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sábado, 6 de mayo de 2023
viernes, 5 de mayo de 2023
Marguerite Yourcenar
"Nunca sabrás que tu alma viaja
Dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón,
Y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores,
Impedirá que hayas existido.
Ahora la belleza del mundo toma tu rostro,
Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad.
El lago pensativo al fondo del paisaje
Me vuelve a hablar de tu serenidad.
Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío,
Aunque jamás sabrás que te llevo conmigo
Como una lámpara de oro para alumbrarme el camino
Ni que tu voz aún traspasa mi alma.
Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu;
Aún vives un poco porque yo te sobrevivo".
jueves, 4 de mayo de 2023
una inteligencia que no nos ayude a vivir , no nos sirve
- Jesús Quintero: "Señor Gala, ¿qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?"
- Antonio Gala: "En principio yo le diría: irse a una playa. Pero en el fondo, de verdad, tengo que decirle que salir de esta especie de laberinto en que nos han metido, una vida que no es la nuestra y que no es la mandada. Que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esa cadena terrible, desencadenarse. A riesgo de la soledad, a riesgo de la falta de comprensión, pero irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos. Salir de esa extraña y monótona esclavitud de cada día. Darle a cada día su propio afán, pero también su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su propio aroma. Eso es la inteligencia. Porque una inteligencia que no nos ayude a vivir, no la quiero. No me sirve para nada. No creo que le sirva para nada a nadie".
martes, 2 de mayo de 2023
Las lecciones de Tolstói en la facultad de Medicina
CAMBIOS EN LAS CARRERAS CIENTÍFICAS
La UPF propone una materia optativa de Humanidades para “devolver el alma a la profesión”
Carina Farreras
Barcelona
22/04/2023 06:00 Actualizado a 22/04/2023 06:28
Tiene cáncer, lo siento”, diagnosticó el médico de urgencias a un paciente que llegó al hospital con dolores. Lo que siguió fue el silencio. Ahí se quedó el enfermo, Andrés, con su mujer, sin saber qué decir, qué pensar, en caída libre a un vacío existencial, con su vida abruptamente interrumpida. “En un segundo se paraliza el mundo, la vida familiar y social, los sueños, los planes de futuro, pasa por tu cabeza todo lo que sabes que ya no harás...”, explica Elena, ya viuda, a una audiencia de estudiantes de 19 años que cursan 2.º de Medicina en la Pompeu Fabra y que siguen la optativa de Humanidades.
Afortunadamente, los tres años que Andrés vivió con el cáncer tuvo médicos empáticos y compasivos, como el cirujano gástrico Manuel Pera, jefe de cirugía gastrointestinal en el hospital del Mar y director de la asignatura. “Siempre estuvo allí, los fines de semana, los festivos, era un alivio verle entrar en la habitación. Siempre encontró las palabras justas para hablarnos”. O la doctora que atendió a Andrés en sus últimos momentos, de la que solo recuerda que se llama Sofía, que le aligeró de la carga de decidir ante la posibilidad de alargar con medios externos la vida y el sufrimiento de su marido: “Me pasó el brazo por los hombros y me dijo: ‘Tranquila, aquí soy yo quien toma las decisiones’”.
El 70% de alumnos de 2º curso de la UPF, unos 40 jóvenes, se ha apuntado a esta asignatura trimestral
El relato de Elena impacta a los jóvenes que, por edad, probablemente tengan pocas experiencias sobre enfermedad. “La empatía, la humanidad, se cultivan”, les explica el cirujano Pera, impulsor de esta materia optativa, junto a Joaquim Gea, catedrático de fisiología y jefe emérito del servicio de neumología del mismo hospital, y Jonathan McFarland, presidente de la asociación The Doctor as Humanist. El objetivo de este movimiento internacional es “restaurar el alma en la medicina”, introduciendo filosofía, literatura, arte, además de mostrar buenos referentes médicos.
“Arte y medicina siempre fueron juntos hasta que se tecnificó la profesión y el médico fue alejándose del paciente”, resume brevemente McFarland, profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, que cree que cada vez más el ordenador se interpone entre médico y paciente.
La carrera, enfocada a los aspectos técnicos y científicos, no atiende otros, como la relación con el paciente
Pera sigue explicando a los estudiantes: “En pocas relaciones profesionales el acceso a la intimidad es tan rápido. El paciente otorga un acto de confianza, lo que comporta una gran responsabilidad al médico. Hay que escuchar bien, no solo datos clínicos, para saber acompañar. Tenéis que leer literatura para comprender las historias –no clínicas– que hay detrás de cada paciente y encontrar siempre las palabras adecuadas”, les aconseja.
Los alumnos trabajarán durante el trimestre La muerte de Iván Ilich , de Tolstói, obra ejemplar sobre la relación de un médico y un juez enfermo de muerte que expresa sus miedos e inquietudes, su vulnerabilidad ante el dolor y el sufrimiento que le provoca la inminencia de su muerte y la desafección de su familia.
Pero hay otras joyas literarias, como Ebrio de enfermedad , de Anatole Broyard (La Uña Rota), o Confesiones , de Henry Marsh (Salamandra), que refleja la ambivalencia de dar seguridad al paciente mientras se gestiona la incertidumbre de la enfermedad. Y ensayos específicos.
El doctor Pera les lee un poema del sevillano Jacobo Cortines que habla de espacios fríos, salas de espera, pasillos de cristal y cuadros asépticos.
Un alumno levanta la mano, considera que todas estas recomendaciones son de sentido común. El cirujano le responde que los estudios de Medicina son exigentes, tienen un cariz técnico y científico importante, que requiere un gran esfuerzo por parte del estudiante, que termina desatendiendo muchas actividades literarias y artísticas.
La carrera, además, desatiende –a su juicio– aspectos importantes como la relación que se establece con el paciente o la asunción de la incertidumbre. “Las máquinas no lo podrán todo”. El riesgo es tratar patologías y no pacientes, les dice.
“Leer os ayudará a comprender la historia que hay tras el paciente y a encontrar las palabras adecuadas”
“Y luego, el mundo laboral, con días interminables, listas de espera inasumibles, guardias... un sistema sumamente hostil en el que sucumben muchos médicos, que están quemados”. Contra todo eso, alega, “no podemos claudicar, si hay que dedicar diez minutos más, hagámoslo”. “¿Y eso no desgasta?”, pregunta un chico. “Tiene un coste, pero también una satisfacción”.
El 70% de los estudiantes de 2.º de la UPF se han matriculado en esta asignatura. En ella participará David R. Kopacz, profesor de Psiquiatría y Ciencia del Comportamiento de la Universidad de Washington, que explicará los factores que conducen a la pérdida de compasión. O Susana Magalhaes, investigadora en la Universidad de Oporto, que expondrá la importancia de las narrativas médicas. Precisamente el campus de Oporto ofrece como optativa Introducción a la Poesía y la Música, impartidas por el poeta João Luís Barreto Guimarães y la directora de orquesta Ariana Dantas, también guitarrista.
La Universidad de Oporto ofrece a los futuros médicos la materia de Poesía y Música
La introducción a las humanidades en carreras científicas es aún tímida con relación al impacto previsto que tendrá la revolución digital en las profesiones en pocos años. La filósofa Marina Garcés, en el reciente foro Universidad y Cultura, organizado por Ministerio de Universidades, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, resaltó el divorcio entre profesión y cultura y entre conocimiento y cultura. Y el riesgo de que las ciencias estén sometidas a un excesivo cientificismo, desposeídas de otros conocimientos, lo que conformará una sociedad distinta de la actual.
Algunas universidades están abriéndose camino, integrando la cultura, el arte y la ética. La Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) abrió el área de UPC-Arts que trabaja para acercar la cultura desde múltiples perspectivas e incluye contenidos curriculares (los alumnos pueden cursar créditos del máster Retos Contemporáneos de la UOC) y se está impulsando el desarrollo de doctorados industriales en entidades culturales. También la Carlos III tiene presente la necesidad de flexibilizar los estudios. Así, sus alumnos, de cualquier especialidad, están obligados a realizar unos créditos en humanidades, dentro o fuera del campus.
RECUPERAR EL TIEMPO DE LA VIDA
Ethic
OPINIÓN
En esta sociedad hiperproductiva, todas las actividades han quedado supeditadas a los estándares de la productividad. Detenerse sin ningún motivo, hoy, también es rebelarse.
Artículo
Carlos Javier González Serrano
@aspirar_al_uno
En nuestra sociedad hiperproductiva, en la que cualquier actividad ha quedado supeditada a los estándares de la rentabilidad, la dinámica propia del consumo y a una vertiginosa y anestesiante rapidez, pasear o deambular sin ningún tipo de finalidad puede parecer una rareza. Nos desplazamos para ir al trabajo o a nuestro centro de estudios, para acudir a terapia o para reunirnos con nuestros amigos. El «para» –es decir, la utilidad y el provecho– es el nuevo ídolo de nuestro tiempo: nada se hace sin que eso que se hace encierre un beneficio determinado.
Esta percepción de la realidad como un escenario en el que siempre se gana o se pierde lo ha convertido, a su vez, en un lugar inhóspito y hostil, en el que todos somos enemigos y donde las circunstancias se presentan como una oportunidad para lograr el éxito y el progreso esperados del sujeto, amenazado por las voraces y acechantes fauces del continuo rendimiento. O visto desde el prisma complementario, donde todos estamos a un paso del fracaso –considerado este como una no adaptación a lo exigible–, a las expectativas depositadas en el individuo contemporáneo: eficacia, fama, dinero.
A este respecto, el filósofo Byung-Chul Han se ha mostrado contundente. Como defiende en Psicopolítica, Somos conscientes prisioneros que, bajo una entusiasta ilusión de libertad, se autoexplotan: «Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. […] La explotación de la libertad genera el mayor rendimiento». Fundamentalmente, porque es una esclavitud libremente asumida: un sometimiento aceptado del que no nos podemos liberar salvo que queramos quedar atrás: «Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona». Ya antes que Han lo había denunciado el alemán Peter Sloterdijk en su breve ensayo, Estrés y libertad, donde se refiere a un malestar «que impregna nuestro ser en la civilización técnica de un sentimiento de fugacidad cada vez más intenso. Este sentimiento es indisociable de que nuestra sociedad está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito».
«Esta percepción de la realidad como un escenario en el que siempre se gana o se pierde lo ha convertido la vida en un lugar inhóspito y hostil»
Incluso la felicidad, como ha señalado con mucho acierto la investigadora Sara Ahmed en La promesa de la felicidad (Caja Negra), ha quedado transformada en un instrumento: «Nos hacemos felices como si se tratara de una adquisición de capital que nos permite, por su parte, ser o hacer esto o aquello, e incluso conseguir esto o aquello». De este modo, apunta Ahmed, la felicidad «afectiviza normas e ideales sociales, generando la idea de que la proximidad relativa a estas normas e ideales contribuiría a alcanzar la felicidad».
Al tratar de realizar un diagnóstico de nuestra época, siempre recuerdo una emocionante y muy elocuente anotación en el diario –recogida en Diarios (Lumen)– de Alejandra Pizarnik, en la que relata su incursión en una librería cuando apenas tenía 18 años. Merece la pena reproducir por entero sus palabras, que contienen un certero análisis de nuestra época: «Entro en una librería desconocida. Me dirijo a los anaqueles coloreados, llena de curiosidad y tensa de emoción. La esperanza de hallar algo nuevo es quebrada por la voz del empleado que me pregunta qué títulos busco. No sé qué decirle. Al fin, recuerdo uno. No está. Hubiese querido seguir mirando, pero sentía sobre mí el peso de esa mirada comerciante, tan estrecha y desaprobadora ante alguien que no sabe lo que quiere. ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre hay que aparentar la posesión de un fin! ¡Siempre el camino rectamente marcado!».
Esa librería representa nuestro mundo. Un mundo que ha quedado desprovisto (porque se ha olvidado) de los valores que trascienden lo puramente pecuniario y productivo. Pizarnik es la resistencia, y debemos apoyarla de manera militante. Al igual que en esa librería en la que la escritora argentina buscaba libertad y sólo encontró la «mirada comerciante», una estrecha visión que todo lo mercantiliza y emplea para extraer un rendimiento, la realidad humana ha sido mediatizada por los engranajes y la retórica del mercado, hasta el punto que incluso nos referimos a nuestra vida anímica con terminología empresarial: «rentabilizar las emociones», «gestionar los afectos» o «maximizar las potencialidades».
No se trata de negar ingenua y puerilmente los beneficios de contar con una –siempre debidamente contenida– libertad de mercado o proclamar la necesidad de una rebelión contra el establishment. De hecho, la existencia de esa librería de la que habla Pizarnik es resultado de ciertas condiciones económicas. Consiste, más bien, en recuperar y reivindicar para nuestra vida unos tiempos que son distintos a los propios de las dinámicas económicas. A este respecto, conviene traer a colación un esclarecedor fragmento de Erich Fromm recogido en El miedo a la libertad muchas décadas antes que los mencionados textos de Han y Sloterdijk: el individuo contemporáneo se ha «transformado en el esclavo de la máquina que él mismo construyó». Y añade: «Las actividades económicas son necesarias; hasta los ricos pueden servir los propósitos divinos, pero toda actividad externa sólo adquiere significado y dignidad en la medida en que favorezca los fines de la vida».
«El reloj y las agendas se han convertido en dos de los fetiches de nuestra época»
Inmersos en este panorama, caminar sin rumbo se ha convertido en un acto político, en una reivindicación de nuestra libertad y en una reclamación de nuestro espacio de independencia y autonomía. También amar despreocupadamente o, sin más, no hacer nada. En absoluto. Permitirse, como recomendaba Rousseau en Las ensoñaciones del paseante solitario, hacer caso omiso del tumulto exterior y prestar atención a nuestro mundo interior: perdernos en nosotros mismos.
Y es que las cosas más importantes de la vida suelen discurrir despacio. La generosidad, la amistad, el amor, el paseo o la lectura piden y necesitan tiempos ajenos a la dinámica del consumo y de la inmediatez: exigen de nosotros una lentitud que a veces no permitimos. El reloj y las agendas se han convertido en dos de los fetiches de nuestra época: los miramos o consultamos mientras comemos, en una cita con nuestras amistades, y llegamos a hacer deporte bajo el imperativo de los tiempos (y de la productividad); incluso se charla y hasta se hace el amor midiendo los tiempos. Pero la lectura, el amor, el diálogo o el paseo tienen sus propios tiempos. No dan su fruto si no se da tiempo a que aquel madure. El tiempo del camino, del tránsito, del itinerario o del paso ha sido eclipsado por la tiránica inmediatez, por el presentismo y por una vida vivida en presente continuo, en un no-tiempo en tanto que cualquier instante es un ahora despótico que contiene su propia exigencia: no cabe la dilación, no hay tiempo para la espera. No nos damos el tiempo que la vida exige al tiempo.
El tiempo que los griegos llamaron aión (αἰών, eternidad) materializado en el momento oportuno (καιρός). En ese momento, como apuntó muy bellamente Plotino, la vida (βιοζ) se convierte en el espacio de lo sagrado (τὸ ἱερόν), de todo cuanto no está sujeto al interés y la inmediatez. El cerebro se adapta con plasticidad a los tiempos que le exigimos. Pero algo va mal cuando nos sentimos acelerados, con ansiedad, presas del imperativo por producir incesantemente. Por eso, parar, detenerse, crear espacio para integrar ritmos más pausados… significa rebelarse. Para encontrar tiempo para la eternidad.
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