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sábado, 7 de febrero de 2026
Las personas mayores de Gaza sufren una crisis de salud física y mental desatendida en el contexto del bloqueo continuo de Israel a la ayuda y los medicamentos esenciales
Un estudio de HelpAge International revela consecuencias para la salud física y mental de las personas mayores
La grave escasez de alimentos nutritivos, medicamentos y alojamiento contribuye a condiciones inhumanas
“Los derechos y las necesidades de las personas mayores de Gaza no deben ser ignorados”
05 de febrero de 2026
Las personas mayores de Gaza sufren una crisis de salud física y mental desatendida en el contexto del bloqueo continuo de Israel a la ayuda y los medicamentos esenciales, y de su prohibición reciente de las organizaciones humanitarias, según revela un nuevo estudio de HelpAge International y Amnistía Internacional.
En el estudio sobre salud llevado a cabo por HelpAge International, varias personas mayores dijeron que la escasez de alimentos las habían obligado a saltarse comidas, entre otros motivos para garantizar que otros miembros de la familia pudieran comer, y otras comentaron que habían tenido que racionar los medicamentos para enfermedades graves debido a la falta de acceso.
Las personas mayores internamente desplazadas también describieron a Amnistía Internacional que la falta de acceso a alimentos nutritivos, alojamiento adecuado y atención sanitaria debida al bloqueo continuo impuesto por las autoridades israelíes les estaba causando un daño extremo. Las personas entrevistadas habían sufrido varios desplazamientos desde octubre de 2023.
“Durante los conflictos armados, las necesidades de las personas mayores suelen pasarse por alto. La población palestina de Gaza sufre un deterioro físico y mental sin precedentes como consecuencia directa de su sometimiento deliberado por parte de Israel a condiciones de existencia que acarrean su destrucción física”, ha declarado Erika Guevara-Rosas, directora general de Investigación, Incidencia, Política y Campañas de Amnistía Internacional.
“El estudio de HelpAge pone de manifiesto que las restricciones ilícitas, crueles e inhumanas impuestas por Israel a la entrada de ayuda para la supervivencia han repercutido en la capacidad de la gente mayor para acceder a atención de la salud y a medicamentos esenciales y han limitado su acceso a alimentos nutritivos y a alojamiento adecuado.”
“Los derechos y las necesidades de las personas mayores de Gaza no deben ser ignorados. Muchas de ellas siguen soportando condiciones de vida degradantes y una situación humanitaria desesperada tras la destrucción de sus hogares y repetidos desplazamientos. Las autoridades israelíes deben levantar el bloqueo de inmediato y sin condiciones y permitir la entrada sin trabas de suministros esenciales, como medicinas y materiales para la construcción de refugios.”
Durante los meses de invierno, la población palestina de Gaza —la mayor parte de la cual vive en tiendas ruinosas o alojamientos improvisados— también ha tenido que lidiar con el desbordamiento de las aguas residuales y las que provocaron las inundaciones, y ha estado expuesta a fuertes vientos. El 1 de enero Israel también suspendió el registro de 37 ONG que operaban en Gaza y Cisjordania, y ordenó el fin de sus actividades en un plazo de 60 días.
Conclusiones del estudio de HelpAge Internacional
HelpAge International encuestó a 416 personas mayores en Gaza y hoy publicó sus conclusiones en un informe titulado Pushed Beyond Their Limits : The survival of older people in Gaza (Más allá de sus límites: La supervivencia de las personas mayores en Gaza). En medio de la grave escasez de alimentos y el colapso de los servicios esenciales, las personas mayores se enfrentan a riesgos específicos que a menudo se pasan por alto. Sus necesidades siguen siendo en gran medida invisibles. A continuación figuran las principales conclusiones del estudio de HelpAge International:
Las personas mayores viven en condiciones de extrema privación de vivienda : el 76% de las personas encuestadas viven en tiendas, a menudo en condiciones de hacinamiento; el 84% afirmaron que sus condiciones de vida actuales perjudican su salud y su intimidad.
El desplazamiento ha sido constante y desestabilizador : el 79% han sido desplazadas más de tres veces desde octubre de 2023, lo que ha alterado el apoyo que recibían de sus familias y ha aumentado su aislamiento.
Los problemas de salud están muy extendidos y, en gran medida, desatendidos : a pesar de la alta prevalencia de las enfermedades y el dolor crónicos, el acceso a medicamentos es extremadamente limitado, ya que el 42% de las personas encuestadas solo pueden obtenerlos “a veces” y el 18%, “rara vez”. El 68% redujeron la dosis de su tratamiento o lo interrumpieron por falta de existencias. El acceso general a la atención sanitaria sigue siendo bajo; solo el 17% de las personas encuestadas afirman disponer de una cobertura sanitaria completa, y el tratamiento de las enfermedades crónicas —sólo un 31% tienen acceso a él— es el servicio que más echan en falta.
La inseguridad alimentaria es grave y potencialmente mortal : Aunque la mitad de las personas encuestadas afirmaron que desde el alto el fuego era más fácil acceder a la ayuda, el 11% seguían sin haber comido nada en las 24 horas anteriores. El 48% habían reducido su propia ingesta para garantizar la de otras personas.
La tensión mental es grave y afecta directamente a la nutrición: el 77% afirmaron que la tristeza, la ansiedad, la soledad o el insomnio habían reducido su apetito y afectado a su bienestar.
“La vida se ha vuelto aún más miserable”
La investigación de Amnistía Internacional corroboró estas conclusiones. Incluía entrevistas a 12 personas mayores procedentes de todas las regiones de la Franja de Gaza ocupada que viven en tiendas en los campos para población internamente desplazada de la zona de Az Zawayda , donde las condiciones de vida son extremadamente difíciles. En la mayoría de los casos, un familiar facilitaba la comunicación con la persona mayor, que numerosas veces tenía alguna discapacidad o necesitaba ayuda para utilizar el teléfono móvil.
Las personas entrevistadas afirmaron que se habían visto obligadas a dejar de tomar o racionar los medicamentos para sus enfermedades crónicas por falta de existencias o porque su precio se había triplicado o cuadruplicado. Según la Organización Mundial de la Salud , en octubre de 2025 sólo funcionaban parcialmente menos de 14 de los 36 hospitales de Gaza y menos de un tercio de las unidades de rehabilitación, lo que limitaba gravemente el acceso a la salud de la población de edad avanzada.
Algunas personas mayores habían perdido mucho peso y la mayoría dependía de comedores comunitarios que no siempre proporcionaban alimentos suficientemente nutritivos. El terreno de los campamentos para población internamente desplazada, a menudo irregular y arenoso, impedía que las personas que utilizaban sillas de ruedas o andadores se movieran con libertad, lo que las hacía totalmente dependientes de sus familiares.
Mohammed Bili , de 61 años, había sufrido siete desplazamientos desde octubre de 2023. Necesita tres sesiones de diálisis a la semana. Sin embargo, el centro al que acudía ha sido destruido, y ahora solo recibe dos sesiones, y más cortas. Le cuesta mucho desplazarse en su silla de ruedas por el terreno del campamento y ha perdido casi 20 kg.
Contó lo siguiente a los investigadores de Amnistía Internacional: “Sufro de rigidez extrema en los brazos y debilidad muscular debido a que no puedo acceder a la diálisis con la frecuencia que necesito”.
Samira al Shawa , de 88 años, utilizaba un andador para desplazarse de forma independiente. Ahora vive en un campamento para población internamente desplazada cuyo terreno arenoso le impide caminar. Pasa la mayor parte del tiempo tumbada en una cama improvisada en su tienda de campaña. Su familia recibe alimentos de comedores sociales, pero son insuficientes y carecen de los nutrientes adecuados. Samira ha perdido unos 20 kg desde octubre de 2023.
Sadiqa al Barrawi , de unos 90 años, ha sufrido tres desplazamientos desde octubre de 2023. Actualmente vive en una tienda de campaña en el campamento para población internamente desplazada de Salam junto con su hijo, la esposa de este y sus cuatro hijos. Una noche de enero de 2025, mientras iba al baño, se cayó y se lesionó, y ahora no puede ponerse de pie ni caminar. La mujer dijo a Amnistía Internacional: “Desde entonces la vida se ha vuelto aún más miserable”.
Sadiqa tiene diabetes e hipertensión. Ha perdido unos 25 kg y depende de la comida que le proporcionan los comedores sociales. Añadió: “Somos campesinos. En el pueblo tenemos tierras y los mejores alimentos frescos, y aquí no tenemos nada”.
Información complementaria
Las personas de más de 60 años representan en torno al 5% de la población de Gaza. Según el Ministerio de Salud palestino, a principios de diciembre de 2025, 4.813 personas mayores habían perdido la vida violentamente en Gaza desde octubre de 2023, aunque esta cifra no incluía las muertes indirectas debidas, por ejemplo, a la destrucción de las infraestructuras sanitarias. Según un informe de la UNWRA , muchas personas mayores pierden el contacto con sus cuidadores debido a las hostilidades o a las perturbaciones que provoca el desplazamiento. Amnistía internacional ha documentado cómo en las situaciones de conflicto armado las personas mayores corren mayor riesgo, y cómo se pasan por alto sistemáticamente sus necesidades humanitarias.
En diciembre de 2024, Amnistía Internacional concluyó que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza , alegando que el país había llevado a cabo actos prohibidos en la Convención sobre el Genocidio: matanza de miembros de la población palestina de Gaza, lesión grave a su integridad física o mental, y su sometimiento intencional a condiciones de existencia que habrían de acarrear su destrucción física.
Pese a la reducción de la magnitud de los ataques desde el acuerdo de alto el fuego de octubre de 2025, no hay un cambio significativo en las condiciones a las que Israel somete a la población palestina de Gaza ni nada que indique un cambio en la intención de Israel de cometer genocidio.
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UNA SOCIEDAD QUE NOS AGOTA Byung Chul Han, filósofo: "La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre de excesiva positividad"
El autor de 'La sociedad del cansancio' explica la relación que existe entre la depresión y una sociedad centrada en la positividad
Foto: Byung Chul Han, en una imagen de archivo. (Europa Press)
Byung Chul Han, en una imagen de archivo. (Europa Press)
Por Sandra Gonzálvez
13/01/2026 - 11:54
Byung Chul Han, filósofo: "Los consumidores no tienen esperanzas, solo deseos y necesidades"
El pensamiento de Byung Chul Han se ha convertido en una de las miradas más lúcidas, y también más incómodas, para entender el malestar de la sociedad contemporánea. El filósofo surcoreano ha analizado durante años cómo la idea moderna de felicidad, éxito y rendimiento ha transformado profundamente la forma en la que vivimos y nos relacionamos con nosotros mismos.
Una de sus afirmaciones más citadas resume con claridad su diagnóstico: “La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre de excesiva positividad”. Esta reflexión, desarrollada en su obra 'La sociedad del cansancio', señala un cambio radical respecto a las patologías del pasado y pone el foco en un tipo de sufrimiento menos visible, pero profundamente extendido.
La sociedad del rendimiento y el cansancio interior
En sus ensayos, Byung Chul Han explica que hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento. Ya no existe una figura externa que obligue o prohíba: ahora cada individuo se exige a sí mismo ser productivo, feliz, positivo y exitoso en todo momento.
El propio filósofo lo expresa de forma clara cuando afirma que el sujeto contemporáneo “se explota a sí mismo creyendo que se realiza”. Esta autoexigencia constante genera un cansancio profundo, no físico, sino mental y emocional.
Uno de los conceptos clave en el pensamiento de Han es el de positividad excesiva. El filósofo sostiene que el mandato constante de pensar en positivo, de superarse siempre y de convertir cualquier dificultad en una oportunidad acaba convirtiéndose en una forma sutil de violencia.
Según sus palabras, esta positividad no deja espacio para el fracaso, la tristeza o la vulnerabilidad. Todo lo negativo debe ser eliminado, ocultado o transformado rápidamente en algo útil. Esta negación sistemática de lo negativo provoca un colapso interior: la persona no puede sostener la exigencia permanente de entusiasmo y termina agotada, aislada y deprimida.
Byung Chul Han también vincula la depresión con una creciente soledad social. En una cultura que valora el rendimiento individual por encima del cuidado colectivo, las personas quedan cada vez más solas frente a su propio malestar. Desde su punto de vista, la depresión no es solo un problema individual, sino un síntoma social que revela una forma enferma de entender la vida.
Para Han, la felicidad convertida en obligación es una trampa. Cuando ser feliz se transforma en un deber, cualquier tristeza se vive como un fracaso personal. Esta presión constante impide aceptar los límites humanos y genera una relación hostil con uno mismo.
Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. (EFE)
Las reflexiones de Byung Chul Han incomodan porque cuestionan uno de los pilares de la cultura actual: la creencia de que todo depende de la actitud personal. Al señalar que la depresión es consecuencia de una sociedad excesivamente positiva, el filósofo desplaza el foco del individuo al sistema y abre un debate necesario sobre cómo vivimos, trabajamos y nos exigimos.
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Para los huérfanos de Gaza, la seguridad de la infancia se desvaneció con sus padres
Voces del Mundo Artículos 17 de enero de 2026 6 minutos
Bahzad al Akhras, Middle East Eye, 16 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández
Bahzad Al Akhras es un médico palestino e investigador de políticas sanitarias especializado en trauma infantil y salud mental comunitaria. Recibió la Beca Chevening para líderes emergentes en 2019-2020 a fin de cursar un máster en Salud Mental Infantil y Adolescente en el King’s College de Londres, que obtuvo con honores.
Hoy en Gaza, decenas de miles de niños se despiertan sin la voz de sus padres llamándolos. Esto no se debe a una enfermedad ni a un accidente, sino a que el genocidio de Israel contra el enclave palestino eliminó a quienes los hacían sentirse seguros.
Según la Oficina Central Palestina de Estadísticas, hasta el pasado mes de marzo, se estimaba que más de 39.000 niños en Gaza habían perdido a uno o ambos padres en la continua agresión israelí, incluyendo los 17.000 que se habían quedado totalmente huérfanos.
Esta es una de las mayores crisis de orfandad de la historia moderna. Y estas cifras no son sólo estadísticas; representan el desmoronamiento masivo de la infancia misma.
Para un niño, los padres no son simplemente cuidadores; son la primera promesa de seguridad en el mundo. La presencia constante de una madre o un padre representa una voz familiar, una rutina predecible, una mano tendida en la oscuridad. Es así como un niño aprende que el miedo puede pasar, que el hambre se puede calmar, que el peligro tiene límites.
Cuando ese ancla se rompe violentamente, la percepción de la realidad del niño se transforma por completo. El mundo se vuelve inestable. La confianza se vuelve frágil. La seguridad se convierte en un recuerdo.
En Gaza, esta ruptura se está produciendo a gran escala. La pérdida de cuidadores no se produce sólo por muerte, sino también por lesiones graves, detención, desaparición forzada o separación en el caos de los repetidos desplazamientos.
Algunos niños han sido rescatados de entre los escombros sólo para descubrir que no les queda nadie a quien llamar “mío”. Otros tienen un padre vivo, pero se encuentra tan herido, traumatizado o ausente que el niño se queda sin protección real.
Desconexión
Entre los niños más pequeños, las consecuencias son inmediatas y desgarradoras. Muchos se vuelven inconsolables. Lloran durante horas, se aferran a cualquier adulto cercano y entran en pánico cuando un cuidador desaparece de su vista, incluso por un instante. Algunos pierden las palabras que antes tenían o vuelven a mojar la cama.
Algunos se quedan en silencio, como si desconectar fuera la única forma de sobrevivir a lo que sus mentes no pueden procesar. En refugios abarrotados, donde los adultos están exhaustos y afligidos, los niños a menudo se apegan a quien esté disponible, porque su necesidad de seguridad es urgente e insatisfecha.
Para los niños mayores, especialmente aquellos que entran en la adolescencia, el daño se manifiesta de otra manera: se convierten en adultos de la noche a la mañana. Cuando un padre muere, es detenido o resulta gravemente herido, el niño suele heredar el rol de proveedor, protector y responsable de la toma de decisiones.
En Gaza, he visto a niños, especialmente a las hijas mayores, cargando con responsabilidades que destrozarían a la mayoría de los adultos: conseguir comida, cuidar a sus hermanos, gestionar a un padre superviviente traumatizado y mantener a la familia en funcionamiento bajo los bombardeos y el hambre.
Esta inversión de roles no fomenta la resiliencia. Limita el desarrollo. Enseña la supresión emocional como una habilidad de supervivencia y convierte el miedo en un ruido de fondo permanente.
Pienso a menudo en una niña de 11 años que vive en un refugio para desplazados en el centro de Gaza. Su padre murió en un ataque aéreo. Sin gas, electricidad ni ingresos estables, ella y su madre comenzaron a preparar pequeños pasteles al fuego de leña, utilizando para ello cualquier material disponible.
Todos los días, la niña caminaba entre refugios abarrotados, sorteando los escombros y la inseguridad, intentando vender lo que hacían para ayudar a alimentar a su madre viuda y a sus hermanos menores.
Cuando hablamos, casi no mencionó el duelo. Habló de la necesidad, de “lo que hay que hacer”. Pero lo más impactante fue lo que había desaparecido: el juego, el descanso, la dulzura de la infancia. Su rostro reflejaba el agotamiento de alguien mucho mayor.
Separación insoportable
También trabajé con un niño de siete años cuyo padre murió en un ataque aéreo. Desde entonces, no se suelta de su madre. Insiste en que lo carguen constantemente. Se niega a jugar con otros niños.
Si ella sale de la habitación, aunque sea brevemente, entra en pánico. Por la noche, la despierta para que lo acompañe al baño. Si no se despierta lo suficientemente rápido, se hace pis en la cama.
Cuando hablé con él, apenas levantaba la vista. Hablaba en voz baja, usando pocas palabras, y siempre comprobando que su madre seguía a su lado. No describió el bombardeo ni habló de miedo ni de ira.
Cuando le pregunté qué era lo que más deseaba, respondió simplemente: “Quiero que vuelva mi padre”.
Para este niño, la pérdida de su padre no sólo le trajo dolor. Destrozó su sensación de seguridad tan completamente que la separación misma se volvió insoportable.
En otro caso, una niña de 14 años se convirtió en la única superviviente de su familia. La derivaron a un hospital de campaña para una evaluación de salud mental porque los médicos dijeron que no cooperaba con la rehabilitación.
Cuando hablamos, su resistencia cobró sentido. Habló de cómo todo se había derrumbado en un instante; de cómo su padre, la persona en la que confiaba para protegerla, no pudo salvarla.
“Si él no pudo”, se preguntó en voz baja, “¿quién más podrá?”.
Lo que más la aterrorizaba no eran sus lesiones, sino la recuperación. Temía que, si su salud mejoraba, le darían el alta. ¿Y luego qué?
“¿Darle el alta a dónde?”, preguntó. No había familia esperándola. Ningún hogar. Ningún lugar que la hiciera sentir siquiera remotamente segura. El hospital, a pesar de todo, se había convertido en su único refugio. Su negativa a cooperar no era desafío. Era miedo a ser liberada de nuevo en un mundo que había experimentado como letal y desprotegido.
“¿Qué opción tengo?”
Había también un niño de 12 años que había perdido a sus padres y a su hermano mayor. Su abuelo lo trajo a verme, preocupado porque el niño desaparecía de su tienda durante horas.
Finalmente, la verdad salió a la luz. El niño había estado visitando repetidamente los puntos de distribución de alimentos gestionados por la Fundación Humanitaria de Gaza, lugares que muchas organizaciones internacionales y testigos han descrito como caóticos y mortales.
El niño lloraba mientras hablaba. Lloraba por la pérdida de sus padres y por lo que había visto en esos puntos de distribución: tiroteos, pánico, gente desplomándose a su alrededor.
Dijo que sentía terror cada vez que iba allí. Cuando le pregunté por qué seguía volviendo, respondió sin dudar: sus hermanos menores no habían comido en días. Su abuelo apenas podía alimentarse.
“Sé que es peligroso”, dijo. “Pero ¿qué otra opción tengo?”
Así es la orfandad en Gaza. No se trata sólo de la ausencia de los padres. Es el colapso del andamiaje psicológico que los niños necesitan para crecer: estabilidad, protección y la libertad de ser jóvenes.
Es una generación que aprende, a través de la experiencia, que el amor puede desvanecerse sin previo aviso; que los hogares y las familias pueden ser destruidos, y que el mundo no ofrece garantías de misericordia.
Las consecuencias a largo plazo para la salud mental no terminan con un alto el fuego. Los niños que pierden a sus cuidadores de esta manera cargan con heridas que moldean su vínculo con los demás, su confianza, su visión del futuro y su comprensión de su propio valor.
Hoy en Gaza, miles de niños crecen no sólo sin padres, sino sin la creencia básica de que el mundo pueda volver a ser seguro.
Foto de portada: Una niña palestina desplazada junto a una tienda de campaña ubicada frente a la playa de la ciudad de Gaza, el 9 de enero de 2026 (Reuters).
Voces del Mundo
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viernes, 6 de febrero de 2026
El millonario negocio de querer ser normal: "La angustia se ha convertido en una nueva fuente de extracción de beneficios" El doctor Sami Timimi, una de las voces más críticas y lúcidas de la psiquiatría británica actual, publica un manual en el que advierte que nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial virulencia a los adolescentes y disparando la medicalización como alivio
Daniel ArjonaTexto
Carmen CasadoIlustraciones. Madrid
Texto
Ilustraciones.
Madrid
Actualizado Miércoles, 4 febrero 2026 - 00:00
«No sé», dice Eleanor, de 14 años, con los brazos cruzados y un piercing en la nariz que brilla bajo la luz de la consulta. Su madre, Nicole, está desesperada: su hija se autolesiona, tiene ansiedad y sus estados de ánimo son una montaña rusa. Nicole busca una respuesta concreta: «Necesitamos saber qué le pasa. Quizá tenga una depresión o un trastorno bipolar. También me he preguntado si será autismo». Esta escena, descrita en el prólogo del libro Qué es ser normal (Debate), encapsula la crisis moderna de la salud mental: la angustiosa búsqueda de una etiqueta que explique por qué duele vivir.
En su nueva obra, el británico de origen iraquí Sami Timimi (1960), una de las voces más críticas y lúcidas de la psiquiatría actual, disecciona este fenómeno: hemos comprado la idea de que nuestra tristeza es un fallo técnico. Timimi, quien lleva décadas observando la deriva de su profesión, advierte cuando nos citamos con él para la entrevista que nuestra obsesión cultural con la normalidad nos está enfermando más.
«Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», explica el doctor. Recuerda una verdad incómoda: «El sufrimiento es algo de lo que no se puede escapar, forma parte de la condición humana». Sin embargo, caímos en una trampa cultural seductora. «Como cultura, hemos desarrollado la idea de que todo sufrimiento tiene algún tipo de arreglo técnico, que existe una tecnología capaz de eliminarlo». Aunque reconoce que el progreso ha eliminado mucho dolor innecesario, advierte que la fantasía de erradicar el dolor mental «nos ha dificultado desarrollar la resiliencia natural que poseemos».
La nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial virulencia a los adolescentes. Timimi se muestra especialmente preocupado por esta etapa vital, un periodo de metamorfosis intrínseca donde preguntas existenciales como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?» no tienen respuestas sencillas.
Lo que antaño se consideraba la angustia propia de crecer (la soledad, la inseguridad, la alienación) hoy se interpreta bajo una lente clínica. «Se ha convertido en algo que preocupa a la gente cuando experimenta estas emociones intensas. Lo interpretan como una señal de que hay algo mal en ellos». Con humor y empatía, Timimi confiesa lo que suele decir a sus pacientes jóvenes y a sus padres: «Espero de verdad que la reencarnación no sea cierta, porque no quiero volver a pasar por mi adolescencia». Sobrevivir a esa etapa es el logro, no curarla.
Detrás de esta reinterpretación del dolor hay algo más que un cambio filosófico; hay un mercado. Timimi no duda en afirmar que la angustia se ha mercantilizado, convirtiéndose en «una nueva fuente de extracción de beneficios». El mecanismo es perverso pero eficaz: se induce a la persona a creer que si siente malestar, el fallo está dentro de ella, no en su entorno. Y, convenientemente, el sistema ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto que conduzca al tratamiento adecuado.
En un contexto de dificultades económicas y políticas crecientes, la salud mental se ha vuelto un nicho de mercado lucrativo. Timimi lo compara con el concepto del capitalismo del desastre, donde las situaciones difíciles abren nuevas oportunidades de negocio. Aclara, no obstante, que «no se trata de una conspiración, es simplemente cómo funcionan los mercados».
La publicidad de estas condiciones vulnerabiliza a los niños y adolescentes bajo la premisa de la prevención mediante el diagnóstico temprano: «Una vez que tomas ese camino es más probable que acabes creando un paciente crónico que solucionando esa sensación de malestar». El diagnóstico psiquiátrico moderno funciona, según el autor, como un bien de consumo más. Al principio, satisface. Pero, como cualquier producto de consumo rápido, la satisfacción es efímera: «A la larga no funciona. Al cabo de un tiempo, los problemas regresan». Es el fenómeno de la cinta transportadora de etiquetas.
Timimi cita el caso del Dr. Alex George, un médico famoso en el Reino Unido que publicó un libro afirmando que su diagnóstico de TDAH le cambió la vida. «Un par de años después, recibió un diagnóstico de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo). Y más recientemente ha dicho que está pagando por una evaluación de autismo».
Este ciclo de insatisfacción y re-etiquetado es un problema creciente. Timimi relata el caso de una joven de 16 años que llegó a su clínica con una colección de etiquetas: autismo, TDAH, trastorno de estrés postraumático, ansiedad y TOC, además de estar medicada con dos fármacos diferentes. «Se trata de una forma de ver tus problemas que, en realidad, crea más problemas a largo plazo». La búsqueda del diagnóstico perfecto se ha convertido en una carrera sin meta, donde la normalidad siempre está un paso más allá, justo detrás de la siguiente receta.
Si uno busca en Google las causas de la depresión, encontrará miles de resultados que hablan de neurotransmisores y desequilibrios químicos. Es una narrativa culturalmente aceptada. Te sientes mal porque te falta serotonina. Te tomas una pastilla. Sube la serotonina. Te sientes bien. Sin embargo, como Timimi detalla minuciosamente en su libro Qué es ser normal, tras décadas de investigación, la llamada "teoría de la serotonina" no tiene pruebas sólidas que la respalden.
Entonces, ¿por qué insistimos colectivamente en la idea del cerebro roto? «Es muy seductora», admite Timimi. «La idea de que habrá una solución fija a nivel individual para tus experiencias de angustia resulta muy atractiva». Nos libera de la culpa y nos promete una reparación mecánica. Pero la realidad es que «la psiquiatría no ha estado a la altura de lo que podría aportar a la atención sanitaria».
El punto de inflexión, según el psiquiatra, ocurrió en los años 70. La profesión atravesaba una crisis de legitimidad: ¿podían realmente distinguir la locura de la cordura? La respuesta fue el desarrollo de manuales diagnósticos (como el DSM) basados en listas de verificación. «Construyó un nuevo sistema basado en listas de verificación para intentar darle un aire matemático y objetivo, aunque no resolvió el problema».
Lo que sí logró este sistema fue alinear los intereses de la psiquiatría con el mercado. Timimi explica con crudeza el incentivo económico que transformó la profesión: «Los médicos, especialmente en EEUU, descubrieron que podían ganar mucho más dinero haciendo diagnósticos y prescribiendo medicación que tratando a la gente psicológicamente». Era más rápido y permitía ver a más pacientes. «Esto alineó a la psiquiatría académica con la industria farmacéutica».
Esta alianza dio lugar a lo que Timimi ha bautizado como el «Complejo Industrial de la Salud Mental». No se trata solo de pastillas. El fenómeno se ha metastatizado en la cultura popular. «Las terapias empezaron a ser específicas para cada diagnóstico, surgieron libros, influencers, pódcasts... toda una industria». El resultado es una ilusión colectiva de progreso. «La gente empezó a imaginar que hay desequilibrios químicos (aunque nadie los ha encontrado), que el cerebro de las personas con autismo es diferente (no hay hallazgos sólidos al respecto), o que la depresión es genética».
"La idea de que habrá una solución fija a nivel individual para tus experiencias de angustia resulta muy atractiva"
Timimi, que se define como un psiquiatra infantil «tradicional», recuerda con nostalgia sus inicios. «Cuando empecé, no hacíamos diagnósticos, veíamos a las personas con sus problemas y familias y teníamos un punto de vista evolutivo y sistémico». Poco a poco, el TDAH, el autismo y la depresión infantil pasaban de ser rarezas a diagnósticos comunes.
El fenómeno ha dado un nuevo giro en la última década. Los diagnósticos, que antes eran etiquetas médicas a menudo estigmatizantes, se han convertido en insignias de identidad, especialmente entre los jóvenes y en las redes sociales. Perfiles de Instagram y TikTok donde la gente se define por sus etiquetas psiquiátricas: Autista, TDAH, Neurodivergente...
La expansión de estos diagnósticos a la población adulta ha requerido de cierta gimnasia conceptual. «Originalmente se pensaba que el TDAH era algo que los niños superaban al crecer, pero esa idea desapareció». Para encajar a los adultos, y especialmente a las mujeres, en estas categorías, «se introdujeron conceptos sin base científica, como el enmascaramiento».
La lógica del masking es perfecta para la expansión del mercado: «La idea es que tienes los síntomas pero no los muestras, los mantienes dentro porque eres bueno ocultándolos». Esto, según Timimi, permitió que las mujeres entraran masivamente en las categorías diagnósticas de TDAH y autismo.
Pero hay un factor cultural más profundo en juego: la política de la identidad. Timimi, cuya política se define de «izquierda tradicional» centrada en la clase social , lamenta que la izquierda haya abandonado el modelo económico para abrazar el «hiperindividualismo».
«Se volvió una cuestión de visibilidad más que de clase». En una sociedad hipercompetitiva, ser visible es vital. Y aquí es donde el Complejo Industrial de la Salud Mental encontró una mina de oro al fusionarse con la política de identidad. Tener un diagnóstico ya no es solo tener una enfermedad; es contar con una explicación, una comunidad y, curiosamente, un estatus. En lugar de preguntar por qué nuestra sociedad genera tanto malestar, nos hemos conformado con etiquetar el malestar y convertirlo en nuestra carta de presentación.
En un mundo donde los padres viven aterrorizados por la idea de que sus hijos se conviertan en "zombis" digitales, el psiquiatra ofrece una dosis de escepticismo histórico. Frente a las tesis alarmistas de autores como Jonathan Haidt sobre la «generación ansiosa», el psiquiatra pide calma.
«Advertiría contra dejarse llevar demasiado por la idea de que esto es una catástrofe», dice Timimi, recordando que el pánico moral es cíclico. «Cuando la televisión apareció en los años 50, se hablaba mucho de cómo iba a pudrir el cerebro de la gente». Para él, los teléfonos no son la causa de la ansiedad per se; el problema es más profundo y tiene que ver con cómo hemos reorganizado la vida infantil. Y aquí introduce un concepto fascinante: la «domesticación de la infancia». Hace un par de décadas, los niños tenían una vida secreta lejos de la mirada adulta; jugaban en la calle, se alejaban de casa, resolvían sus conflictos. Hoy, esa libertad se ha extinguido. «Los niños han sido llevados al ámbito doméstico y han tenido oportunidades limitadas para desarrollar su propia cultura».
"Los médicos descubrieron que podían ganar mucho más dinero prescribiendo medicación que tratando a la gente psicológicamente"
Paradójicamente, las pantallas podrían ser la respuesta de los niños a este encierro. «A veces me pregunto si las redes sociales son uno de los espacios donde pueden estar fuera, lejos de los adultos que los vigilan», reflexiona. En un mundo hipervigilado, el chat grupal es el descampado digital donde los niños intentan ser ellos mismos sin que un adulto les diga qué hacer.
Si la tecnología es el escenario, el cuerpo se ha convertido en el campo de batalla. Timimi aborda el explosivo aumento de la disforia de género, especialmente en adolescentes mujeres, conectándolo directamente con la fusión entre el «Complejo Industrial de la Salud Mental» y las políticas de identidad.
El psiquiatra se muestra crítico con el giro filosófico que ha dado la sociedad: el paso de una realidad material a una realidad proyectada desde dentro. «La realidad biológica y material se vuelve secundaria a cómo te imaginas a ti mismo». Para Timimi, esto prepara el terreno para un conflicto interno devastador: «A nivel psicológico, estás preparando a la gente para una guerra a largo plazo contra su cuerpo».
Compara esta lucha con los trastornos alimentarios, donde el deseo interno choca con la biología, pero advierte que la política de identidad ha invertido la lógica: «La realidad viene de dentro y se proyecta hacia fuera». Y esto, señala, es lo mismo que ocurre con la neurodiversidad: «Eres autista porque te sientes autista». Este enfoque, que se vende como liberador, acaba siendo profundamente conservador. Al decirles a los jóvenes que su malestar con los roles de género significa que han nacido en el cuerpo equivocado, estamos reforzando los estereotipos que queríamos destruir.
«Estás fijando una idea: 'Si eres un hombre más femenino, eso es probablemente porque eres una mujer'. Estás fijando la masculinidad y fijando la feminidad, en lugar de desafiarla». La consecuencia es una población adolescente altamente sugestionable que busca respuestas a su incomodidad vital. «Si sigues esa idea con los jóvenes, ellos querrán transicionar», advierte, señalando el cambio demográfico en sus consultas, que han pasado de estar llenas de niños traviesos a adolescentes mujeres insatisfechas. En lugar de preguntarnos qué hace que tantas chicas rechacen su feminidad, «nos centramos en la identidad», cerrando la puerta a un análisis más profundo sobre el malestar cultural.
Si el modelo actual es un «Complejo Industrial» que manufactura diagnósticos y pacientes de por vida, ¿cuál es la alternativa? Sami Timimi no se limita a la crítica destructiva; tiene una visión clara de cómo debería ser una psiquiatría que realmente ayude. Y empieza por una confesión sorprendente para un médico: su objetivo es ser irrelevante.
«Me gustaría una psiquiatría de tacto ligero, donde no somos tan importantes en la vida de las personas». En su utopía clínica, las cosas materiales, las relaciones y los amigos son los verdaderos pilares de la salud, no las visitas al médico.
Timimi denuncia que el sistema actual, desbordado y colapsado, es paradójicamente culpable de su propia saturación. Al etiquetar a los pacientes con condiciones «de por vida» y conceptos como «resistencia al tratamiento», se genera una profecía autocumplida. «Estamos creando personas resistentes al tratamiento». Su propuesta es radicalmente opuesta: intervenciones cortas, efectivas y un adiós rápido. «Ayudar a la gente durante un período de tiempo y luego darles el alta para que sigan con sus vidas».
Medicación
Uno de los puntos más polémicos de su discurso es el papel de la medicación. Timimi no aboga por la abolición total de los fármacos, pero sí por un cambio drástico en su estatus. Deben dejar de verse como la corrección de un fallo biológico para entenderse como simples herramientas temporales. Usa una analogía esclarecedora: «No dirías que un analgésico es el tratamiento para una lesión de rodilla, pero podrías tomar el analgésico... mientras haces la fisioterapia, que es la recuperación más importante».
En su práctica diaria, Timimi ya vive esta realidad. «Paso más tiempo ayudando a la gente a dejar las medicaciones que les han recetado que prescribiendo nuevas», confiesa. Asegura que se pueden obtener «resultados similares o mejores con cantidades enormemente reducidas de medicación». La farmacología, en su visión, es solo un «adyuvante», un facilitador momentáneo en un camino que debe recorrer el paciente.
Si quitamos las batas blancas, los manuales de diagnóstico y la pretensión de ser mecánicos del cerebro, ¿qué queda de la psiquiatría? Timimi propone una redefinición poética y profunda de su oficio: «La forma en que pienso en nosotros es casi como la rama filosófica de la atención sanitaria».
En lugar de dictar sentencias médicas, el psiquiatra debería ofrecer «un marco de creación de sentido». Su labor se parecería más a la de un socrático moderno que ayuda al paciente a entender su propia narrativa vital. «Somos un poco como guías filosóficos: podemos apuntarte en cierta dirección, pero la recuperación es algo que la gente hace en sus propias vidas, no lo hacemos nosotros». Los modelos alternativos ya existen —desde el Diálogo Abierto en Finlandia hasta los sistemas comunitarios de Trieste—, demostrando que es posible cuidar el sufrimiento humano sin patologizarlo.
Para Timimi, el futuro no pasa por descubrir un nuevo neurotransmisor ni por inventar más etiquetas, sino por recuperar la confianza en nuestra capacidad innata para sanar. La normalidad no es una meta médica; es simplemente la vida, con todo su desorden y su belleza, sucediendo.
"El sufrimiento es algo de lo que no se puede escapar, forma parte de la condición humana"
Frente a la enmienda a la totalidad de Timimi, el Dr. Guillermo Lahera (Madrid, 1976), profesor titular de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá, jefe de sección en el Hospital Príncipe de Asturias y autor de Las palabras de la bestia hermosa (Debate, 2024), ofrece una visión que reivindica la complejidad clínica.
Aunque concede que la psiquiatría se mueve en una «zona intermedia, incómoda pero fértil» y que la metáfora del desequilibrio químico fue una simplificación científica, Lahera advierte contra el peligro de considerar los diagnósticos como meras ficciones arbitrarias por la falta de marcadores biológicos únicos. Para él, negar la base biológica sería tan reduccionista como afirmar que todo es química: «La enfermedad mental es una realidad compleja, estratificada, donde los niveles explicativos no se excluyen, sino que se superponen».
Sobre la explosión de identidades diagnósticas, Lahera traza una línea roja en el «deterioro significativo» y el «sufrimiento persistente». Si bien reconoce que la neurodiversidad ha sido «emancipadora» al reducir estigmas, alerta de que el enfoque culturalista de Timimi conlleva un riesgo tangible: «Desatender la realidad clínica de trastornos graves que vemos todos los días en la consulta o en los hospitales, donde la intervención médica sí muestra utilidad consistente». El diagnóstico, argumenta, debe ser un instrumento flexible para comprender el funcionamiento de una persona, pero se vuelve problemático cuando pasa a «constituir el núcleo del yo».
Finalmente, ante la propuesta de una desmedicalización radical, Lahera aboga por una psiquiatría madura que no renuncie «ni al cerebro ni a la biografía». Considera que en trastornos severos como las psicosis o las depresiones melancólicas profundas, la farmacoterapia no es un invento del marketing, sino una herramienta vital. Para el doctor, la enfermedad mental es simultáneamente «bestia y lenguaje: neurobiología y significado» , y prescindir de la parte médica podría derivar en una peligrosa «romantización del padecimiento» o en una culpabilización del paciente por no ser capaz de resignificar su contexto social.
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sábado, 31 de enero de 2026
Realismo capitalista: ¿no hay alternativas?
La obra de Mark Fisher, especialmente a través de su libro Realismo capitalista: ¿no hay alternativas? (Caja Negra, 2017), es fundamental para comprender el contexto político contemporáneo, caracterizado por un aparente estancamiento ideológico y la imposibilidad de imaginar alternativas al capitalismo. Fisher analiza cómo el neoliberalismo ha colonizado no solo las estructuras económicas y políticas, sino también nuestra subjetividad, normalizando el malestar, la precariedad y la alienación como condiciones ineludibles de la vida moderna. Fisher conecta esta realidad con la depresión generalizada y el agotamiento político que obstaculizan los movimientos emancipadores. Su concepto de "realismo capitalista" describe un estado en el que la capacidad de pensar futuros diferentes ha sido erosionada, lo que resulta clave para analizar fenómenos como el ascenso de las extremas derechas, que capitalizan sobre el descontento sin ofrecer soluciones transformadoras. La obra de Fisher, por tanto, se vuelve esencial para entender las dinámicas de poder, alienación y resistencia en la era neoliberal.
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