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viernes, 6 de noviembre de 2026

Mavis Gallant ; recien ahora la descubro . Del blog La isla de Papel

Mi último descubrimiento se llama Mavis Gallant. De vez en cuando me encuentro con un autor que me deslumbra, que me pregunta y responde, que me interesa. En este caso la publicación de la primera novela que escribió (de solo dos) en castellano, "Agua verde, cielo verde" (Impedimenta, mayo de 2018, con traducción de Miguel Ros González), ha sido el detonante. A partir de ahí he buceado en su obra y hallado una magnífica edición de sus historias cortas, "Los cuentos", que Lumen editó en 2009 traducidos por Sergio Lledó. Desde la literatura se llega a la vida y al revés. La existencia de Mavis Gallant (1922-2014) es tan esclarecedora como sus historias, la forma en la que ella denominaba al numerosísimo arsenal de cuentos que escribió, cien de ellos en The New Yorker. Su triste infancia es el primer escalón de una vida llena de desarraigo e inseguridades. Nació en Montreal aunque su madre era estadounidense y su padre británico. Él murió cuando era una niña y su madre volvió a casarse y prescindió de ella. Mavis decía que su madre era de esas mujeres que nunca debió tener hijos. Tampoco hubo hermanos y fue de internado en internado, de colegio en colegio, un total de diecisiete, durante años, hasta que decidió que lo que quería era ganarse la vida de algún modo para poder escribir, que era lo que deseaba más que nada. Su trabajo alimenticio fue el periodismo y comenzó en el Montreal Standard. La mala suerte en relación con las personas la persiguió durante toda su existencia: su agente literario la engañó y su matrimonio duró apenas unos pocos años. La soledad parecía ser su destino, su santo y seña. Y todo eso lo volcó en los libros, como suele ocurrir con la mayoría de los escritores, porque escribir no es solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. Mavis Gallant siempre usó el inglés para escribir, uno de los dos idiomas que dominaba a la perfección porque siempre fue bilingüe. Consideraba al inglés el "idioma de la imaginación". Su lema de vida podía traducirse en esta frase "nada es seguro". La pérdida de su padre, de la que ni siquiera tuvo noticia en su momento para poder llorarla y hacer un duelo que la hubiera reconfortado; el abandono de su madre, que la dejó en manos de terceros; todo eso generó una carencia íntima, una falta de apego, que la acompañó toda la vida. Si no hubiera tenido talento literario, si no hubiera estado tocada por la varita mágica de las palabras, quizá la existencia de Mavis Gallant se perdiera por derroteros poco recomendables. Pero fue el talento el que la salvó, fue esa compensación de la naturaleza la que permitió que la creación la redimiera y, sobre todo, que vertiera en sus escritos, esas historias de las que ella hablaba en sus escasas entrevistas, toda la amargura, la decepción, el escepticismo. Un exilio interior que se convirtió en exilio físico. No era de ningún sitio. Los ambientes literarios no eran lo suyo. Prefería, con mucho, escribir. Ella lo repetía continuamente. Escribir, escribir, escribir. Tampoco parecía interesada por los reconocimientos o premios. Fue tardíamente recompensada en Canadá, porque era una especie de exiliada. Tampoco era francesa, aunque vivió en París muchos años y allí eligió morir. En realidad, Mavis no era de nada ni de nadie y esta independencia se paga siempre muy cara, en soledad y en desarraigo. Sin embargo, siguió escribiendo. Dos novelas, decenas de cuentos, alguna obra teatral, ensayos. Amén de sus artículos en periódicos y revistas. Todo ello constituye una obra de enorme interés, hecha con pasión y, a la vez, con el descreimiento de quien espera poco de la vida. Su disección de los personajes lleva consigo un bisturí implacable, una visión descarnada. No se hace ilusiones con respecto al mundo, ni se permite falsas esperanzas, pero todo ello lo transforma al estilo de los grandes autores: ver cualquier cosa y convertirla en palabras mayores. La creación literaria es eso: una manera distinta de mirar, una forma única de expresar lo que se ve y se siente. Eso hace Mavis Gallant, en sus novelas, en sus cuentos. Estos, como ella misma decía, no son partes de novelas, no son intentos fallidos, no son espejismos que se han quedado a medio camino. Cada cual tiene sentido en sí mismo. Siempre recomendaba que se leyeran tranquilamente. Nada de empezar con uno y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No. Ella aconsejaba que se leyera uno y se cerrara el libro. Para que el cuento surtiera su efecto, para que, como alguien ha dicho, se saliera de esa lectura convertido en alguien distinto. Mavis Gallant es el prototipo de escritora que, a pesar de todas las circunstancias adversas, termina saliendo a la luz. Nunca tuvo una buena relación con las editoriales, que escamotearon su producción, ni tampoco frecuentaba los cenáculos de donde salen los contratos y los premios. Daba a su independencia un valor inusual y su reivindicación tiene que ver con otros escritores que, después de ella, fueron a sus fuentes y bebieron de su calidad. En este caso fue Alice Munro la que se consideró su discípula y la que la reivindicó. No siempre ocurre pero, en muchos casos, la buena literatura emerge a pesar de todo. No obstante, el caso de Mavis Gallant me hace pensar, como otras veces, cuántos buenos libros se están perdiendo y cuántos buenos autores están en la oscuridad, simplemente porque publicar es tanto un negocio como un servicio a la sociedad. Cuando el equilibrio entre ambas situaciones se desvía peligrosamente hacia lo primero, entonces ocurren cosas que ningún buen lector desearía que pasaran: el olvido o la pérdida del talento.

martes, 3 de noviembre de 2026

Iris Murdoch : la elección del bien es la mas sabia de las opciones ante cualquier dilema de la vida

"Para Murdoch, el bien es un tipo de inteligencia; por ende, la elección del bien es la más sabia de las opciones ante cualquier dilema de la vida. Llegó a decir que, aunque era un gran pensador, encontraba a Freud deficiente porque el psicoanálisis se basa en «pensar demasiado en uno mismo, mientras que el mejor remedio contra el sufrimiento es ayudar a otros.» Por otro lado, la literatura en particular y el arte en general son una respuesta solida y acogedora ante los interrogantes de la filosofía. Dios no existe, el amor es falible, somos imperfectos, somos mortales, el dolor y el egoísmo nos acechan; pero nos quedan las historias, el consuelo inagotable de las palabras. En otra entrevista abundó en el tema al afirmar que «el buen arte ofrece una felicidad sin contaminar y enseña cómo mirar el mundo y entenderlo; hace que todo sea más interesante.» Creo que esta última frase sirve como innecesario resumen del estilo de Iris Murdoch: todo lo que plantea redunda en el interés del lector. La puesta en escena de sus novelas es siempre tan inteligente como inesperada, desde su arranque y su punto de vista hasta el desarrollo, el viaje de sus personajes deliciosamente estropeados; en su territorio no hay caminos hollados, ¿existe mejor regalo para el lector que ese? Para la escritora, el arte «posee dureza, firmeza, realismo, claridad, objetividad, justicia, verdad. Es el resultado de una imaginación libre, sin corromper. El mal arte es el resultado blando, caótico y autocompasivo de una fantasía esclavizada.» La suya voló libre en sus novelas, ensayos, obras de teatro y un puñado de poemas. Le encantaba escribir, aseguraba que entre el final de una novela y el inicio de otra no pasaban más de diez minutos. Y así fue hasta 1995, cuando los primeros síntomas de la enfermedad amordazaron su talento. Iris Murdoch murió el 8 de febrero de 1999 víctima del Alzheimer, perdiendo palabras, ella que tanto las había amado y cultivado: «Las palabras son los símbolos más sutiles que poseemos y nuestra producción humana depende de ellas», escribió en La soberanía del bien. Pero a nosotros nos queda el consuelo de su literatura, siempre divertida, esencial, sabia, saciante e inmortal: los lectores de Iris Murdoch la recordamos, con centenario o sin él. Y los que aún no la han disfrutado, venga, ¿a qué estáis esperando? Josan Hatero. (c) Jill Krementz, B&W. TAGS IRIS MURDOCH LITERATURA Share This

-Parodia homeopatica

domingo, 1 de noviembre de 2026

Peliculas que me gustan : Perfect days de WIM Wenders

l protagonista de Perfect Days, interpretado por Kōji Yakusho, es un limpiador de los aseos públicos de Tokio. Y lo que vemos, y lo que seguimos y tenemos la oportunidad de analizar en profundidad, es su vida. Que está hecha de altibajos, y sobre todo de normalidad. La película de Wenders no celebra el exceso ni la sobreexposición. Es una historia sencilla, a veces incluso previsible, sobre un hombre que vive solo, que habla poco y que ha decidido dar todo de sí en los gestos cotidianos de su trabajo. Limpiar, ordenar, poner las llaves en orden; fregar los espejos. Abrir y cerrar la furgoneta, podar las plantas, regarlas, poner una ficha en la máquina expendedora y coger su lata. Wenders busca la mecanicidad de lo repetitivo, la perfección de los movimientos y el compromiso que pueden requerir incluso las cosas más pequeñas y aparentemente inútiles. El mundo puede verse de dos maneras en Perfect Days: o bien directamente, y ahí están las plantas, las fotografías y las fachadas de césped, ahí están los aseos públicos y la tienda que vende películas; o bien a través del rostro de Kōji Yakusho. Que cambia, se adapta y se relaja; que se llena de arrugas y marcas. Que adquiere o pierde color, y que a través de los ojos -estos ojos tan intensos y brillantes, que se llenan de lágrimas de forma natural- sabe restituir cada emoción. A Perfect Days le va tan bien porque va en contra de todo. Esta es la verdad. Va a contracorriente de una programación teatral bulímica y excesiva. Y va en contra de una idea explosiva y musculosa del cine. Por último, va en contra de la concepción más extendida de la narración, a menudo interpretada como una serie de picos que siguen a depresiones - abismos, a veces - de tono e intensidad. Perfect Days es constante. Es una música ligera, una letanía que se repite y se solapa, que se hace cada vez más suave, que no da soluciones, ni siquiera respuestas. Pero que, increíblemente, se deja ver. Y en años como estos, en los que nos hemos acostumbrado al didactismo de las películas, a la búsqueda continua y sin sentido de la espectacularidad, Perfect Days es una pequeña gran revolución. La gente habla de ella como se habla de una experiencia vivida en vacaciones, años y años atrás: con cariño y recuerdos. Wenders ha sabido captar la esencia de un país que no es el suyo, yendo más allá de las fotos de postal y los tópicos (que los hay, por Dios, pero son pocos) sobre Japón. La normalidad no excluye la felicidad, del mismo modo que el aburrimiento, entendido como falta de sorpresas y novedades, no es necesariamente malo. Wenders lo sabe, y con esta película nos lo ha recordado a todos.

Iris Murdoch on Philosophy and Literature: Section 1

viernes, 30 de octubre de 2026

Peliculas que me gustan : Paterson : de Jim Jarmusch ( extraido del blog Cine Divergente)

Paterson narra la historia de un hombre que vive cada día el mismo día y lo siente completamente distinto, de una vida tan apegada a cada instante que se catapulta fuera de ella, de su entorno y de sus limitaciones cotidianas. Porque el Paterson de Jarmusch tampoco comprende el mundo mejor que otros antihéroes de su filmografía. Está igual de perdido que los extranjeros de Extraños en el paraíso (Stranger than Paradise, 1984) o los prisioneros de Down by Law (1986). En su capacidad de desalienarse de la rutina, el personaje descompone la realidad en estímulos recurrentes que existen solamente por sí mismos, como esa caja de cerillas, como el fondo hipnótico de un bol de cereales o de una copa de cerveza en su bar de siempre. Que nadie se lleve a engaño: la atención de Paterson a su rutina genera un desasimiento de esa realidad similar al del William Blake de Dead Man en su trayecto hacia el vaciado místico. Es solo una cuestión de grados, de intensidades, de direcciones y estrategias. Paterson tiene la habilidad de vivir entre dos mundos paralelos, inseparables. Apenas toma decisiones en su día a día, apenas toma parte de los hechos de la vida y mucho menos se opone a ellos. Tampoco es posible una lectura ideologizada de su clase obrera, del contraste entre el trabajo manual y el literario, pues conducir un autobús se nos describe como algo profundamente poético. Paterson vive como un espectador fascinado por las pequeñas cosas, por el dibujo misterioso de una baldosa o la extraña circularidad de unos cereales. Contempla la fluencia del ying y el yang sobre la realidad cotidiana y acepta cuando uno de ellos se impone al otro, cuando cambian las posiciones y aparece el desequilibrio de lo inesperado. Si todo ser tiene su reverso en alguna parte, el rival de Paterson es su perro Marvin, con quien comparte la comida, el hogar, los paseos nocturnos o la atención de su mujer. Enemigos mortales observándose cada noche de un lado al otro del salón. Personajes simétricos en ese entorno perfecto construido por Laura. Sin embargo, basta un error, una simple alteración del orden, para que una de estas fuerzas quiebre la simetría construida entre ambas. Y cuando esta armonía se altera, el poeta se hunde en el desconcierto y la duda. Sin amor la vida no tiene sentido, comenta una noche Everett, el personaje sin pareja ni correspondencia. Sin poesía la vida pierde su lenguaje de expresión, se acalla en el ruido del caos y el sinsentido. Aunque también la quiebra de esa perfección era necesaria para que los vampiros de Sólo los amantes sobreviven volvieran a la vida y rompieran su aislamiento. Ya que, en último caso, Paterson encuentra que la simetría, que el equilibrio del orden poético, exige sustentarse sobre lo asimétrico, exige aceptarlo pues ninguno de los dos tendría sentido sin el otro. Y la catarata sigue fluyendo cada día. No hay ideas sino en las cosas, dijo William Carlos Williams. El poeta solo las reproduce.