Translate

Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de marzo de 2020

La banalidad del mal

Otra vez los refugiados vagando en la desolación. Otra vez miles de personas convertidas en moneda de cambio de intereses estratégicos y sobre todo económicos. La brutal represión del gobierno griego a los desplazados que acogía Erdogan -y que lanzó a las fronteras con engaños- ha mostrado la inhumanidad a cara descubierta, ahora ya sin asomo de disimulo. Casi cualquier noticia palidece ante la raíz que a tantas sustenta: crece la banalidad del mal, lo vemos en la nueva crisis de los refugiados y en actitudes patrias de feroz deshumanización. Detrás llega el abismo.
Antes están las guerras de la codicia, la hipócrita venta de armas, el tablero de poder mundial que se juega bajo las bombas que caen sobre poblaciones indefensas. La guerra de la Siria que también quiso hace más de diez años su primavera de libertad ha causado miles de muertos y desplazados. Terror infinito. Tras imágenes espeluznantes, la UE se sacudió –literalmente- el problema de los refugiados pagando a Erdogan, el presidente de Turquía, de corte autoritario, para que se ocupara de ellos. Nunca debió hacerlo, pero ocurrió así. Aquella viñeta de 2016 lo explicaba con total crudeza.
Erdogan quiere más dinero y más apoyo a sus estrategias de poder. Tras la –teórica- retirada de EEUU de Siria, lanzó la ofensiva turca contra las fuerzas kurdas. También ha mandado efectivos a Libia. Erdogan avisa desde hace tiempo de lo que quiere pero ahora acaban de matar a 33 soldados turcos en Siria y necesitaba un golpe de efecto en casa. Y mandó a los refugiados a vagar de nuevo hacia Grecia como entrada de la Unión Europea, diciéndoles que se habían abierto las fronteras.
Y Grecia, de nuevo en manos del partido conservador Nueva Democracia, los ha recibido salvajemente. Inclusoatacando a las lanchas de refugiados en el agua. Un niño que cayó al agua y un hombre-por disparos- han resultado muertos. Grupos fascistas han completado la labor de represión, agrediendo refugiados, a miembros de ONG y periodistas. De esos periodistas que nada tienen que ver con los voceros de las cloacas españolas, y que se juegan la vida, sin protección de quien debe prestarla, como cuenta entre otras muchas cosas Hibai Harbide. Con enorme generosidad, con el espíritu del periodismo puro, para que veamos este horror.
Y la UE acata y respalda las graves violaciones que se están produciendo. Pide a Turquía que cumpla el acuerdo y apoya a Grecia, que le sirve de escudo. Escudo ante la llegada de seres humanos desvalidos. Grecia -que sin duda ha recibido ya numerosos refugiados- se ha permitido decir ahora que suspende durante un mes el derecho a pedir asilo, uno de los que recoge, por supuesto, la DDHH. Mientras sabandijas de todo pelaje aplauden la medida y no se conmueven ni con la aterrada expresión de los niños gaseados y la impotencia de sus padres. Esta gentuza no tendría un lugar en una comunidad civilizada, el rechazo social sería explícito. Es consecuencia del error de confundir las banderas con lo que constituye un país: básicamente, una organización de personas reunidas por el bien del conjunto. De excluir a las personas de la ecuación en los hipernacionalismos. Como hace la triple derecha española.
El mal se ha analizado desde todos los puntos de vista posibles. Desde el moral, sin duda, y desde la psicología, la sociología, el derecho, la política o la filosofía. A través de los tiempos se ha venido dando una especie de justificación a la maldad, que estaría condicionada por un determinismo inexorable de la condición humana. El hombre es un lobo para el hombre, decía Hobbes. A lo largo del tiempo fue el ilustrado Rousseau quien mejor le refutó: el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo corrompe. Maquiavelo hacía depender la maldad de las circunstancias.
La gran aportación la trajo Hannah Arendt, alemana de origen judío, controvertida en su momento incluso, que quiso indagar por qué había triunfado el nazismo en la idea de que nunca más se repitiera la barbarie que desencadenó. A ella se debe el concepto de "la banalidad del mal". Es lo que ahora crece en los sectores infantilizados y egoístas de la sociedad. La trivialización de la violencia y el vacío del pensamiento llevan a esa banalidad donde el mal se asienta.
No es difícil ver que aquel deseo de que nunca más se repitiera lo que trajo el fascismo ha quedado en poca cosa, aún no en nada. Muchos intereses se trabajan ese sector de la especie humana donde la falta de criterio, la ruindad y la crueldad anidan. O en el que la indiferencia o la cobardía les dejan paso.
En España ahora mismo contamos con un gobierno progresista, atacado sin cuartel por fuerzas retrógradas y hasta por la estupidez más insoportable. Legiones de abducidos se prestan a confusiones flagrantes como equiparar a los agresores con sus víctimas, dando por hecho que están en el mismo plano y ambos tienen razones legítimas. En uno de los lados, el derecho a la vida y a la integridad, nada menos; en el otro, quien las agrede y las quita. Una ley de libertad sexual, en donde el consentimiento explícito es indispensable, ha sido aprobada este martes. Algo obvio que, sin embargo, se discute y se rechaza.
La polémica del día es que en Operación Triunfo una periodista ha defendido en una charla a los alumnos el feminismo y hay que cerrar RTVE, dicen. Inés Arrimadas, otros políticos y medios censuran que se haya criticado el "feminismo liberal" y que se haya calificado a la ultraderecha de "el mal". El machismo mata: tres mujeres asesinadas en el mismo día, el miércoles pasado, son la prueba. Uno de ellos, es que "estaba enamorado" nos dice "la prensa". Tenía sus "razones", el hombre. Y el machismo agrede, abusa y humilla, en manada si se tercia. Y, sí, la ultraderecha es "el mal", así entendido, cuando se desparrama. O mejor, el daño, la perversidad. Resulta inaudito que no se recuerde o no importe quién desató la Segunda Guerra Mundial. Y es que la ultraderecha procura ser banalizada para que cuele mejor.
Cayetana Álvarez de Toledo se multiplica negando la discriminación de la mujer y la violencia machista, aplicando en insulto su concepto de lo que es la agresión mediática a los valores de la Democracia. Ella, cabeza de tripartitos ultras. Ella, que escribe al presidente de la Asamblea Nacional Francesa para que actúe contra un eurodiputado en posesión de su acta legal, desde su residencia ideológica en tiempos de las Cruzadas. Habla de abdicación del Gobierno español y hace una llamada a levantamientos populares en contra. El franquismo en toda su crudeza revive en el PP. Su candidato a lehendakari, entretanto, acusa a Sánchez de pactar con asesinos y golpistas. Y no pasa nada. Rocío Monasterio por su parte parece tener el vicio compulsivo de hacer trampas, mientras desgrana su discurso ultra con cara impávida. Lo último de la líder de Vox, haber registrado varios planos ante el Ayuntamiento de Madrid con firmas falsificadas de una de sus clientas, que cuenta hoy Eldiario.es en exclusiva. Esos van siendo los gérmenes del mal que conducen a caminos indeseados. Los que ya se asientan en España con la ultraderecha en las instituciones y sus alianzas políticas cada vez más indiferenciadas de PP y Ciudadanos.
Este martes se cumplían 44 años de cuando, fallecido Franco ya, el gobierno de la Transición en el que eran ministros Fraga Iribarne –fundador de Alianza Popular, luego Partido Popular- y Martín Villa mandó cargar brutalmente contra una huelga en Vitoria Gasteiz. Cinco trabajadores resultaron muertos. Todo ha pasado antes. Y avisa desde la distancia o desde el propio presente. Lo que ocurre con los refugiados en Turquía y Grecia puede ocurrirnos a cualquiera de nosotros. De un lado y del otro de sus equidistancias. Ya se disparó en el Tarajal, Ceuta, en el agua, a emigrantes, con 15 muertos como balance. Al paso que vamos cabría vernos también nadando en las aguas de la desesperación. Hay al menos un intento de que aquí y ahora las cosas cambien.
Por supuesto que una sociedad no puede ser homogéneamente inmaculada. Qué espanto. Pero hay una drástica diferencia entre una sociedad plural y otra infectada de seres mezquinos, perversos, manipuladores, que pueblan la vida pública en busca de sus propios intereses y son lavados y promocionados por sus compinches mediáticos. El mal deja huellas mucho más allá de lo que se ve. Cuando tengan un rato vean este impresionante reportaje de En Portada, de TVE, El psiquiatra de Alepo. Miren en los rostros turbados y ausentes lo que vendrá de niños y padres gaseados, perseguidos, ahora mismo. ¿En razón de qué?
Vigilen la banalización del mal y a sus propagadores en particular. Se ha colado en nuestras vidas con su poder incomparablemente destructor.

viernes, 3 de enero de 2020

Desigualdad y también pobreza









 

Hace un siglo exactamente el mundo acababa de entrar en un bucle de tres décadas con dos guerras mundiales y sus consecuencias (1914-1945), que acabarían con la primera fase de la globalización, la que había arrancado en el último tercio del siglo XIX (1870-1914). Lo que sucedió luego fue calificado por el historiador Eric Hobsbawm como "un siglo corto", un siglo que comenzó en el año 1914, con la Gran Guerra, y terminó en 1989, con la caída del Muro de Berlín.
Si viviese Hobsbawn, quizá hiciese una revisión de su tesis a la luz de lo acontecido en lo que llevamos de siglo XXI. Posiblemente podría concluir que el siglo XX, al revés de lo que creyó, fue un siglo largo que todavía no ha acabado, y que se podría dividir netamente en tres partes muy diferenciadas, además del citado periodo de conflictos bélicos. La primera sería la de los "treinta gloriosos" (1945-1975), la época de mayor crecimiento del capitalismo con mayor equidad, los años de la hegemonía keynesiana, del "capitalismo de rostro humano". La segunda etapa dura desde finales de los años setenta hasta la Gran Recesión de 2007; es la época de la revolución conservadora, la treintena opulenta, tiempo de consumismo desaforado en la que hubo un momento en el que parecía que la codicia producía resultados. Aumentó espectacularmente la desigualdad, pero en lo básico fue porque los ricos se escaparon, incrementaron mucho más la renta, la riqueza y el poder que el resto. Pero ese resto, a trancas y barrancas, siguió mejorando y aumentaron los efectivos de las clases medias de todo el mundo. Se vivía de un simulacro: vosotros os lleváis la mejor tajada pero nos proporcionáis trabajo y un cierto progreso. Aumentó la desigualdad pero se redujo la pobreza en el mundo.
La tercera fase está muy bien reflejada en el informe de Oxfam. Comienza en 2007 y no sabemos cuando podrá darse por finalizada. En ella ha habido un crecimiento exponencial de la desigualdad y de la pobreza. En este caso, las razones están más basadas en el hecho de que las recién creadas clases medias han visto detenerse la escala social que en que los ricos hayan multiplicado sus beneficios (que los han multiplicado, aunque no tanto como en la etapa anterior). Muchas de aquellas personas que se sintieron parte del progreso y de las clase medias forman parte ahora de ese grupo que el Banco Mundial denomina "los vulnerables" o el "precariado": familias que mejoraron pero que han perdido de modo acelerado parte de lo avanzado. La combinación es letal: más desigualdad, más pobreza.



Se ha reducido la capacidad distributiva de los Estados y, por tanto, aumenta la desigualdad
El informe de Oxfam se centra en esta ocasión en el papel de los paraísos fiscales. Un papel que quiso ser demediado al inicio de la Gran Recesión en las declaraciones del G 20, cuando esa formación G se convirtió en el organismo oficial para protagonizar la solución de los problemas económicos. No se pasó prácticamente de la retórica de los comunicados. El rol de los paraísos fiscales se une a una política fiscal generalizada, que ha reducido la actividad de los ingresos en la necesaria actividad redistributiva del sector público. En cuatro etapas: la primera, rompiendo el proceso generado tras la Segunda Guerra Mundial e iniciando una senda de falta de progresividad en los impuestos; a continuación, trasladando parte de los gravámenes sobre el capital hacia el trabajo; luego, transformando los impuestos sobre la renta en impuestos sobre el consumo; por último, reduciendo e incluso eliminando los impuestos patrimoniales (patrimonio, sucesiones y donaciones), último reducto de aquella progresividad de los sistemas tributarios.
El resultado es que se ha reducido la capacidad distributiva de los Estados y, por tanto, aumenta la desigualdad. Se ha permitido una fuerte acumulación de los ingresos, la riqueza y el poder en una élite económica que cada vez se escinde más del resto (que sufre fuertes tasas de desempleo, devaluaciones salariales, inseguridad en el trabajo y una reducción de la protección social) y que no quiere solidarizarse con la distribución del gasto público. Así es como se ha hecho tan popular el eslogan de "Somos el 99%", frente al 1% restante.
Y ello es lo que ha dado lugar a la crisis de legitimidad y de representación del sistema, que estamos observando por todas partes. La política y la economía inextricablemente unidas. Como las cerezas.

lunes, 11 de febrero de 2019

El hambre es un problema político (M Caparrós)

El hambre  opina que es "no es un problema de pobreza, sino de riqueza" y de la concentración de la misma. Si hay tanta gente que no come, en su opinión, es porque otros lo hacen de manera "absolutamente desproporcionada e injusta". Sin ir más lejos, el escritor, ponente en el curso de verano Hambre cero: es posible organizado por la Universidad Complutense y la FAO, destaca que en el mismo Chicago había 500.000 personas cuya alimentación dependía de cupones o de beneficencia. Y también llama la atención sobre cómo los más pobres de una sociedad como la estadounidense empiezan a sufrir un creciente problema derivado de esa distribución de los alimentos como es la obesidad. "Los desnutridos son los malnutridos de las sociedades ricas, y muchas veces los obesos son los malnutridos de las sociedades pobres". Porque, afortunadamente las hambrunas se han reducido mucho en los últimos años. Los peores efectos de la inseguridad alimentaria no son hoy las muertes por inanición. Es la malnutrición, con todas las enfermedades y debilidades derivadas de ella. Desde la falta de desarrollo físico y mental hasta la propia pérdida de ilusiones y metas.

domingo, 30 de septiembre de 2018

El provinciano global

Este sería un buen retrato del provinciano global: aquel que aspira a hablar un solo idioma, lo más utilitario posible, sin importarle la destrucción de los mundos que habitan en los otros idiomas; aquel que se mueve continuamente de aquí para allá, obseso coleccionista de imágenes, al tiempo que es incapaz de fijar la mirada, y no digamos el pensamiento, en paisaje alguno; aquel que está permanentemente informado con aludes de noticias y mensajes que sepultan su capacidad de comprensión. Es posible que un individuo de tal naturaleza se considere a sí mismo un cosmopolita. Pero vive en una pequeña aldea que ha confundido con el mundo.
Rafael Argullol es escritor.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Extraído del Blog el Gerente De Mediado ( Inmigrantes )

La lista: sense or sensibility?


“La lista era lo único importante. Los hombres sólo contaban por su número de prisionero.Es más, se convertían en un número:estar vivo o muerto carecía de importancia, porque la vida de un “número” carecía de importancia, porque la  vida de un “número” resulta completamente irrelevante. Y todavía importaba menos lo que se escondía detrás de la existencia de aquel número:su destino, su historia, su mismo nombre…”
                                                                          El hombre en busca de sentido. Viktor Frankl.1946.

Aunque han pasado más de 70 años desde que Frankl escribiera aquello al salir de Auschwitz, la lista sigue siendo lo único importante.En julio la lista de los migrantes que habían llegado a España superaba los 18.000, rebasando a Italia. Hoy, según cuenta el diario el país, “Seis países de la Unión Europea han llegado a un acuerdo para repartirse los 141 inmigrantes rescatados del Aquarius” (sic). El reparto de la lista. El nuevo líder del partido de la derecha español declaró hace unos días que “no es posible que España pueda absorber millones de africanos que quieren venir a Europa. Y, como no es posible, tenemos que empezar a decirlo aunque sea políticamente incorrecto”. Acoger a las personas que huyen de la guerra, la violencia, el hambre o la muerte es considerado una manifestación de “buenismo” por parte del otro líder de la derecha española.
Como lleva ocurriendo desde 2015, el problema siempre es la gestión de la lista: en aquel año la Unión Europea, se vio en la necesidad de repartir los más de 120.000 individuos que acababan de saltar las alambradas y encaramarse a los pulcros muros europeos; algunos países recibieron 10, otros sencillamente se negaron. España se comprometió a acoger a algo más de 9.000 pero hace algo menos de un año no había pasado de 1.279.
El tema de discusión siempre es la lista y el cupo. Nunca lo que se esconde detrás de ese número: el destino, la historia, el nombre…Frankl escribía que “el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día a otro, de una hora a otra. Por tanto lo que importa no es el sentido de la vida en formulaciones abstractas, sino el sentido concreto de la vida de un individuo en un momento determinado”. Sin embargo a los defensores de los grandes proyectos colectivos,del sentido trascendente de la vida, le traen sin cuidado esos destinos concretos de los números que componen la lista.
Sense and sensibility, la maravillosa primera novela de Jane Austen, cuenta la historia de las tres hermanas  Dashwood. El título tiene compleja traducción al castellano: porque más que a sentido, “sense” hace referencia a sentido común, a razón;  y“sensibility” más que a sensibilidad se refiere a compasión, a preocupación por el sufrimiento de otros como muy bien señalaba Marshall Marinker en un libro olvidado ya editado por el BMJ y que llevaba por título precisamente “ Sense and sensibility in healthcare”. En los años 80 , la sustitución de la “administración” por el “management” supuso la introducción de conceptos como eficiencia, productividad, competitividad, relegando los “buenistas” conceptos de abogacía, beneficiencia, en definitiva humanidad.
Marinker cita en su prólogo un libro aún más olvidado de Richard Rorty Contingency, Irony and solidarity) en que éste escribe: “Si tu fueras un judío en el periodo en que los trenes corrían hacia Auschwitz, tus posibilidades de ser escondido por tus amables vecinos eran mucho mayores si vivías en Dinamarca o Italia que si lo hacías en Bélgica”. Su conclusión era que la  razón última de ello no era que un grupo nacional tuviera más sensibilidad que otro, sino que por “contingentes” razones, en aquel tiempo los daneses o los italianos era más probable que vieran a sus vecinos no tanto como judíos, sino como “alguien como yo”, un milanés o jutlandés quizá con la misma profesión o gremio.Para Rorty la solidaridad social viene del reconocimiento de que las diferencias entre personas o grupos son insignificantes comparadas con sus similaridades: “ Solidarity is an extensión of the idea of shelf”.
En la medida en que consideramos que lo que nos separa de otros grupos, otros pueblos, otras naciones, otras personas es igual o mayor que lo que nos une, nos aproximamos sin remisión al nazi, al bruto, a la bestia.En la misma medida en que lo que nos preocupa son las listas, y no las personas que esconden cada número, con sus historias, sus proyectos, su propio e intransferible sentido de la vida.

martes, 24 de abril de 2018

zishunü, una “mujer que se peina sola”.

rado amor…”
La mañana en que Liang Jieyun renunció para siempre a casarse, hace casi 70 años, se levantó temprano. Su familia sacrificó una gallina a la diosa Guanyin, protectora de la fortuna y de las mujeres, en el templo de su aldea de Cantón, en el sureste de China. Su madre le deshizo la trenza que la identificaba como doncella. A continuación, murmurando entre dientes las palabras rituales, y con golpes de peine expertos, le ató el cabello en el moño característico de las mujeres casadas. Ella, sonriente, ofreció té y viandas a sus parientes, como en cualquier otra boda. Pero no había marido. A los 22 años, Liang había elegido convertirse en una zishunü, una “mujer que se peina sola”.


Casarse y tener hijos siempre ha sido un destino sin discusión para la inmensa mayoría de los jóvenes chinos. La tradición confuciana obliga a que los hijos continúen el linaje y se hagan cargo de sus padres mayores y hace que los progenitores no consideren completa su labor hasta que el último de sus vástagos no se haya casado. Aún hoy, es posible ver en los parques chinos a hombres y mujeres mayores con fotos y currículum de sus hijos en edad de merecer, para tratar de encontrarles una pareja adecuada. Las reuniones familiares suelen convertirse en una sesión de interrogatorio para los solteros. Sobre todo si se trata de una mujer y se acerca a los 30, la edad en la que corre peligro -según las comadres- de quedarse soltera, una “mujer sobrante”.
Aunque para las mujeres persiste la desigualdad en muchas áreas -diferencia salarial, violencia de género, una mentalidad que aún prefiere hijos varones, especialmente en el campo-, algunas cosas están cambiando. El índice de matrimonios desciende cada año y asciende el de divorcios. Cada vez más mujeres, optan por anteponer su carrera a una vida de pareja; una boda queda para más adelante, o no llega nunca. Pero esa decisión aún suele chocar en las familias y los círculos de amigos.
No fue así siempre. No en toda China. Hasta los años 40 del siglo pasado, entre las mujeres del delta del río de la Perla, en Cantón, la de Liang no era una decisión rara. Desde el siglo XIX, con los estertores de la dinastía Qing y el auge de la industria de la seda, se había convertido en costumbre en esta zona que las muchachas que lo desearan -o que sentían que no había más opción- trabajaran por su cuenta, sin depender de nadie y sin casarse jamás. Eran las llamadas zishunü, en mandarín, o jisornoi en cantonés.

"NIÑA, ¿CUÁNDO PIENSAS CASARTE?"

M.V.L.
“¿A qué esperas para casarte? ¿No estás esperando demasiado? ¿No eres demasiado exigente? Prácticamente todas las familias de China preguntan lo mismo. Una chica tiene que tener un novio, un buen chico que te cuide. No conciben que no te cases”, explica Lisa Yin, una administrativa de 30 años residente en Pekín y soltera.
Pero los jóvenes cada vez resisten más esa presión familiar y social. La cohabitación, una rareza hace veinte años, es cada vez más habitual. En 2016 las bodas cayeron en un 6,7% con respecto al año anterior. En 2015, el descenso fue del 6,3%, según el Ministerio de Asuntos Civiles. La edad media de los contrayentes va subiendo: en el censo de 2010, para los varones era de 26,7 años y para las mujeres, 24,9; diez años antes, ellos se casaban a una edad media de 25,3 años, y ellas a los 23,4.
Entre las mujeres de 18 a 29 años, aproximadamente un tercio de las de clase alta, un 18% de las de clase media y un 22% de las de clase trabajadora están solteras, según una encuesta elaborada por Pan Suining, director honorario del Instituto para la Investigación sobre Sexualidad y Género de la Universidad Renmin, y que publica el digital “Sixth Tone”.
Chi Jinli, de 42 años, no se ha casado nunca. “Cuando llegué a los 27 años, mis padres estaban muy preocupados sobre mi boda. Según la tradición, ya iba tarde. Estuvieron preguntando a la gente que conocían para que me presentaran hombres solteros. Salí con algunos un par de veces, pero nunca tuve ganas de casarme con ninguno. Me siento cómoda viviendo sola. Y a partir de los 35 años mis padres debieron pensar que ya nadie querría casarse con un vejestorio como yo, así que desde entonces me han dejado en paz”.
Aunque para las zishunü, su relativo grado de autonomía no vino privado de sacrificios. Para poder “peinarse solas” debían aceptar una vida de abstinencia sexual. Y una estricta vigilancia de su comportamiento por parte de sus vecinos.
Para Liang, la decisión fue algo natural, según recuerda ahora a sus 89 ó 90 años (no sabe con seguridad). Bajo el peso de años de desgobierno y guerras, el día a día de aquella esquina de una China rural paupérrima era durísimo. Las familias se veían diezmadas por las enfermedades, la emigración, la comida escasa y el trabajo agotador. Para las muchachas más pobres, el matrimonio podía ser un destino muy cruel: ligadas por el deber de obediencia a la familia de su marido, podía no haber gran diferencia entre ellas y una esclava. Cuando no eran entregadas como concubinas o esposos mucho más mayores o gravemente enfermos, con la esperanza de que su sangre juvenil transmitiera a sus cónyuges nuevo vigor.
“Yo era la octava de doce hermanos, pero únicamente cuatro llegamos a adultos. Sabía que si me casaba y tenía hijos, intentar sacarlos adelante supondría enormes sufrimientos”, cuenta. En cambio, si elegía “peinarse sola”, “tendría más oportunidades y podría ayudar a mis padres y mis hermanos con mi trabajo”.
Los padres de Liang habían intentado buscarle marido en varias ocasiones. “Querían presentarme candidatos, pero yo no. Uno estaba empecinado en casarse conmigo, pero yo le rechacé”, recuerda con una sonrisa pícara esta mujer menuda y encorvada, cuyo cabello aún oscuro y vitalidad desbordante contradicen su avanzada edad.
Liang habla en el templo de Bingyutang, en la aldea de Shatou, al que acude cada día para echar una mano. Desde 2012, esta apacible construcción de dos pisos, que con su jardín de moreras, arcos y patio cuadrado puede recordar a una mezquita, se ha transformado en museo para homenajear a esas mujeres que con su independencia fueron -por elección o necesidad, y desde luego sin pretenderlo- una suerte de protofeministas chinas. En su interior, aún es posible creerse casi en la China de los años 40. Fuera, polígono tras polígono industrial revela la actual prosperidad del otrora depauperado delta, hoy una de las regiones más ricas del país.
Convertirse en zishunü requería una solemne ceremonia que marcaba que, a partir de entonces, la joven dejaba de ser casadera. Tras bañarse y llevar las ofrendas al templo, llegaba el momento de que su madre, o una zishunüveterana, le deshiciera la trenza. A partir de entonces, la joven quedaba comprometida a “peinarse sola, cocinarse sola, compartir las lágrimas y las alegrías solo consigo misma y vivir su propia vida”.
Arrepentirse y fundar una familia, una vez dado ese paso, era imposible. La promesa equivalía a un voto religioso y romper la castidad costaba la muerte a manos de sus convecinos. Pero Liang asegura que a ella nunca se le pasó por la cabeza cambiar de situación.
Formulada la promesa, algunas de las zishunü siguieron viviendo en la casa familiar para cuidar de sus padres. Otras convivían con grupos de más “peinadoras solas”. Muchas se emplearon en fábricas o como trabajadoras domésticas. Liang se marchó a la ciudad, a Cantón, para cuidar niños. “Sabía hacer muchas cosas. Sabía criar peces, coser, cuidar de los gusanos de seda y de los animales de granja. Me podía ganar la vida con facilidad”.
Estas mujeres vivían frugalmente. El dinero que ganaban, además de sustentarlas, iba a parar a sus familias, a costear la educación, las bodas u otros gastos de sus hermanos o padres.
A partir de los años 40, con la guerra y la transformación de China, la seda perdió empuje y la cultura zishunü entró en decadencia. Muchas de estas mujeres emigraron a Hong Kong, a Malasia o a Singapur, desde donde siguieron enviando un dinero fundamental en un país pobre hasta hace apenas tres décadas. Edificaciones como Bingyutang se construyeron para acogerlas y cuidarlas a medida que fueron envejeciendo y regresando.
Apenas quedan ya supervivientes y en Bingyutang ya no habita nadie. Fuera de Cantón o de la vecina Hong Kong, poca gente ha oído hablar de las mujeres que se peinaban solas. En una de sus esquinas, frente a un altar, arden unos palillos de incienso. Son ofrendas a los cerca de 360 nombres inscritos en una tablilla, los de las zishunü de Shatou y los alrededores. Unas tiras rojas marcan los de aquellas aún vivas: una escasa decena, apenas.
Liang asegura que no lamenta ni se arrepiente de nada. La suya ha sido, asegura, una buena vida. Mira con benevolencia a las mujeres de hoy que reclaman igualdad y quieren desarrollar una carrera, ser libres, triunfar y ver mundo con o sin pareja, aunque insiste en que la situación “es diferente”.
“Entonces, se buscaba la independencia para poder apoyar económicamente a las familias. Era una cuestión de responsabilidad. Cuando las mujeres de hoy quieren independencia, es quizá para no tener esas cargas”, opina. Aunque añade, con una nueva sonrisa: “pero, de todos modos, es algo bueno”.

martes, 27 de marzo de 2018

Desmontando la utopía escandinava: no todo es tan ‘cool’ como parece

El periodista británico Michael Booth publica un libro titulado Gente casi perfecta, que pretende desarmar el mito de la utopía nórdica.


La ubicua bloguera Pernille Teisbaek, que publicó recientemente 'Dress Scandinavian', para imitar el estilo de las escandinavas.
Foto: Instagram

30
Por el mismo motivo que subir a un avión de Norwegian Airlines da más confianza que hacerlo a uno de Easyjet –siendo ambas compañías low cost–, añadir el adjetivo “nórdico” a cualquier cosa hace que parezca, y se venda, mejor: estilo nórdico, diseño nórdico, tipo nórdico. El periodista británico Michael Booth, como cualquier otro occidental, era consciente de esa buena reputación casi universal de todo lo escandinavo pero tenía más conocimiento de causa que la media. Casado con una danesa, ha vivido durante casi dos décadas en el país de su familia política, con el que tiene una relación de amor-odio. En la que el odio pesa un poquito más que el amor. Ese fue su punto de partida para escribir Gente casi perfecta, un ensayo muy premiado y polémico que ahora edita Capitán Swing en España y con el que se propuso destruir con hachazos vikingos “el mito de la utopía escandinava”.
Para eso hizo un amplio trabajo de campo. Viajó por Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia, se entrevistó con antropólogos, filósofos, periodistas y pescadores, se achicharró los genitales en una sauna finlandesa y se apuntó a un campamento para adultos de canto coral –a los daneses les pirra cantar en coro– y bebió muchas latas de cerveza demasiado gaseosa.
Meik Wiking, nada menos que el director del Instituto de la Felicidad de Copenhague firma Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas (Cúpula).
Foto:
Instagram/ @lunaresrubios
Durante unos años, Booth convenció a su mujer y a sus dos hijos para vivir en Reino Unido, pero volvieron a Dinamarca hará cosa de cuatro años, cuando la fiebre nórdica había alcanzado su pico. El éxito de Stieg Larsson y Henning Mankell había abierto las puertas del mercado editorial a cualquier autor de novela negra con domicilio fiscal al norte de Alemania. The Killing, El puente y Borgen triunfaban en televisión. Lars von Trier y Thomas Vinterberg encontraban relevo en Susanne Bier y Nicolas Winding Refn en los festivales de cine. Arquitectos daneses como Bjarke Ingels se llevaban grndes encargos internacionales, Olafur Eliasson iluminaba la Turbine Hall de la Tate Modern, Rene Redzepi del restaurante Noma de Copenhague se coronaba como mejor chef del mundo desde la portada de Time, se consolidaban Skype y Spotify y por supuesto IKEA y H&M uniformaban nuestras vidas. Al fin y al cabo, si uno quiere distinguirse un poco, siempre tiene COS, &Other Stories o Ganni. Este misma web nos ha advertido variasveces de que unas de las mujeres más estilosas del mundo son las escandinavas.
Una ídilica imagen de Copenhague, la ciudad más feliz del mundo (según las listas).
Foto:
Instagram/ @myscandinavianhome
En el tiempo transcurrido, la fiebre nórdica no ha disminuido lo más mínimo. Todos, absolutamente, todos los hits del pop estadounidense siguen fabricándose en estudios de Suecia, a manos de los superproductores como Max Martin. Este invierno, además, se han puesto de moda los libros sobre el hygge, el concepto danés del bienestar a base de juntarse con los seres queridos y aplicar pequeños gestos domésticos. La editorial Zenith publicó Hygge. El secreto de los daneses, de Louisa Thomsen Brits y Meik Wiking, nada menos que el director del Instituto de la Felicidad de Copenhague firma Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas (Cúpula). El famoso hygge es uno de los caballos de batalla de Booth en Gente casi perfecta, donde va retratándose con humor como un inglés cínico que no acaba de entender la ingenuidad nórdica. Según Booth, la glorificación de los placeres sencillos conduce a “la satisfacción autocomplaciente, cómoda y pequeñoburguesa” y ejerce de mordaza social. Además, tanta insistencia en el recogimiento en comunidad tiene un punto xenófobo. El antropólogo Jeppe Trolle Linnet abunda que “el hygge actúa como vehículo para el control social y establece su propia jerarquía de actitudes e implica una estereotipificación negativa de los grupos sociales que se perciben como incapaces de crear hygge”. Booth lo traduce así: “La inferencia consiste en que como solo los daneses conocen realmente la manera de pasar un rato hyggelig, sienten lástima de los pobres extranjeros con sus pretenciosos cócteles, con sus cenas donde se llega a discutir con vehemencia y con sus fiestas y planes sofisticados”. Él ha aprendido a base de quedar mal en decenas de reuniones sociales (su explicación del complicado calendario festivo danés también tiene miga) que la zona de confort de los nórdicos en una fiesta pasa el consenso: “Prefieren ceñirse en gran medida a hablar sobre la vida y milagros de donde se compró cierta botella de vino, lo poco que costó y si la que están bebiendo ahora es mejor que la anterior”.
En realidad, hay un motivo por el que los países del Norte –Booth admite que usa “nórdicos” y “escandinavos” como sinónimos aunque no lo son: técnicamente ni los finlandeses ni los islandeses son scandi– suelen encabezar los ránkings de países más felices del mundo. Y no tiene tanto que ver con las velas aromáticas y los bollos de azafrán horneados en casa sino con la democracia y el sistema impositivo que produjo el milagro nórdico en los sesenta. Ahí, el autor saca a relucir sus tendencias neoliberales (admite que crecer en la Inglaterra de Thatcher puede haberle estropeado para siempre), cuando apunta a que, a su entender, ensanchar tanto la base de la clase media, sumado a la tendencia cultural a “no destacar” ha desactivado la excelencia y generado trabajadores poco productivos.
No, no todo el mundo puede permitirse presumir de ‘hygge’ en su hogar.
Foto:
Instagram/ @marzena.marideko
El país de su familia política, añade, tiene un secreto más oscuro que “lo que hizo el tío abuelo Olof en la guerra”: su deuda privada. “Los daneses deben, de media, el 310% de sus ingresos anuales, más del doble de lo que deben los portugueses o los españoles, y el cuádruple que los italianos”, apunta el autor de Gente casi perfecta. Vaya con los industriosos vikingos.
En sus viajes, Booth se dedica a mirar bajo las alfombras y señalar el aislacionismo noruego que raya, según él, en el ultranacionalismo, el sisu finlandés (el espíritu de resistencia y virilidad, que en realidad él traduce en machismo puro y duro) y el lagom sueco, la obsesión por ser moderado, razonable y modesto hasta el punto que la mediocridad es lo único aceptable, así como el racismo y el alcoholismo en distintos puntos de la región. Por supuesto, se cruza con gente estupenda que le invita a arenques y cangrejos y se detiene en reconocer los pequeños milagros de la vida nórdica, como el hecho de que (no es un mito) te persigan para darte la cartera si se te cae o que se aparque a los bebés en las terrazas de las cafeterías sin miedo alguno a que les ocurra algo malo. Gente casi perfecta no impedirá que los medios del resto de Europa sigan emitiendo con periodicidad también nórdica reportajes sobre el modelo educativo finlandés o publicando reportajes sobre los envidiables permisos de paternidad suecos. Ante todo, lo importante es no reaccionar a esos documentos, ni al propio libro de Booth, a lo Ana Rosa Quintana, que tras la emisión del Salvados en Helsinki, tuiteó:
“Estupenda la educación en Finlandia, pero ¿y el frío y los suicidios y no poder sentarte a tomar unas tapas y unas cañas?”.
Portada de ‘Gente casi perfecta’, el ácido ensayo contra el mito nórdico.
Foto:
Capitan Swing