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domingo, 25 de octubre de 2026

HAN KANG : Premio Nobel de Literatura : NO leer limita la forma en que sentimos , defender la lectura es defender vida más rica

“No leer limita la forma en que sentimos”. Leer no solo amplía vocabulario o ideas; también ensancha la sensibilidad, la memoria y la manera de mirar a los demás. Defender la lectura es defender una vida interior más rica. “La literatura puede ser una puerta al dolor, pero también a la comprensión”, viene a sugerir Han Kang. En tiempos de prisa, pantallas y ruido, leer sigue siendo una forma de detenerse, pensar mejor y sentir con más profundidad. La Nobel Han Kang

Del blog . La vida segun Cata. STONER : una novela suprema . Para recordar siempre . De una persona común y corriente

ohn Williams, 1965. Páginas: 278. “You must remember what you are and what you have chosen to become, and the significance of what you are doing. There are wars and defeats and victories of the human race that are not military and that are not recorded in the annals of history. Remember that while you're trying to decide what to do.” Stoner es una novela de amor como nunca había leído. No hablo del amor que se puede sentir hacia otra persona, sino del amor y la pasión que uno siente hacia aquello que te da identidad. Ese amor que, por más que quisieras, no puedes evitar ni mucho menos controlar. William Stoner nació en una granja en Missouri a fines del siglo XIX. Es el primero en su familia en tener una educación formal y cursa agricultura en la universidad estatal para ayudar a modernizar la granja familiar. En su segundo año, llega a una clase mandatoria de literatura anglosajona, donde encuentra por primera vez a Shakespeare. Un sentimiento totalizante se apodera de él. Leer el Soneto 73, a pesar de no entenderlo, fue como si se le hubieran abierto todas las puertas, ventanas y agujeros negros del universo. Las palabras se abrieron a él de manera que no creía posible. Este soneto, además, será un indicio de lo que pasará en la obra. La novela cuenta prácticamente toda la vida de Stoner; de hecho, inicia relatando su muerte. Desde el inicio sabemos que Stoner era una persona “común y corriente”. Nunca llegó a ser un escritor famoso ni un académico aclamado y hay pocos que lo recuerdan. A pesar de esto, Stoner merece el apelativo de héroe. Sobrevivió las dos guerras mundiales, una guerra sin tregua en su propia casa y ataques constantes a su profesión, pero lo maravilloso de este personaje es que, a pesar de todas las decepciones y frustraciones que acarrean en su vida, él sigue cultivando su amor por la literatura y acepta su destino de ser profesor. Es una novela de aceptación y resiliencia porque, sin importar que la vida entera pareciera estar en su contra, su propósito seguía ahí. Nuestro héroe aprende a abrazar la soledad absoluta y en ella se encuentra a sí mismo. Es un retrato inmensamente conmovedor y realista de una persona que trata de hacer lo mejor que puede con lo que tiene, siempre viviendo su vida de la mejor forma posible. Además, Stoner es un claro ejemplo de una novela que se lee por el cómo y no por el qué. En efecto, el libro todo el tiempo te da muchas pistas de lo que va a pasar, pero la prosa de Williams es tan impecable que el efecto termina siendo que las oraciones cobren aún más relevancia. “¿Qué esperabas?” - Stoner podría ver su vida como un cúmulo de decepciones, de todas las cosas que no llegó a ser, pero decide ver la vida tal cual es. Sin esperar más de ella. Al final, siempre persiguió su amor a los libros con absoluta devoción. La vida no es más que esto; lo demás es banal.

sábado, 24 de octubre de 2026

El oficio de leer (V) Escrito por Andrea Calamari 8 marzo, 2023

Chateaubriand pasaba quince horas diarias corrigiendo sus textos. Montaigne recorría su biblioteca para tomar ideas prestadas. Los libros no eran una instrucción, sino un ejercicio practicado antes de sentarse a escribir. Hay que manejar con destreza el arte del plagio. Para Séneca, el escritor debe proceder como la abeja, que escoge lo mejor de cada flor, y no como la hormiga, que arrasa con todo lo que encuentra. Cuando no estaba trabajando sobre sus textos, Petrarca mandaba cartas a los escritores muertos, imaginaba sus respuestas y seguía el diálogo durante años. Le gustaban los antiguos manuscritos y los coleccionaba; una vez encontró uno de Cicerón y estaba tan contento que le escribió una carta para contarle. Cicerón llevaba unos 1.300 años muerto. Dante escribió la Comedia en el exilio durante casi veinte años, en distintas ciudades y añorando Florencia. Sin sus papeles, sin su escritorio, sin sus anotaciones, sin fetiche alguno de escritor. Balzac escribió La comedia humana para no terminar en la cárcel por sus deudas. Para Gustave Flaubert el trabajo sobre el estilo era un sufrimiento indecible. Pasó su vida haciendo frases y volviendo sobre ellas. No era solo un hombre que escribía, se observaba haciéndolo: registraba, comentaba y cuestionaba cada página escrita. Anhelaba escribir un libro acerca de nada, sin pretextos exteriores, sostenido por la única fuerza del estilo. A H. G. Wells no le interesó nunca la escritura, lo importante para él era el contenido. «No veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje», dijo. Stendhal visitó Italia, sintió que la belleza podía doler y consignó en sus diarios esa exaltación de los sentidos. Muchos años después volvió, supo que una de las mejores formas de mostrar la realidad es a través de la ficción y escribió La cartuja de Parma en cincuenta días. La literatura, para Lewis Carroll, era un triunfo sobre las obligaciones sociales y cotidianas. Pasó la mitad de su vida escribiendo cartas; llevó un registro de las recibidas y enviadas que incluía un resumen breve de cada una. Su último asiento lleva el número 98.721. Williams Carlos Williams adjudicaba su estilo sintético a su formación como médico: para contar una historia, alcanza con los detalles imprescindibles. Para Chéjov escribir era un trabajo minucioso con las palabras, como «bordar sobre el papel». La literatura lleva tiempo: un año para una novela, medio año para acortarla y, recién después, publicarla. A los treinta y un años Herman Melville llegó a la conclusión de que había fracasado como escritor y decidió renunciar. Poco después prefirió no hacerlo y escribió Bartleby, el escribiente. Cuando Virginia Woolf escribía Al faro hacía el esfuerzo de desprenderse de su universo narrativo por las tardes. Se impuso trabajar en la novela solo por las mañanas para dedicarle tiempo a la imprenta que compartía con su esposo Leonard. Nunca lo logró, su cabeza seguía buscando la mot juste. Robert Musil era muy cuidadoso con las palabras. Decía que el desparramador de pintura es a un pintor lo que el desparramador de tinta es al poeta. Franz Kafka necesitaba estar solo para escribir. En una carta, le dijo a Felice Bauer que si estuviera a su lado ya no sería capaz. Nunca puede estar uno lo bastante solo cuando escribe. Celeste, el ama de llaves de Proust, fue su primera lectora. Leyó la obra de su patrón a medida que la iba escribiendo. «Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente». Dice María Zambrano. Ezra Pound fue secretario de Yeats; su tarea principal era leer en voz alta. Cuando Yeats se fue a una clínica suiza para tratar su abulia, escribía sus largos poemas y se los enviaba a Pound. En el momento en que el correo llegaba de vuelta con el manuscrito revisado, disfrutaba buscando las anotaciones con los pasajes aprobados por su amigo con un «ok» o un «stet» (déjalo estar). Como a Ezra Pound le parecía un sacrilegio que T. S. Eliot desperdiciara su talento en el trabajo monótono de un banco, organizó una colecta para librar a su amigo del yugo laboral. Envió la solicitada entre sus conocidos y pidió cincuenta dólares por cabeza sin saber que Eliot se sentía muy a gusto en el banco. Hemingway habló de Ezra Pound: «Me enseñó más sobre cómo escribir y cómo no escribir que cualquier hijo de puta en vida». Mientras Ezra Pound cumplió su condena en la cárcel por traición a la patria, Marianne Moore le escribía cartas casi a diario. Para Marianne Moore lo único sagrado era el poema. Para T. S. Eliot, Ezra Pound era «Il miglior fabbro»: aquel que conoce como ninguno las posibilidades de su arte. Sabía todo lo que no debía hacerse en poesía. Lo primero, no usar adornos («ninguno, ni siquiera los buenos»). Tom Hood inventó un reino literario donde los adjetivos se conservan en la Biblioteca Nacional. Si un autor quiere usarlos, tiene que solicitar un permiso especial de, al menos, tres Jueces de las Letras. La cantidad de adjetivos diarios que se pueden usar está, presumiblemente, limitada. Walter Abish se autoimpuso una restricción alfabética para escribir Alphabetical Africa. En el primer capítulo solo usa palabras que empiezan con a, en el segundo incorpora también las que empiezan con b, en el siguiente la c y así hasta poder contar con todas. En la segunda mitad invierte el proceso: empieza a restringir la z, luego la y, luego la x. Georges Perec escribió todos sus libros a partir de restricciones. Antes de La vida instrucciones de uso, se la ganó haciendo las palabras cruzadas para los diarios parisinos. Dorothy Parker, en una imagen de 1936. / © Dorothy Parker Society Cuando le preguntaron a Dorothy Parker cómo hacía para escribir diálogos tan convincentes, respondió: «Oigo cosas». Escuchaba la vida a su alrededor y la volcaba en la escritura para que el lector fuera capaz de oír a los personajes como si no hubiera mediación. «Jamás se debe confiar en lo que los escritores dicen de sus propias obras». Dice Walter Benjamin. Aldous Huxley escribió bajo los efectos del LSD. Aquellas sesiones frenéticas de escritura las fue contando su mujer por cartas a sus amigos. A William Burroughs le obsesionaba la posibilidad de pensar sin palabras. Creía que los avances tecnológicos serían capaces de hacer prescindir a los escritores de algo tan poco práctico como las palabras. «Separadas de sus funciones habituales las palabras ofrecen una resistencia irritante». Dice Octavio Paz. «Pero, ya que hay que escribir, que al menos no aplastemos con palabras las entrelíneas». Dice Clarice Lispector. «Las palabras, sobre todo las impresas, son armas asesinas». Dice Edgar Allan Poe. «En el seno de la naturaleza, los lenguajes humanos son los únicos sonidos pretenciosos». Dice Pascal Quignard. Cuando Naipaul era chico, amaba los libros nuevos pero no los leía. Quería ser escritor y durante mucho tiempo esa ambición no fue más que una farsa: pedía plumas de regalo, juntaba tintas y cuadernos «sin el deseo ni la necesidad de escribir». Kurt Vonnegut aprendió a escribir solo lo necesario como para ganar dinero. Consiguió un espacio reducido en las revistas literarias y se dedicó a llenarlo. Sabía que la vida es como la narrativa: «Todo personaje debe querer algo, aunque sea solo un vaso de agua». Fernando Pessoa usó 316 heterónimos para escribir. Pasó toda la vida preparando el Libro del desasosiego y, cuanto más lo preparaba, más se le escapaba: inacabado e inacabable. Cincuenta años tardó Jorge Semprún en escribir La escritura o la vida. Cuando encontró el comienzo supo cómo seguir: se sentó a la mesa frente a la máquina —una Olivetti portátil con teclado español— y le dio igual. Con la historia en la cabeza, podía prescindir de los acentos abiertos y circunflejos del francés. Elizabeth Bishop escribía prosa a máquina. Para la poesía se reservaba la pluma. Ricardo Piglia dice que Tolstoi fue el primer escritor en usar la máquina de escribir. Cuando estaba en medio de un libro, Raymond Carver era incapaz de hacer otra cosa: cada día se enlazaba con el siguiente sin noción del tiempo. Diez, doce, quince horas frente a la máquina, y gran parte dedicadas a la corrección. Marguerite Yourcenar no tenía rituales ni horarios ni lugares especiales para escribir. Era capaz de hacerlo cuando fuese y donde fuese porque la escritura era su fuente de placer. E. M. Forster no necesitaba del paso del tiempo para escribir sobre experiencias propias, lo imprescindible era la distancia espacial. Irse lejos. Graham Greene se autoimpuso escribir un número diario de palabras: quinientas cuando empezaba un libro y setecientas cincuenta sobre el final. Rimbaud dejó de escribir a los diecinueve años. Robert Walser escribió: «No se puede escribir». «Para escribir un libro verdaderamente grande es necesario que uno no se dé cuenta de ello». Dijo Borges. Primo Levi era capaz de ver ritmo y poesía en la tabla periódica. Todo lo que la literatura necesita está en la ciencia: precisión, claridad y concisión. Para Ray Bradbury las ideas eran manzanas caídas entre la hierba. Si uno camina sin prestar atención («sin ojo y lengua para la belleza»), puede pasar de largo y dejar ahí tirada una fruta jugosa que se irá pudriendo de a poco.

Alice Munro ( escritora con P Nobel e ideas feministas ) conocia que su segundo marido abuso de su hija y continuó con el

La escritora Alice Munro tuvo conocimiento de que su segundo marido, Gerald Fremlin, había abusado sexualmente de su hija, Andrea Robin Skinner, y optó por seguir viviendo con él. Cronología y hechos principales • El abuso (1976): Gerald Fremlin abusó sexualmente de Andrea Robin Skinner cuando ella tenía 9 años, durante el verano de 1976. • La revelación a la madre (1992): En 1992, cuando Andrea tenía 25 años, le confesó a su madre lo ocurrido. • La reacción de Munro: Alice Munro se separó brevemente de Fremlin tras enterarse, pero regresó con él al cabo de unas semanas y continuó su matrimonio con él hasta la muerte de este en 2013. • La condena judicial (2005): Andrea Skinner denunció los hechos a la policía; en marzo de 2005, Fremlin se declaró culpable de agresión/atentado al pudor (indecent assault) y recibió una condena de dos años de libertad condicional. • La denuncia pública (2024): La historia salió a la luz pública en julio de 2024 a través de un artículo escrito por Andrea Skinner en el medio Toronto Star, generando un profundo debate ético y cultural sobre la figura de la premiada autora y Nobel de Literatura, como se detalla en reportajes de The New York Times y análisis en medios como SDPnoticias.

Seneca : maximo exponente del estoicismo elogiaba la pobreza y fue uno de los mas ricos del Imperio Romano ( consejero de Neron)

Séneca (4 a.C.–65 d.C.) • La prédica: Uno de los máximos exponentes del estoicismo. En sus cartas y ensayos elogiaba la pobreza, el desapego material, el autocontrol y la moderación como las únicas vías hacia la verdadera virtud. • El acto: Séneca fue uno de los hombres más ricos y poderosos del Imperio Romano. Logró acumular una fortuna colosal mediante la usura (cobrando intereses desorbitados en las colonias) y actuó como tutor y consejero político del tirano Nerón, justificando e ignorando los brutales crímenes del emperador para retener su estatus y sus bienes.

Arthur Miller ( intelectual humanista ) oculto a su hijo con Sindrome de Down hasta el final de su vida

Daniel Miller, el cuarto hijo del célebre dramaturgo Arthur Miller y su tercera esposa, la fotógrafa Inge Morath, nació en 1966 con síndrome de Down y fue completamente ocultado por su padre de la vida pública. A pesar de ser considerado uno de los grandes intelectuales humanistas del siglo XX, la relación de Arthur Miller con su hijo menor contrasta radicalmente con los valores morales de sus obras teatrales. Cronología de la historia de Daniel Miller • 1966 - El nacimiento e internamiento: Pocos días después de nacer, y en contra de los deseos de su madre Inge Morath, Arthur Miller insistió en internar al bebé en Southsbury, una institución pública para personas con discapacidad mental en Connecticut. Miller consideraba que la condición de su hijo era "incompatible" con su estilo de vida. • El silencio absoluto: Durante casi 40 años, Miller nunca mencionó a Daniel en público, omitió su existencia en entrevistas e incluso lo borró de su autobiografía Timebends (Vueltas al tiempo). Mientras Inge Morath lo visitaba con regularidad, el dramaturgo prácticamente nunca fue a verlo. • 1995 - El reencuentro fortuito: Padre e hijo no volvieron a verse cara a cara sino hasta los años 90, cuando Miller acudió a un acto benéfico y Daniel asistió al evento. • La influencia familiar y el testamento: Tras el matrimonio de su hermana Rebecca Miller con el actor Daniel Day-Lewis, este último conoció a Daniel y presionó fuertemente a Arthur Miller para que lo reconociera e integrara a los eventos familiares. Hacia el final de sus días, Miller cedió y modificó su testamento, dividiendo su multimillonaria herencia en partes iguales entre sus cuatro hijos. • 2007 - La revelación al mundo: La historia completa salió a la luz pública dos años después de la muerte del dramaturgo (ocurrida en 2005) gracias a un reportaje de investigación publicado por la revista Vanity Fair. A pesar del abandono paterno, Daniel Miller logró llevar una vida activa e independiente. Creció en hogares comunitarios, aprendió a valerse por sí mismo, trabajó, formó una pareja estable e incluso llegó a competir en los Juegos Paralímpicos.

Las contradicciones de Charles Dickens

1. El apóstol de la familia que destruyó la suya Dickens creó el arquetipo del hogar victoriano feliz y acogedor en obras como Un cuento de Navidad. Sin embargo, el trato hacia su propia familia fue despiadado: • El repudio de su esposa: Tras 22 años de matrimonio y 10 hijos, Dickens se enamoró de la actriz Ellen Ternan, de 18 años (él tenía 45). Para deshacerse de su esposa, Catherine Hogarth, publicó un anuncio en los periódicos acusándola falsamente de incompetente y enferma mental. • El intento de manicomio: Cartas descubiertas recientemente demuestran que Dickens intentó forzar el internamiento de Catherine en un hospital psiquiátrico para facilitar su nueva relación, un plan que fracasó porque el médico se negó a firmar el ingreso. • Crueldad con sus hijos: Al separarse de Catherine, se quedó con la custodia de sus hijos y les prohibió ver a su madre. En privado, se refería a ellos con desdén y los llegó a calificar como "sus diez grandes decepciones", acusándolos de haberle arruinado la vida económicamente. 2. Defensor de los oprimidos, pero racista imperial En Inglaterra, Dickens denunció la miseria de las clases bajas en Oliver Twist y David Copperfield. No obstante, su empatía terminaba en las fronteras británicas: • Apoyo a la violencia colonial: Cuando estalló la rebelión de los cipayos en la India (1857), Dickens adoptó una postura extremadamente violenta y vengativa. Llegó a escribir que si él fuera el comandante en jefe, exterminaría a toda la raza rebelde. • Justificación de la opresión exterior: Apoyó públicamente al gobernador de Jamaica, Edward Eyre, quien reprimió brutalmente una revuelta de trabajadores negros en 1865. Mientras defendía los derechos humanos de los pobres en Londres, justificaba la brutalidad colonial en el extranjero. 3. El crítico del capitalismo que adoraba el dinero Las novelas de Dickens fustigaban con dureza la codicia empresarial y el utilitarismo económico. En la realidad, su relación con el dinero era casi obsesiva: • Obsesión por la riqueza: Su trauma infantil —cuando su padre fue encarcelado por deudas y él tuvo que trabajar en una fábrica de betún— lo convirtió en un adicto al trabajo obsesionado con acumular capital. • Espectáculos extenuantes: Organizó maratónicas giras de lecturas públicas de sus obras cobrando altas sumas de dinero, descuidando su precaria salud por no querer cancelar ningún evento lucrativo, lo que aceleró el derrame cerebral que le costó la vida. 4. La doble moral y el secreto victoriano A pesar de ser el guardián de las buenas costumbres de la sociedad, mantuvo una doble vida perfectamente calculada: • Relación clandestina: Vivió con Ellen Ternan en una casa de campo manteniéndola oculta del ojo público para no manchar su reputación como "el gran moralista de Inglaterra". Pasaba los fines de semana fingiendo ser el respetable autor público, mientras de lunes a jueves mantenía su aventura amorosa en secreto