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domingo, 17 de mayo de 2020
La dama del número 6
domingo, 9 de febrero de 2020
viernes, 3 de enero de 2020
Ansia viva ( Articulo de El Pais . Sanchez Mellado )
Son diez, quince minutos, media hora los peores días, pero esa eternidad en la que se te agarrota el espinazo, se te sale el corazón del plexo, se te viene el estómago a la boca y no te llega el pijama al cuerpo no te la quita nadie. Eso, sin que te pase nada ni a ti ni a los tuyos sino las prisas, las penas, las presiones, la vida. Nada distinto de lo que te pasaba anoche, cuando cogiste la cama como quien coge el último tren de vuelta al útero y cerraste al tiempo las pupilas y las rendijas del pánico a los peligros de ahí fuera. Bendita cama. Bendito sueño. Bendita tregua. Porque la guerra sigue. Cuando vuelves en ti de repente, siempre a la misma hora de la madrugada oscura del alma, malditos biorritmos, ahí sigue el dinosaurio, Monterroso no se inventaba nada.
Entonces, debajo de la manta, o del nórdico gordo, o de la sabanilla fina en verano, tratas de recuperar el resuello y convencerte de que no, la mancha que te ha salido en la frente no es el aviso de un melanoma que te va a devorar viva. De que no, en el trabajo no se van a dar cuenta de que eres una impostora y te van a dar puerta. Y de que no, no van a caer sobre ti una tras otra las siete plagas de Egipto. Luego te levantas, te duchas, te pones la armadura de enfrentarte al prójimo, te tomas el primero de los equis placebos con los que vas engañando a la bestia a lo largo del día y parece que el tigre se domestica hasta que te arrea el próximo zarpazo y te vuelve a dejar tiritando de miedo a todo y a nada. Quien lo ha sentido sabe de lo que hablo. Somos legión, me temo. Cada poco, salen de eminencias de Nobel a psicólogos de barrio diciendo que no dan abasto a atender a ansiosos, deprimidos, sufridores de eso que no es exactamente el cuerpo y que, como no sabemos cómo llamar, llamamos espíritu. Y, eso, estando hartos de pan y wifi. Sí, me come la ansiedad, como a tantos. Como tantos, trato de vivir con ella. Y no, no nos quejamos de vicio.
lunes, 12 de agosto de 2019
Rita Charon . Medicina Narrativa : El cuidado del enfermo es una forma de arte
sábado, 22 de junio de 2019
Convertir al oprimido en opresor de si mismo ejerciendo la medicina
Lo explica muy bien el profesor de filosofía de la universidad de las artes de Berlín, Byung-Chul Han en su Psicopatología. Ésta no es otra cosa que el nuevo sistema de dominación que en lugar de separar al opresor del oprimido ( como ocurrió durante siglos) convierte al oprimido en opresor de sí mismo mediante el empleo de la seducción: el individuo se cree libre, cuando el sistema lo que hace es explotar su libertad. El neoliberalismo ha descubierto así, en palabras de Han, que explotar a alguien contra su voluntad no es suficientemente eficiente: Solo la explotación de la libertad genera el mayor rendimiento.
“El que fracasa en la sociedad neoliberal del alto rendimiento se hace así mismo responsable y se avergüenza”. No pone en duda la explotación inconsciente que sufre, no deja que surja ninguna resistencia contra el sistema, sino que dirige la agresión contra sí mismo: se considera un improductivo, un fracasado, un inútil. Aparece la depresión y el “burnout”.
En el escenario de la atención clínica en atención primaria,la situación se replica: el médico que acumula retraso en la atención a sus pacientes es un incompetente, “no sabe gestionar su demanda”. El que no atiende a los pacientes en el mismo día, aunque la petición de la cita sea tan severa como un picor de pies, entra en el tenebroso sector de la delincuencia sanitaria. La estrategia de culpar a la víctima consigue que ésta admita que el problema es solo suyo.
En el nuevo mundo de los madrugones productivos, de los bloques de 10, son severamente censuradas opiniones de gente peligrosa como Groopman y Hartzband, los que escribieron en New England aquella herejía absurda: “Algunas de las mayores recompensas del trabajo en Medicina proceden de “perder el tiempo” de forma no estructurada con nuestros pacientes, compartiendo sus alegrías y tristezas”.
miércoles, 12 de junio de 2019
Yendo de la cama a casa, por Hebe Uhart ( Intramed)
Desde la Terapia Intensiva | 22 OCT 18
Un texto póstumo de una de las más grandes escritoras argentinas.

Autor: Hebe Uhart Fuente: Página 12 Yendo de la cama a casa
Hebe Uhart siguió escribiendo hasta pocos días antes de su muerte, sucedida la semana pasada. Este texto que se publica aquí fue escrito en un cuaderno durante una internación el pasado mes de agosto. Luego ella lo pasó a máquina y les pidió a sus alumnos del taller literario que lo escaneen. A partir de ahí se compartió entre los talleristas, los amigos, los cercanos. En este texto, Uhart, fiel a su estilo cotidiano, sutil y humorístico, traza un retrato de la vida hospitalaria que transcurre entre una dosis de realismo mechada por no pocas pinceladas de absurdo.
Yendo de la cama a casa (Hebe Uhart)
Estoy internada en una sala de terapia intensiva, estoy en un sanatorio chico. Las camas están contra la pared llenas de aparatos que suenan todo el día, hay dos que dialogan, “dum, dum” y el otro contesta “Piff”. Por el pasillo central que pasa frente a mi cama, como si fuera una calle, pasa cualquier cantidad de gente: residentes colombianos, varones y chicas, kinesiólogos, radiólogos, repositores de mercadería de hospital, psicólogos, gente de la limpieza, otros que no recuerdo. En la cocina los enfermeros pican algo con energía y yo me hago la ilusión de que pican remolacha y cebolla, vana ilusión, el ruido es a vidrio molido. Muchas veces no ponen biombo cuando un paciente está con la chata o cambiándose los pañales y una vez me pasó que estaba cambiándome el pañal sin biombo, y justo enfrente tenía a un residente colombiano utilizando la computadora, mientras una multitud pasaba por esa calle. Ese pasillo se parecía a un cuadro del Bosco donde aparece el loco de la carretilla, otro tiene un chancho atado, más allá bailan. Yo pensaba, este lugar parece en antón pirulero o “con el culo al aire y sin careta”.
La sala es mixta de modo que hay pacientes varones y mujeres en las camas, y a una la puede bañar un enfermero varón, por ejemplo José, que me bañaba de noche con mucha suavidad, mejor que la enfermera María, me parece que ella me tenía bronca. Una vez empujé una almohada porque hacía ejercicios para fortalecer los pies en la cama y me dijo, de mal modo:
–Tiraste la almohada
Y yo, como los chicos dije:
–¿Y ahora, qué hice? Se me cayó.
A ella no le gustaba que yo estirase las piernas dentro de la cama, como si fuese un hecho antiestético y malo. Creo que tenía un pensamiento platónico: lo que es feo de ver, es a la vez malo.
Yo pensaba que dentro de mi cama podía hacer lo que quisiera, pero se ve que no. Mi cama era mi patria, mi identidad, yo le llamaba frontera al espacio cercano donde estaba la mesita.
Un día la enfermera María se dulcificó y me preguntó si yo iba a bailar cuando era joven. Le dije que sí, pero pasó tanto tiempo... Me preguntó:
–¿Qué música te gusta? ¿Te gusta Vicentico?
–Sí, cómo no, y también Calamaro.
Ella conocía a Calamaro y le gustaba. Yo, que no sé nada de rock nacional me sentí orgullosa de haber coincidido con María, así le dejaba una mejor imagen mía.
Se escuchan gritos de uno que se llama Juan, le rocían la espalda con un aparatito. Hace un escándalo bien grande, a mí me parece que no vale la pena gritar tanto por esa pavada, pero a lo mejor le duele. Grita: “¡Noo, eso no se le hace a una persona, son muy mala gente, los voy a denunciar, ya van a ver, van a ver lo que les va a pasar!”
La enfermera le dice:
–Calmate, Juan.
Cuando terminan de rociarle la espalda, Juan cambia el tono de voz completamente, le habla en tono amistoso.
A unos pasos de mi cama (no sé cómo llegué a verlos porque todavía no caminaba con autonomía) hay unos seres que están como echados, no emiten ningún sonido, salvo una señora que se queja muy suavemente y después lanza una carcajada. Cuando llegué yo escuchaba que la enfermera decía, “Maxu, mi amor, arriba, ¿qué dice Evangelina, está contenta?”. Y yo pensaba: “Entraron nenes”, y no, eran las enfermeras que trataban así, como si fueran nenes, a esos seres que estaban durmiendo.
Vino a visitarme una alumna con la que tengo confianza desde hace muchos años y le dije que me daba vergüenza que me vieran con el culo al aire y sin careta. Coca me dijo, sentenciosamente:
–Hebe, todos tenemos culo.
Es una verdad socrática, que corresponde al momento en que Sócrates buscaba consenso absoluto antes de seguir avanzando.
Efectivamente, Sócrates, todos tenemos culo.
Andrea, la enfermera, le dice a un paciente mudo que tiene la cara color caoba, parece una cara de madera, “Ahora nos vamos a sacar toda esa barba, sos mi náufrago”. No hay respuesta y le vuelve a hablar: “Cumplí nueve años de madre de hijo”. Silencio en la noche.
La psicóloga Marcelina viene todos los días a charlar conmigo una media hora. Es de facciones suaves y es hermosa, con una belleza que no se capta de entrada porque predomina en ella como un abandono de sí, ningún control en sus ojos azul claro, ninguna mirada pinchuda. Su marido la debe amar en silencio. Los médicos residentes son en su mayoría colombianos y por el pasillo que está frente a mi cama pasa constantemente el médico José, es un hombre de escaso tamaño pero grande es la extensión de su marcha. Recorre todo el piso con su paso de viejito (andará por los treinta y pocos). Nada lo asombra. Lo he visto computar largo y tendido frente a mi cama mientras yo hacia gimnasia con pantalones colorados. Es como si recorriera el piso con pasión científica llevando carpetas de historias clínicas de aquí para allá. Se peina raro, un chufa triangular sale de su cabeza maya. Seguro que es de la etnia maya. No hace amistad con nadie. Está casado con una médica colombiana muy seria y chiquita como él. No lo imaginaba casado, una persona casada se vuelve más flexible, cambia el tranco, varía. Él no parece tener más ilusión que ser herramienta de la ciencia, retiene con fuerza contra su pecho su preciosa carga de carpetas, a la altura del corazón. Se acerca a los otros médicos colombianos que apenas las miran y las dejan en un sofá o por ahí, como diciendo “Lista esta mierda”. Ellos no aprecian la devoción de José, le recriminan cosas, y después se van a hacer chistes con Ervin, un enfermero que se pasa la tarde divirtiéndose. Una vez estábamos Ervin, Marcela, su compañera de turno que siempre lo anda buscando porque él se va a hacer chistes a otra sala. Estabamos Ervin, Marcela con sus botitas diminutas de gnomo, el kinesiólogo, JuHo y yo. Y se armó un debate con relación al lenguaje que se usa ahora, “Elles” “Nosotres”. Julio me preguntó:
–¿Qué te parece el uso de “Elles”?
Como para muchas otras cosas, ni tengo respuesta, mas bien no me suena a nada pero para no parecer retrógrada o poco informada, digo:
–Es muy nuevo
Ervin dice:
–Habiendo tantas cosas importantes para ocuparse mirá que pensar en esa pavada.
Pero Marcela, con sus botas de gnomo dijo:
–Y acá somos cuatro en este conjunto, dos y dos, y no podríamos decir “Nosotras” porque vale “nosotros”, lo hicieron valer los hombres.
Al kinesiólogo Aldo le gustan otros oficios que no son el suyo, siempre está presente cuando los médicos hacen la ronda de pacientes, es aprendiz de cosas nuevas.
Los principios y los pañales
Las enfermeras muy principistas son personas drásticas que ajustan mucho los pañales y no me permiten caminar si no está el kinesiólogo. Yo puedo caminar un poquito nomás, con un cable de oxígeno. Siempre dentro de la sala, voy visitando a cada uno de los internados. A uno que esta mas allá del bien y del mal, la enfermera le dice:
–Juan ¡tosé en forma más elegante!
A otro le dijeron:
–Vos tenés las venas muy marquetineras, pura pinta y no se dejan pinchar.
Cerca de mí hay una mujer que tiene la cabeza ladeada, su cabeza es como autonómica. Le están haciendo un electro, dice “iAy, me duele!” y la enfermera le dice: “Doblá la cabeza, basta, ya está, tenés mugre desde que te bañaron las monjas en el hogar”.
–Enfermera, me voy a caer.
–En la limpieza vas a caer. Abrí la boca, no seas tan renegada.
Esa enferma tiene su cabeza hacia la derecha y se la quieren enderezar pero me parece que a ella le da lo mismo el mundo visto de costado que de frente. No hay coherencia en las observaciones de las enfermeras, pueden decir “Te tengo que Iimpiar la lengua que está toda verde” o “Abrí la boca, no seas tan mentirosa”, y a continuación le dice “Estás preciosa” .
Estoy leyendo mientras veo y escucho todo esto Biografías de hombres ilustres. Carlomagno, Goethe. Está escrito por Thomas de Quincey. Aunque en teoría pienso que la vida de Goethe fue interesante, siempre me aburrió leer su vida. Thomas de Quincey dice en su biografía: “No existe una forma mas triste de deslealtad que la que cuestiona los atributos morales del gran ser en cuyas manos se encuentra el destino moral de todos nosotros”.
Hagan algo
Mucho tiempo uno pasa allí esperando. Que venga la comida, que venga la visita, que pase la hora, uno mira por décima vez la hora en el celular. Todo gira alrededor de un mundo limitado, repetido, de corto alcance. Me hace acordar ese mundo al de la sibila Cumana y el brujo Titonio, parece que pidieron a los dioses larga vida pero se olvidaron de pedir eterna juventud. Entonces cada uno da vueltas cortas alrededor de si mismos, haciendo siempre las mismas pavadas.
Yo estaba esperando ansiosamente a la neumonóloga. No la conocía, hablaban de ella como si pudiese aparecer a cualquier hora del día o de la noche. Me prepararon para su visita sin comer en todo el dia, y a las siete de la tarde cayó como una tromba. Tenía la potencia de una locomotora y los movimientos de una maga, en dos segundos embutió su pelo de ondas gruesas como Iianas en una gorra vieja. Empezó a explicar de aquí para allá, se puso a escribir en un pizarrón cercano y en dos segundos tenía a tres discípulos rodeándola, les explicaba algo a toda velocidad, a los tres al mismo tiempo. Todo eso tenía algo de puesta teatral. Me dio a tomar dos remedios de un sabor inconcebible y por la nariz me puso una sonda que lIegaba hasta los pulmones. Yo tenía la garganta dormida y no sentí nada. Ella me dijo que yo era muy valiente, yo más bien quería saber si todo estaba en orden en mis pulmones. No le pregunté nada sobre los pulmones, después de todo, ser valiente era una cosa buena.
Cambio de sala
Todo el tiempo que estuve en terapia intensiva me lo pasaba pensando en el baño, dónde estaría. Pensaba en el baño como si se tratara de Londres o París y ahora que me cambiaron a terapia intermedia, cerca de mí hay un cartel que dice “Salida” y ahí está el baño, una gran felicidad. Sentí que me ascendieron de categoría y además empecé a caminar por un pasillo exterior, con varios metros de cable. Podía hablar con las personas que andaban por el pasillo, lIegaba hasta la cocina y le preguntaba a la cocinera qué había para comer ese día.
Esta sala de terapia intermedia por una parte era mejor que la otra, y por otra, peor. Era mejor porque en esta había gente que gritaba de dolor, que por lo menos emitía sonidos. Se ve que también lo mudaron a Juan a esa sala porque gritaba “Los voy a denunciar”. Cerca de mí lIegó una paciente que gritaba como un bicho alarmado, le ponían la sonda y la enfermera le preguntó:
–¿Hace cuánto que no comés nada?
–Dos meses.
Dijo con voz de loca. La enfermera le dijo:
–Si te sacás la sonda tengo cincuenta sondas más, vos sos jodida pero yo te gano, soy jodida y media. Mejor que te tranquilices porque se te pudre el rancho.
Esta sala es peor que la otra o me gusta menos, parece un hospital del siglo XIX, con largas cortinas blancas que cierran la mayoría de las camas. Me imagino que van a aparecer enfermeras de pollera larga hasta el suelo y cofia con volados. La sala de antes parecía un despelote por ese pasillo por el que pasaba todo el mundo, pero era un despelote del siglo XXI. A esta sala viene siempre el jefe de enfermeros, un playboy muy morocho que tiene dos hermosos pullóveres, uno rojo y uno azul.
Cuando él está presente y yo creo que ella no lo ve, la loca Justa no hace ruidos feos, está como moderada. Cuando se va el jefe de enfermeros, ella hace ruidos de alcantarilla.
Estoy leyendo unos cuentos de Bryce Echenique, fin del 2014, de ahora, que es ya mayor. Varios Iibros de Bryce me han gustado por su uso del lenguaje, se lo siente muy libre y a veces logra expresiones felices, pero este último libro no me gustó;es como si hubiera usado unas mañas de zorro para alargar los textos, me sonó un poco forzado. Prefiero mirar a mi alrededor.
Mis vecinos de cama
Casi en el centro de Ia sala, no se por que no tiene cortinas, esta el dueño de un micro escolar, dice que el hijo le vendió el micro por 20.000 pesos y que él lo va a denunciar a Ia policía. A cada rato dice que va a ir a Ia comisaría. Se lo dice a Alfredo, que está en una cama cercana. Alfredo es menudito, prudente, si hubiera nacido en Ia selva peruana lo lIamarían “Ratón asustao”. Jamas lo escuché emitir un juicio de valor y eso que los kinesiólogos lo dejaban esperando horas antes de acompañarlo a caminar. ÉI busca palabras desconocidas en el diccionario y se entretiene. ¿Por qué no lIamará al kinesiólogo para que se fije en su persona? ¿Por que no dice nada cuando Aldo se le escapa? Dice que va a buscar un andador y tarda como si hubiera ido al lejano Oriente. ¿Creerá en Ia palabra eficaz, como en el pensamiento magico religioso? Pensará: “Si pienso mal de Aldo no me va a venir a buscar, debo mandar buenas ondas.” EI colectivero Osvaldo le cuenta a ratón asustao lo del colectivo, habla con un vozarrón de matón pero se le entiende poco, tuvo un ACV. Entonces don Alfredo chiquito y tímido le dijo:
–Y además por el valor afectivo del colectivo.
Osvaldo lo miró con cara neutra.
A Ia madrugada, como a las cuatro, nos hacían a todos un electro y Osvaldo que estaba delirando con el colectivo y Ia estafa del hijo, de repente empezó a gritar:
–iEnfermeras hijas de puta! ¿Están locas que a las cuatro me hacen un electro? ¡Chiche, Coco, vengan que me tengo que presentar en Ia comisaria, voy a poner una denuncia!
Enfermera:
–Chiche no viene. ¿No ves que no viene?
EI día anterior yo le había dicho a Ia enfermera que me pusiera un biombo, que ese hombre me estaba mirando y yo en pañales. Ella me dijo:
–¿Cómo te vas a preocupar por un hombre que no sabe ni quién es ni por qué esta aquí?
Otra vez pasó un residente colombiano y le dijo a Osvaldo:
–Usted vocalice bien. ¿No ve que no se le entiende lo que dice?
Y una enfermera que lo escuchó dijo del médico:
–Y sí, hay que decirle tambien a él que vocalice bien.
Despues lIegó a Ia sala una señora de 96 años que se lIamaba Ogarina Pia Romana y su cama estaba ubicada justo enfrente de Ia mía. Su cabeza funcionaba muy bien y decía:
–Estoy obsesionada con Ia ropa. ¿Cómo es que mi hijo no me trajo? En mi casa tengo colchón de plumas.
Contaba que era profesora de dibujo y que dibujó hasta el año anterior; pintó el cuadro de San Martín pensativo antes de Ia batalla de Maipú. De su cabeza surgía todo el movimiento de los ejércitos. Despues Ia señora Ogarina se fue y en Ia misma cama pusieron una señora de 102 años que decía: “Estoy sorda de esta oreja y de Ia otra también”. También cantaba canciones de Alberto Castillo, esa “Siga el baile, siga el baile al compás del tamboril”. Ella discurría en la cama, hacía una especie de balance de su vida. Una vez le dijo a la enfermera:
–Curame con palabras.
La enfermera Sara
Una mañana, Sara llamó a su controlador por teléfono y le dijo:
–Señor Marini, hoy no tengo ayudante, avisó que no va a venir.
Despues se volvió hacia todos nosotros y nos dijo:
–Que nadie camine, nadie ambulante molestando.
Claro, éramos como diez pacientes para ella sola y con algunos tenía que hacer muchas cosas, darles de comer en la boca, que la sonda, que la higiene. Nos miró de nuevo y añadió:
–Y hoy no se baña nadie.
Cuando se acercó a mi cama con una pastilla, yo, creyendo que era una señora muy obediente y de comportamiento ejemplar, le dije:
–Yo ya me bañe a la madrugada
Ella me dijo:
–¿Y a mi que me importa?
Y puso unas trabas a mi cama para que no se me ocurriera caminar o alguna otra idea absurda. Eso fue cuando estaba la señora de 102 años justo enfrente de mi cama. Sara, que ya se habia dulcificado un poco se puso a hablar con la señora. Le dijo:
–¿Vos viniste de Roma?
–¿Quien sos vos?
–Soy la enfermera que te cuida quedate tranquila, descansa.
–Dame el beso de Ias buenas noches
La vuelta a casa
A mi me internó un escritor amigo, Eduardo, una tarde en que me visitó y le dije que tenía pocas fuerzas. Me dijo “¿Te parece que lIamemos a la guardia?”. Yo pensé que íbamos y volvíamos enseguida. Ahí me internaron y Eduardo también me desinternó, me acompañó hasta mi casa de vuelta. Nunca le pude tomar el punto al doctor Arenas, que autorizó mi salida. El presidía la visita a los pacientes que hacía junto a los residentes colombianos, ellos le planteaban cada caso y él escuchaba, pero parecía no importarle nada, cuando ellos hablaban él tocaba la consistencia del sofá como si hubiera preferido estar en otra parte, o ejercer otro oficio, Yo pensaba que iba a estar toda la vida en una cama y me daba un poco de ansiedad volver a casa, vaya a saberse cómo era esa etapa nueva. Llegamos a la ambulancia, me senté frente a Eduardo y el hecho de ir sentada en una silla y no en camilla me parecía un ascenso. No estaba tan contenta por Ia vuelta ese primer día porque a mí lo nuevo siempre me asustó. La ambulancia se tomó su tiempo para lIegar porque habia mucho tráfico, pero si hubiera tardado mas yo igual hubiera estado conforme. De repente vi una pared de piedra amarillenta y dije “Yo a esta pared la conozco”. Era de la casa de enfrente.
Cuando entré a mi casa, me estaban esperando mis queridos alumnos y habían hecho modificaciones. A mí siempre me ha gustado ver cosas distribuidas de manera distinta, veo la marca de otra mano, como cuando una señora que limpiaba le puso un sombrerito a la tetera y le colgó una flor. En mi casa pusieron un sofá cama para la persona que me acompañe, me esperaba también el oxígeno y alguien me había ordenado en el placard las sábanas y las toallas. Yo las tiro así nomás y como caen quedan, lanzándolas como desde dos metros. Acá había dos pilas perfectamente discernibles de sábanas y toallas. Y les serví a todos un poquito de vino reservado.
Yendo de la cama a casa (Hebe Uhart)
Estoy internada en una sala de terapia intensiva, estoy en un sanatorio chico. Las camas están contra la pared llenas de aparatos que suenan todo el día, hay dos que dialogan, “dum, dum” y el otro contesta “Piff”. Por el pasillo central que pasa frente a mi cama, como si fuera una calle, pasa cualquier cantidad de gente: residentes colombianos, varones y chicas, kinesiólogos, radiólogos, repositores de mercadería de hospital, psicólogos, gente de la limpieza, otros que no recuerdo. En la cocina los enfermeros pican algo con energía y yo me hago la ilusión de que pican remolacha y cebolla, vana ilusión, el ruido es a vidrio molido. Muchas veces no ponen biombo cuando un paciente está con la chata o cambiándose los pañales y una vez me pasó que estaba cambiándome el pañal sin biombo, y justo enfrente tenía a un residente colombiano utilizando la computadora, mientras una multitud pasaba por esa calle. Ese pasillo se parecía a un cuadro del Bosco donde aparece el loco de la carretilla, otro tiene un chancho atado, más allá bailan. Yo pensaba, este lugar parece en antón pirulero o “con el culo al aire y sin careta”.
La sala es mixta de modo que hay pacientes varones y mujeres en las camas, y a una la puede bañar un enfermero varón, por ejemplo José, que me bañaba de noche con mucha suavidad, mejor que la enfermera María, me parece que ella me tenía bronca. Una vez empujé una almohada porque hacía ejercicios para fortalecer los pies en la cama y me dijo, de mal modo:
–Tiraste la almohada
Y yo, como los chicos dije:
–¿Y ahora, qué hice? Se me cayó.
A ella no le gustaba que yo estirase las piernas dentro de la cama, como si fuese un hecho antiestético y malo. Creo que tenía un pensamiento platónico: lo que es feo de ver, es a la vez malo.
Yo pensaba que dentro de mi cama podía hacer lo que quisiera, pero se ve que no. Mi cama era mi patria, mi identidad, yo le llamaba frontera al espacio cercano donde estaba la mesita.
Un día la enfermera María se dulcificó y me preguntó si yo iba a bailar cuando era joven. Le dije que sí, pero pasó tanto tiempo... Me preguntó:
–¿Qué música te gusta? ¿Te gusta Vicentico?
–Sí, cómo no, y también Calamaro.
Ella conocía a Calamaro y le gustaba. Yo, que no sé nada de rock nacional me sentí orgullosa de haber coincidido con María, así le dejaba una mejor imagen mía.
Se escuchan gritos de uno que se llama Juan, le rocían la espalda con un aparatito. Hace un escándalo bien grande, a mí me parece que no vale la pena gritar tanto por esa pavada, pero a lo mejor le duele. Grita: “¡Noo, eso no se le hace a una persona, son muy mala gente, los voy a denunciar, ya van a ver, van a ver lo que les va a pasar!”
La enfermera le dice:
–Calmate, Juan.
Cuando terminan de rociarle la espalda, Juan cambia el tono de voz completamente, le habla en tono amistoso.
A unos pasos de mi cama (no sé cómo llegué a verlos porque todavía no caminaba con autonomía) hay unos seres que están como echados, no emiten ningún sonido, salvo una señora que se queja muy suavemente y después lanza una carcajada. Cuando llegué yo escuchaba que la enfermera decía, “Maxu, mi amor, arriba, ¿qué dice Evangelina, está contenta?”. Y yo pensaba: “Entraron nenes”, y no, eran las enfermeras que trataban así, como si fueran nenes, a esos seres que estaban durmiendo.
Vino a visitarme una alumna con la que tengo confianza desde hace muchos años y le dije que me daba vergüenza que me vieran con el culo al aire y sin careta. Coca me dijo, sentenciosamente:
–Hebe, todos tenemos culo.
Es una verdad socrática, que corresponde al momento en que Sócrates buscaba consenso absoluto antes de seguir avanzando.
Efectivamente, Sócrates, todos tenemos culo.
Andrea, la enfermera, le dice a un paciente mudo que tiene la cara color caoba, parece una cara de madera, “Ahora nos vamos a sacar toda esa barba, sos mi náufrago”. No hay respuesta y le vuelve a hablar: “Cumplí nueve años de madre de hijo”. Silencio en la noche.
La psicóloga Marcelina viene todos los días a charlar conmigo una media hora. Es de facciones suaves y es hermosa, con una belleza que no se capta de entrada porque predomina en ella como un abandono de sí, ningún control en sus ojos azul claro, ninguna mirada pinchuda. Su marido la debe amar en silencio. Los médicos residentes son en su mayoría colombianos y por el pasillo que está frente a mi cama pasa constantemente el médico José, es un hombre de escaso tamaño pero grande es la extensión de su marcha. Recorre todo el piso con su paso de viejito (andará por los treinta y pocos). Nada lo asombra. Lo he visto computar largo y tendido frente a mi cama mientras yo hacia gimnasia con pantalones colorados. Es como si recorriera el piso con pasión científica llevando carpetas de historias clínicas de aquí para allá. Se peina raro, un chufa triangular sale de su cabeza maya. Seguro que es de la etnia maya. No hace amistad con nadie. Está casado con una médica colombiana muy seria y chiquita como él. No lo imaginaba casado, una persona casada se vuelve más flexible, cambia el tranco, varía. Él no parece tener más ilusión que ser herramienta de la ciencia, retiene con fuerza contra su pecho su preciosa carga de carpetas, a la altura del corazón. Se acerca a los otros médicos colombianos que apenas las miran y las dejan en un sofá o por ahí, como diciendo “Lista esta mierda”. Ellos no aprecian la devoción de José, le recriminan cosas, y después se van a hacer chistes con Ervin, un enfermero que se pasa la tarde divirtiéndose. Una vez estábamos Ervin, Marcela, su compañera de turno que siempre lo anda buscando porque él se va a hacer chistes a otra sala. Estabamos Ervin, Marcela con sus botitas diminutas de gnomo, el kinesiólogo, JuHo y yo. Y se armó un debate con relación al lenguaje que se usa ahora, “Elles” “Nosotres”. Julio me preguntó:
–¿Qué te parece el uso de “Elles”?
Como para muchas otras cosas, ni tengo respuesta, mas bien no me suena a nada pero para no parecer retrógrada o poco informada, digo:
–Es muy nuevo
Ervin dice:
–Habiendo tantas cosas importantes para ocuparse mirá que pensar en esa pavada.
Pero Marcela, con sus botas de gnomo dijo:
–Y acá somos cuatro en este conjunto, dos y dos, y no podríamos decir “Nosotras” porque vale “nosotros”, lo hicieron valer los hombres.
Al kinesiólogo Aldo le gustan otros oficios que no son el suyo, siempre está presente cuando los médicos hacen la ronda de pacientes, es aprendiz de cosas nuevas.
Los principios y los pañales
Las enfermeras muy principistas son personas drásticas que ajustan mucho los pañales y no me permiten caminar si no está el kinesiólogo. Yo puedo caminar un poquito nomás, con un cable de oxígeno. Siempre dentro de la sala, voy visitando a cada uno de los internados. A uno que esta mas allá del bien y del mal, la enfermera le dice:
–Juan ¡tosé en forma más elegante!
A otro le dijeron:
–Vos tenés las venas muy marquetineras, pura pinta y no se dejan pinchar.
Cerca de mí hay una mujer que tiene la cabeza ladeada, su cabeza es como autonómica. Le están haciendo un electro, dice “iAy, me duele!” y la enfermera le dice: “Doblá la cabeza, basta, ya está, tenés mugre desde que te bañaron las monjas en el hogar”.
–Enfermera, me voy a caer.
–En la limpieza vas a caer. Abrí la boca, no seas tan renegada.
Esa enferma tiene su cabeza hacia la derecha y se la quieren enderezar pero me parece que a ella le da lo mismo el mundo visto de costado que de frente. No hay coherencia en las observaciones de las enfermeras, pueden decir “Te tengo que Iimpiar la lengua que está toda verde” o “Abrí la boca, no seas tan mentirosa”, y a continuación le dice “Estás preciosa” .
Estoy leyendo mientras veo y escucho todo esto Biografías de hombres ilustres. Carlomagno, Goethe. Está escrito por Thomas de Quincey. Aunque en teoría pienso que la vida de Goethe fue interesante, siempre me aburrió leer su vida. Thomas de Quincey dice en su biografía: “No existe una forma mas triste de deslealtad que la que cuestiona los atributos morales del gran ser en cuyas manos se encuentra el destino moral de todos nosotros”.
Hagan algo
Uno en una cama de hospital se convierte en un tirano incomprendidoHay personas que cuando ven inconvenientes o inacción a su alrededor dicen: “Hagan algo”. Antes yo repudiaba ese pensamiento pero cuando estuve confinada en mi cama todo el dia, lo entendí. Uno en una cama de hospital se convierte en un tirano incomprendido, que quiere que le alcancen los anteojos que se le cayeron, que alguien retire los restos del desayuno, que alguien me alcance la crema (para hacer algo), que me Ileven de la mano a alguna parte, que me tapen el pie que se me destapó y me queda lejos, que venga alguien a conversar sobre política nacional e internacional, o sobre cualquier cosa. Yo debo ser una tirana pero me conviene ser una tirana astuta, o sea que si está cerca la enfermera debo pedirle dos o tres cosas juntas pero no al mismo tiempo, con calma y mesura. Si de entrada digo quiero esto, esto y lo otro le parece mucho pedir. Aparte me volví un poquito nazi, porque las enfermeras curan primero a esas personas que son como plantas, no responden o apenas lo hacen, y yo estoy bien, cuando tardaba la enfermera en venir y estaba atendiéndolos a ellos, yo sentia que tenía mas derechos que ellos. No me dejaban parar sin permiso, temen una caida. La cama estaba bloqueada por dos puertas, para desbloquearla necesitaba que venga la enfermera. Una tarde pasó el doctor Angel, colombiano, tiene grandes ojos oscuros y pícaros, tiene una voz que avanza a borbotones que parece brotar de un lugar mas profundo que la garganta, viene a ser como una voz de la selva, muy agradable. Hablamos de política nacional e internacional.
Mucho tiempo uno pasa allí esperando. Que venga la comida, que venga la visita, que pase la hora, uno mira por décima vez la hora en el celular. Todo gira alrededor de un mundo limitado, repetido, de corto alcance. Me hace acordar ese mundo al de la sibila Cumana y el brujo Titonio, parece que pidieron a los dioses larga vida pero se olvidaron de pedir eterna juventud. Entonces cada uno da vueltas cortas alrededor de si mismos, haciendo siempre las mismas pavadas.
Yo estaba esperando ansiosamente a la neumonóloga. No la conocía, hablaban de ella como si pudiese aparecer a cualquier hora del día o de la noche. Me prepararon para su visita sin comer en todo el dia, y a las siete de la tarde cayó como una tromba. Tenía la potencia de una locomotora y los movimientos de una maga, en dos segundos embutió su pelo de ondas gruesas como Iianas en una gorra vieja. Empezó a explicar de aquí para allá, se puso a escribir en un pizarrón cercano y en dos segundos tenía a tres discípulos rodeándola, les explicaba algo a toda velocidad, a los tres al mismo tiempo. Todo eso tenía algo de puesta teatral. Me dio a tomar dos remedios de un sabor inconcebible y por la nariz me puso una sonda que lIegaba hasta los pulmones. Yo tenía la garganta dormida y no sentí nada. Ella me dijo que yo era muy valiente, yo más bien quería saber si todo estaba en orden en mis pulmones. No le pregunté nada sobre los pulmones, después de todo, ser valiente era una cosa buena.
Cambio de sala
Todo el tiempo que estuve en terapia intensiva me lo pasaba pensando en el baño, dónde estaría. Pensaba en el baño como si se tratara de Londres o París y ahora que me cambiaron a terapia intermedia, cerca de mí hay un cartel que dice “Salida” y ahí está el baño, una gran felicidad. Sentí que me ascendieron de categoría y además empecé a caminar por un pasillo exterior, con varios metros de cable. Podía hablar con las personas que andaban por el pasillo, lIegaba hasta la cocina y le preguntaba a la cocinera qué había para comer ese día.
Esta sala de terapia intermedia por una parte era mejor que la otra, y por otra, peor. Era mejor porque en esta había gente que gritaba de dolor, que por lo menos emitía sonidos. Se ve que también lo mudaron a Juan a esa sala porque gritaba “Los voy a denunciar”. Cerca de mí lIegó una paciente que gritaba como un bicho alarmado, le ponían la sonda y la enfermera le preguntó:
–¿Hace cuánto que no comés nada?
–Dos meses.
Dijo con voz de loca. La enfermera le dijo:
–Si te sacás la sonda tengo cincuenta sondas más, vos sos jodida pero yo te gano, soy jodida y media. Mejor que te tranquilices porque se te pudre el rancho.
Esta sala es peor que la otra o me gusta menos, parece un hospital del siglo XIX, con largas cortinas blancas que cierran la mayoría de las camas. Me imagino que van a aparecer enfermeras de pollera larga hasta el suelo y cofia con volados. La sala de antes parecía un despelote por ese pasillo por el que pasaba todo el mundo, pero era un despelote del siglo XXI. A esta sala viene siempre el jefe de enfermeros, un playboy muy morocho que tiene dos hermosos pullóveres, uno rojo y uno azul.
Cuando él está presente y yo creo que ella no lo ve, la loca Justa no hace ruidos feos, está como moderada. Cuando se va el jefe de enfermeros, ella hace ruidos de alcantarilla.
Estoy leyendo unos cuentos de Bryce Echenique, fin del 2014, de ahora, que es ya mayor. Varios Iibros de Bryce me han gustado por su uso del lenguaje, se lo siente muy libre y a veces logra expresiones felices, pero este último libro no me gustó;es como si hubiera usado unas mañas de zorro para alargar los textos, me sonó un poco forzado. Prefiero mirar a mi alrededor.
Mis vecinos de cama
Casi en el centro de Ia sala, no se por que no tiene cortinas, esta el dueño de un micro escolar, dice que el hijo le vendió el micro por 20.000 pesos y que él lo va a denunciar a Ia policía. A cada rato dice que va a ir a Ia comisaría. Se lo dice a Alfredo, que está en una cama cercana. Alfredo es menudito, prudente, si hubiera nacido en Ia selva peruana lo lIamarían “Ratón asustao”. Jamas lo escuché emitir un juicio de valor y eso que los kinesiólogos lo dejaban esperando horas antes de acompañarlo a caminar. ÉI busca palabras desconocidas en el diccionario y se entretiene. ¿Por qué no lIamará al kinesiólogo para que se fije en su persona? ¿Por que no dice nada cuando Aldo se le escapa? Dice que va a buscar un andador y tarda como si hubiera ido al lejano Oriente. ¿Creerá en Ia palabra eficaz, como en el pensamiento magico religioso? Pensará: “Si pienso mal de Aldo no me va a venir a buscar, debo mandar buenas ondas.” EI colectivero Osvaldo le cuenta a ratón asustao lo del colectivo, habla con un vozarrón de matón pero se le entiende poco, tuvo un ACV. Entonces don Alfredo chiquito y tímido le dijo:
–Y además por el valor afectivo del colectivo.
Osvaldo lo miró con cara neutra.
A Ia madrugada, como a las cuatro, nos hacían a todos un electro y Osvaldo que estaba delirando con el colectivo y Ia estafa del hijo, de repente empezó a gritar:
–iEnfermeras hijas de puta! ¿Están locas que a las cuatro me hacen un electro? ¡Chiche, Coco, vengan que me tengo que presentar en Ia comisaria, voy a poner una denuncia!
Enfermera:
–Chiche no viene. ¿No ves que no viene?
EI día anterior yo le había dicho a Ia enfermera que me pusiera un biombo, que ese hombre me estaba mirando y yo en pañales. Ella me dijo:
–¿Cómo te vas a preocupar por un hombre que no sabe ni quién es ni por qué esta aquí?
Otra vez pasó un residente colombiano y le dijo a Osvaldo:
–Usted vocalice bien. ¿No ve que no se le entiende lo que dice?
Y una enfermera que lo escuchó dijo del médico:
–Y sí, hay que decirle tambien a él que vocalice bien.
Despues lIegó a Ia sala una señora de 96 años que se lIamaba Ogarina Pia Romana y su cama estaba ubicada justo enfrente de Ia mía. Su cabeza funcionaba muy bien y decía:
–Estoy obsesionada con Ia ropa. ¿Cómo es que mi hijo no me trajo? En mi casa tengo colchón de plumas.
Contaba que era profesora de dibujo y que dibujó hasta el año anterior; pintó el cuadro de San Martín pensativo antes de Ia batalla de Maipú. De su cabeza surgía todo el movimiento de los ejércitos. Despues Ia señora Ogarina se fue y en Ia misma cama pusieron una señora de 102 años que decía: “Estoy sorda de esta oreja y de Ia otra también”. También cantaba canciones de Alberto Castillo, esa “Siga el baile, siga el baile al compás del tamboril”. Ella discurría en la cama, hacía una especie de balance de su vida. Una vez le dijo a la enfermera:
–Curame con palabras.
La enfermera Sara
Una mañana, Sara llamó a su controlador por teléfono y le dijo:
–Señor Marini, hoy no tengo ayudante, avisó que no va a venir.
Despues se volvió hacia todos nosotros y nos dijo:
–Que nadie camine, nadie ambulante molestando.
Claro, éramos como diez pacientes para ella sola y con algunos tenía que hacer muchas cosas, darles de comer en la boca, que la sonda, que la higiene. Nos miró de nuevo y añadió:
–Y hoy no se baña nadie.
Cuando se acercó a mi cama con una pastilla, yo, creyendo que era una señora muy obediente y de comportamiento ejemplar, le dije:
–Yo ya me bañe a la madrugada
Ella me dijo:
–¿Y a mi que me importa?
Y puso unas trabas a mi cama para que no se me ocurriera caminar o alguna otra idea absurda. Eso fue cuando estaba la señora de 102 años justo enfrente de mi cama. Sara, que ya se habia dulcificado un poco se puso a hablar con la señora. Le dijo:
–¿Vos viniste de Roma?
–¿Quien sos vos?
–Soy la enfermera que te cuida quedate tranquila, descansa.
–Dame el beso de Ias buenas noches
La vuelta a casa
A mi me internó un escritor amigo, Eduardo, una tarde en que me visitó y le dije que tenía pocas fuerzas. Me dijo “¿Te parece que lIamemos a la guardia?”. Yo pensé que íbamos y volvíamos enseguida. Ahí me internaron y Eduardo también me desinternó, me acompañó hasta mi casa de vuelta. Nunca le pude tomar el punto al doctor Arenas, que autorizó mi salida. El presidía la visita a los pacientes que hacía junto a los residentes colombianos, ellos le planteaban cada caso y él escuchaba, pero parecía no importarle nada, cuando ellos hablaban él tocaba la consistencia del sofá como si hubiera preferido estar en otra parte, o ejercer otro oficio, Yo pensaba que iba a estar toda la vida en una cama y me daba un poco de ansiedad volver a casa, vaya a saberse cómo era esa etapa nueva. Llegamos a la ambulancia, me senté frente a Eduardo y el hecho de ir sentada en una silla y no en camilla me parecía un ascenso. No estaba tan contenta por Ia vuelta ese primer día porque a mí lo nuevo siempre me asustó. La ambulancia se tomó su tiempo para lIegar porque habia mucho tráfico, pero si hubiera tardado mas yo igual hubiera estado conforme. De repente vi una pared de piedra amarillenta y dije “Yo a esta pared la conozco”. Era de la casa de enfrente.
Cuando entré a mi casa, me estaban esperando mis queridos alumnos y habían hecho modificaciones. A mí siempre me ha gustado ver cosas distribuidas de manera distinta, veo la marca de otra mano, como cuando una señora que limpiaba le puso un sombrerito a la tetera y le colgó una flor. En mi casa pusieron un sofá cama para la persona que me acompañe, me esperaba también el oxígeno y alguien me había ordenado en el placard las sábanas y las toallas. Yo las tiro así nomás y como caen quedan, lanzándolas como desde dos metros. Acá había dos pilas perfectamente discernibles de sábanas y toallas. Y les serví a todos un poquito de vino reservado.
jueves, 31 de mayo de 2018
Susan Sontag y la enfermedad
Susan Sontag: “La enfermedad es la cara nocturna de la vida, una ciudadanía más pesada. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”.
jueves, 8 de marzo de 2018
La vida y la muerte de Iván Ilich: sobre la vulnerabilidad y lo singular
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viernes, 12 de enero de 2018
Dialogos de Platón ( medicina muda y medicina comunicativa)
Desde el principio de la historia han coexistido siempre una medicina muda y otra comunicativa; ya en el diálogo de Platón, Leyes, se diferencian claramente la medicina para esclavos (simple "veterinaria para hombres", decía Laín Entralgo, rudimentaria, artesanal, sin diálogo alguno) y la destinada a ciudadanos libres y ricos (basada en la conversación amistosa, el conocimiento personal y familiar, la argumentación persuasiva).
Hay médicos elitistas , que siguen haciendo medicina de esclavos y de ricos , sobre todo en países tercermundistas , lo he visto en Mexico , Argentina , Marruecos , Angola , Guatemala , y etccccc
Hay médicos elitistas , que siguen haciendo medicina de esclavos y de ricos , sobre todo en países tercermundistas , lo he visto en Mexico , Argentina , Marruecos , Angola , Guatemala , y etccccc
sábado, 6 de enero de 2018
HENRY MARSH - DOLORES DE CABEZA
A punto de jubilarse, Henry Marsh, uno de los neurocirujanos más importantes de Gran Bretaña y de toda Europa, decidió retomar su vieja práctica de escribir –había llevado un diario desde los doce años– para recordar las numerosas operaciones de cerebro en las que debió intervenir. El resultado, lejos de la autocelebración, es el descarnado retrato de una especialidad científica en la que todo se juega entre el rigor, el cálculo y lo inesperado. Ante todo no hagas daño se convirtió en un éxito mundial que conmueve por la humildad de su testimonio, casi al borde de una confesión acerca de la complejidad y las dificultades de ejercer la medicina.
Por Violeta Serrano
Va a correr cada mañana. Se levanta y sale ataviado con ropa deportiva de su casa de dos plantas del barrio de Wimbledon en la que vive desde hace años, cuando se separó de su primera esposa tras un matrimonio que no superó la intensidad de los inicios de su profesión. En el lugar hay, entre otras cosas, paredes forradas de libros y dos colmenas, así como un hermoso jardín en la parte de atrás que se conjuga con un taller de bricolage. Cuando regresa del trabajo, por lo general, se toma un gin-tonic desde un rincón cuya ventana da directamente al suroeste de Londres que suele contemplar bajo la lluvia infinita que caracteriza a la ciudad y que, sin embargo, no le ha impedido moverse en bicicleta casi todos los días de su vida. Lo del running y la bici es, más que nada, porque parece ser que la actividad física reduce las probabilidades de padecer enfermedades como, por ejemplo, el Alzheimer. Lo hace aún sabiendo perfectamente que practicar deporte no le asegura librarse de esa posible situación futura. Ni de tantas otras. Al fin y al cabo es la esperanza lo que hace que la vida se desarrolle aunque, a la vez, es la culpable de que, en muchas ocasiones, nos convirtamos en personas necias, según afirma. Lo ideal es que alguien como él viva en un permanente punto medio virtuoso aunque eso, quizás, sea demasiado pedir para un simple ser humano. En su trabajo, la tensión constante entre distintas variables que, en la mayoría de los casos dependen del más puro azar, es una realidad que va lacerando su camino diario y haciendo más profundas las arrugas de su rostro. Debe tomar decisiones de las que dependen la vida o la muerte de terceros, o, peor, valorar siempre la posibilidad de que sus manos serán las responsables de que esos pacientes salgan del quirófano mejorando su calidad de vida o, por el contrario, convertidos en auténticos vegetales que no tendrán siquiera la posibilidad de matarse sin ayuda externa. Ese dato es más importante de lo que pudiera parecer: en Inglaterra la eutanasia está, aún hoy, prohibida por ley. Así que él, apenas un hombre cualquiera, no se debe dejar dominar por la esperanza en la misma medida que no debe hacerlo por la fatalidad. Lo más difícil de su tarea no es operar con gran pericia técnica (que también debe suceder) sino conocer el momento exacto en el que debe actuar o, por el contrario, dejar a la naturaleza seguir su curso. “Se tardan al menos tres años en saber cuándo hay que operar y treinta en saber cuándo no hay que hacerlo”, apunta.
Por la gloria
Este simple mortal llamado Henry Marsh es uno de los neurocirujanos más prestigiosos de Gran Bretaña y, ahora, también, va camino de ser uno de los más importantes escritores de no ficción en lengua inglesa. Y lo es, por cierto, por una razón más bien ligera: tras cursar estudios en Ciencias Políticas, Filosofía y Economía en la Universidad de Oxford, su ciudad natal, sufrió un fuerte desengaño amoroso. Para salir del calvario sentimental en el que se encontraba quiso autoflagelarse, ya que no tenía necesidad alguna de hacerlo pues era hijo de un prestigioso abogado de derecho internacional, y se fue a trabajar como camillero en un lúgubre hospital de la cuenca minera de Northumberland, cerca de Escocia. Su labor consistía en llevar enfermos desde la ambulancia a las salas del hospital, o desde las salas al quirófano o, en el peor de los casos, directamente de ahí a la morgue, si la cosa no iba bien. Fue entonces cuando tomó la decisión de volver a las aulas, pero con un rumbo muy diferente del que había elegido en su adolescencia. Para su propia sorpresa, se inscribió como estudiante de Medicina en el Royal Free Hospital de Londres, institución en la que no era requisito indispensable tener una procedencia de estudios científicos. Henry Marsh tenía entonces 30 años y aún no sabía que iba a decantarse por la especialidad de neurocirugía cuando, en medio de una operación de aneurisma de la que fue testigo, tuvo una epifanía que se lo aclaró. “Era vanidoso, ambicioso y buscaba la gloria”. Eso responde con sorna hoy, a sus 66 años, cuando se le pregunta por qué esa elección. Ciertamente, hay que poseer altas dosis de esas características para tener como objetivo ser algo parecido a Dios. Y humildad. Toneladas de humildad. Ambos rasgos están sembrados en las páginas de Ante todo no hagas daño, un libro que ya es un éxito de ventas en todo el mundo y que nace de una costumbre que nunca dejó de lado. Henry Marsh escribió ininterrumpidamente sus diarios desde los doce años. Ahora, casado con la antropóloga social y también escritora Kate Fox, esa historia de vida que permanecía camuflada ha salido a la luz. Fue ella la que le advirtió que debía convertir aquellos materiales en una obra de arte. Y así lo hizo. Su texto, articulado en la descripción de 25 casos clínicos y flanqueado por un corto y contundente prólogo así como una breve carta de agradecimientos final, constituye una guía para comprender cómo funcionan las tensiones paradójicas que conviven en las personas a las que nos encomendamos cuando la muerte acecha y no nos queda más remedio que ponernos en sus manos.
Memorias de un bisturí
Con una atención milimétrica, Henry Marsh manipula el cerebro de sus pacientes. Físicamente. Sus finos dedos tocan la zona en la que sucede el misterio del habla, de la risa, de la emoción, del pensamiento. Un neurocirujano no teoriza: actúa. Fue el primero en Inglaterra que utilizó la anestesia local para operar un glioma, es decir, un tipo de tumor cerebral. Fue en 1989 cuando, mientras penetraba en ese misterioso espacio lleno de ramificaciones nerviosas, podía, al mismo tiempo, charlar con su paciente para corroborar, en tiempo real, que no le estaba tocando algo que hiciese que, por ejemplo, no pudiese volver a emitir palabra. Esta práctica puede llevarse a cabo por la peculiar razón de que el cerebro no posee receptores que interpreten su propio dolor. Así todo, Henry Marsh se mete en el barro cada vez que abre un cráneo para someterlo a cirugía. Y eso, entre otras cosas, es lo que relata con una lenguaje libre de descripciones superfluas o demasiado encriptadas para un profano en la materia. Sin caer en el golpe bajo ni en el morbo, las cuestiones físicas se alternan con las puramente humanas dejando claro que lo difícil no es detener una hemorragia descontrolada en la que el cirujano debe navegar desesperado y ciego como un barco en medio de una tormenta sin faro a la vista. Lo realmente complejo es tomar la decisión de si operar o no o de, si ya se está en ello, saber cuándo es el momento de parar antes de producir lesiones. No hay guía para tener éxito: la práctica y los errores cometidos son el salvavidas más cercano, aunque ni siquiera otorgan una seguridad absoluta porque ésta, lamentablemente, no existe.
La sombra de Oliver Sacks se cierne sobre cualquier médico que ose incursionar en el mundo de las letras. Pero Marsh no sigue su estela. Es inteligente y, en vez de eso, busca otras sendas que nada tengan que ver con el estilo del fallecido autor. La fuerza de Marsh es física. Con el respeto que se deben los colegas de profesión, él sostiene que los neurólogos que se ponen a escribir tienden a elegir casos que acumulan como si coleccionasen mariposas de ejemplares raros. Uno de los grandes amigos de Marsh, que aparece varias veces en este libro y que, de hecho, ya había formado parte del documental ganador de un Emmy, The English Surgeon (2007), el ucraniano Igor Kurilets, le dijo una vez: “Nosotros somos como los sangrientos cosacos”. Aquella comparación la hizo al regalarle una versión pictórica de Los cosacos zapórogos. Hoy, esa obra, corona la sala del hospital público y centro universitario St. Georges de Londres, donde Marsh operó a la inmensa mayoría de los 15.000 cerebros que han pasado por sus manos y lugar que, aún hoy, visita asiduamente para sugerir y seguir formando a cientos de médicos internos.
Retirarse no es algo que le haga demasiada gracia. Lógico, tras años de una intensidad tan brutal debe ser complejo enfrentarse a la templanza de la jubilación. Quizás por eso Henry Marsh, lejos de dedicarse únicamente a la apicultura que le fascina como hobby, continúa su labor médica en países como Ucrania, Albania o Nepal. No es casual tampoco que sea justo ahora cuando se atreva a incursionar en el mundo de la literatura con un éxito apabullante. Agotada su primera edición en España en unas semanas, Ante todo no hagas daño ya ha sido reconocido como mejor libro del año por Financial Times y The Economist, tras encabezar las listas de ventas de best sellers en EE.UU. y Reino Unido.
Ante todo no hagas daño. Henry Marsh Salamandra 346 páginas
Si uno visita el hospital donde trabajó toda su vida y que sirve de escenario principal a su libro, puede comprobar que existe un patiecito cuya creación es también culpa de Marsh. Asqueado y enfrentado durante la mayor parte de su vida con la burocracia imperante en el Sistema Nacional de Salud, fue y es un férreo defensor de la humanización de los hospitales. Las arduas críticas a la gestión pública de estos centros están presentes, sobre todo, en la segunda mitad de la obra. El trato clientelar que se está instalando en los últimos tiempos supone una situación desquiciante para los profesionales de la salud: totalmente ajenos a la cotidianeidad práctica de los centros hospitalarios, las nuevas gestiones modernas ignoran cuestiones que parecen de sentido común tal y como Marsh las presenta en este texto. El humor que mitiga las más dramáticas situaciones hace que Ante todo no hagas daño sea una joya que, a la vez, presenta una peligrosidad encubierta. La pericia de Marsh con la expresión escrita hace que lo que desea transmitir sea tan eficaz como inquietante: da miedo ser consciente a través de su demoledora honestidad de que la medicina sabe más bien poco sobre cómo solucionar nuestras dolencias. Para sorpresa de muchos de sus colegas, que no suelen airear en público estas desgracias, el autor enumera sus garrafales errores y vuelve sobre ellos tal y como en su vida real esos fracasos le persiguen toda vez que vuelve a enfrentarse a situaciones similares. Al fin y al cabo, como dijo el médico francés Leriche, todo cirujano lleva un cementerio dentro en el que cada error es una lápida.
domingo, 14 de mayo de 2017
La verdadera historia de la enfermera del cuadro que pide silencio en los hospitales
Todos la conocen. Medio mundo o más. Pero nadie –o muy pocos– saben su nombre. Ella, su cara, su gesto, acompaña a millones en la alegría de un nacimiento, en el suspenso de un quirófano, en el dolor del final de una vida. Es, urbi et orbi, "La enfermera del cuadro". De ese cuadro que preside hospitales, clínicas, maternidades.
Su gesto es más que elocuente: un dedo índice sobre los labios. Shhhh. Silencio. Una orden suave, nada autoritaria, que pide crear en las salas de espera un ambiente sereno: apenas un murmullo, a pesar de la ansiedad, de la euforia, de la desesperación, de las protestas. Los sucesos límite que convocan a la voz humana en toda su escala sonora…
¿Quién es?
Primera noticia nacional y popular: como Favaloro, Maradona, Messi, el dulce de leche, Gardel, la calle Corrientes… ¡es argentina!, aunque su apellido lo desmienta.
Se llama Muriel Mercedes Wabney. Era modelo. En 1947 firmó un contrato de exclusividad para presentar las colecciones de Harrod's, la versión calle Florida de la célebre cadena inglesa. Orgullosa todavía en Londres, y una triste ruina entre nosotros…
Y no fue todo: modeló para Ducilo, una empresa y marca de telas, para el modisto Jean Cartier y su programa "El arte de la elegancia" (Canal 7, tevé black and white, finales de los 50), y en un desfile paseó los vestidos que usó Linda Darnell en el film Por siempre ámbar: Twenty Century Fox, 1947, dirigida por Otto Preminger.
Según la única historia rastreable del cuadro "shhhhh", revelada por la ya desaparecida revista Paralelo 38 en los 70, la idea fue de un tal Juan Craichik, jefe de visitadores médicos de la empresa "Taranto", fábrica de instrumental y laboratorio.
El hombre reveló en una entrevista de Paralelo 38 que la chispa se le encendió en 1953, mientras visitaba por su trabajo un hospital de Rosario. "La sala estaba atestada, y cada tanto una enfermera pedía, sin éxito, silencio. Entonces se me ocurrió crear una imagen elocuente que cumpliera la misma función".
Presentó el proyecto en su empresa, lo aprobaron, convocaron a varios modelos profesionales, y ganó Muriel Mercedes Wabney.
¿Qué se tuvo en cuenta para ungirla protagonista? Craichik explicó que "su cara era distinta, suave, armoniosa, de mirada dulce…, autoritariamente dulce".
La sesión fotográfica duró toda una tarde. El autor de la idea dijo que la empresa "Taranto" no lucró con la distribución mundial de esa imagen: "la regaló a hospitales, maternidades, clínicas, etcétera".
En cuanto a Wabney, rara vez aceptó hablar públicamente, dijo que era casada, que no tenía hijos, y negó confesar cuánto le pagaron por la foto y su multiplicación ad infinitum…: casi tan enigmática como su anónima cara impartiendo silencio.
Hoy, mayo 12, la recordamos porque es el Día Mundial de la Enfermería, aunque en la Argentina el Día de la enfermera se celebra el 21 de noviembre.
Y no es poco. Porque Wabney, mujer de mediados del siglo XX, engarza su historia en la más emblemática enfermera de la historia: Florence Nightingale, nacida en el entonces Gran Ducado de Toscana el 12 de mayo de 1820, y murió en Londres el 13 de agosto de 1910, cuando en la Argentina no se apagaban todavía los fastos del Centenario de la Revolución…
Enfermera y también escritora, fue epidemióloga, estadígrafa sanitaria, y pionera de la enfermería moderna.
Primera mujer admitida en la hermética Royal Statistical Society británica, inspiró a Henri Dunant a fundar la Cruz Roja.
Pero no logró su fama con tinta y sobre papeles: empapó sus manos y su alma entre las atroces heridas de los soldados de la guerra de Crimea.
La llamaban "La dama de la lámpara", por su hábito insomne de rondas nocturnas alumbradas por esa luz. En 1883, la Reina Victoria la honró con la Real Cruz Roja. En 1908 recibió las Llaves de la Ciudad de Londres.
Y aunque no lo sepa, cada vez que alguien obedece el pedido de silencio de Muriel Mercedes Wabney desde su cuadro, también convoca el indomable espíritu de Florence Nightingale.
Porque a su manera, las dos abren sus alas sobre las risas o las lágrimas humanas.
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