legal el uso de la psilocibina y tiene un perfil muy concreto e innovador: está muy informado terapéuticamente y es muy abierto y reflexivo en cuanto a la relación con los pacientes. Esto debería estar sucediendo, sucede, pero lo necesitamos a mayor escala: profesionales que sean capaces de colaborar con otros, como psicólogos y terapeutas. ¿Qué función tendría cada profesional? El psiquiatra puede trabajar con la ketamina o la psilocibina y el terapeuta ayudar a experimentarla y catalizarla. Juntos hacen que el espacio donde sucede la ingesta sea seguro para los pacientes. Pero la psiquiatría convencional no ha llegado aún a este nivel. No se entiende del todo bien qué es un estado alterno de la conciencia, que es lo que consiguen los psicodélicos. Y habría que tener la humildad de reconocer que un psiquiatra solo no puede solucionar las cosas. Ojalá hubiera más centros donde terapeutas y psiquiatras trabajaran juntos. ¿Qué propone? Me atrevo sólo a sugerir: tenemos los medicamentos, tenemos los profesionales, ¿por qué no generamos los espacios seguros en los que poder trabajar en pro de los pacientes? Hay evidencia para el tratamiento de adicciones con ketamina incluso para el TOC y, particularmente para la depresión o el PTSD.

domingo, 8 de marzo de 2026

La búsqueda de Dios en la neurociencia: "Rezar o meditar activa regiones del cerebro ligadas a la emoción" La neuroteología es una disciplina emergente que trata de ahondar en la histórica batalla entre la ciencia y la religión, que se analiza ahora en el reciente ensayo 'Las neuronas de Dios'

Rebeca Yanke Rebeca YankeTexto ¿Qué tienen en común Dostoievski, su personaje el príncipe Mishkin de El idiota, Napoleón Bonaparte, Sócrates, Juana de Arco, Gustave Flaubert, Mahoma y San Pablo? «No busquen razones creativas o de genialidad», advierte en Las neuronas de Dios (editorial Siglo XXI) el científico Diego Golombek. «Todos ellos sufrían de lo que los griegos llamaban la enfermedad sagrada, la epilepsia», prosigue. Hasta que llegó Hipócrates, padre de la Medicina, y se entendió que «en nada es más sagrada o más divina que otras, sino que tiene su naturaleza propia, como todas las enfermedades». A juicio de Golombek, Hipócrates «incluso vaticina que la fuente de la epilepsia radica en el mal funcionamiento del cerebro». «Lo curioso es que, aunque fuera verdad que los dioses no pueden crear la enfermedad sagrada, sí parece cierto que la epilepsia puede, en algunos casos, invocar a Dios», sentencia el escritor argentino en una entrevista durante su breve paso por España para participar en el reciente Foro de la Cultura celebrado en Valladolid. Su ensayo, publicado en febrero, lleva como subtítulo Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, entrando así de lleno en los entresijos de una rama emergente de la neurología que, en los últimos años, tiene un desarrollo efervescente: la neuroteología o neuroespiritualidad, la búsqueda de datos y certezas, al calor de la tecnología hoy capaz de leer el cerebro -ya entraremos en matices-, sobre qué sucede en él cuando hay una actividad relacionada con la oración, la meditación -sí, el mindfulness también- e incluso el trance o experiencia mística, que también puede alcanzarse con sustancias naturales como la ayahuasca y la psilocibina. O porque tenga uno epilepsia del lóbulo temporal, como Juana de Arco (según estudios retrospectivos) o crisis de epilepsia extática (como Santa Teresa de Jesús). Las voces y las visiones de la primera, una campesina francesa del siglo XV que lideró al ejército francés a victorias como la de la Guerra de los Cien años, se han relacionado con crisis parciales -síntomas de epilepsia parcial idiopática con toma auditiva (IPEAF)-. Y los éxtasis de la segunda se deberían a su condición neurológica. Así describe la vivencia Dostoievski en su novela El idiota: «Durante unos momentos antes del ataque, experimento una sensación de felicidad imposible de imaginar en un estado normal y del que otra gente no tiene idea. Me siento en total armonía conmigo y con el mundo entero, y esta sensación es tan fuerte y tan deliciosa que por unos segundos de tal bendición daría unos gustosos 10 años de mi vida si no la vida entera». Y en Las neuronas de Dios, Golombek hace un exhaustivo recorrido de las investigaciones que, en las últimas décadas, han detallado cómo actúan las neuronas de las monjas rezadoras, los budistas que meditan y los iluminados por el peyote o los hongos alucinógenos. «La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas: por un lado, ciertos cambios en la actividad eléctrica de ciertas áreas pueden dar por resultado visiones místicas y, por otro lado, algunas actividades espirituales (rezos, mantras, danzas rituales) son capaces de dejar una estampa característica en nuestras mentes», defiende. Pero en el campo de la neurociencia, es decir, entre los neurólogos -acostumbrados a aguantar que la etiqueta neuro sostenga variados asuntos- hay reticencias a la hora de ofrecer afirmaciones tan enormes como que rezar puede hacernos mejores, en tanto que la investigación demuestra que hacerlo reduce los niveles de ansiedad y depresión, el estrés y hasta la ira justiciera por la que también era célebre Juana de Arco. Pensar que rezar nos hace mejores puede resultar seductor, pero en términos neurológicos es una afirmación mastodóntica. Ya en 2014 el estudio Neuroteología: la relación entre el cerebro y la religión advertía del peligro del uso desmedido de la etiqueta neuro. «Uno de los problemas iniciales es la explotación del término neuroteología, con demasiada frecuencia utilizado de manera incorrecta o inapropiada». Sin embargo, una de las investigaciones más recientes, Neuroteología, aplicaciones prácticas a la psiquiatría integrativa, de 2025, firmado por uno de los científicos norteamericanos qué más la han trabajado, el director de investigación del Instituto Marcus de Salud Integral del Hospital Universitario Thomas Jefferson (Philadelphia), Andrew B. Newberg, se lee: «Numerosos estudios de investigación realizados en los últimos 30 años han documentado los efectos positivos de las actitudes religiosas y espirituales en la salud mental. La religiosidad se correlaciona con menores niveles de depresión, ansiedad y abuso de sustancias. Las personas que practican la religión regularmente reportan mayores niveles de satisfacción y felicidad vital en comparación con quienes no la practican. Estos efectos tienden a ser protectores a lo largo de la vida, incluyendo la infancia y la adolescencia». Pone algo de luz en el asunto Javier Bernácer, director científico del Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET), creado por la Fundación Tatiana y que promueve el diálogo entre la neurociencia de vanguardia, la psicología y las cuestiones éticas derivadas de la misma. Miembro también del grupo Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra, Bernácer cree que «no se puede asegurar que una activación en el cerebro se deba a que la persona rece o medite». «La afirmación de que la innovación tecnológica permite observar qué sucede en un cerebro mientras una persona reza, sin ser errónea, no es correcta del todo. Las técnicas de neuroimagen permiten, efectivamente, aunque con muchos matices, ver qué sucede en un cerebro mientras una persona reza o medita. Sin embargo, no podemos asegurar que la activación que vemos ahí sea precisamente porque esa persona reza o medita». Y se explica: «Piensa que ahora mismo le hago una foto al cerebro de Donald Trump. Cualquier cosa que encuentre diré que tal o cual parte es más grande o pequeña de lo normal porque Trump es un dictador peligroso. ¿En base a qué puedo decir eso? Esos hallazgos pueden ser totalmente espúreos, y que esas regiones cerebrales sean más grandes o pequeñas por genética, porque a Trump le gusta leer, porque se da paseos por Mar-a-lago, porque habla muy fuerte, por sus patrones de sueño, o por miles de otras variables que no controlo o directamente no conozco». De modo que Bernácer cree que se precisaría una investigación rigurosa (probablemente inabarcable) «para poder decir que el cerebro de los que rezan es distinto de los que no, y precisamente por el hecho de rezar». Lo medita: «Tendría que reclutar a una muestra grande de participantes, dividirlos al azar en dos grupos equilibrados en cuanto a sexo, edad, ingresos, y muchas otras variables que pueden emborronar mis resultados. Ninguno de ellos tendría que ser gente que rezara. Les hago un escáner cerebral anatómico y funcional. Después, a uno de los grupos les pongo a rezar, pero claro, de una manera muy rigurosa y sistemática. Me aseguro de que lo hacen. Con respecto al otro grupo, me tengo que preocupar de que no recen pero, de todas formas, les tengo que poner a hacer algo que sea en todo parecido a rezar, pero no sea rezar. Por ejemplo, a meditar. ¿Por qué tengo que hacer esto? Porque si no, ¿quién me dice que las posibles diferencias que encuentre han sido por rezar y no porque he estado pendiente de ellos, o porque han pasado 20 minutos al día dedicados a ellos mismos, o por cualquier otra cosa?». Además, «el proyecto tiene que ser doble ciego: el participante no debe saber si está incluido en el grupo de oración o en el de meditación. Y en este caso sería imposible. Por ello, siempre tendría que considerar que quizá mis resultados dependen de que el participante sabe que está incluido en el grupo de interés, en el de la oración, y eso sesgue su actividad cerebral». Atendida la ciencia, preguntemos a la creencia. Por ejemplo al médico, neurocientífico y sacerdote José Manuel Giménez Amaya. En Dios en el cerebro. La experiencia religiosa desde la neurociencia, conferencia ofrecida en el XXXI Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra en 2010, afirmó: «Desde el punto de vista neurobiológico, vemos que la experiencia religiosa es capaz de poner en concierto redes neuronales muy complejas y que involucran de forma sintética regiones cerebrales perceptivas, cognitivas y emocionales. Y es lógico pensar que iba a suceder algo así: la riqueza de la experiencia religiosa precisa de esas redes para producirse; pero cabría ahora preguntarse si son esas redes la causa directa de este proceso espiritual. Y para contestar esta pregunta necesitamos hacer una crítica metodológica al procedimiento empleado para obtener los resultados que hemos mencionado». El bucle no parece terminar nunca y las preguntas se antojan infinitas entre ciencia y creencia, religión y cerebro, fe y.. ¿bondad de espíritu? «Mucha agua (y mucha dinamita) ha corrido debajo de los puentes entre la ciencia y la religión. Tal vez un buen resumen sea la opinión del físico Stephen Weinberg: 'La ciencia no ha hecho imposible creer en Dios; en todo caso, ha hecho posible no creer en Dios'», escribe Golombek en su ensayo que, al cabo, ofrece explicaciones científicas de algunos fenómenos religiosos «que pueden y deben ser considerados naturales». Contemos un poco más al detalle uno de ellos para intentar tener una panorámica de este complicado asunto. En 2006, el doctor Mario Beauregard, del Departamento de Psicología de la Universidad de Montreal, en Canadá, investigó con monjas carmelitas de clausura. Ninguna presentaba un trastorno psiquiátrico o neurológico que pudiese dificultar el experimento así que se les pidió que recordaran alguna experiencia interior caracterizada por el sentido de unión con Dios. Se recogió la actividad cerebral utilizando técnicas de resonancia magnética cerebral y electroencefalografía, y las pruebas mostraron que varias regiones encefálicas se activaban durante este tipo de experiencias vitales. Pero también, citando la conferencia de Giménez Amaya, que «no existía ningún lugar exclusivo de activación que indicase la existencia de una zona o módulo cerebral que rigiera la experiencia religiosa».

porque los TONTOS GOBIERNAN EL MUNDO - Harari

miércoles, 4 de marzo de 2026

VIVA LA VIDA . FRIDA KAHLO

viva la vida frida kahlo
¿Pueden unas sandias tener más simbolismo que en este caso? El color rojo vibrante celebra la vida en toda su potencia y vigor: la pasión, la simbología del fruto en si (simbol femenino y masculino a la vez) nos indica el lado lleno de sentimientos y emociones de la vida humana: el lado erótico, sentimental y a la vez todas aquellas emociones Una vida entera se oculta detrás de lo que pueden parecer simples sandias. Una fruta, también, que es símbolo de alegría y de la temporada veraniega. Lo que más me llama la atención es que fue el último cuadro que pintó Frida y que ella misma escribió, en una de las sandias, "VIVA LA VIDA". Poco después murió, ocho días para ser precisos, y los meses anteriores a su muerte fueron unos de los más difíciles de su vida ya que le amputaron una pierna y cayó en una depresión muy grave que la llevó a intentar suicidarse varias veces.

lunes, 2 de marzo de 2026

Qué es el quiet quitting

Expertos explican por qué se está convirtiendo en tendencia esta actitud laboral la ‘renuncia silenciosa’, una práctica que no es realmente nueva. Por Adriana Silvente Después del ‘síndrome del trabajador quemado’ o de la ‘gran dimisión’, llega el quiet quitting, una nomenclatura surgida en redes sociales y que intenta hacer frente a un trabajo que está costando más de la cuenta. Pero ¿qué es el quiet quitting? y ¿por qué este término está suscitando debate? Qué es el quiet quitting El quiet quit es una actitud o filosofía de trabajo que, de momento, está en los márgenes de la lengua. Aunque la expresión todavía no está reconocida por los diccionarios oficiales, el Urban Dictionary -una web que recopila las definiciones de las nuevas palabras en jerga inglesa- ya recoge diferentes significados para ella: Cuando continúas en tu trabajo de manera presencial pero mentalmente te alejas y haces lo mínimo imprescindible para seguir adelante Término creado por las compañías para hacer referencia a los empleados que desempeñan las tareas que definen su contrato laboral. Típicamente usado para avergonzarlos El significado del quiet quitting -o renuncia silenciosa, en castellano- “depende de la perspectiva del individuo”, cuenta en conversaciones con Newtral.es la doctora Nilu Ahmed, profesora de Ciencias Sociales en la Universidad de Bristol (Reino Unido). Quien renuncia en silencio está cumpliendo con sus deberes en el trabajo, pero se niega a asumir tarea extra, rechaza aquellas funciones por la que no le están pagando. Según Ahmed, la perspectiva de los empleadores es la de la “preocupación”. Los jefes han tenido durante mucho tiempo a trabajadores con tareas añadidas, o simplemente les han estado viendo entrar antes y salir después de su jornada laboral. “Al ver a gente que llega o se va a su hora, o que no asumen ninguna tarea adicional a sus funciones”, opina Ahmed, “los empleadores se están empezando a preocupar por la posible pérdida del trabajo gratuito”. “Para mí, el quiet quitting es cumplir con tu contrato al completo, pero no más. No se trata de hacer el mínimo, es hacer bien tu trabajo, pero no asumir una sobrecarga de trabajo”, define Ahmed. La llamada ‘renuncia silenciosa’, a debate Medios internacionales, como el New York Times o el Wall Street Journal se han hecho eco de publicaciones de usuarios de Tiktok, la mayoría de ellos de las generaciones millenial y Z, para hacer un retrato del debate. “Tú no estás renunciando a tu trabajo, renuncias a la idea de crecer e ir más allá. Sigues haciendo tus tareas pero no te suscribes a la cultura del esfuerzo (…) El trabajo no es tu vida. Tu valor no está definido por tu productividad”, es la explicación viral que ha dado el usuario zaidleppelin para sus más de 11.000 seguidores. También han aparecido contenidos de humor que entienden el quiet quitting como la clásica cultura de hacer el menor esfuerzo posible en el trabajo, lo mínimo para no ser despedido. El divulgador científico Forrest Valkai aprovecha para cuestionar el enfoque que se ha dado al quite quitting desde los medios de comunicación: “Me parece genuinamente ridículo que vivamos en una sociedad en la que tratar a los trabajadores como humanos sea una nueva palabra, donde la dignidad sea una moda viral, donde pedir que te paguen por el trabajo que haces se llame dimitir”. “Se habla mucho de renunciar en silencio, pero se habla muy poco del quiet firing [despido silencioso], que es cuando no le das un aumento a alguien en cinco años a pesar de que sigue haciendo todo lo que le pides”, ironiza otro usuario en Twitter. Jim Harter, científico jefe de la investigación sobre el trabajo y el bienestar de Gallup, relaciona directamente a los trabajadores que abogan por el quiet quitting, con la falta de compromiso. Esto supondría un 54% de los jóvenes -que se declararon no comprometidos con el trabajo– de la última encuesta realizada, tal y como explica en el Wall Street Journal. En la misma línea de pensamiento, para Joe Grasso, director sénior de transformación de la fuerza laboral en Lyra Health, esta renuncia silenciosa es un síntoma clásico de “disminución de la motivación y bajo compromiso”, según declara al Washington Post. Puede manifestarse como “cinismo o apatía”, advierte este experto en trabajo. En el mismo artículo Michelle Hay, directora global de personal de Sedgwick, señala una de las claves de esta tendencia: “Debido al sentimiento de cansancio y frustración que muchos experimentan al final de la pandemia (…) la gente está reevaluando sus prioridades y la desconexión social puede ser parte de este cambio”. Hacer menos puede ser mejor Para la doctora Nilu Ahmed, el término es “poco apropiado”: “Sugiere algo negativo cuando, en realidad, creo que puede ser muy positivo tanto para los empleados como para los empleadores. No creo que la gente esté ‘dimitiendo’ [quitting], están tomando la decisión activa de priorizar el equilibrio en sus vidas. No sacará ningún beneficio de este movimiento quien lo vea como, simplemente, hacer lo mínimo en el trabajo”. La clave es sentirse “realizado” en el trabajo, expone a Newtral.es, pero también crear espacios de satisfacción fuera de él. Desde abril del 2021, empezaron a dejar su trabajo cuatro millones de estadounidenses cada mes. Poco antes, la Organización Mundial de la Salud ya había catalogado el ‘síndrome del trabajador quemado’ (o ‘síndrome del burnout’) como una dolencia relacionada con la jornada laboral. Después del burnout y de la ‘Gran Dimisión’, a Nilu Ahmed el quiet quitting no le pilla por sorpresa. “Los últimos 20 años se han visto a muchas personas unirse a una cultura global de exceso de trabajo, en la que el trabajo no remunerado se ha convertido en una parte esperada de muchos trabajos”, escribe esta profesora de Ciencias Sociales, “después de múltiples recesiones y una pandemia global, los milenials y la generación Z, a menudo no tienen las mismas oportunidades laborales y de seguridad financiera que sus padres. Muchos jóvenes en trabajos profesionales, que esperaban una progresión relativamente sencilla, han luchado con contratos precarios, incertidumbres laborales y han tratado de subirse a la escalera de la vivienda. Hay quienes constantemente dedican horas extra y van más allá en el trabajo para tratar de asegurar promociones y bonificaciones, pero aún así siguen teniendo dificultades”. Los estudios han demostrado que el nuevo modelo de trabajo híbrido derivado del teletrabajo y la pandemia no reduce la productividad. Al mismo tiempo, los niveles de agotamiento y ansiedad crecen. Por eso, según Ahmed, esta renuncia podría ser “una respuesta para manejar la espiral de preocupación y sobrecarga de trabajo y, así, reducir la ansiedad”. El quiet quitting es tendencia en sociedades como la americana o la inglesa, donde la cultura del trabajo está más que reafirmada. “Es una función del capitalismo convencer a la gente de que si trabajan más duro, conseguirán más -más ascensos, más salario, etc.- y por eso la gente se ha pasado décadas trabajando más allá de las tareas esperadas, por conseguir la recompensa que viene después del esfuerzo adicional”, recuerda Ahmed. Este esfuerzo, explica, le ha regalado muchas horas de trabajo gratis a las empresas. Y el quiet quitting no es más que “reclamar ese tiempo”, concluye. Fuentes Dr. Nilufar Ahmed, CPsychol, FHEA, Senior Lecturer in Social Sciences. ‘If Your Co-Workers Are ‘Quiet Quitting’, Here’s What That Means. The Wall Street Journal’. ‘Quiet quitting: why doing less at work could be good for you – and your employer. The Conversation’. Urban Dictionary.

domingo, 1 de marzo de 2026

Paul Donovan . Economista . Los efectos positivos de la inmigración

Menciona la población como un gran vector económico. En España va en aumento y anima la economía. ¿Cómo ve el país? En España la inmigración ha sido un apoyo para el crecimiento. Lo ha hecho por partida doble. En primer lugar, hay más trabajadores, por lo que la economía crece. Pero, en segundo lugar, la inmigración casi siempre aumenta la productividad. Si tú, como individuo, estás dispuesto a dejar a tu familia, a tus amigos, a viajar a otro país para encontrar trabajo, es probable que seas más emprendedor y más arriesgado que la persona que se queda en casa. Es probable que el inmigrante sea un trabajador más productivo. A lo largo de la historia, siempre ha sido muy fácil culpar a los extranjeros, ya sean países o inmigrantes. Por definición, no son como nosotros. Una de las preocupaciones que tenemos es que se está observando en varios países del mundo un sentimiento antiinmigración. Es una reacción de esta economía del chivo expiatorio, y es una reacción muy comprensible. Pero como la inmigración tiende a impulsar el crecimiento, esa reacción puede ser perjudicial para el crecimiento a medio plazo. En España, ningún economista citaba hace años la inmigración como fórmula de crecimiento. Y nadie parece reivindicarla ahora. Es muy raro que la inmigración, en parte debido a la economía del chivo expiatorio y a los temores que genera, sea un objetivo político explícito. Puede serlo a veces. Por ejemplo, Singapur, hace 15 o 20 años, lanzó el mensaje de que necesitaba gente para crecer. La cuestión es que la inmigración también puede ser una señal de buenas políticas, además de generar crecimiento. No te mudas a un país donde vas a estar desempleado. En muchos sentidos, también es una señal de un entorno económico positivo.