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domingo, 30 de octubre de 2022

LA ERA BARTLEBY (O POR QUÉ PREFERIMOS NO HACER NADA)

Hace más de medio siglo, el relato de Herman Melville, ‘Bartleby, el escribiente’, relataba el hastío de un excéntrico hombre frente a la existencia (personal y laboral). Hoy, su importancia es mayor que nunca: vivimos en una sociedad agotada. Artículo Pelayo de las Heras Pelayo de las Heras @draculayeye_ ¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC? Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos). COLABORA 27 OCT 2022 bartleby ‘Office In A Small City’ (1953), por Edward Hopper. A pesar de su notable popularidad, el relato surgió a través de la alargada sombra de la indiferencia, tanto de la crítica como del público: con Bartleby, el escribiente, Herman Melville legó un relato breve y conciso, escrito con la precisión aséptica que envuelve la pluma de un notario. Tanto que, en realidad, bastan tres palabras para recordarlo: «Preferiría no hacerlo». Una frase con la que Bartleby, copista profundamente disciplinado durante los primeros días de trabajo, nos hace parpadear una y otra vez. Así lo relata el protagonista y narrador, un «abogado sin ambición» de Wall Street: «Le miré fijamente. Su rostro era muy delgado; sus ojos grises estaban vagamente serenos. No representaba la menor muestra de agitación. Si al menos en su actitud hubiera habido intranquilidad, ira impaciencia o impertinencia […] sin duda le habría despedido violentamente del local. Me quedé mirándole unos instantes, mientras él continuaba con su escritura, y luego volví a sentarme en mi escritorio. Aquello era muy extraño». Una resistencia pasiva y un peculiar hastío, el de Bartleby, que llevaría a considerar el relato como el primer cimiento del existencialismo y la literatura del absurdo. Siglo y medio después, sus ecos resuenan en otros conceptos más grandilocuentes. Es el caso del burnout –el «síndrome del trabajador quemado», reconocido por la Organización Mundial de la Salud– o la llamada gran dimisión interior. Son similares: señalan la falta de energía y la aparición de un hartazgo que lo impregna todo con la misma viscosidad que la brea. Y aunque aquí aparecen atados a una visión corporativista relacionada con la productividad, lo cierto es que el hastío apático que describen son comunes al resto de la sociedad. Precisamente la información recogida el año pasado por el Consejo General de la Psicología de España indica que las consultas psicológicas aumentaron en un 30% tras la pandemia, lo que se refleja en obras como No seas tú mismo (Paidós), donde Eudald Espluga, su autor, defiende «reivindicar la fatiga» (o, lo que es lo mismo, «reivindicar unas condiciones sociales, políticas y económicas que nos agotan, […] lo que es el primer paso para cambiar el marco neoliberal»). Algo similar expone el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (Herder), donde habla del agotamiento del sujeto moderno occidental –y también de la pequeña obra de Melville– como un agotamiento del alma (uno tan fuerte no deja fuerza alguna a la vida comunitaria); el hombre, sostiene, se ha abocado «al cansancio y a la depresión». Bartleby, ¿el revolucionario? Melville relata, durante las pocas páginas que descansan entre las tapas, cómo Bartleby, ante las distintas peticiones del dueño de la oficina y aún cumpliendo con otras tareas, repite y una otra vez su peculiar lema: «Preferiría no hacerlo». Pero también describe el descenso hacia una apatía cada vez más autodestructiva. «Bartleby permanecía junto a su ventana sumido en su ensoñación ante el muro desnudo. […] Le miré fijamente y percibí que sus ojos parecían apagados y vidriosos. […] Al final, me informó de que había abandonado para siempre la actividad de copiar», relata. Pensar en el triunfo final como meta, en el trabajo como esqueleto de la vida o en la vocación como nuestra identidad personal puede ser agotador El escribiente, sin embargo, no abandona su sitio. Permanece instalado en la oficina, como un fantasma con asuntos pendientes, mientras provoca la misericordia emocional del abogado que la regenta. Pronto, Bartleby cambia: ya no prefiere no hacer algo; ahora prefiere no hacer nada. Su negativa a moverse de sitio, incluso a pesar del cambio de oficina, hace que su cuerpo –«pálido y delgado», como el de un cadáver– termine en la cárcel por vagabundo. Un rumor llega finalmente a oídos del narrador: el motivo de la profunda fatiga de Bartleby es su antiguo empleo en la Oficina de Cartas Muertas, donde van a parar aquellas que no pueden ser entregadas al destinatario ni devueltas al remitente. Al fin y al cabo, «¿habrá alguna actividad más idónea para incrementarla [la desesperanza]? Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte». No obstante, no todo cansancio tiene por qué ser negativo. Tal como defiende Chul-Han, puede que sea la herramienta necesaria para desacelerar una vida cada vez más activa. La presión sujeta a la autoexplotación defendida por el filósofo surcoreano es evidente: pensar en el triunfo final como meta, en el trabajo como esqueleto básico de la vida o en la vocación como elemento principal de nuestra identidad personal puede ser agotador. Bartleby es, en cierto modo, un rebelde. Prefirió no hacer algo cuando había que hacerlo.

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