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domingo, 10 de septiembre de 2023

Siri Hustvedt defiende la necesidad "apremiante" de la universidad como "refugio" del aprendizaje sin censuras

La escritora norteamericana Siri Hustvedt ha defendido la necesidad "apremiante" de la universidad como "refugio" del aprendizaje sin censuras, donde todos los puntos de vista son "bienvenidos", pero donde ninguno limite la libertad de expresión. Siri Hustvedt defiende la necesidad "apremiante" de la universidad como "refugio" del aprendizaje sin censura Leer más: https://www.europapress.es/cantabria/noticia-siri-hustvedt-defiende-necesidad-apremiante-universidad-refugio-aprendizaje-censuras-20230907150554.html

Evitar la esclavitud

El conocimiento no puede estar al servicio exclusivo del mercado laboral; ha de fomentar el juicio propio y la independencia. Una educación que sólo enseña lo útil sólo sirve para servir. Gracias a las humanidades pasamos de ser esclavos a legisladores de nuestra propia libertad

sábado, 2 de septiembre de 2023

Duelo

Duelo No hay escudo posible frente a la muerte, como tampoco hay amparo que alivie la orfandad. Ahora, ya adulta, doliente y huérfana, lo sé. Nunca había visto el cadáver de una persona. Hasta el pasado domingo. Mi padre falleció a las nueve y veinte de la mañana del 27 de agosto. Yo acababa de llegar a su casa, donde él, harto de hospitales, había decidido permanecer en la fase terminal del cáncer que le detectaron hace doce años. La muerte digna es un derecho tan humano como todos los demás derechos, y nosotros, sus hijas, su mujer, sus hermanos, decidimos cumplir con su voluntad. El equipo de cuidados paliativos que le atendió durante sus últimos días nos dijo que el oído y el tacto son los últimos sentidos que se pierden una vez sedado, por lo que mi mente, enturbiada por el dolor, me ha convencido de que, tras una agonía de 72 horas, esperó a que yo llegara. Me oyó entrar y, sintiéndome cerca, murió. El suyo fue el primer cuerpo inerte al que besé, sobre el que lloré, al que acaricié, al que hablé hasta que los sollozos me enmudecieron. Lo hice desgarrada, sí, pero llena de un amor profundo, sin el miedo que me paralizaba cada vez que pensaba que llegaría ese momento, que tendría que enfrentarme al óbito de mi padre sin la distancia física que te permite la infancia. No vi a mi madre morir. Ni siquiera fui a su entierro. No me dejaron. Mi familia buscaba protegernos a mi hermana y a mí. Pero no hay escudo posible frente a la muerte, como tampoco hay amparo que alivie la orfandad. Ahora, ya adulta, doliente y huérfana, lo sé. Por eso he querido despedirme de mi padre como no pude hacerlo con mi madre, y no me arrepiento, pese a que las imágenes de los días pasados a su lado, cuidándole, me persiguen. He hecho mío su sufrimiento, no consigo liberarme de él. Me castigo por seguir viva. No me permito sonreír y, si lo hago, me siento culpable. No logro concentrarme para leer y si estoy escribiendo estas líneas es porque una amiga bondadosa, también escritora, me dijo que lo hiciera porque me ayudaría a atravesar ese duelo que es, en realidad, un estado vital. Aunque sé que lo que hoy son pesadillas se convertirán pronto en sueños de consuelo y, entonces, al cerrar los ojos, le veré bromear y decirme “¿Qué pasa, Inesita?”, como cuando hablábamos por teléfono. ¿Cómo te despides de un padre? Es imposible hacerlo, como imposible es lidiar con la inmensa tristeza de comprobar que hoy tú te has levantado, has desayunado, has hecho todas esas pequeñas tareas que construyen la cotidianidad, que le dan forma y sentido a lo que somos, y él no, él ya nunca lo hará. Me pasé años buscando en la literatura, que es mi otra forma de vivir, herramientas para poder rellenar el vacío que dejan quienes mueren, quienes se marchan y, sin embargo, siguen con nosotros. Después de mucho tiempo, me he dado cuenta de que esas ausencias te acompañan siempre, están dolorosamente presentes. Así ha sido con mi madre, y así será con mi padre. Hace unas semanas, en los ratos que pasamos a solas, me habló como jamás lo había hecho: de mi madre, de mi hermana, de sus nietos, de su mujer, de sus hermanos, de sus padres… Hubo un momento en el que se detuvo y me dijo: “Te estoy aburriendo”. Yo le respondí: “No, papá, me encanta escucharte, ese es mi oficio, escuchar”. Él me miró, sonrió y siguió hablando, y yo escuchando. Durante estos últimos y dolorosos meses, temía que se nos acabara el tiempo y tuviera que recurrir, una vez más, a la literatura para mantener las conversaciones que mi padre y yo nos debíamos. Mis temores se han cumplido, pero prometo seguir escribiéndole, contándole todo lo que me pase. Porque la vida continúa, sigue su curso caprichoso y nada casual, pese a que lo que me gustaría ahora es que se detuviera. Lo pide W. H. Auden en Funeral Blues: “Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono. Eviten que el perro ladre dándole un hueso sabroso. Silencien los pianos y con un sordo timbal, saquen el ataúd, permitan a los dolientes venir”. Termino con otro poema, con las palabras que alguien escribió para que yo pudiera armar este texto. Se titula Tumba, y son versos de Cristina Peri Rossi: “Quisiera que mi tumba estuviera en un parque –no muy lejos de otras tumbas- lleno de pájaros y de niños que juegan en la hierba. Una ardilla podría pisarla o un globo de aire sobrevolarla. Me gustaría, también, que fueras a conversar conmigo, los sábados por la tarde”. Y así será, papá. Charlaré contigo los sábados por la tarde y todos los días de las semanas, de los meses y de los años que transcurran a partir de ahora. Seguirás viviendo en cada página de mi imaginación.

¿Por qué somos cada vez más tontos "DW Documental"

domingo, 27 de agosto de 2023

l gran templo de lo sibarita ROSA RIVAS

La mesa más exclusiva es también la más pura y espiritual. Sólo sirve a ocho personas y ocupa los 20 metros cuadrados del restaurante zen Mibu, en Tokio. Un lugar en el que la curiosidad y la calma son tan necesarios como el masticar. Viaje a una experiencia sensorial habitualmente reservada a sus 300 socios. Mibu no es apto para engullidores impacientes. Porque es un restaurante zen, como quienes sirven la comida: el matrimonio Ishida, Hiroyoshi y Tomiko. Regentan el restaurante más exclusivo de Tokio, y del mundo. Sólo ocho personas pueden sentarse a la mesa en dos o tres turnos al día. El precio del cubierto: 25.000 yenes (unos 200 euros). No tiene estrellas Michelin, pero su fama es un secreto a voces en la esfera sibarita. Una especie de club gastronómico al que sólo pueden ir (una vez al mes) los 300 socios y sus acompañantes. Mibu está en el elegante y comercial barrio de Ginza, en una calle estrecha, pero la ubicación despista. Nada de edificio emblemático ni joya arquitectónica: un bloque anodino de apartamentos. Tras subir dos tramos de angostas escaleras, y una vez se traspasa la modesta puerta, la cosa cambia. Entras en un pequeño templo con olor a incienso. Tras las oportunas reverencias, dejas tus zapatos en el pasillo y la señora Tomiko Ishida te conduce a tu sitio mientras te da palmaditas cariñosas en el hombro. En penumbra, a la luz de unas velas, te acomodas en un salón con dos mesas que tiene apenas 20 metros cuadrados. Las ramas de un cerezo recuerdan que la primavera se aproxima, y en la pared, amuletos y un cuadro inspirador (las flores y la decoración cambian cada mes, como la carta). Mientras, Hiroyoshi Ishida y sus cinco cocineros ayudantes se mueven sin rozarse en una cocina diminuta. Es Japón. Todo es meticuloso y busca la perfección: los cuchillos se afilan la noche antes para que no traspase el eco metálico al pescado crudo. Hay concentración, seriedad y juego simbólico: en el fuego en que se fríe la tempura se marcan en papel de arroz congelado los ojos de una máscara con la que los comensales imitarán el llanto del zorro: “¡Con, con!”. Un voluminoso cantante de ópera (que casi da en el techo con la cabeza) te habrá convencido de que efectivamente estás en otro mundo. Y antes de que vuelvas al ajetreo de Ginza, te habrás sumergido en las profundidades de la cocina kaiseki (platos en una progresión de sabores, colores y simbolismos), pero en el caso de Mibu, íntimamente conectada con la naturaleza. Cítricos con semillas de soja Sobre un mantel individual de madera de cedro purificado surgirán paisajes evocadores del bosque, la nieve, el mar… Yuzu (cítrico de intenso aroma, entre la lima y la mandarina) gónada y carne de fugu o pez globo (ejemplar venenoso para quien no sabe manejarlo), sashimi de langostino, sopa dashi con habas de soja, tubérculos japoneses… Nunca carne. Y siempre la intensidad de lo simple, de la sugerencia: una hoja de loto puede ser el recipiente por donde observas caer las gotas de agua y surgir una burbuja, como en un manantial, y sobre el líquido transparente, un puñado de arroz cocido, sin ningún condimento. Lo puro y lo extremo. Así de radical es Mibu. Hiroyoshi Ishida lleva cocinando 40 de sus 60 años. Es budista. No es un monje de monasterio, pero todos sus platos tienen un sentido espiritual. La meditación es, para su esposa y él, una práctica cotidiana. El cocinero japonés siente devoción por la libertad que ve en los occidentales. Son su espejo de creatividad. Porque el artífice de Mibu “es un lobo solitario, que ha mantenido la individualidad en una cocina marcada por los esquemas tradicionales. Ishida ha estado al margen y ha desarrollado una cocina de autor. Por eso le gustó Ferran Adrià, por su técnica y creatividad y por el hecho de ser único. Ambos reflejan en el plato su espíritu, como los impresionistas”. Es la opinión de Setsuko Yuki, una mujer culta e inquieta que hizo posible esta amistad culinaria. Productora de televisión, coordinó la cumbre gastronómica internacional Tokio Taste en febrero pasado. Al igual que Yukio Hattori, Setsuko Yuki es socia de Mibu, y ambos llevaron por primera vez al restaurante a Ferran Adrià. Juan Mari Arzak, Andoni Luis Aduriz y Carme Ruscalleda han sido otros comensales convertidos a Mibu. También han sido anfitriones de la familia Ishida, que ha visitado las casas de sus amigos españoles. “Es un sabio”, dice Arzak. “El gran lujo de Mibu es su sensibilidad. Ishida es un cocinero mágico. Ve cosas en la naturaleza, en la vida, que a los demás nos cuesta ver. Conocerle ha sido impactante en mi vida profesional”, opina Adrià (que fue a Mibu por primera vez hace siete años). “Viví una experiencia que rozaba la espiritualidad. La mesa de Mibu es un compendio de naturaleza, pureza y reflexión religioso-sensual”, cuenta Ruscalleda. Vivencias parecidas pudieron experimentar los chefs que acudieron a Tokio Taste. Ishida tuvo que hacer un sudoku para acoplar a los cocineros famosos que andaban por Japón y a quienes él quería rendir homenaje. Hubo una primera noche de agitación -”eléctrica”, como gusta decir Adrià- con los Ishida y sus comensales-cocineros emocionados, las traductoras transmitiendo sensaciones y los platos circulando entre cámaras y micrófonos de la televisión japonesa. Junto al cocinero catalán se sentaban Juan Mari Arzak, el estadounidense Grant Achatz y su mujer; el director de elBulli, Juli Soler; Heston Blumenthal y su jefe de laboratorio y un crítico gastronómico anglosajón. “Es increíble. No había probado nada igual”, comentaba concentrado el cocinero británico. Arzak entraba en la cocina juguetón (“me encanta ver cómo cortan las piezas y preparan todo”) y saludaba a las cocineras-camareras: “¡Ainoa, Amaya!” (como las bautizó cuando estuvieron en San Sebastián). Plato con semen de pez globo y arroz insípido Otra segunda noche de reverencia mutua nipón-occidental fue con el equipo de Andoni Luis Aduriz. Hubo intercambio de regalos y algo especial para Andoni San, un dibujo animado hecho muñeco, Atomu (Astro Boy), “porque tu mente es de otro planeta”, le soltó entre risas Tomiko. “Es difícil explicar a alguien ajeno a la gastronomía cómo puede llegar a conmover tanto un arroz insípido acompañado por semen de pez fugu asado y adornado con tres granos de sal gruesa. Solamente un gran maestro puede generar tanto con tan poco”, explica Aduriz. “Mibu no posee las riquezas de un palacio, ni la modernidad tecnológica más actual, simplemente paredes vacías y pocos y austeros elementos; eso sí, acompañados de toda la voluntad de agradar. Es otra dimensión del lenguaje culinario”. Artículo publicado el 2 abril 2010. Última act

Schubert Fantasy played by Martha Argerich and Eduardo Delgado

El movimiento del cuerpo a través del espacio', de Lionel Shriver: más gimnasia, menos gimnasia

Si los matrimonios (entre otras muchas cosas) son sistemas de intercambio de energías, convengamos que en ocasiones los flujos de energía adoptan direcciones y voltajes distintos. Se dice a menudo que estos desajustes son beneficiosos porque “complementan” a los cónyuges, que los “contrarios se atraen”, según reza el dicho o el tópico, pero no se puede discutir que en ocasiones estas diferencias amenazan con desestabilizar a la pareja. Los protagonistas de la última novela de Lionel Shriver (de caudaloso título: 'El movimiento del cuerpo a través del espacio', nada menos), llevan años conviviendo mientras mantienen una relación antagonista con su cuerpo, una diferencia que se ha mostrado complementaria y beneficiosa. Remington Alabaster (acaricien la malicia del nombre) es el prototipo del hombre sedentario, sin la menor ansiedad por moldear su cuerpo ni por tonificarlo, despreocupado de su salud. Mientras que Serenata Terpsichore (sigan acariciando la malicia onomástica) es una adicta al ejercicio físico que ha distribuido sus energías físicas en varias disciplinas: la bicicleta, el jogging, la natación... Pero justo al cumplir ambos cónyuges los sesenta años este acuerdo ventajoso se altera de manera irremediable. No uno, sino ambos (Remington y Serenata) cambian del día a la mañana la relación con su cuerpo, y sus aspiraciones sobre incrementar la “salud” a través del ejercicio físico, invirtiendo así las polaridades de su matrimonio. Remington Alabaster pierde su empleo tras una enconada discusión con su nueva superiora y decide encauzar las energía de la frustración laboral en el deporte. Abandona el sedentarismo extremo donde estaba cómodamente instalado y se decide a preparar una maratón. Por su parte Serenata Terpsichore (cómo resistirse a citar una vez más su nombre entero) recibe un diagnóstico letal en pago a su dedicación al dios del ejercicio físico: tiene artrosis. Obligada Serenata a abandonar el deporte que era el centro de su vida y lanzado Remington a la obsesión por mejorar sus marcas, ambos temperamentos se alteran de manera irremediable. Serenata se amarga más de lo esperado mientras que Alabaster se pierde en el laberinto de espejos del narcisismo. ¿Sobrevivirá la pareja a este cambio de actitud, de personalidad, de hábitos de vida? ¿Y qué sacrificarán por el camino? El resultado convierte 'El movimiento del cuerpo a través del espacio' en un retablo satírico de nuestras costumbres con el que Lioner Shriver prosigue una carrera marcada para siempre por su cruel y lúcido primer libro, 'Tenemos que hablar de Kevin', al que suele remitirse la memoria cuando suena o leemos el nombre de la autora. Una primera obra inolvidable que no debe hacer olvidar, que quizás con menos filo y desde luego en un tono más relajado, sigue escribiendo libros tan malévolos y lúcidos como divertidos.