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sábado, 31 de enero de 2026

Realismo capitalista: ¿no hay alternativas?

La obra de Mark Fisher, especialmente a través de su libro Realismo capitalista: ¿no hay alternativas? (Caja Negra, 2017), es fundamental para comprender el contexto político contemporáneo, caracterizado por un aparente estancamiento ideológico y la imposibilidad de imaginar alternativas al capitalismo. Fisher analiza cómo el neoliberalismo ha colonizado no solo las estructuras económicas y políticas, sino también nuestra subjetividad, normalizando el malestar, la precariedad y la alienación como condiciones ineludibles de la vida moderna. Fisher conecta esta realidad con la depresión generalizada y el agotamiento político que obstaculizan los movimientos emancipadores. Su concepto de "realismo capitalista" describe un estado en el que la capacidad de pensar futuros diferentes ha sido erosionada, lo que resulta clave para analizar fenómenos como el ascenso de las extremas derechas, que capitalizan sobre el descontento sin ofrecer soluciones transformadoras. La obra de Fisher, por tanto, se vuelve esencial para entender las dinámicas de poder, alienación y resistencia en la era neoliberal.

domingo, 25 de enero de 2026

Invictus

Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino ni cuantos castigos lleva mi espalda soy el amo de mi destino soy el capitan de mi alma

Unabhängigkeit.

Cómo me gusta el término alemán para designar la independencia: Unabhängigkeit. Literalmente, la capacidad para no "engancharse" de nada.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Mi amiga Susi ; Susana Cañibano la bibliotecaria que transformó la historia cultural de General Villegas

Goyo, el Memorioso, propone volver sobre figuras que dejaron una marca profunda en la historia local. En esta oportunidad, la evocación estuvo dedicada a Susana Beatriz Cañibano, una mujer cuya vida estuvo atravesada por los libros, la educación y un compromiso cultural que trascendió ampliamente los límites de General Villegas. “Pequeña de contextura, pero gigante en obra”, fue una de las definiciones que sintetizó su paso por la vida cultural villeguense. Hija de Roberto Cañibano y Nilda Penacino, Susana nació en 1959 y creció junto a sus hermanos Carlos y María Cristina en un entorno signado por la sencillez, la solidaridad y la ética, valores que marcaron su personalidad y su forma de trabajar. Realizó sus estudios primarios y secundarios en el IMI y, en 1977, se trasladó a Buenos Aires para estudiar Bibliotecología y Documentación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. No era un tiempo sencillo: el país atravesaba la dictadura militar y esa facultad siempre fue un espacio exigente y crítico. En ese contexto, Susana se destacó rápidamente por su inteligencia, su capacidad y su compromiso, cualidades que llamaron la atención de sus profesores. Tras graduarse en 1983, regresó a General Villegas y comenzó una etapa decisiva para la historia cultural de la ciudad. Asumió la conducción de la Biblioteca Pública Popular Municipal «Domingo Faustino Sarmiento» y desde allí impulsó una transformación profunda. Tal fue su nivel profesional que una de sus docentes, Estela Maris Fernández, la convocó para desempeñarse como profesora en la UBA. Durante dos años combinó la tarea de bibliotecaria en Villegas con la docencia universitaria, siempre atravesada por una fuerte modestia y una gran autocrítica, que nunca le impidieron ejercer con solvencia y reconocimiento. Una biblioteca abierta al mundo El legado de Susana Cañibano marcó un antes y un después en la biblioteca local. Cuando asumió, el acervo contaba con unos 8.000 volúmenes; al finalizar su gestión, esa cifra había crecido hasta los 30.000. Hoy, gracias al camino que ella abrió y a la continuidad del trabajo de quienes la sucedieron, la biblioteca supera los 60.000 libros. Pero su aporte no se limitó al crecimiento material. Transformó la biblioteca en un espacio vivo, convocante, pensado para niños, jóvenes y adultos. Impulsó presentaciones de libros, talleres, encuentros de escritura y actividades que sacaron la literatura del edificio para llevarla a la comunidad. Caminaba la ciudad con bolsos cargados de libros, siempre dispuesta a acercar la lectura a otros. Ese afán de crecimiento y actualización tampoco se detuvo en el ámbito local o nacional. En 1992 viajó a España para participar de Jornadas de Animación a la Lectura. En 1994 representó a la Argentina en un seminario realizado en Cuba. Un año más tarde, en 1995, volvió a España para formar parte de un Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. En 1998, ya en Brasil, participó en Salvador de Bahía como integrante del panel “Proyectos especiales de bibliotecas”. A todo esto se sumaron sus presencias constantes en las Ferias del Libro de Buenos Aires, donde buscaba ideas, contactos y nuevas miradas para aplicar en Villegas. Reconocimientos y continuidad Su labor fue reconocida en distintos niveles. En 1993 recibió el Premio Pregonero, otorgado por la editorial Colihue, por su tarea en la difusión de la literatura. En este 2025, ese mismo galardón volvió a ser concedido a la biblioteca, en continuidad con el camino que Susana había trazado. En 1995 fue distinguida por el Ejecutivo Municipal y, en 1996, la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires la reconoció como Mujer Bonaerense del Año. General Villegas la recuerda también en su geografía: una calle lleva su nombre, al igual que el Jardín de Infantes N° 913 y la sala de lectura de la biblioteca. Son marcas visibles de una presencia que sigue vigente. Susana Cañibano falleció en 1998, con apenas 38 años. Había estado 16 años al frente de la biblioteca, en un período tan intenso que parece haber sido mucho más extenso. Hoy tendría 66 años, pero su legado continúa vivo en cada estante, en cada actividad cultural y en cada lector que cruza la puerta de la biblioteca. El recuerdo compartido en Goyo, el Memorioso fue también una invitación a sostener esa herencia: la de una bibliotecaria que pensó la cultura como un derecho, un puente y una forma de transformar la comunidad.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Trabajo El “minimalismo profesional” o por qué la generación Z prefiere la tranquilidad y el tiempo libre a un ascenso en el trabajo

icon fuente Karla Guzmán (27 años) ha cambiado de trabajo tres veces en el último año. Estudiante de medicina, abandonó sus dos empleos anteriores al denunciar “explotación laboral”: guardias interminables que no le dejaban energía —ni espacio mental— para preparar su examen de residencia. Hoy trabaja en un call center médico desde casa, con horarios más estables. “Los turnos de noche, de 12 horas o más, me consumían. Llegaba, dormía, me despertaba cansada y volvía al hospital. Ya no podía más”, relata. Guzmán representa a ese ejército silencioso de jóvenes que ve el trabajo como un medio, no como un destino. El fenómeno ha sido bautizado por medios como Fortune o Forbes con la etiqueta de “minimalismo profesional”. Una nueva filosofía laboral en la que la Generación Z apuesta por un contrato claro: cumplir lo pactado, salir a su hora, preservar la vida personal y —si es posible— dejar espacio para un side hustle, o sea, trabajos satélite que aporten ingresos extra, más lucrativo y satisfactorio. Para esta generación el éxito ya no se mide en escalones corporativos conquistados, sino en estabilidad, tiempo libre y seguridad financiera, una pirámide invertida de prioridades en comparación con generaciones anteriores. Una encuesta reciente de Glassdoor sugiere que un 68% de los empleados menores de 29 años no buscarían un puesto directivo si no fuera por el sueldo o el título. “Liderar no es un objetivo cuando la ambición real está más allá del horario de oficina”, indican en su blog corporativo. Muchos jóvenes prefieren el ascenso horizontal —el salto de oportunidad en oportunidad— antes que la escalera vertical. Lo llaman “modelo nenúfar”: saltar de plataforma en plataforma, elegidas con estrategia, según lo que les convenga en cada etapa. Así lo define también Randstad en su informe sobre las condiciones laborales de la Generación Z: el promedio de permanencia en sus primeros empleos ronda apenas un año y un mes. Ya no es solo el CEO el que dura poco en sus puestos directivos: parece que también lo hacen los jóvenes que comienzan a trabajar, que buscan un trabajo que no les resulte estresante ni consuma su tiempo. Aylin Silva (28 años), productora audiovisual, lo vivió en carne propia. En sus dos últimos trabajos en comunicación y marketing sintió que era “fácilmente reemplazable” y que para acceder a horarios flexibles o algún aumento salarial tenía que “ponerse la camiseta” con horas extra no remuneradas y jornadas en fines de semana. Al poco de cumplir el año decidió convertirse en freelance. Ingresos inferiores, sí, pero también autonomía y control sobre su tiempo. Suena a cliché, pero muchos de su generación prefieren proyectos propios y clientes directos antes que jefes exigentes y promesas vacías. Para los reclutadores como Hays España o Grupo Adecco, este patrón de rotación continuada tiene varios motivos: un umbral de frustración bajo, expectativas de crecimiento claras, falta de flexibilidad de las empresas y una visión del trabajo que se vende en redes sociales que no siempre se adecúa a la realidad que se vive en el día a día. Así lo señala el director de talento del Grupo Adecco, Alberto Gavilán: “En las plataformas no te muestran a alguien que lleva cinco años trabajando, sino episodios más atractivos que no todas las empresas pueden cumplir”. Redes sociales como TikTok e Instagran están inundadas con imágenes que demuestran una cultura del trabajo que puede llegar a ser muy laxa, o todo lo contrario. Tendencias como las rutinas de las 5 AM (influencers que defienden que, madrugando muchísimo, se puede compaginar ejercicio, autocuidados y horarios laborales y que muchos han tildado de autoexplotación) y de personas que tardan horas en llegar a sus trabajos para pasar jornadas de hasta 12 horas muestran un panorama laboral que cada vez menos jóvenes buscan cumplir. Esto ha generado un problema muy serio para las empresas: “Seleccionar, formar, ajustar, perder, con personas que se van rápido, implica costes enormes”, advierte Gavilán. Además añade inestabilidad al clima interno: la rotación genera más rotación. La solución, coinciden, sería asumir que la Generación Z vino a cambiar las reglas y que las empresas deben adaptarse a sus necesidades: “Las compañías deben demostrar transparencia desde el momento cero, ofrecer liderazgo, reconocimiento, una participación activa y seguridad psicológica, debemos fomentar ese sentido de pertenencia”, explica la directora de servicios de contratación temporal y permanente de Hays España en Madrid, Silvia Pina. Según estudios recientes, el 57% de la Generación Z mantiene al menos un proyecto extra, frente al 48% de los millennials y 31 % de la generación X. Para muchos, este side hustle es una válvula: una forma de recuperar control y propósito. Como dice Aylin Silva: “Yo entendí que hacer una carrera en una empresa no es la solución, mi idea es buscar mis propios clientes y desenvolverme conforme a proyectos”. Esto no es pereza, ni desidia. Es una redefinición del contrato entre trabajador y empresa: más freelance, más polifacético, más flexible. El “minimalismo profesional” no es, para sus defensores, un acto de rebeldía, sino una revisión pragmática de lo que significa ganarse la vida. Quizá este sea el cambio más radical: aceptar que el trabajo no es una religión, sino una herramienta. Que el éxito no siempre requiere ascender, sino sobrevivir con dignidad. Y que la lealtad, si la hay, ya no va hacia el edificio de oficinas, sino hacia uno mismo.