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jueves, 25 de diciembre de 2025

Mi amiga Susi ; Susana Cañibano la bibliotecaria que transformó la historia cultural de General Villegas

Goyo, el Memorioso, propone volver sobre figuras que dejaron una marca profunda en la historia local. En esta oportunidad, la evocación estuvo dedicada a Susana Beatriz Cañibano, una mujer cuya vida estuvo atravesada por los libros, la educación y un compromiso cultural que trascendió ampliamente los límites de General Villegas. “Pequeña de contextura, pero gigante en obra”, fue una de las definiciones que sintetizó su paso por la vida cultural villeguense. Hija de Roberto Cañibano y Nilda Penacino, Susana nació en 1959 y creció junto a sus hermanos Carlos y María Cristina en un entorno signado por la sencillez, la solidaridad y la ética, valores que marcaron su personalidad y su forma de trabajar. Realizó sus estudios primarios y secundarios en el IMI y, en 1977, se trasladó a Buenos Aires para estudiar Bibliotecología y Documentación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. No era un tiempo sencillo: el país atravesaba la dictadura militar y esa facultad siempre fue un espacio exigente y crítico. En ese contexto, Susana se destacó rápidamente por su inteligencia, su capacidad y su compromiso, cualidades que llamaron la atención de sus profesores. Tras graduarse en 1983, regresó a General Villegas y comenzó una etapa decisiva para la historia cultural de la ciudad. Asumió la conducción de la Biblioteca Pública Popular Municipal «Domingo Faustino Sarmiento» y desde allí impulsó una transformación profunda. Tal fue su nivel profesional que una de sus docentes, Estela Maris Fernández, la convocó para desempeñarse como profesora en la UBA. Durante dos años combinó la tarea de bibliotecaria en Villegas con la docencia universitaria, siempre atravesada por una fuerte modestia y una gran autocrítica, que nunca le impidieron ejercer con solvencia y reconocimiento. Una biblioteca abierta al mundo El legado de Susana Cañibano marcó un antes y un después en la biblioteca local. Cuando asumió, el acervo contaba con unos 8.000 volúmenes; al finalizar su gestión, esa cifra había crecido hasta los 30.000. Hoy, gracias al camino que ella abrió y a la continuidad del trabajo de quienes la sucedieron, la biblioteca supera los 60.000 libros. Pero su aporte no se limitó al crecimiento material. Transformó la biblioteca en un espacio vivo, convocante, pensado para niños, jóvenes y adultos. Impulsó presentaciones de libros, talleres, encuentros de escritura y actividades que sacaron la literatura del edificio para llevarla a la comunidad. Caminaba la ciudad con bolsos cargados de libros, siempre dispuesta a acercar la lectura a otros. Ese afán de crecimiento y actualización tampoco se detuvo en el ámbito local o nacional. En 1992 viajó a España para participar de Jornadas de Animación a la Lectura. En 1994 representó a la Argentina en un seminario realizado en Cuba. Un año más tarde, en 1995, volvió a España para formar parte de un Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. En 1998, ya en Brasil, participó en Salvador de Bahía como integrante del panel “Proyectos especiales de bibliotecas”. A todo esto se sumaron sus presencias constantes en las Ferias del Libro de Buenos Aires, donde buscaba ideas, contactos y nuevas miradas para aplicar en Villegas. Reconocimientos y continuidad Su labor fue reconocida en distintos niveles. En 1993 recibió el Premio Pregonero, otorgado por la editorial Colihue, por su tarea en la difusión de la literatura. En este 2025, ese mismo galardón volvió a ser concedido a la biblioteca, en continuidad con el camino que Susana había trazado. En 1995 fue distinguida por el Ejecutivo Municipal y, en 1996, la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires la reconoció como Mujer Bonaerense del Año. General Villegas la recuerda también en su geografía: una calle lleva su nombre, al igual que el Jardín de Infantes N° 913 y la sala de lectura de la biblioteca. Son marcas visibles de una presencia que sigue vigente. Susana Cañibano falleció en 1998, con apenas 38 años. Había estado 16 años al frente de la biblioteca, en un período tan intenso que parece haber sido mucho más extenso. Hoy tendría 66 años, pero su legado continúa vivo en cada estante, en cada actividad cultural y en cada lector que cruza la puerta de la biblioteca. El recuerdo compartido en Goyo, el Memorioso fue también una invitación a sostener esa herencia: la de una bibliotecaria que pensó la cultura como un derecho, un puente y una forma de transformar la comunidad.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Trabajo El “minimalismo profesional” o por qué la generación Z prefiere la tranquilidad y el tiempo libre a un ascenso en el trabajo

icon fuente Karla Guzmán (27 años) ha cambiado de trabajo tres veces en el último año. Estudiante de medicina, abandonó sus dos empleos anteriores al denunciar “explotación laboral”: guardias interminables que no le dejaban energía —ni espacio mental— para preparar su examen de residencia. Hoy trabaja en un call center médico desde casa, con horarios más estables. “Los turnos de noche, de 12 horas o más, me consumían. Llegaba, dormía, me despertaba cansada y volvía al hospital. Ya no podía más”, relata. Guzmán representa a ese ejército silencioso de jóvenes que ve el trabajo como un medio, no como un destino. El fenómeno ha sido bautizado por medios como Fortune o Forbes con la etiqueta de “minimalismo profesional”. Una nueva filosofía laboral en la que la Generación Z apuesta por un contrato claro: cumplir lo pactado, salir a su hora, preservar la vida personal y —si es posible— dejar espacio para un side hustle, o sea, trabajos satélite que aporten ingresos extra, más lucrativo y satisfactorio. Para esta generación el éxito ya no se mide en escalones corporativos conquistados, sino en estabilidad, tiempo libre y seguridad financiera, una pirámide invertida de prioridades en comparación con generaciones anteriores. Una encuesta reciente de Glassdoor sugiere que un 68% de los empleados menores de 29 años no buscarían un puesto directivo si no fuera por el sueldo o el título. “Liderar no es un objetivo cuando la ambición real está más allá del horario de oficina”, indican en su blog corporativo. Muchos jóvenes prefieren el ascenso horizontal —el salto de oportunidad en oportunidad— antes que la escalera vertical. Lo llaman “modelo nenúfar”: saltar de plataforma en plataforma, elegidas con estrategia, según lo que les convenga en cada etapa. Así lo define también Randstad en su informe sobre las condiciones laborales de la Generación Z: el promedio de permanencia en sus primeros empleos ronda apenas un año y un mes. Ya no es solo el CEO el que dura poco en sus puestos directivos: parece que también lo hacen los jóvenes que comienzan a trabajar, que buscan un trabajo que no les resulte estresante ni consuma su tiempo. Aylin Silva (28 años), productora audiovisual, lo vivió en carne propia. En sus dos últimos trabajos en comunicación y marketing sintió que era “fácilmente reemplazable” y que para acceder a horarios flexibles o algún aumento salarial tenía que “ponerse la camiseta” con horas extra no remuneradas y jornadas en fines de semana. Al poco de cumplir el año decidió convertirse en freelance. Ingresos inferiores, sí, pero también autonomía y control sobre su tiempo. Suena a cliché, pero muchos de su generación prefieren proyectos propios y clientes directos antes que jefes exigentes y promesas vacías. Para los reclutadores como Hays España o Grupo Adecco, este patrón de rotación continuada tiene varios motivos: un umbral de frustración bajo, expectativas de crecimiento claras, falta de flexibilidad de las empresas y una visión del trabajo que se vende en redes sociales que no siempre se adecúa a la realidad que se vive en el día a día. Así lo señala el director de talento del Grupo Adecco, Alberto Gavilán: “En las plataformas no te muestran a alguien que lleva cinco años trabajando, sino episodios más atractivos que no todas las empresas pueden cumplir”. Redes sociales como TikTok e Instagran están inundadas con imágenes que demuestran una cultura del trabajo que puede llegar a ser muy laxa, o todo lo contrario. Tendencias como las rutinas de las 5 AM (influencers que defienden que, madrugando muchísimo, se puede compaginar ejercicio, autocuidados y horarios laborales y que muchos han tildado de autoexplotación) y de personas que tardan horas en llegar a sus trabajos para pasar jornadas de hasta 12 horas muestran un panorama laboral que cada vez menos jóvenes buscan cumplir. Esto ha generado un problema muy serio para las empresas: “Seleccionar, formar, ajustar, perder, con personas que se van rápido, implica costes enormes”, advierte Gavilán. Además añade inestabilidad al clima interno: la rotación genera más rotación. La solución, coinciden, sería asumir que la Generación Z vino a cambiar las reglas y que las empresas deben adaptarse a sus necesidades: “Las compañías deben demostrar transparencia desde el momento cero, ofrecer liderazgo, reconocimiento, una participación activa y seguridad psicológica, debemos fomentar ese sentido de pertenencia”, explica la directora de servicios de contratación temporal y permanente de Hays España en Madrid, Silvia Pina. Según estudios recientes, el 57% de la Generación Z mantiene al menos un proyecto extra, frente al 48% de los millennials y 31 % de la generación X. Para muchos, este side hustle es una válvula: una forma de recuperar control y propósito. Como dice Aylin Silva: “Yo entendí que hacer una carrera en una empresa no es la solución, mi idea es buscar mis propios clientes y desenvolverme conforme a proyectos”. Esto no es pereza, ni desidia. Es una redefinición del contrato entre trabajador y empresa: más freelance, más polifacético, más flexible. El “minimalismo profesional” no es, para sus defensores, un acto de rebeldía, sino una revisión pragmática de lo que significa ganarse la vida. Quizá este sea el cambio más radical: aceptar que el trabajo no es una religión, sino una herramienta. Que el éxito no siempre requiere ascender, sino sobrevivir con dignidad. Y que la lealtad, si la hay, ya no va hacia el edificio de oficinas, sino hacia uno mismo.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Una y otra vez | Episodio 3: La impunidad Medicos Sin Fronteras España

“Cuando entiendes que históricamente los hombres no han estado a la altura, no hay vuelta atrás”: ¿qué hacer ante el ‘heteropesimismo’?

Hace tiempo que el término “hetero” se usa con tono despectivo en ciertos ambientes. Después de tantos siglos durante los que la heterosexualidad ha sido un estándar asfixiante, ese uso de la palabra hetero con connotaciones negativas demuestra que algunos jóvenes se están dando cuenta de que lo hetero lo permea todo: es un conjunto de reglas, un filtro estrecho a través del que muchos ven a los demás y el mecanismo estándar que regula casi todas las relaciones (no solo las afectivas o sexuales: también suelen ser muy hetero las relaciones entre padres e hijos o entre compañeros de trabajo). En estos contextos, un hetero no es alguien que, simplemente, no es homosexual, sino que, en el mejor de los casos, será un heterobásico, o lo que es lo mismo, un normie o cuñado que sigue a rajatabla el reglamento de la heteronorma. El hetero, heterazo o heterobásico practica todos esos comportamientos que refuerzan una masculinidad convencional y los exhibe, quizá porque no es consciente de ello, quizá porque así construye una identidad reaccionaria frente al feminismo. Así que, según esta escala (que va de las bromas y los memes a las advertencias o red flags) el heterobásico de baja intensidad sube fotos gritando en el fútbol o sueña con una cena romántica en La Tagliatella (también se podría hablar de heterobásicas), mientras que el heterazo (un término mucho más negativo y exclusivo para los hombres) es quien tiene comportamientos explícitamente machistas o abusivos. En cualquier caso, toda esta promiscuidad del prefijo hetero, que no deja de formar nuevas palabras que nutren tanto la jerga académica como las conversaciones de discoteca, prueba que la heterosexualidad ya no es algo inmóvil, sino que por fin está siendo discutida. De hecho, aunque el término heteropesimismo, acuñado por el investigador Asa Seresin, ha circulado desde 2019, esta expresión terminó de afianzarse el mes pasado cuando la articulista Chanté Joseph anunció en Vogue que hoy en día, cuando todas las mujeres han experimentado tantos problemas y desilusiones en sus relaciones con los hombres, tener novio ya no es algo de lo que estar orgullosa, sino que, más bien, da vergüenza. Aunque ha habido respuestas en todos los sentidos, no es complicado encontrar las razones para una afirmación que se produce, además, cuando Rosalía explica en todas sus entrevistas que atraviesa una temporada de “celibato voluntario” y se discute sobre un “giro conventual” que tiene algo que ver con el rechazo a los hombres, es decir, a los heteros “realmente existentes”. Así que, asumiendo que cualquier enfoque individualista estará incompleto, cabe preguntarse: ¿qué puede hacer el hombre heterosexual en plena era del descrédito? Un hartazgo justificado En La Venus del Smartphone (Carpe Noctem, 2025), la ensayista Marita Alonso investiga sobre el reciente declive de las aplicaciones de citas, unas plataformas que perdieron 17 millones de suscriptores durante el segundo semestre de 2024. Alonso profundiza en varios fenómenos paralelos que, sumados, provocan una tormenta perfecta sobre el universo de las citas: después de varias experiencias insatisfactorias muchas usuarias sienten fatiga y surgen quienes se toman sus encuentros como una “obligación desagradable”; el llamado “déficit masculino” consiste en “discrepancias en el nivel educativo de los cónyuges potenciales fruto de la expansión educativa de la mujer”, lo que dificulta dar con una pareja “homógama” (con un nivel parecido de estudios e ingresos) y, finalmente, las mujeres están cansadas de su “labor hermenéutica”, es decir, de ser quienes se ocupan de mantener a flote las relaciones con un nivel de comunicación óptimo. “El cúmulo de todos estos factores empuja a muchas personas a decir que no pueden más. El hastío ha entrado en la habitación… Y parece complicado que un nuevo match pueda arreglarlo”, concluye Alonso. En la práctica, este hartazgo se traduce en actitudes como la de Irene Domínguez, poeta y docente de 31 años, que está atravesando una época de “celibato voluntario”. “Personalmente, es la etiqueta que prefiero, sin que se saque de contexto, porque creo que, en general, se utiliza con cierta distancia irónica, evitando el matiz religioso”, explica a ICON. “Siento que no hay que perder la fe ni generar rencor hacia la situación, pero que es bueno pasar por una época así porque significa despojarse en gran parte de la mirada masculina”, continúa. Y antes de llegar a este punto, ¿llegó a sentirse avergonzada por mantener relaciones con hombres? “Lo de la vergüenza es excesivo. No se debe interpretar todo esto como una guerra o desencanto hacia los hombres, pero sí hacia cierto tipo de hombre que abunda, y es al que le faltan herramientas de gestión emocional porque ni se conoce a sí mismo. Nosotras, desde siempre, trabajamos más la inteligencia emocional por pura supervivencia. Y esto, en las relaciones, se comienza a percibir como una carga en un momento en el que ya no dependemos económicamente del hombre ni de un proyecto familiar”, expone Domínguez. Elizabeth Taylor y Richard Burton, una pareja en crisis (y pasión) eterna. Bettmann (Bettmann Archive) Irene Gil, artista de 34 años, lo tiene todavía más claro: “Me reconozco en el heteropesimismo, claro, estamos muchas ahí. Y en el celibato voluntario también estamos varias: es mejor no relacionarse con ningún hombre ni para sexo, porque no sale rentable”. Entonces, ¿defiende la idea de que “tener novio da vergüenza”? “Lo que eso significa es abajo el patriarcado y que ninguna mujer quiere repetir patrones como los de nuestras madres y abuelas, que han tenido que cargar toda la vida con hombres incapaces de cuidarse ni a ellos mismos ni a nadie más”, contesta. “Y lo pienso no solamente por mis propias experiencias que, efectivamente, todas son un horror. Es que históricamente los hombres no han estado a la altura. Una vez entiendes esto, no hay vuelta atrás”. Comerás flores (Sexto Piso, 2025) es la última novela de Lucía Solla. En ella, una joven se enfrenta a una relación de abuso que al principio le cuesta reconocer. “Ojalá la hubiera leído hace años”, le comentan a la autora muchas de sus lectoras, que se han sentido identificadas con la protagonista del libro y han atravesado procesos similares. Domínguez admite que ella también ha vivido “cosas rocambolescas” y que ha estado envuelta en muchas situaciones tóxicas. “Hay quien piensa que es mala suerte, pero yo creo que hay cierta tendencia a dar palos de ciego y acabar hecha trizas”, explica. Por eso, considera que son positivos ejemplos como el de la novela o la presencia de estas cuestiones en la conversación pública. “Por mi parte, creo que es más sano pensar que el amor maduro puede llegar en cualquier momento de la vida, pero no se puede ser totalmente esclavo de un proyecto vital que te montaste en tu primera juventud. Estoy en la edad en la que empiezo a ver distintos caminos que han tomado las mujeres de mi alrededor y a darme cuenta de qué puedo encontrarme si los tomo yo también”, concluye la profesora. Los peligros de dejar de discutir En Epidemia Ultra, recién publicado por Península, el académico Franco Delle Donne desentraña los secretos del éxito de figuras autoritarias como Javier Milei o Viktor Orbán. Delle Donne dedica un capítulo a la manosfera, es decir, a los entornos masculinizados donde se difunden consignas contra las mujeres. “Es un fenómeno que tiene que ver con el miedo y las inseguridades de hombres que se sienten atacados o incomprendidos. Y en algunos casos, no en todos, esto puede derivar en procesos de radicalización que obedecen a una lógica de indignación y de búsqueda de chivos expiatorios. La construcción social que les incomoda y que les impide tener ese lugar en el mundo que desearían, aunque posiblemente lo tengan pero no lo ven, es el lugar que ocupan las mujeres”, comenta a ICON el autor. “Entonces se desarrolla una teoría conspirativa: la idea del ginocentrismo, según la cual las mujeres se han organizado en contra de los hombres, en una especie de complot amplio, global, para perjudicarlos”, continúa. Una pareja se relaja al borde de un río en Lyon. ALBIN BONNARD (Hans Lucas/AFP via Getty Images) Delle Donne advierte de que parte del proceso de radicalización consiste en negar el peso político que todas estas cuestiones tienen: “Este tipo de expresiones creen que sus causas son legítimas y que obedecen al sentido común, y por eso quedan exentas de ser políticas. Para ellos política es un concepto manchado, asociado a instituciones que rechazan, como los partidos. Termina siendo un abordaje no democrático: pensar que una discusión en el debate público no es política es simplemente ignorar la realidad”. A pesar de ello, muchos partidos y líderes compiten por los votos de quienes piensan así y refuerzan sus discursos misóginos en una espiral que se retroalimenta. “Me acuerdo de Maximilian Krah, de Alternativa para Alemania, hablando de ser un verdadero hombre, ser de derechas o tener las cosas claras para responder a esas preguntas sociales”, ejemplifica. En una situación así, la psicóloga Sara Berbel, coautora de Obedecedario Patriarcal (Anagrama, 2024) y exdirectora del Instituto Catalán de las Mujeres, indica que las redes no ayudan porque son corresponsables de haber agrandado la grieta entre sexos hasta hacerla casi insalvable. “Los clickbaits disfrutan mucho con una guerra de sexos que no hay que alimentar porque es nociva para ambos”. “Lo que tenemos que hacer es salir de las pasiones tristes y alimentar la alegría, el diálogo y la conversación, sea física o virtual”, recomienda. Su compañero en Obedecedario Patriarcal, el filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona, Bernat Castany, está de acuerdo y piensa que ningún pánico moral (tampoco el que supone rechazar a todos los hombres a priori) está justificado: “Ya en 1972, Stanley Cohen, en su libro Demonios populares y pánicos morales, designó esas preocupaciones desproporcionadas, virales y volátiles que, a raíz de algún suceso, no siempre real o significativo, habrían pasado a ser percibidas como una amenaza para los valores de la sociedad”. Castany cree que sería un error pensar que hombres y mujeres no participan de “una misma condición humana común”, puesto que la gran diferencia entre unos y otras —el patriarcado— es, sobre todo, estructural o de abuso de poder. Por eso, desde su punto de vista, el heteropesimismo como respuesta a una presunta disputa entre hombres y mujeres se queda corto y la insatisfacción hacia la que apunta responde a aspectos todavía más profundos de la naturaleza humana: “Asa Seresin acierta definiendo el heteropesimismo como la sensación de que las relaciones heterosexuales son inherentemente problemáticas, aburridas o incluso peligrosas. Pero es que todas las relaciones amorosas, familiares, amicales, políticas, entre hombres y mujeres, entre hombres o entre mujeres. son así. No es improbable que detrás del heteropesimismo lata, primero, la eterna insatisfacción de todo ser humano con lo real, intensificada por discursos culturales idealizadores de esas relaciones, que hablan del enamoramiento, pero no de la convivencia; segundo, la economización de las relaciones humanas, que ha transformado a las personas en clientes que buscan a toda costa una ganancia individual, infligiendo una mirada calculadora sobre realidades complejas; y, tercero una especie de alergia o intolerancia ontológica, que nos lleva a buscar lo que es idéntico a nosotros”. Una respuesta complicada para disolver un cansancio legítimo “No queremos ni podemos estar explicando las mismas cosas evidentes toda la vida. ¿Por qué los hombres hetero no entienden ya la movida? ¿No quieren? ¿O no pueden realmente? Está claro que el sistema quiere que todo siga como hasta ahora. Pero estamos aquí, muchas mujeres estamos ahí. Y una vez entras ahí ya no vuelves atrás”, se queja Gil. Como también han desarrollado autoras como Sarah Ahmed (que recurre al concepto “feminista aguafiestas”), hacer una pedagogía amable no es ninguna obligación que deban asumir las mujeres. Del mismo modo, Berbel cree que el patriarcado “solo se puede romper con un trabajo masculino en ese sentido. Deben como colectivo plantearse en qué momento están y de qué manera pueden compartir en igualdad los diferentes aspectos de la vida. La única fórmula que hay es disolver este cansancio legítimo, es a través del trabajo masculino, y para eso es imprescindible que aparezcan voces de hombres que discrepan de esa masculinidad que ellos mismos no practican, y defiendan la ternura, el amor, los cuidados y la igualdad en las tareas domésticas”. La respuesta de Castany ante la pregunta “qué pueden hacer los hombres” va todavía más allá y llama a resistirse frente a aquellos que, como “la industria cultural, la economía de plataformas y la propaganda ideológica”, buscan “compartimentar el mercado encerrándonos en burbujas que alimentan nuestra intolerancia”. “El criterio debería ser siempre distinguir qué actitudes y políticas aumentan la potencia/alegría del mayor número de personas. Y, sin duda, cuanto más abiertos estemos a la variedad de experiencias, individuos y caracteres, mayor conocimiento, y por lo tanto libertad y potencia, poseeremos para participar del mundo en el mayor número de dimensiones posibles”, explica el filósofo. Lo que Domínguez responde es que nada de esto debería derivar “en otra manera más de vendernos un modo de vida individualista”; así que, en su opinión, lo que los hombres necesitan es: “autoconocimiento”. “Es difícil hacer trabajo de espejo, ponerte frente a tus inseguridades y darte cuenta de que tal vez dependes más de lo que creías de la validación femenina, puesto que reconocerlo te pone en una situación de sumisión y vulnerabilidad. Creo que nosotras estamos más familiarizadas con eso de que se nos perciba como inseguras, pero el hombre no tanto”, termina esta joven que, por el momento, mantiene su “celibato voluntario”.