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domingo, 8 de marzo de 2026
La búsqueda de Dios en la neurociencia: "Rezar o meditar activa regiones del cerebro ligadas a la emoción" La neuroteología es una disciplina emergente que trata de ahondar en la histórica batalla entre la ciencia y la religión, que se analiza ahora en el reciente ensayo 'Las neuronas de Dios'
Rebeca Yanke
Rebeca YankeTexto
¿Qué tienen en común Dostoievski, su personaje el príncipe Mishkin de El idiota, Napoleón Bonaparte, Sócrates, Juana de Arco, Gustave Flaubert, Mahoma y San Pablo? «No busquen razones creativas o de genialidad», advierte en Las neuronas de Dios (editorial Siglo XXI) el científico Diego Golombek. «Todos ellos sufrían de lo que los griegos llamaban la enfermedad sagrada, la epilepsia», prosigue. Hasta que llegó Hipócrates, padre de la Medicina, y se entendió que «en nada es más sagrada o más divina que otras, sino que tiene su naturaleza propia, como todas las enfermedades».
A juicio de Golombek, Hipócrates «incluso vaticina que la fuente de la epilepsia radica en el mal funcionamiento del cerebro». «Lo curioso es que, aunque fuera verdad que los dioses no pueden crear la enfermedad sagrada, sí parece cierto que la epilepsia puede, en algunos casos, invocar a Dios», sentencia el escritor argentino en una entrevista durante su breve paso por España para participar en el reciente Foro de la Cultura celebrado en Valladolid.
Su ensayo, publicado en febrero, lleva como subtítulo Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, entrando así de lleno en los entresijos de una rama emergente de la neurología que, en los últimos años, tiene un desarrollo efervescente: la neuroteología o neuroespiritualidad, la búsqueda de datos y certezas, al calor de la tecnología hoy capaz de leer el cerebro -ya entraremos en matices-, sobre qué sucede en él cuando hay una actividad relacionada con la oración, la meditación -sí, el mindfulness también- e incluso el trance o experiencia mística, que también puede alcanzarse con sustancias naturales como la ayahuasca y la psilocibina.
O porque tenga uno epilepsia del lóbulo temporal, como Juana de Arco (según estudios retrospectivos) o crisis de epilepsia extática (como Santa Teresa de Jesús). Las voces y las visiones de la primera, una campesina francesa del siglo XV que lideró al ejército francés a victorias como la de la Guerra de los Cien años, se han relacionado con crisis parciales -síntomas de epilepsia parcial idiopática con toma auditiva (IPEAF)-. Y los éxtasis de la segunda se deberían a su condición neurológica.
Así describe la vivencia Dostoievski en su novela El idiota: «Durante unos momentos antes del ataque, experimento una sensación de felicidad imposible de imaginar en un estado normal y del que otra gente no tiene idea. Me siento en total armonía conmigo y con el mundo entero, y esta sensación es tan fuerte y tan deliciosa que por unos segundos de tal bendición daría unos gustosos 10 años de mi vida si no la vida entera».
Y en Las neuronas de Dios, Golombek hace un exhaustivo recorrido de las investigaciones que, en las últimas décadas, han detallado cómo actúan las neuronas de las monjas rezadoras, los budistas que meditan y los iluminados por el peyote o los hongos alucinógenos. «La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas: por un lado, ciertos cambios en la actividad eléctrica de ciertas áreas pueden dar por resultado visiones místicas y, por otro lado, algunas actividades espirituales (rezos, mantras, danzas rituales) son capaces de dejar una estampa característica en nuestras mentes», defiende.
Pero en el campo de la neurociencia, es decir, entre los neurólogos -acostumbrados a aguantar que la etiqueta neuro sostenga variados asuntos- hay reticencias a la hora de ofrecer afirmaciones tan enormes como que rezar puede hacernos mejores, en tanto que la investigación demuestra que hacerlo reduce los niveles de ansiedad y depresión, el estrés y hasta la ira justiciera por la que también era célebre Juana de Arco. Pensar que rezar nos hace mejores puede resultar seductor, pero en términos neurológicos es una afirmación mastodóntica.
Ya en 2014 el estudio Neuroteología: la relación entre el cerebro y la religión advertía del peligro del uso desmedido de la etiqueta neuro. «Uno de los problemas iniciales es la explotación del término neuroteología, con demasiada frecuencia utilizado de manera incorrecta o inapropiada». Sin embargo, una de las investigaciones más recientes, Neuroteología, aplicaciones prácticas a la psiquiatría integrativa, de 2025, firmado por uno de los científicos norteamericanos qué más la han trabajado, el director de investigación del Instituto Marcus de Salud Integral del Hospital Universitario Thomas Jefferson (Philadelphia), Andrew B. Newberg, se lee: «Numerosos estudios de investigación realizados en los últimos 30 años han documentado los efectos positivos de las actitudes religiosas y espirituales en la salud mental. La religiosidad se correlaciona con menores niveles de depresión, ansiedad y abuso de sustancias. Las personas que practican la religión regularmente reportan mayores niveles de satisfacción y felicidad vital en comparación con quienes no la practican. Estos efectos tienden a ser protectores a lo largo de la vida, incluyendo la infancia y la adolescencia».
Pone algo de luz en el asunto Javier Bernácer, director científico del Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET), creado por la Fundación Tatiana y que promueve el diálogo entre la neurociencia de vanguardia, la psicología y las cuestiones éticas derivadas de la misma. Miembro también del grupo Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra, Bernácer cree que «no se puede asegurar que una activación en el cerebro se deba a que la persona rece o medite».
«La afirmación de que la innovación tecnológica permite observar qué sucede en un cerebro mientras una persona reza, sin ser errónea, no es correcta del todo. Las técnicas de neuroimagen permiten, efectivamente, aunque con muchos matices, ver qué sucede en un cerebro mientras una persona reza o medita. Sin embargo, no podemos asegurar que la activación que vemos ahí sea precisamente porque esa persona reza o medita». Y se explica: «Piensa que ahora mismo le hago una foto al cerebro de Donald Trump. Cualquier cosa que encuentre diré que tal o cual parte es más grande o pequeña de lo normal porque Trump es un dictador peligroso. ¿En base a qué puedo decir eso? Esos hallazgos pueden ser totalmente espúreos, y que esas regiones cerebrales sean más grandes o pequeñas por genética, porque a Trump le gusta leer, porque se da paseos por Mar-a-lago, porque habla muy fuerte, por sus patrones de sueño, o por miles de otras variables que no controlo o directamente no conozco».
De modo que Bernácer cree que se precisaría una investigación rigurosa (probablemente inabarcable) «para poder decir que el cerebro de los que rezan es distinto de los que no, y precisamente por el hecho de rezar». Lo medita: «Tendría que reclutar a una muestra grande de participantes, dividirlos al azar en dos grupos equilibrados en cuanto a sexo, edad, ingresos, y muchas otras variables que pueden emborronar mis resultados. Ninguno de ellos tendría que ser gente que rezara. Les hago un escáner cerebral anatómico y funcional. Después, a uno de los grupos les pongo a rezar, pero claro, de una manera muy rigurosa y sistemática. Me aseguro de que lo hacen. Con respecto al otro grupo, me tengo que preocupar de que no recen pero, de todas formas, les tengo que poner a hacer algo que sea en todo parecido a rezar, pero no sea rezar. Por ejemplo, a meditar. ¿Por qué tengo que hacer esto? Porque si no, ¿quién me dice que las posibles diferencias que encuentre han sido por rezar y no porque he estado pendiente de ellos, o porque han pasado 20 minutos al día dedicados a ellos mismos, o por cualquier otra cosa?».
Además, «el proyecto tiene que ser doble ciego: el participante no debe saber si está incluido en el grupo de oración o en el de meditación. Y en este caso sería imposible. Por ello, siempre tendría que considerar que quizá mis resultados dependen de que el participante sabe que está incluido en el grupo de interés, en el de la oración, y eso sesgue su actividad cerebral».
Atendida la ciencia, preguntemos a la creencia. Por ejemplo al médico, neurocientífico y sacerdote José Manuel Giménez Amaya. En Dios en el cerebro. La experiencia religiosa desde la neurociencia, conferencia ofrecida en el XXXI Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra en 2010, afirmó: «Desde el punto de vista neurobiológico, vemos que la experiencia religiosa es capaz de poner en concierto redes neuronales muy complejas y que involucran de forma sintética regiones cerebrales perceptivas, cognitivas y emocionales. Y es lógico pensar que iba a suceder algo así: la riqueza de la experiencia religiosa precisa de esas redes para producirse; pero cabría ahora preguntarse si son esas redes la causa directa de este proceso espiritual. Y para contestar esta pregunta necesitamos hacer una crítica metodológica al procedimiento empleado para obtener los resultados que hemos mencionado».
El bucle no parece terminar nunca y las preguntas se antojan infinitas entre ciencia y creencia, religión y cerebro, fe y.. ¿bondad de espíritu? «Mucha agua (y mucha dinamita) ha corrido debajo de los puentes entre la ciencia y la religión. Tal vez un buen resumen sea la opinión del físico Stephen Weinberg: 'La ciencia no ha hecho imposible creer en Dios; en todo caso, ha hecho posible no creer en Dios'», escribe Golombek en su ensayo que, al cabo, ofrece explicaciones científicas de algunos fenómenos religiosos «que pueden y deben ser considerados naturales».
Contemos un poco más al detalle uno de ellos para intentar tener una panorámica de este complicado asunto. En 2006, el doctor Mario Beauregard, del Departamento de Psicología de la Universidad de Montreal, en Canadá, investigó con monjas carmelitas de clausura. Ninguna presentaba un trastorno psiquiátrico o neurológico que pudiese dificultar el experimento así que se les pidió que recordaran alguna experiencia interior caracterizada por el sentido de unión con Dios. Se recogió la actividad cerebral utilizando técnicas de resonancia magnética cerebral y electroencefalografía, y las pruebas mostraron que varias regiones encefálicas se activaban durante este tipo de experiencias vitales. Pero también, citando la conferencia de Giménez Amaya, que «no existía ningún lugar exclusivo de activación que indicase la existencia de una zona o módulo cerebral que rigiera la experiencia religiosa».
miércoles, 4 de marzo de 2026
VIVA LA VIDA . FRIDA KAHLO
viva la vida frida kahlo
¿Pueden unas sandias tener más simbolismo que en este caso?
El color rojo vibrante celebra la vida en toda su potencia y vigor: la pasión, la simbología del fruto en si (simbol femenino y masculino a la vez) nos indica el lado lleno de sentimientos y emociones de la vida humana: el lado erótico, sentimental y a la vez todas aquellas emociones
Una vida entera se oculta detrás de lo que pueden parecer simples sandias. Una fruta, también, que es símbolo de alegría y de la temporada veraniega.
Lo que más me llama la atención es que fue el último cuadro que pintó Frida y que ella misma escribió, en una de las sandias, "VIVA LA VIDA". Poco después murió, ocho días para ser precisos, y los meses anteriores a su muerte fueron unos de los más difíciles de su vida ya que le amputaron una pierna y cayó en una depresión muy grave que la llevó a intentar suicidarse varias veces.
lunes, 2 de marzo de 2026
Qué es el quiet quitting
Expertos explican por qué se está convirtiendo en tendencia esta actitud laboral la ‘renuncia silenciosa’, una práctica que no es realmente nueva.
Por Adriana Silvente
Después del ‘síndrome del trabajador quemado’ o de la ‘gran dimisión’, llega el quiet quitting, una nomenclatura surgida en redes sociales y que intenta hacer frente a un trabajo que está costando más de la cuenta. Pero ¿qué es el quiet quitting? y ¿por qué este término está suscitando debate?
Qué es el quiet quitting
El quiet quit es una actitud o filosofía de trabajo que, de momento, está en los márgenes de la lengua. Aunque la expresión todavía no está reconocida por los diccionarios oficiales, el Urban Dictionary -una web que recopila las definiciones de las nuevas palabras en jerga inglesa- ya recoge diferentes significados para ella:
Cuando continúas en tu trabajo de manera presencial pero mentalmente te alejas y haces lo mínimo imprescindible para seguir adelante
Término creado por las compañías para hacer referencia a los empleados que desempeñan las tareas que definen su contrato laboral. Típicamente usado para avergonzarlos
El significado del quiet quitting -o renuncia silenciosa, en castellano- “depende de la perspectiva del individuo”, cuenta en conversaciones con Newtral.es la doctora Nilu Ahmed, profesora de Ciencias Sociales en la Universidad de Bristol (Reino Unido).
Quien renuncia en silencio está cumpliendo con sus deberes en el trabajo, pero se niega a asumir tarea extra, rechaza aquellas funciones por la que no le están pagando. Según Ahmed, la perspectiva de los empleadores es la de la “preocupación”.
Los jefes han tenido durante mucho tiempo a trabajadores con tareas añadidas, o simplemente les han estado viendo entrar antes y salir después de su jornada laboral. “Al ver a gente que llega o se va a su hora, o que no asumen ninguna tarea adicional a sus funciones”, opina Ahmed, “los empleadores se están empezando a preocupar por la posible pérdida del trabajo gratuito”.
“Para mí, el quiet quitting es cumplir con tu contrato al completo, pero no más. No se trata de hacer el mínimo, es hacer bien tu trabajo, pero no asumir una sobrecarga de trabajo”, define Ahmed.
La llamada ‘renuncia silenciosa’, a debate
Medios internacionales, como el New York Times o el Wall Street Journal se han hecho eco de publicaciones de usuarios de Tiktok, la mayoría de ellos de las generaciones millenial y Z, para hacer un retrato del debate.
“Tú no estás renunciando a tu trabajo, renuncias a la idea de crecer e ir más allá. Sigues haciendo tus tareas pero no te suscribes a la cultura del esfuerzo (…) El trabajo no es tu vida. Tu valor no está definido por tu productividad”, es la explicación viral que ha dado el usuario zaidleppelin para sus más de 11.000 seguidores.
También han aparecido contenidos de humor que entienden el quiet quitting como la clásica cultura de hacer el menor esfuerzo posible en el trabajo, lo mínimo para no ser despedido.
El divulgador científico Forrest Valkai aprovecha para cuestionar el enfoque que se ha dado al quite quitting desde los medios de comunicación: “Me parece genuinamente ridículo que vivamos en una sociedad en la que tratar a los trabajadores como humanos sea una nueva palabra, donde la dignidad sea una moda viral, donde pedir que te paguen por el trabajo que haces se llame dimitir”.
“Se habla mucho de renunciar en silencio, pero se habla muy poco del quiet firing [despido silencioso], que es cuando no le das un aumento a alguien en cinco años a pesar de que sigue haciendo todo lo que le pides”, ironiza otro usuario en Twitter.
Jim Harter, científico jefe de la investigación sobre el trabajo y el bienestar de Gallup, relaciona directamente a los trabajadores que abogan por el quiet quitting, con la falta de compromiso. Esto supondría un 54% de los jóvenes -que se declararon no comprometidos con el trabajo– de la última encuesta realizada, tal y como explica en el Wall Street Journal.
En la misma línea de pensamiento, para Joe Grasso, director sénior de transformación de la fuerza laboral en Lyra Health, esta renuncia silenciosa es un síntoma clásico de “disminución de la motivación y bajo compromiso”, según declara al Washington Post. Puede manifestarse como “cinismo o apatía”, advierte este experto en trabajo.
En el mismo artículo Michelle Hay, directora global de personal de Sedgwick, señala una de las claves de esta tendencia: “Debido al sentimiento de cansancio y frustración que muchos experimentan al final de la pandemia (…) la gente está reevaluando sus prioridades y la desconexión social puede ser parte de este cambio”.
Hacer menos puede ser mejor
Para la doctora Nilu Ahmed, el término es “poco apropiado”: “Sugiere algo negativo cuando, en realidad, creo que puede ser muy positivo tanto para los empleados como para los empleadores. No creo que la gente esté ‘dimitiendo’ [quitting], están tomando la decisión activa de priorizar el equilibrio en sus vidas. No sacará ningún beneficio de este movimiento quien lo vea como, simplemente, hacer lo mínimo en el trabajo”. La clave es sentirse “realizado” en el trabajo, expone a Newtral.es, pero también crear espacios de satisfacción fuera de él.
Desde abril del 2021, empezaron a dejar su trabajo cuatro millones de estadounidenses cada mes. Poco antes, la Organización Mundial de la Salud ya había catalogado el ‘síndrome del trabajador quemado’ (o ‘síndrome del burnout’) como una dolencia relacionada con la jornada laboral. Después del burnout y de la ‘Gran Dimisión’, a Nilu Ahmed el quiet quitting no le pilla por sorpresa.
“Los últimos 20 años se han visto a muchas personas unirse a una cultura global de exceso de trabajo, en la que el trabajo no remunerado se ha convertido en una parte esperada de muchos trabajos”, escribe esta profesora de Ciencias Sociales, “después de múltiples recesiones y una pandemia global, los milenials y la generación Z, a menudo no tienen las mismas oportunidades laborales y de seguridad financiera que sus padres. Muchos jóvenes en trabajos profesionales, que esperaban una progresión relativamente sencilla, han luchado con contratos precarios, incertidumbres laborales y han tratado de subirse a la escalera de la vivienda. Hay quienes constantemente dedican horas extra y van más allá en el trabajo para tratar de asegurar promociones y bonificaciones, pero aún así siguen teniendo dificultades”.
Los estudios han demostrado que el nuevo modelo de trabajo híbrido derivado del teletrabajo y la pandemia no reduce la productividad. Al mismo tiempo, los niveles de agotamiento y ansiedad crecen. Por eso, según Ahmed, esta renuncia podría ser “una respuesta para manejar la espiral de preocupación y sobrecarga de trabajo y, así, reducir la ansiedad”.
El quiet quitting es tendencia en sociedades como la americana o la inglesa, donde la cultura del trabajo está más que reafirmada. “Es una función del capitalismo convencer a la gente de que si trabajan más duro, conseguirán más -más ascensos, más salario, etc.- y por eso la gente se ha pasado décadas trabajando más allá de las tareas esperadas, por conseguir la recompensa que viene después del esfuerzo adicional”, recuerda Ahmed. Este esfuerzo, explica, le ha regalado muchas horas de trabajo gratis a las empresas. Y el quiet quitting no es más que “reclamar ese tiempo”, concluye.
Fuentes
Dr. Nilufar Ahmed, CPsychol, FHEA, Senior Lecturer in Social Sciences.
‘If Your Co-Workers Are ‘Quiet Quitting’, Here’s What That Means. The Wall Street Journal’.
‘Quiet quitting: why doing less at work could be good for you – and your employer. The Conversation’.
Urban Dictionary.
domingo, 1 de marzo de 2026
Paul Donovan . Economista . Los efectos positivos de la inmigración
Menciona la población como un gran vector económico. En España va en aumento y anima la economía. ¿Cómo ve el país? En España la inmigración ha sido un apoyo para el crecimiento. Lo ha hecho por partida doble. En primer lugar, hay más trabajadores, por lo que la economía crece. Pero, en segundo lugar, la inmigración casi siempre aumenta la productividad. Si tú, como individuo, estás dispuesto a dejar a tu familia, a tus amigos, a viajar a otro país para encontrar trabajo, es probable que seas más emprendedor y más arriesgado que la persona que se queda en casa. Es probable que el inmigrante sea un trabajador más productivo. A lo largo de la historia, siempre ha sido muy fácil culpar a los extranjeros, ya sean países o inmigrantes. Por definición, no son como nosotros. Una de las preocupaciones que tenemos es que se está observando en varios países del mundo un sentimiento antiinmigración. Es una reacción de esta economía del chivo expiatorio, y es una reacción muy comprensible. Pero como la inmigración tiende a impulsar el crecimiento, esa reacción puede ser perjudicial para el crecimiento a medio plazo. En España, ningún economista citaba hace años la inmigración como fórmula de crecimiento. Y nadie parece reivindicarla ahora. Es muy raro que la inmigración, en parte debido a la economía del chivo expiatorio y a los temores que genera, sea un objetivo político explícito. Puede serlo a veces. Por ejemplo, Singapur, hace 15 o 20 años, lanzó el mensaje de que necesitaba gente para crecer. La cuestión es que la inmigración también puede ser una señal de buenas políticas, además de generar crecimiento. No te mudas a un país donde vas a estar desempleado. En muchos sentidos, también es una señal de un entorno económico positivo.
sábado, 28 de febrero de 2026
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