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domingo, 25 de agosto de 2019

Un neurocirujano en busca de sentido ( Del Blog de Sergio Minué )




One day we were born, 
one day we shall die

The same day, the same second…

Birth astride of a grave, 
the lights gleams an instant

Then it’s night once more

Samuel Beckett

Lucian Leape, el veterano profesor de Harvard, el hombre que empezó a estudiar el error y sus causas cuando nadie lo hacía, enmendó la plana a Donald Berwick sobre los fines que debe tener cualquier sistema sanitario. Berwick hablaba del Triple Objetivo ( Triple Aim) , que incluye mejorar la salud, aumentar la calidad y reducir los costes. Leape echaba en falta un cuarto elemento, tan importante como los otros: el sentido o significado de lo que hacemos Sin éste ninguno de los otros objetivos es alcanzable.
Paul Kalanithi fue desde el principio un hombre en busca de sentido, a la manera de Viktor Frankl. Cuenta en su libro (que mencionábamos en la última entrada y del que se hace eco también The Lancet en estos días), que en su búsqueda particular de significado, la literatura le proporcionó el aporte más importante. En ese proceso de búsqueda descubrió que la encrucijada en la que se encuentran la biología, la literatura, la ética y la filosofía no era otra que la medicina. El sentido resultaba del entrecruzamiento de los valores morales y la construcción de relaciones, y en ambos lugares la medicina encuentra acomodo. Porque son las relaciones, con amantes, amigos, pacientes, la que convierte una vida en algo realmente vivido.
Tal vez por todo eso, eligió neurocirugía como especialidad. Cada operación sobre el cerebro “es, inevitablemente, una manipulación de la sustancia de lo que somos”. Todo neurocirujano debe abordar ese hecho en cada encuentro con un paciente, puesto que la principal preocupación del paciente es si esa intervención sobre una parte tan sensible de su cuerpo ,alterará algo de la esencia de lo que él es.
A menudo el problema principal no consiste decidir entre vivir o morir, sino que clase de vida merece la pena ser vivida: “¿podrías negociar tu habilidad para hablar a cambio de unos meses de vida muda? ¿ ¿Merece la pena eliminar una improbable hemorragia cerebral si el precio es la expansión de tu mosca ciega visual?”
Aún siendo cirujano , Kalanithi es esencialmente un médico. Un buen médico. Como cualquier otro, cada día se enfrentaba a un cerro de papeles, las historias y expedientes de sus pacientes. Pero sabía que no eran solo papeles, sino fragmentos de narrativas personales, con sus riesgos y triunfos. Y precisamente por ello decidió tratar a todo sus expedientes como lo que eran, pacientes, y no al revés. Tenía miedo de convertirse en el estereotipo de médico que contaba Tolstoi, “preocupado de formalismos vacíos, centrado en el tratamiento repetitivo de la enfermedad ,ignorando completamente el inmenso significado humano”.
Frente a tanta presión para convertir el ejercicio de la medicina en una actividad industrial más, capaz de ser estandarizada y despersonalizada , Kalanithi propone precisamente todo lo contrario: “encontrar un espacio donde ella es una persona, y no un problema a resolver”.
Porque por desgracia la medicina va adquiriendo cada vez más ese matiz, la de la aplicación de procedimientos altamente sofisticados destinados a resolver problemas. Escribe Kalanithi:
La excelencia técnica no es suficiente. Como residente mi mayor objetivo no era salvar vidas-todos  acabamos muriendo-sino guiar al paciente y su familia en el entendimiento de la muerte y la enfermedad. Las familias reunidas alrededor de sus seres queridos a menudo no reconocen el significado completo de lo que está ocurriendo. Ellos ven el pasado, la acumulación de los recuerdos, el reciente amor sentido, representado en el cuerpo que yace ante ellos. Yo veo en cambio los posibles futuros, la ventilación mecánica a través de un agujero abierto en el cuello, el líquido macilento que sale del abdomen, la recuperación lenta y dolorosa y a menudo solamente parcial, que en algunas ocasiones nunca retorna a la persona que un día conocieron. En esas ocasiones yo no actúo como un enemigo de la muerte, sino  como su embajador. Tengo que ayudar a esas familias a entender que la persona que conocieron ( el ser humano vital e independiente)  vive ya en el pasado y que necesito su ayuda para entender qué tipo de futuro quieren para él. Mi objetivo entonces es construir un acuerdo con un compatriota que sufre: aquí estamos juntos, y yo prometo guiarte lo mejor que pueda”.
Posiblemente como escribía Beckett la vida solo resplandece un instante, y ante de que nos demos cuenta habremos vuelto a la oscuridad. Kalanithi demuestra que es posible a pesar de su brevedad, darle a esa instante todo su sentido.

sábado, 24 de agosto de 2019

De mi propia vida . Oliver Sacks

En el tiempo que me queda, tendré que arreglar mis cuentas con el mundo

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.
Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.
“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.
He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.
Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado
En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.
Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.
En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.
Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta
De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.
Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.
No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.
Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellosDespertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.
© Oliver Sacks, 2015.
Este artículo se publicó originalmente en The New York Times

CONGRESOS MÉDICOS: NO GRACIAS

 

Interesante reflexión en el último número del JAMA de marzo acerca de los congresos médicos (¡más de 100.000 al año!): “Are Medical Conferences Useful? And for Whom?“, del profesor de la Universidad de Standford y experto en epidemiología clínica y MBE, John Ioannidis, autor del aclamado artículo del PLos, “Why Most Published Research Findings Are False“.
Ioannidis critica contundentemente los presuntos contenidos científicos y académicos de los congresos así como las celebrities que se promocionan en este gran circo de la medicina

En teoría los congresos médicos tienen unos fines correctos: “Diseminar y hacer avanzar la investigación médica, entrenar en habilidades, contribuir a la formación continuada y establecer consensos científicos”. El problema es que no existe ninguna evidencia de que los congresos médicos, tal como se desarrollan en la actualidad, contribuyan realmente a estos fines. En cambio, sí que existe evidencia en contra. Sin traducir: “some accumulating evidence suggests that medical congresses may serve a specific system of questionable values that may be harmful to medicine and health care”
Ioannidis comienza por criticar la irrelevante cantidad de conocimiento pseudo-científico que se genera en forma de comunicaciones y posters. A diferencia de lo que ocurre en los congresos de otras disciplinas, como las matemáticas o la ingeniería, no existe una revisión por pares en la mayoría de ellos y, cuando existe, es poco seria (“the process is more of sentimental value”). Además, la gran mayoría de estas comunicaciones finalmente no se publican y, cuando lo son, sus conclusiones suelen variar sustancialmente. Por tanto, es muy posible, argumenta el autor, que estas comunicaciones pseudo-científicas tan solo sean un vehículo de transmisión de conocimiento inexacto y precipitado, y, por lo general, esto lo añado yo, interesado, es decir, fuertemente influido por los intereses comerciales que patrocinan las multitudinarias “late-breaker sessions”.
Pero si el conocimiento generado es más bien “soft”, los heroes clínicos encumbrados, los líderes de opinión fabricados, los investigadores patrocinados que se promocionan gracias a estos eventos suelen ser (siempre hay excepciones) mucho más irrelevantes. Como dice Ioannidis en su estupendo artículo, “leadership is sometimes judged not on scientific merit, hard work, and originality of thought but rather on the ability to navigate power circles”. Peligroso mensaje para los médicos jóvenes. Si quieres llegar a ser “afamado” y “conocido” es más importante (y rápido, y sustancioso)  el politiqueo y el coqueteo con la industria, que el trabajo lento, progresivo, esforzado y laboriosos de la investigación clínica seria.
Termina el autor: los congresos, tal como están planteados, solo favorecen a los departamentos comerciales de las farmacéuticas y a las cadenas hoteleras (“Large professional meetings, as they are currently run, may really be the best there is in modern medicine—as many sales departments of the pharmaceutical and biotechnology industry and most hotel managers would argue”).
Es el momento de que se extingan como los dinosaurios o de que cambien radicalmente.
Ah, nosotros ya lo dijimos
Abel Novoa
PD: este post se lo dedico a mi querida Cari, objetora de congresos desde siempre y que en alguna conversación me ha confesado, con cierta melancolía, que esta actitud la ha llevado a cierto ostracismo profesional. Si no te dejas ver en el circo, no existes ¿verdad Cari? Pues ese “prestigio” para el que lo quiera. Ya caerán. El tuyo, ya te lo has ganado hace tiempo por tu trabajo y dedicación con los pacientes.

Inmigrantes


jueves, 22 de agosto de 2019

El buen clinico ( del Blog El gerente demediado)



En la leyenda del Royal College of General Practitioner británico se resume la esencia del buen  trabajo de un médico clínico (“doctoring”) en sólo dos ideas : “loving care with expert knowledge”. O en latín “ Cum scientia caritas”.No siempre es fácil traducir de otra lengua conceptos que se intuyen pero cuya traslación no surge inmediatamente de nuestra memoria: uno entiende rápidamente lo que esconde un término como doctoring , y no resulta complicado comprender la expresión “loving care” ( aunque solo sea por las innumerables canciones que lo abordan), pero traducirlo como “cuidado amoroso” o incluso “ cariñoso” puede considerarse demasiado cercano, incluso moña, si hablamos de la relación entre un médico y un paciente.  Todavía peor si traducimos caritas por caridad.
Trisha Greenhalgh, en un precioso ensayo, describía lo que es el buen ejercicio clínico a partir de los dos pilares en que se asienta: el conocimiento experto, procedente de la ciencia y la experiencia, y la actitud de preocupación, interés y compromiso a la que estamos obligados ante los pacientes.
Pocos tipos han sido tan tergiversados en sus planteamientos como el recientemente fallecido David Sackett , un tipo cuya influencia en los sistemas sanitarios (al igual que la de Archie Cochrane) bien hubieran merecido un premio Nobel, en lugar de tantos premios a oscuros investigadores de citocromos de ratas. Su propuesta de “integrar la experiencia clínica individual con la mejor colección de pruebas científicas disponibles teniendo siempre en consideración los derechos , dilemas y preferencias de los pacientes” muy pronto quedó reducido al uso de estudios científicos ( generalmente ensayos clínicos aleatorizados y revisiones sistemáticas) , casi siempre realizados en entornos muy diferentes de la práctica del médico de familia, y a menudo propulsados desde una industria siempre insaciable cuando se trata de incorporar nuevos fármacos.
El mejor tratamiento, sin embargo, no es el que recomienda la última guía, sino “el que se adapta mejor a las peculiares circunstancias de cada paciente, alineados con sus preferencias y prioridades”, como señala Greenhalgh: no puede ser igual el fármaco que, ante la misma enfermedad necesita un joven que hace deporte y sale de noche ( con fines oscuros) y el de una respetable abuelita que cultiva petunias en su jardín. ¿Qué guía cubre esas diferencias? ¿Qué sistema de evaluación de objetivos retrata con fiabilidad ese comportamiento?
Si la cuestión de la preferencia del paciente desapareció pronto de los modelos de “evidencia”, la valoración de la experiencia clínica del médico ni siquiera existió alguna vez. Nadie discute la importancia del conocimiento científico a la hora de orientar una decisión, pero siempre deberá estar guiada por una requerimiento práctico  y ético: en palabras de Greenhalgh “ qué es lo mejor que se puede hacer, para ésta persona, bajo estas circunstancias”.
El doble compromiso con “scientia” y “caritas” ha sido analizado por Edvin Schei, un médico de familia que además es filósofo ( dos disciplinas mucho más cercanas de lo que parece y que nunca se integrarán en ningún plan de estudio): “la ciencia” requiere considerar al paciente desde un punto de vista objetivo, mesurable ( cifras, umbrales, tamaños); el segundo ,por el contrario, requiere atención al paciente desde un punto de vista existencial ( sus experiencias personales y subjetivas, sus necesidades humanas). La vieja diferencia entre enfermedad ( disease) y padecimiento ( illness) cobra aquí su mayor expresión, puesto que ésta última es una experiencia única, intransferible. Por eso el buen clínico no es un simple experto en procedimientos y técnicas ( lo que pretenden los modelos de industrialización de la atención, tan amados por los expertos en calidad), sino sobre todo un oyente atento, esencialmente un testigo ( como escribía Berger en Un hombre afortunado). En palabras de Schei “ la buena práctica es una competencia relacional donde la percepción empática y la creatividad otorga al médico la capacidad de usar sus cualidades personales, junto al conocimiento científico y técnico de la medicina,  para proveer ayuda individualizada de acuerdo a las particulares circunstancias del paciente”.
Siendo muy tolerantes, la dimensión objetiva de la práctica clínica tal vez podría valorarse mediante el grado de adherencia a este tipo de guías ( siempre que exista un acuerdo unánime al respecto). Pero la dimensión subjetiva es siempre un misterio,  como escribía Iona Heath en un antiguo trabajo, basado en un conocimiento que es tácito, basado en la experiencia y muy difícil de codificar. Depende de esas “ cualidades personales” de Schei que en definitiva son virtudes en sentido aristotélico.
Sin esa mitad, el clínico estará ( una vez más) demediado. Y sin su fomento y reconocimiento, tendremos en el mejor de los casos buenos operarios, pero nunca buenos médicos.

miércoles, 21 de agosto de 2019

La enseñanza debe respetar el derecho de cada uno a buscar su verdad


Camus agradeció siempre a su maestro que la escuela le enseñara que hay plagas y hay víctimas y que en la medida de lo posible hay que negarse a estar del lado de la plaga .
Se trata de educar a los jóvenes para que tomen sus decisiones y lo hagan sin desembarazarse de la obligación que supone el problema moral .
La educación debería hacernos comprender que leer , dominar la técnica  o sobresalir en el manejo de Internet no nos hace mejores personas ni mejores ciudadanos
Finlandia el país que ofrece la mejor educación del mundo, tiene un alto porcentaje de votantes xenófobos y ultraconservadores
Se puede recibir una educación exquisita y utilizarla para ser intolerante y cruel . Una cosa u otra dependerá de nuestra propia decisión individual
Y todo esto no tiene nada que ver con practicar una religión o no practicarla . Ya vemos las guerras que provocan las religiones y lo que separan , ademas de los fundamentalismos variopintos que nos asolan .

martes, 20 de agosto de 2019

Susan Sontag: La enfermedad


Susan Sontag: “La enfermedad es la cara nocturna de la vida, una ciudadanía más pesada. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”.

domingo, 18 de agosto de 2019

Vive una vida en la que te reconozcas

Vive una vida en la que te reconozcas . Terziano Terzani

 humanismo viajero 

Iván Marcos Peláez          



En la primavera de 1976 un adivino de Hong Kong le dijo a Tiziano Terzani que durante los doce meses del año 1993 no debería viajar en  avión, su vida estaría en peligro si decidía usar este medio de transporte. Como si de un suspiro se tratara
pasaron los  dieciséis años que separan las dos fechas  y Tiziano nunca olvidó aquella charla… .De repente y sin darse cuenta  el corresponsal italiano  se encontraba a  31 de Diciembre de 1992 . Esa especial nochevieja  estaba como un humilde viajero ermitaño en la selva de Laos, hora tras hora esperando la entrada del señalado 1993. 
Su cabeza  daba vueltas  alrededor de aquella conversación con el adivino, pero su corazón ya había tomado la decisión correcta…, no viajaría en avión durante 1993. Llevado por su espíritu nómada y aventurero el genial reportero italiano  empezó  a pensar como encarar ese año teniendo en cuenta  aquella vieja charla y la profecia. En sus propias manos estaba el rumbo que debía tener aquel año 1993. Podía tomarse la profecía como algo propio de un simple charlatán , pero podía  dejarse llevar y aceptar el reto para plantearse un año marcado por una forma de viajar sosegada, romántica y tranquila.
Lo que para muchos sería una mera tontería se convertía en la excusa perfecta para volver a una forma de viajar pausada y  donde uno pudiera apreciar  las distancias al ser recorridas por tierra o mar. Una forma de viajar que da la espalda a los fríos e impersonales aeropuertos, una forma de viajar donde se abrazaría con el corazón a las nobles estaciones de tren o autobús  llenas de vida  y donde se llegaría a  los pocos puertos de mar que todavía transportaban pasajeros.
Era una vuelta a los medios de transporte públicos  tradicionales :  destartalados buses, vetustos trenes y  barcos con varias décadas de servicio , esos serían los medios con los que  debería desplazarse durante todo un año. La idea reconfortaba  sobremanera a un  Terzani que veía un año especial por delante.  Su corazón le latía con fuerza al saber que no se equivocaba pues  su interior se lo  pedía quizá desde  hace  muchos años . Necesitaba unas nuevas dosis de retos, aventuras y el reencontrarse con una forma de viajar mágica y pausada que tanto le llenaba.
Las  páginas imperecederas y maravillosas  de la vida de Terzani nos llevan a recorrer  y entender el continente asiático que tanto fascinaba al viajero italiano. Podemos conocer la realidades sociales, económicas y políticas de países como Tailandia, Birmania, Laos, China, Malasia, Indonesia, Singapur, Vietnam, Mongolia, India o  Camboya.
Ayer por fin he visto la película  “El fin es mi principio”, se trata de una obra basada en el libro del mismo título. Las obras hacen referencia a uno de los grandes reporteros de las pasadas décadas: Tiziano Terzani. Para  la mayor parte del público Terzani puede ser un autor completamente desconocido, pero para otros es un referente como viajero ,reportero y persona Al igual que otros grandes reporteros, su trascendencia no suele llegar a las masas ni a las listas de éxitos de la decena de libros más vendidos.
Tiziano Terzani forma parte del olimpo especial para mucha gente entre los que me encuentro. Terzani es como otros viajeros humanistas el estilo de persona que creo nos hace mejores seres humanos, gente  sencilla y humilde como Manuel Leguineche y Ryszard Kapuscinski. Gente que en cierta forma nos marca una referencia moral y ética de un humanismo cada vez más necesario. La bondad de los extraños puede ser una buena definición para catalogar  a unos autores que llevo dentro como si fueran parte de la familia o la cuadrilla de amigos de siempre.
En estos tiempos convulsos es cuando miro a gente como Tiziano Terzani, pienso en que su  mensaje y legado se extiende con unas formas humanas, sencillas , consmopolitas y llenas de  humildad. Resulta imposible negar que me he emocionado viendo la película, aunque  como suele ocurrir casi siempre que se adapta un libro  no puede compararse con la calidad del mismo.
Terzani como tantos grandes hombres vino de una familia humilde que fue haciéndose camino en la vida a base de libros y a estudiar . Un italiano venido de la Toscana en el que se muestra un legado mediterráneo cosmopolita, sabio  y noble que viene de hace siglos. Su pasión por Asia vino desde joven y en su subconsciente estaba desde siempre la idea de ir a China. Como otros apasionados, su esfuerzo y coraje le llevo a conseguir su sueño. Antiguo ejecutivo de Olivetti , Tiziano abandonaba la seguridad económica del mundo empresarial para embarcarse en un incierto futuro como periodista.
Asia fue su lugar, el  elegante porte de fiorentino siempre le acompañó, pero sus raíces se extendieron por el mundo del lejano oriente. Su vida resulta  una aventura que nos recuerda a los libros clásicos de los genios Verne , Stevenson, Salgari o Conrad.
El mundo por montera y el viaje como catalizador de un aprendizaje basado en experiencias, diversidad, culturas, gentes y muchos  libros. Mientras los hijos de los extranjeros vivían como expatriados, Terzani llevaba a sus hijos a las escuelas populares chinas para que vivieran (y sufrieran) la realidad de la gente. Mientras otros periodistas iban a entrevistar a altos cargos, el bueno de Terzani iba en busca de las gentes corrientes para tratar de entender la realidad del pueblo corriente en la calle. Mientras unos viajaban en avión, Terzani optaba por no viajar por aire durante todo un año, y todo por  una  simple profecia que un adivino le decía.
Asia y la URSS siempre han sido dos espacios que atrajeron a Terzani , y al igual que yo lo  siento, el viaje se convertía en la verdadera escuela de la vida. Singapur le parecía un lugar que se asemejaba a un centro comercial, así que Terzani afirmaba que detestaba la aparente perfección artificial, él se consideraba un enamorado del caos, del mundo  sencillo y humilde con sus gentes. Bangkok, Pekín, Delhi o Tokyo fueron algunas de las ciudades en las que vivió, fueron su base de operaciones para su actividad como reportero del Der Spiegel alemán.
Guerras, revoluciones, genocidios, cambios  y un sin fin de situaciones sociales son las que el gran Tiziano pudo vivir durante unas décadas que cambiaron el mundo. Y así fue como el gran caballero de la Toscana sería recordado, como un eterno viajero al que le  maravillaba el mundo y sus gentes.
En estos tiempos actuales de corrupción extrema y donde parece que todo vale es cuando la figura de Tiziano Terzani adquiere su verdadera dimensión. Su legado es el de un hombre honrado, sencillo y humanista que nos lleva a entender no solamente Asia, sino también parte del camino de la vida y de la propia existencia.
Un viajero que siempre me acompaña y al que admiro profundamente. Gracias querido Tiziano, a algunas personas todavía se les puede llamar Maestro y  eres sin duda  uno de ellos…
Hoy la cita es : ”Vive una vida en la que te reconozcas” Tiziano Terzani

¿Cuanto dura una vida en el mar? del blog EL gerente De Mediado



"Quien salva una vida salva al Mundo entero".
Mishná 4:5

El hermano de mi abuelo llegó a Valparaíso a bordo del primer barco que salió de Amberes con rumbo a cualquier parte; huía de un régimen sanguinario, cuyas atrocidades los tres partidos de la derecha española pretenden hoy olvidar. Como él, fueron muchos los españoles que llegaron a América, buscando una vida mejor. El hermano de mi abuelo, como tantos otros españoles, fue acogido en Chile, pudo asentarse allí y desarrolló su proyecto de vida lejos del lugar donde nació; quiso el destino es que su hijo tuviera que repetir la misma experiencia de represión, huida y exilio a manos de otro dictador igual de siniestro, gran admirador de aquel de quien mi tío abuelo tuvo que huir.
80 años después, en un mar lleno de playas donde descansan buena parte de europeos en los meses de verano, se calcula en más de 14.000 las personas que han muerto tratando de llegar a esas mismas costas. Como en el caso del hermano de mi abuelo también huyen de dictaduras, guerras, hambrunas o miseria.
Un barco de bandera española, el Open Arms, sigue a la espera de que algún puerto europeo autorice el desembarco de las 151 personas que rescató hace 12 días en ese mar que actúa tanto de lugar de recreo como de fosa común. Mientras tanto esa Europa que da lecciones de desarrollo, derechos y valores al resto del mundo mira para otro lado excusándose en que es un problema del país de al lado.
Un tipo serio y bien trajeado, que responde al apellido de Ávalos, muestra su indignación ante los voluntarios que sin duda alguna, evitaron que esa cifra de 14000 siguiera aumentando: “…me molestan los abanderados de la humanidad que no tienen que tomar nunca una decisión, los que creen que solo ellos salvan vidas, desde el ámbito privado”. Otra mujer, también perfectamente trajeada, la ministra de Hacienda Montero, declara que “El fundador de Open Arms no está legitimado para realizar peticiones de asilo”. Su declaración parece dar a entender que ante la importancia de la “legitimación” las vidas humanas pasan a un segundo plano. No da respuesta alguna a qué hacer con las 151 personas que se hacinan en el buque; el asunto se “cosifica”, y por ello debe ser resuelto como lo que Bruno Latour llamaría un “Actante no humano”, ignorando las 151 biografías que se esconden dentro. Mientras tanto, un presidente de gobierno en funciones, incapaz de formar gobierno tres meses después de ganar las elecciones, disfrutando de sus vacaciones de verano perfectamente bronceado y acicalado, no encuentra tiempo para comunicarse con el responsable del buque de rescate, que sin embargo si es capaz de hacerlo con los presidentes de Francia o Alemania.
Tal vez si en lugar de encontrarse tan impecablemente aseados y vestidos estos políticos se encontraran en la cubierta del Open Arms, con dos lavabos y 180 metros cuadrados de cubierta para esas 151 personas, a pleno sol, pensarían de forma diferente. Las personas que allí se encuentran tienen las mismas esperanzas, angustias y deseos de una vida mejor que cualquiera de nosotros; la vida les colocó en ese lugar al borde del abismo, como colocó al hermano de mi abuelo hace 80 años, como ha colocado a tantos y tantos españoles a lo largo de los años. Lo que resulta incomprensible es que esa actitud entre altanera y desafiante la realicen políticos que dicen representar a un partido llamado socialista.
Es indudable que el problema excede de la capacidad de España, que el lugar más adecuado para realizar el desembarco es aquel cercano a donde se encuentra el buque. Pero es la propia Europa la que se muestra incapaz desde hace décadas de resolver esta situación vergonzosa, con la aquiescencia de todos y cada uno de sus dirigentes, mientras al mismo tiempo se permite dar lecciones de moral al resto del mundo.
¿Cuánto dura una vida en el mar?, se preguntaba hoy el fundador del Open Arms. Es difícil saberlo pero en cualquier caso no es mucho; aunque muchos políticos sigan la política de “ojos que no ven es corazón que no siente”, permanecer impasibles es dejar morir. Ayudarle es salvarles a ellos y en cierta forma al mundo entero.
Parte de mi familia no existiría de no haber sido acogidos por un país distante a más de 12.000 kilómetros de distancia. No creo que las personas que cada año arriesgan sus vidas y las de sus familias en el Mediterráneo tengan menos derecho a tener un futuro, sea éste lo incierto que sea.