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viernes, 6 de febrero de 2026

Salud El millonario negocio de querer ser normal: "La angustia se ha convertido en una nueva fuente de extracción de beneficios" El doctor Sami Timimi, una de las voces más críticas y lúcidas de la psiquiatría británica actual, publica un manual en el que advierte que nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial virulencia a los adolescentes y disparando la medicalización como alivio

Daniel ArjonaTexto Carmen CasadoIlustraciones. Madrid Texto Ilustraciones. Madrid Actualizado Miércoles, 4 febrero 2026 - 00:00 «No sé», dice Eleanor, de 14 años, con los brazos cruzados y un piercing en la nariz que brilla bajo la luz de la consulta. Su madre, Nicole, está desesperada: su hija se autolesiona, tiene ansiedad y sus estados de ánimo son una montaña rusa. Nicole busca una respuesta concreta: «Necesitamos saber qué le pasa. Quizá tenga una depresión o un trastorno bipolar. También me he preguntado si será autismo». Esta escena, descrita en el prólogo del libro Qué es ser normal (Debate), encapsula la crisis moderna de la salud mental: la angustiosa búsqueda de una etiqueta que explique por qué duele vivir. En su nueva obra, el británico de origen iraquí Sami Timimi (1960), una de las voces más críticas y lúcidas de la psiquiatría actual, disecciona este fenómeno: hemos comprado la idea de que nuestra tristeza es un fallo técnico. Timimi, quien lleva décadas observando la deriva de su profesión, advierte cuando nos citamos con él para la entrevista que nuestra obsesión cultural con la normalidad nos está enfermando más. «Lo que ha sucedido con nuestro concepto del sufrimiento es que se ha transformado», explica el doctor. Recuerda una verdad incómoda: «El sufrimiento es algo de lo que no se puede escapar, forma parte de la condición humana». Sin embargo, caímos en una trampa cultural seductora. «Como cultura, hemos desarrollado la idea de que todo sufrimiento tiene algún tipo de arreglo técnico, que existe una tecnología capaz de eliminarlo». Aunque reconoce que el progreso ha eliminado mucho dolor innecesario, advierte que la fantasía de erradicar el dolor mental «nos ha dificultado desarrollar la resiliencia natural que poseemos». La nueva visión tecnocrática del alma humana está golpeando con especial virulencia a los adolescentes. Timimi se muestra especialmente preocupado por esta etapa vital, un periodo de metamorfosis intrínseca donde preguntas existenciales como «¿dónde encajo?» o «¿cuál es el sentido de la vida?» no tienen respuestas sencillas. Lo que antaño se consideraba la angustia propia de crecer (la soledad, la inseguridad, la alienación) hoy se interpreta bajo una lente clínica. «Se ha convertido en algo que preocupa a la gente cuando experimenta estas emociones intensas. Lo interpretan como una señal de que hay algo mal en ellos». Con humor y empatía, Timimi confiesa lo que suele decir a sus pacientes jóvenes y a sus padres: «Espero de verdad que la reencarnación no sea cierta, porque no quiero volver a pasar por mi adolescencia». Sobrevivir a esa etapa es el logro, no curarla. Detrás de esta reinterpretación del dolor hay algo más que un cambio filosófico; hay un mercado. Timimi no duda en afirmar que la angustia se ha mercantilizado, convirtiéndose en «una nueva fuente de extracción de beneficios». El mecanismo es perverso pero eficaz: se induce a la persona a creer que si siente malestar, el fallo está dentro de ella, no en su entorno. Y, convenientemente, el sistema ofrece una reparación en forma de diagnóstico correcto que conduzca al tratamiento adecuado. En un contexto de dificultades económicas y políticas crecientes, la salud mental se ha vuelto un nicho de mercado lucrativo. Timimi lo compara con el concepto del capitalismo del desastre, donde las situaciones difíciles abren nuevas oportunidades de negocio. Aclara, no obstante, que «no se trata de una conspiración, es simplemente cómo funcionan los mercados». La publicidad de estas condiciones vulnerabiliza a los niños y adolescentes bajo la premisa de la prevención mediante el diagnóstico temprano: «Una vez que tomas ese camino es más probable que acabes creando un paciente crónico que solucionando esa sensación de malestar». El diagnóstico psiquiátrico moderno funciona, según el autor, como un bien de consumo más. Al principio, satisface. Pero, como cualquier producto de consumo rápido, la satisfacción es efímera: «A la larga no funciona. Al cabo de un tiempo, los problemas regresan». Es el fenómeno de la cinta transportadora de etiquetas. Timimi cita el caso del Dr. Alex George, un médico famoso en el Reino Unido que publicó un libro afirmando que su diagnóstico de TDAH le cambió la vida. «Un par de años después, recibió un diagnóstico de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo). Y más recientemente ha dicho que está pagando por una evaluación de autismo». Este ciclo de insatisfacción y re-etiquetado es un problema creciente. Timimi relata el caso de una joven de 16 años que llegó a su clínica con una colección de etiquetas: autismo, TDAH, trastorno de estrés postraumático, ansiedad y TOC, además de estar medicada con dos fármacos diferentes. «Se trata de una forma de ver tus problemas que, en realidad, crea más problemas a largo plazo». La búsqueda del diagnóstico perfecto se ha convertido en una carrera sin meta, donde la normalidad siempre está un paso más allá, justo detrás de la siguiente receta. Si uno busca en Google las causas de la depresión, encontrará miles de resultados que hablan de neurotransmisores y desequilibrios químicos. Es una narrativa culturalmente aceptada. Te sientes mal porque te falta serotonina. Te tomas una pastilla. Sube la serotonina. Te sientes bien. Sin embargo, como Timimi detalla minuciosamente en su libro Qué es ser normal, tras décadas de investigación, la llamada "teoría de la serotonina" no tiene pruebas sólidas que la respalden. Entonces, ¿por qué insistimos colectivamente en la idea del cerebro roto? «Es muy seductora», admite Timimi. «La idea de que habrá una solución fija a nivel individual para tus experiencias de angustia resulta muy atractiva». Nos libera de la culpa y nos promete una reparación mecánica. Pero la realidad es que «la psiquiatría no ha estado a la altura de lo que podría aportar a la atención sanitaria». El punto de inflexión, según el psiquiatra, ocurrió en los años 70. La profesión atravesaba una crisis de legitimidad: ¿podían realmente distinguir la locura de la cordura? La respuesta fue el desarrollo de manuales diagnósticos (como el DSM) basados en listas de verificación. «Construyó un nuevo sistema basado en listas de verificación para intentar darle un aire matemático y objetivo, aunque no resolvió el problema». Lo que sí logró este sistema fue alinear los intereses de la psiquiatría con el mercado. Timimi explica con crudeza el incentivo económico que transformó la profesión: «Los médicos, especialmente en EEUU, descubrieron que podían ganar mucho más dinero haciendo diagnósticos y prescribiendo medicación que tratando a la gente psicológicamente». Era más rápido y permitía ver a más pacientes. «Esto alineó a la psiquiatría académica con la industria farmacéutica». Esta alianza dio lugar a lo que Timimi ha bautizado como el «Complejo Industrial de la Salud Mental». No se trata solo de pastillas. El fenómeno se ha metastatizado en la cultura popular. «Las terapias empezaron a ser específicas para cada diagnóstico, surgieron libros, influencers, pódcasts... toda una industria». El resultado es una ilusión colectiva de progreso. «La gente empezó a imaginar que hay desequilibrios químicos (aunque nadie los ha encontrado), que el cerebro de las personas con autismo es diferente (no hay hallazgos sólidos al respecto), o que la depresión es genética». "La idea de que habrá una solución fija a nivel individual para tus experiencias de angustia resulta muy atractiva" Timimi, que se define como un psiquiatra infantil «tradicional», recuerda con nostalgia sus inicios. «Cuando empecé, no hacíamos diagnósticos, veíamos a las personas con sus problemas y familias y teníamos un punto de vista evolutivo y sistémico». Poco a poco, el TDAH, el autismo y la depresión infantil pasaban de ser rarezas a diagnósticos comunes. El fenómeno ha dado un nuevo giro en la última década. Los diagnósticos, que antes eran etiquetas médicas a menudo estigmatizantes, se han convertido en insignias de identidad, especialmente entre los jóvenes y en las redes sociales. Perfiles de Instagram y TikTok donde la gente se define por sus etiquetas psiquiátricas: Autista, TDAH, Neurodivergente... La expansión de estos diagnósticos a la población adulta ha requerido de cierta gimnasia conceptual. «Originalmente se pensaba que el TDAH era algo que los niños superaban al crecer, pero esa idea desapareció». Para encajar a los adultos, y especialmente a las mujeres, en estas categorías, «se introdujeron conceptos sin base científica, como el enmascaramiento». La lógica del masking es perfecta para la expansión del mercado: «La idea es que tienes los síntomas pero no los muestras, los mantienes dentro porque eres bueno ocultándolos». Esto, según Timimi, permitió que las mujeres entraran masivamente en las categorías diagnósticas de TDAH y autismo. Pero hay un factor cultural más profundo en juego: la política de la identidad. Timimi, cuya política se define de «izquierda tradicional» centrada en la clase social , lamenta que la izquierda haya abandonado el modelo económico para abrazar el «hiperindividualismo». «Se volvió una cuestión de visibilidad más que de clase». En una sociedad hipercompetitiva, ser visible es vital. Y aquí es donde el Complejo Industrial de la Salud Mental encontró una mina de oro al fusionarse con la política de identidad. Tener un diagnóstico ya no es solo tener una enfermedad; es contar con una explicación, una comunidad y, curiosamente, un estatus. En lugar de preguntar por qué nuestra sociedad genera tanto malestar, nos hemos conformado con etiquetar el malestar y convertirlo en nuestra carta de presentación. En un mundo donde los padres viven aterrorizados por la idea de que sus hijos se conviertan en "zombis" digitales, el psiquiatra ofrece una dosis de escepticismo histórico. Frente a las tesis alarmistas de autores como Jonathan Haidt sobre la «generación ansiosa», el psiquiatra pide calma. «Advertiría contra dejarse llevar demasiado por la idea de que esto es una catástrofe», dice Timimi, recordando que el pánico moral es cíclico. «Cuando la televisión apareció en los años 50, se hablaba mucho de cómo iba a pudrir el cerebro de la gente». Para él, los teléfonos no son la causa de la ansiedad per se; el problema es más profundo y tiene que ver con cómo hemos reorganizado la vida infantil. Y aquí introduce un concepto fascinante: la «domesticación de la infancia». Hace un par de décadas, los niños tenían una vida secreta lejos de la mirada adulta; jugaban en la calle, se alejaban de casa, resolvían sus conflictos. Hoy, esa libertad se ha extinguido. «Los niños han sido llevados al ámbito doméstico y han tenido oportunidades limitadas para desarrollar su propia cultura». "Los médicos descubrieron que podían ganar mucho más dinero prescribiendo medicación que tratando a la gente psicológicamente" Paradójicamente, las pantallas podrían ser la respuesta de los niños a este encierro. «A veces me pregunto si las redes sociales son uno de los espacios donde pueden estar fuera, lejos de los adultos que los vigilan», reflexiona. En un mundo hipervigilado, el chat grupal es el descampado digital donde los niños intentan ser ellos mismos sin que un adulto les diga qué hacer. Si la tecnología es el escenario, el cuerpo se ha convertido en el campo de batalla. Timimi aborda el explosivo aumento de la disforia de género, especialmente en adolescentes mujeres, conectándolo directamente con la fusión entre el «Complejo Industrial de la Salud Mental» y las políticas de identidad. El psiquiatra se muestra crítico con el giro filosófico que ha dado la sociedad: el paso de una realidad material a una realidad proyectada desde dentro. «La realidad biológica y material se vuelve secundaria a cómo te imaginas a ti mismo». Para Timimi, esto prepara el terreno para un conflicto interno devastador: «A nivel psicológico, estás preparando a la gente para una guerra a largo plazo contra su cuerpo». Compara esta lucha con los trastornos alimentarios, donde el deseo interno choca con la biología, pero advierte que la política de identidad ha invertido la lógica: «La realidad viene de dentro y se proyecta hacia fuera». Y esto, señala, es lo mismo que ocurre con la neurodiversidad: «Eres autista porque te sientes autista». Este enfoque, que se vende como liberador, acaba siendo profundamente conservador. Al decirles a los jóvenes que su malestar con los roles de género significa que han nacido en el cuerpo equivocado, estamos reforzando los estereotipos que queríamos destruir. «Estás fijando una idea: 'Si eres un hombre más femenino, eso es probablemente porque eres una mujer'. Estás fijando la masculinidad y fijando la feminidad, en lugar de desafiarla». La consecuencia es una población adolescente altamente sugestionable que busca respuestas a su incomodidad vital. «Si sigues esa idea con los jóvenes, ellos querrán transicionar», advierte, señalando el cambio demográfico en sus consultas, que han pasado de estar llenas de niños traviesos a adolescentes mujeres insatisfechas. En lugar de preguntarnos qué hace que tantas chicas rechacen su feminidad, «nos centramos en la identidad», cerrando la puerta a un análisis más profundo sobre el malestar cultural. Si el modelo actual es un «Complejo Industrial» que manufactura diagnósticos y pacientes de por vida, ¿cuál es la alternativa? Sami Timimi no se limita a la crítica destructiva; tiene una visión clara de cómo debería ser una psiquiatría que realmente ayude. Y empieza por una confesión sorprendente para un médico: su objetivo es ser irrelevante. «Me gustaría una psiquiatría de tacto ligero, donde no somos tan importantes en la vida de las personas». En su utopía clínica, las cosas materiales, las relaciones y los amigos son los verdaderos pilares de la salud, no las visitas al médico. Timimi denuncia que el sistema actual, desbordado y colapsado, es paradójicamente culpable de su propia saturación. Al etiquetar a los pacientes con condiciones «de por vida» y conceptos como «resistencia al tratamiento», se genera una profecía autocumplida. «Estamos creando personas resistentes al tratamiento». Su propuesta es radicalmente opuesta: intervenciones cortas, efectivas y un adiós rápido. «Ayudar a la gente durante un período de tiempo y luego darles el alta para que sigan con sus vidas». Medicación Uno de los puntos más polémicos de su discurso es el papel de la medicación. Timimi no aboga por la abolición total de los fármacos, pero sí por un cambio drástico en su estatus. Deben dejar de verse como la corrección de un fallo biológico para entenderse como simples herramientas temporales. Usa una analogía esclarecedora: «No dirías que un analgésico es el tratamiento para una lesión de rodilla, pero podrías tomar el analgésico... mientras haces la fisioterapia, que es la recuperación más importante». En su práctica diaria, Timimi ya vive esta realidad. «Paso más tiempo ayudando a la gente a dejar las medicaciones que les han recetado que prescribiendo nuevas», confiesa. Asegura que se pueden obtener «resultados similares o mejores con cantidades enormemente reducidas de medicación». La farmacología, en su visión, es solo un «adyuvante», un facilitador momentáneo en un camino que debe recorrer el paciente. Si quitamos las batas blancas, los manuales de diagnóstico y la pretensión de ser mecánicos del cerebro, ¿qué queda de la psiquiatría? Timimi propone una redefinición poética y profunda de su oficio: «La forma en que pienso en nosotros es casi como la rama filosófica de la atención sanitaria». En lugar de dictar sentencias médicas, el psiquiatra debería ofrecer «un marco de creación de sentido». Su labor se parecería más a la de un socrático moderno que ayuda al paciente a entender su propia narrativa vital. «Somos un poco como guías filosóficos: podemos apuntarte en cierta dirección, pero la recuperación es algo que la gente hace en sus propias vidas, no lo hacemos nosotros». Los modelos alternativos ya existen —desde el Diálogo Abierto en Finlandia hasta los sistemas comunitarios de Trieste—, demostrando que es posible cuidar el sufrimiento humano sin patologizarlo. Para Timimi, el futuro no pasa por descubrir un nuevo neurotransmisor ni por inventar más etiquetas, sino por recuperar la confianza en nuestra capacidad innata para sanar. La normalidad no es una meta médica; es simplemente la vida, con todo su desorden y su belleza, sucediendo. "El sufrimiento es algo de lo que no se puede escapar, forma parte de la condición humana" Frente a la enmienda a la totalidad de Timimi, el Dr. Guillermo Lahera (Madrid, 1976), profesor titular de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá, jefe de sección en el Hospital Príncipe de Asturias y autor de Las palabras de la bestia hermosa (Debate, 2024), ofrece una visión que reivindica la complejidad clínica. Aunque concede que la psiquiatría se mueve en una «zona intermedia, incómoda pero fértil» y que la metáfora del desequilibrio químico fue una simplificación científica, Lahera advierte contra el peligro de considerar los diagnósticos como meras ficciones arbitrarias por la falta de marcadores biológicos únicos. Para él, negar la base biológica sería tan reduccionista como afirmar que todo es química: «La enfermedad mental es una realidad compleja, estratificada, donde los niveles explicativos no se excluyen, sino que se superponen». Sobre la explosión de identidades diagnósticas, Lahera traza una línea roja en el «deterioro significativo» y el «sufrimiento persistente». Si bien reconoce que la neurodiversidad ha sido «emancipadora» al reducir estigmas, alerta de que el enfoque culturalista de Timimi conlleva un riesgo tangible: «Desatender la realidad clínica de trastornos graves que vemos todos los días en la consulta o en los hospitales, donde la intervención médica sí muestra utilidad consistente». El diagnóstico, argumenta, debe ser un instrumento flexible para comprender el funcionamiento de una persona, pero se vuelve problemático cuando pasa a «constituir el núcleo del yo». Finalmente, ante la propuesta de una desmedicalización radical, Lahera aboga por una psiquiatría madura que no renuncie «ni al cerebro ni a la biografía». Considera que en trastornos severos como las psicosis o las depresiones melancólicas profundas, la farmacoterapia no es un invento del marketing, sino una herramienta vital. Para el doctor, la enfermedad mental es simultáneamente «bestia y lenguaje: neurobiología y significado» , y prescindir de la parte médica podría derivar en una peligrosa «romantización del padecimiento» o en una culpabilización del paciente por no ser capaz de resignificar su contexto social. Ver 6 comentarios

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