Translate

viernes, 11 de noviembre de 2016

La incapacidad para estar con uno mismo ( Blog Dr Casado )



-->solitudeFoto de  Patrick Marioné - thanks for > 2M 



Una de las razones, sino la principal, que nos hace dependientes de otras personas, ideas, dogmas o costumbres es la de ser incapaces de estar con nosotros mismos. Es verdad que algunos lo consiguen pero son los menos. A la mayoría nos cuesta un triunfo y lo evitamos utilizando diversas estrategias. Una de las más habituales es el activismo que como todos sabemos viene directamente de la prehistoria. El “homo faber” es el primate que hace, el hombre que utiliza sus manos y comienza a fabricar herramientas y transformar las cosas. Nos solemos identificar con lo que hacemos y cuando conocemos a alguien lo primero que nos interesa saber es a qué se dedica, qué es lo que hace. Socialmente nos etiquetamos por nuestro oficio u habilidades. Lo habitual es que mientras hacemos no tenemos que estar a solas con nosotros mismos, pero ¿por qué nos cuesta tanto?

La respuesta más sencilla es por miedo. Estar con uno mismo nos permite recuperar nuestro presente, atender a lo que hay, a lo que pensamos y sentimos. Estar con uno mismo nos conecta con nuestras necesidades y estas se expresan por medio de emociones que habitualmente consideramos incómodas o directamente indeseadas. Las necesidades se expresan mediante la ansiedad, el miedo, la ira, el asco... al principio con poca intensidad, más adelante, si no son atendidas, con vehemencia. De igual modo que una persona que por diferentes motivos desatienda habitualmente la petición de su cuerpo de ir al cuarto de baño terminará dejando de oír dicha llamada y se convertirá en estreñida lo mismo pasa con una larga lista de necesidades diversas. Por conveniencia, programación cuando éramos niños u otros motivos terminamos arrancando los pilotos luminosos de aviso del cuadro de mando emocional que nos trasmite el estado del motor interno. Terminamos conduciendo a ciegas tras habernos cargado la consola que termina maltrecha, tapada y con muchas luces fundidas o arrancadas.

En ese estado de desconexión surge el malestar, el desasosiego y la frustración. Solemos terminar acusando al mundo y a los demás de ser responsables de nuestras carencias cuando no hemos sido capaces ni siquiera de escucharlas. Por eso es tan común la búsqueda de paraísos artificiales, vías de escape o hiperactividad que nos protege de volver a nuestro propio hogar, a permanecer con nosotros mismos, a escuchar nuestras necesidades. Llegamos a casa y ponemos la televisión, salimos de ella y nos conectamos a unos cascos, caminamos por la calle consultando el móvil, tratando de llenar cada resquicio, evitando los espacios de silencio que inevitablemente nos conducirían hacia nosotros mismos. Tal vez por eso vivamos en uno de los tiempos con más ruido de fondo, con más actividad, con más distracciones. Sin embargo al final nos sentimos vacíos, no conseguimos encontrar lo que nos falta porque caminamos en sentido contrario. Ha de ser la misma vida la que nos termine parando bruscamente mediante una enfermedad, una pérdida o un acontecimiento vital estresante. Llegados a ese punto no podemos seguir escapando. Nos paramos a la fuerza y en un instante sentimos todo el dolor acumulado largo tiempo, toda la necesidad personal desatendida, todo el sinsentido.

Las emociones son valiosas mensajeras, traen siempre noticias de nuestro mundo interior. Es por ello que merecen respeto y acogida aunque en ocasiones su aspecto sea oscuro, amenazante o peligroso. En cuanto son escuchadas montan de nuevo su montura y regresan al galope al mundo abismal del que provienen. Si no lo son merodean extramuros aguardando una oportunidad, tratando de ganar fuerza y notoriedad para asaltar nuestra conciencia esta vez de una forma más oscura, amenazante o peligrosa si cabe.

La inteligencia emocional se ha comenzado a preconizar recientemente aunque siempre ha estado con nosotros. Quien goza de esta cualidad tiene más fácil estar consigo mismo al saber convivir con su mundo emocional de una forma sana y equilibrada. Todos conocemos ejemplos de alguien en nuestro circulo familiar o de amistades cuya serenidad o manejo emocional nos ha llamado la atención. Personas que no reaccionan automáticamente frente a contratiempos vitales que nos harían gritar o patalear a otros. Personas que son capaces de permanecer con emociones duras tras sufrir un duro golpe sin necesitar vomitar su dolor a los cuatro vientos de manera malsana. También conocemos contraejemplos que son mucho más frecuentes.

Acoger emociones no es sencillo. La manera más fácil es hacerlo cuando son pequeñas. Eso implica consciencia, darnos cuenta de cuando surgen en forma de tierna hierba y no cuando con el tiempo devienen en duros troncos espinosos. Necesitamos muchos ensayos y errores. Necesitamos escuchar a los demás para aprender de ellos y valorar cada episodio de acogida y conciencia emocional que podamos ver en otros o en nosotros mismos.

Me da un poco igual que sea una moda, creo que si lo es es una moda necesaria. Aprender a estar con uno mismo es el primer paso para poder estar con los demás. ¿De verdad creen que es posible acoger a otra persona, acoger su mundo emocional, si no somos capaces de acoger el nuestro? Tal vez por esto nos vaya regular a nivel relacional. Los humanos no somos un ejemplo tratándonos a nosotros mismos ni al os animales que nos rodean ni al propio medio ambiente. La buena noticia es que lo más revolucionario es bien sencillo: aprender a estar con uno mismo. 

La medicina no tiene alternativa




Homeopatía, ayurveda, osteopatía o acupuntura. ¿Terapias alternativas? En rigor, no. Solo pueden aliviar o actuar como placebo


 
 
La línea roja que separa las llamadas terapias alternativas de los tratamientos convencionales vuelve a ser centro de debate sobre qué camino elegir cuando aparece un problema de salud. La afirmación, en el programa La mañana de La 1, de TVE, el pasado febrero, de que el aroma de limón podía prevenir el cáncer, en referencia a la aromaterapia, ha vuelto a despertar el interés por marcar las diferencias entre qué es y no es medicina a la hora de recomendar remedios y hábitos saludables en nuestra vida cotidiana.
Esta discusión no es nueva. Cuando, en 2013, el Ministerio de Sanidad anunció su intención de regularizar algunos productos homeopáticos que hoy permanecen en el limbo legal, el mundo médico y científico reaccionó de forma muy enérgica dando lugar a encendidas batallas (como la de Twitter con el hashtag #nosinevidencia), que exigían a la Administración dar marcha atrás en su deseo de autorizar que diferentes preparados sin eficacia demostrada salieran al mercado bajo la etiqueta de medicamento.
La pregunta es que si determinadas terapias son aconsejadas por médicos, incluso las venden en farmacias, ¿hasta qué punto resulta sencillo para un paciente que ha decidido ponerse en manos ajenas identificar que es una pseudomedicina? “No siempre es fácil”, aclara el bioquímico José Miguel Mulet, autor del libro Medicina sin engaños, sobre los peligros de las terapias alternativas, “porque muchos pseudomédicos utilizan el marketing emocional y se presentan como pacientes que han sufrido una enfermedad y se han sometido al tratamiento oficial, pero dicen que se han curado con una alimentación”.

Másteres, cursos y modas que no ayudan

La apariencia de que los remedios alternativos funcionan se debe en buena parte al efecto placebo, por el cual los síntomas pueden mejorar con una sustancia inocua. “Todas las enfermedades tienen un importante componente psicológico y solo por el hecho de saber que se está tratando ya se puede sentir una mejoría. Pero, también puede implicar un agravante y empeorar. Muchas enfermedades y molestias siguen procesos cíclicos en su progreso y en su remisión, y cuando alguien va un curandero puede pensar que ha mejorado cuando en realidad está en la última fase del ciclo”, razona Mulet.
Otros factores como la proliferación de másteres y cursos de pseudomedicinas en universidades, las modas o determinadas informaciones en los medios de comunicación, no ayudan demasiado a discernir entre los tipos de tratamiento. “Renunciar a la medicina convencional controlada en ensayos clínicos para recurrir a manos no expertas, se debe a que una generación instalada en el bienestar, que ha superado la elevada mortalidad infantil que le precedió y determinadas enfermedades infecciosas e intoxicaciones alimentarias, olvida que el progreso sanitario ha costado siglos de experimentación en medicina, higiene, salud pública y tecnología alimentaria”.
Sanidad intentó regularizar, contra el sector médico, algunos preparados homeopáticos que siguen en el limbo legal
El médico y divulgador científico británico Ben Goldacre, un referente crítico en el campo de la pseudomedicina, en su libro Mala ciencia, explica que cuando empiezan a preocuparnos los excesos y surge la idea de abstenerse para conseguir una vida sana, el estado de seguridad sanitaria se convierte en el caldo de cultivo para estas terapias que son percibidas como nuevas formas de purificación. “Nuestras circunstancias nos llevan a hacer cosas que podemos lamentar y, como respuesta, a menudo inventamos nuevos rituales. En el mundo occidental desarrollado buscamos formas de redención y purificación que nos liberen de los abusos en que incurrimos. Sabemos que obramos mal si consumimos droga, alcohol o mala comida. Luego ansiamos una protección ritualista contra las consecuencias, que celebre nuestro retorno a unas normas de conducta más saludables”. Según Goldacre, lo perjudicial es hacer creer que esos “rituales” se basan en la ciencia. “Casi todas las religiones y culturas tienen algún tipo de rito de purificación o abstinencia como el ayuno o el baño envueltos en jerigonzas terminológicas”. El médico define el patrón que se repite en toda pseudociencia: “No acepta críticas y se retira hacia posturas incontestables”.
El perfil de los pacientes que recurren a la pseudomedicina, indica el bioquímico Mulet, no tiene que ver con el nivel de ingresos o cultura, sino con la capacidad de sugestión que puede despertar en personas psicológicamente vulnerables que buscan referentes motivados por factores diversos: por contraposición a la industria médica y farmacéutica; por la necesidad de encontrar el trato humano y afecto que no reciben en la consulta médica; el consejo boca a boca; la tendencia marcada por famosos que dicen que les ha funcionado; o por desesperación. “Para los pseudomédicos es importante la personalidad, el comportamiento o lo que el paciente dice que siente. Pero es contradictorio que ninguno ofrezca fórmulas magistrales individuales, sino que administran tratamientos por igual, no personalizados”, apunta Mulet.

La homeopatía como paradigma

Incluida en reglamentos sanitarios europeos, la homeopatía constituye el “contramodelo” para los críticos de los tratamientos alternativos, ya que ejemplifica la medicina basada en la evidencia empírica que “reivindica una tradición histórica reescrita según las necesidades del mercado”, tal y como describe Goldacre, para quien los preparados homeopáticos no son más que “unas pastillitas de azúcar vacías” sin experimentos controlados que aprueben la validez del tratamiento.
La homeopatía vino al mundo de la mano del médico alemán Samuel Hahnemann en 1796, en forma de compendio de remedios y diluciones (reducción de la concentración de una sustancia química) cuyo principio es “lo semejante cura lo semejante”, al asegurar que el factor que produce la enfermedad también puede curarla y cuanto más diluido esté mayor será su efecto. El invento fue bienvenido cuando los tratamientos convencionales vivían una de sus épocas más agresivas aplicando sangrías, baños fríos o vapores de mercurio para determinadas enfermedades. Para Hahnemann, que se centraba en los síntomas, el cuerpo humano era como una caja negra en la que entraban medicinas y de la que salían efectos. “Entonces la medicina se fundamentaba en la comprensión de la anatomía y en el funcionamiento del cuerpo. Pero hoy se han vuelto las tornas: los médicos observan los resultados de los ensayos para estudiar la eficacia, y los homeópatas ignoran los datos empíricos negativos de su eficacia confiando solo en teorías exóticas”, indica Goldacre.
Según los datos que Boiron, el gigante francés de la fabricación de estos preparados que dice exportar a más de 80 países, expuso en las conferencias del pasado febrero en los Colegios de Farmacéuticos de Valencia y Sevilla, uno de cada tres españoles ha recurrido alguna vez a la homeopatía y más de 10.000 médicos la ofrecen en sus consultas.
El perfil del consumidor no tiene que ver con el nivel de ingresos o cultural, sino con la sugestión que despierta
En Francia y Suiza la homeopatía está integrada en sus sistemas públicos de salud, y en Bélgica las aseguradoras la financian en parte. Michèle Boiron, miembro del consejo de administración, presentó a la homeopatía como “un método terapéutico para enfermedades agudas como la gripe o resfriados y problemas de sueño o estrés leves o pasajeros”, y subrayó que el objetivo de su terapia es “encontrar soluciones eficaces con menos efectos secundarios relevantes”. Según el gigante francés, el interés creciente por los productos homeopáticos (fue el tercer “qué es” más buscado en Google en 2014, aseguró) pone en evidencia la necesidad de proyectos de divulgación entre farmacéuticos y de formación desde los plantes de estudio. Sin embargo, la cátedra que había patrocinado en 2010 en la Universidad de Zaragoza, que provocó el rechazo del ámbito académico, fue suprimida en octubre pasado.
La homeopatía tiene como producto estrella el Oscillococcinum, inventado por Joseph Roy durante la I Guerra Mundial contra la gripe. Hasta ahora ninguna prueba científica ha demostrado que la homeopatía, cuyos productos se comercializan en España desde 1994, tenga más efectos que el placebo, argumentan sus críticos, quienes la consideran como un “no tratamiento” sin peligrosidad y con apariencia de eficacia. Además, observa Mulet, “una compañía farmacéutica debe invertir millones de euros en investigación, ensayos clínicos y un largo proceso de autorización. La homeopatía nada. No surge de la observación y la experimentación como la medicina, sino de las ocurrencias de un señor”.

Algunas recomendaciones

Un estudio de la Universidad de Glasgow desmontaba en 2010 el argumento de que no es peligrosa: “Impide que el enfermo busque un tratamiento efectivo, resta subvenciones a terapias válidas, mina la confianza en los servicios de salud públicos e influye de forma negativa en terapias complementarias eficaces”. Ese mismo año, un informe de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes agudizó la controversia con un dictamen negativo sobre la homeopatía y el Reino Unido acabó por retirarla del Servicio Nacional de Salud.
Las terapias alternativas, según Mulet, no producen efectos secundarios y tampoco primarios. Sin embargo, recomienda en su libro algunas normas para escapar de manos no expertas: “Cuando algo no funciona, lo mejor es ir al médico y evitar consejos de amigos, familiares o de foros de Internet; huir ante una terapia que parece demasiado buena o una tontería, porque ningún tratamiento médico es efectivo al cien por cien; las terapias exclusivas no existen; desconfiar de profesionales que hablen de sus experiencias personales con enfermedades, de conspiraciones de la industria farmacéutica o que presuman de tratar a pacientes importantes”. Por último, el bioquímico lanza una máxima: “Lo caro no es mejor”.

Plantas, agujas y masajes

Estas terapias no son medicina. Pero pueden funcionar como efecto placebo (suficiente para sentir una mejoría) y, algunas, aliviar dolores y procurar bienestar. Sin embargo, su uso inadecuado, tal y como indica la OMS , también pueden originar efectos secundarios. Aquí contamos qué es cada una.
FITOTERAPIA. Se considera pseudomedicina al recomendar el uso de plantas cuando existen tratamientos convencionales o aconsejar hierbas contraindicadas. Aunque en la antigüedad ya se conocían remedios a base de plantas, algunas no son efectivas. Los problemas pueden venir al desconocer la cantidad del principio activo, no producir el efecto esperado o tener los mismos efectos secundarios que un fármaco. La OMS reconoce la eficacia de la ‘Artemisia annua’ contra un tipo de malaria.
MEDICINA TRADICIONAL CHINA (MTC). Defiende que por nuestro cuerpo corren canales de energía vital llamados meridianos. Así, la enfermedad se da por un desequilibrio entre esas corrientes, y se recupera con preparados, infusiones o aplicando agujas. La fisiología y anatomía se valoran en función de la doctrina taoísta de los equilibrios y el yin y el yang.
ACUPUNTURA. La filosofía de esta terapia tradicional china es similar a la MTC. Para recuperar el equilibrio se usan agujas, cuya aplicación se reivindica como analgésico. La OMS reconoció en 2003 su efectividad en algunos dolores. El número de puntos, que puede variar, están en los 365. La mejoría se nota porque si se sufre un dolor crónico localizado en una parte del cuerpo y se clava una aguja en otra zona, el cerebro se despista y olvida el sitio que dolía antes.
AYURVEDA. Procedente de India, se traduce como “la ciencia de la vida”. La enfermedad se debe también al desequilibrio de la energía vital, llamada ‘prána’. Es una mezcla de biología, física cuántica y filosofía. La base es similar a la MTC, con la diferencia de que el desequilibrio de las energías trata de solucionarse con infusiones de hierbas, preparados o ayunos.
QUIROPRÁTICA. Aunque se anuncia como técnica milenaria, la creó Daniel David Palmer en 1895. Según su filosofía, el flujo de la energía transita en la columna vertebral, y al manipularla se restablece el equilibrio para curar las enfermedades. Su riesgo reside en movimientos violentos como giros de cuello o espalda.
OSTEOPATÍA. Inventada por Andrew T. Still, en 1874, significa “padecimiento del hueso”. Sus defensores dicen que puede curar cualquier problema a base de masajes centrados en los tejidos blandos para liberar la energía atrapada en los músculos. La osteopatía en su forma más habitual es similar a la fisioterapia y puede tener los mismos efectos beneficiosos que un masaje

domingo, 6 de noviembre de 2016

El homo ludens con un libro es libre



Wislawa Szymborska  : soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo mas hermoso que la humanidad ha creado . El homo ludens baila , canta , adopta posturas, se acicala , organiza fiestas y celebra refinadas ceremonias .
Para nada desprecio la importancia de estas diversiones : sin ellas , la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable . Sin embargo son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva
El homo ludens con un LIBRO ES LIBRE . Al menos , tan libre como el mismo sea capaz de serlo .
El fija las reglas del juego , subordinado únicamente a su propia curiosidad

Arundhati Roy : Espectros del capitalismo


Publicidad
A sus 54 años, Roy se muestra más audaz que nunca en su nueva obra,Espectros del capitalismo. “Todos somos personajes de esta historia. El capitalismo no tiene un alma humana, y el dinero de las empresas no tiene nacionalidad”, dice la escritora. El libro despedaza el capitalismo, analizado desde hace más de 100 años sobre todo en EE UU, y recorre sus desventuras más memorables en zonas del mundo como Vietnam, Irak y, sobre todo, Indonesia. Guerras libradas en lugares remotos, que cuestan miles de millones de dólares y un número incontable de vidas, y cuyo único motivo es “proteger el modo de vida estadounidense”, dice Roy. Se pueden ver ejemplos de su opresión en todo el mundo, y no cuesta mucho establecer la relación entre el capitalismo y el sufrimiento de la gente en todas partes.
“Todos somos personajes de esta historia. El capitalismo no tiene alma y el dinero de las empresas no tiene nacionalidad”
El título del libro hace referencia a las grandes empresas que están desatando en India una fuerza económica sesgada e insostenible a largo plazo. Roy revela cómo los que disponen del poder del capital se han abierto camino de forma brutal a través de bosques vírgenes, pueblos, tierras de cultivo y la conciencia de la población, dejando a su paso un rastro destructor de caos y desigualdad. Para respaldar sus afirmaciones, en su libro presenta una ecuación: en un país de 1.200 millones de personas, el 1% más rico posee una riqueza equivalente a la cuarta parte del PIB nacional y superior a los ingresos totales de los 800 millones de indios pobres y marginados que viven con menos de medio euro al día, menos los 250.000 campesinos cargados de deudas que se han suicidado en los últimos 10 años. “En India”, escribe, “se compran las tierras de millones de personas para entregarlas a compañías privadas " que no tienen el mas minimo interés publico

jueves, 3 de noviembre de 2016

Manuscrito de Bolaño : el espiritu de la ciencia ficción

Un paciente dando lecciones a sus médicos


 

by Enrique Gavilán
Anatole Broyard fue periodista del New York Times y crítico literario. Muchos los recordarán por ser el que primero caracterizó a los hipsters, tribu que luego conformó labeat generation de Kerouac. Eso fue en 1948, el mismo año que murió, por un cáncer de vejiga, su padre. Este hecho marcó su vida, no solo profesional, sino personal: muchas de sus lecturas, críticas y ensayos giraron en torno a la forma en que el hombre se asoma al abismo de la muerte.
Sin saberlo, este aprendizaje fue fundamental para que pudiera afrontar su propio destino. Cuarenta y un años más tarde fue diagnosticado de un cáncer metastático de próstata que se llevó su vida por delante 18 meses más tarde. Pero, fiel a sí mismo, encaró el proceso conservando su propio ‘estilo’ hasta el final, hecho que, sin duda, contribuyó a que su máximo deseo se hiciera realidad: estar intensa y genuinamente vivo cuando llegase su muerte.
Mercedes Pérez y Juan Gérvas lanzan en su libro “Sano y Salvo“ una provocadora pregunta: “¿Se puede tener una enfermedad grave y al mismo tiempo estar sano?”. ¿No son la enfermedad y la muerte incompatibles con la salud y la vida? Anatole no tiene duda. No se deja vencer por el pesimismo que acompaña a la palabra “cáncer”, pero al mismo tiempo reniega de la visión romántica de la muerte. “La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece”, afirma. Y a decir de su libro “Ebrio de enfermedad”, gozó con apetito de su enfermedad hasta sus últimos instantes. Socarronamente, reconoce que su actitud es “irresponsable”, pero se siente libre de hacerlo así, porque “una enfermedad crítica es como un gran permiso, una autorización o una absolución”.
 

 
Sus reflexiones ante la enfermedad y la deformidad del yo que ésta impone no son solo una reivindicación del poder del enfermo para reapropiarse del significado de su vida y de su muerte, de su salud y de su enfermedad, sino también severas lecciones de humildad y humanidad para todo aquel que se dice médico o quiera llegar a serlo. Muchas de estas reflexiones fueron compartidas por Anatole con estudiantes de medicina en un seminario de bioética de la universidad de Chicago tan solo seis meses antes de su muerte.
Anatole era, sin duda, un tío con cojones. Pocos pacientes se atreven a dar lecciones a los médicos. Y pocos médicos se dignan a escuchar cosas como que tendemos a obedecer ciegamente “la ley no escrita de que la muerte hay que negarla hasta que no esté certificada”.
Ahí van muchas de las frases –a veces como bofetadas, otras como leves súplicas-, que nos regaló Anatole Broyard. Hay que estar loco para no leer y releerlo al menos tres veces hasta que se queden grabadas a fuerza de repetirlas en nuestra memoria.
 
(Quiero) “alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma”.
“Un médico con sensibilidad”.
“Me gustaría un médico que disfrutase de veras de mí. Quiero construir para él un buen relato, darle algo de mi arte a cambio del suyo”.
“Me gustaría que mi médico me palpase el espíritu además de la próstata. Sin algún reconocimiento, no soy más que mi enfermedad”.
“Yo no pediría a mi médico que me dedicase mucho tiempo: me conformaría con que rumiase mi situación durante acaso cinco minutos, con que me concediera todo su ser una sola vez, con que estuviera unido a mí durante un momento, con que examinase mi alma”.
“El relato del enfermo y sus percepciones forman parte de la literatura de las situaciones extremas”
“Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía”
(Quiero un médico capaz de) “’leer’ mi poesía”.
“No creo que no haya ninguna razón por la cual los médicos no debieran leer un poco de poesía como parte de su formación”.
“El médico puede emplear su ciencia como una especie de vocabulario poético en vez de emplearla como una pieza de maquinaria, de modo que su jerga pueda convertirse en la jerga de una forma poética”.
“Sería más feliz con un médico ingenioso, que supiera apreciar la comedia además de la tragedia de mi enfermedad”. Y es que “en la enfermedad no todo es tragedia. Hay muchas cosas que son divertidas.”
“El trabajo de un médico sería más interesante y satisfactorio si se dejase entrar sin cortapisas en el paciente”.
“Si fuese capaz de mirar directamente al paciente, el trabajo del médico sería más gratificante. ¿Por qué molestarse en tratar con enfermos, por qué tratar de salvarlos, si ni siquiera reconocen su presencia? (…) ¿Cómo va a presuponer el médico que puede curar a un paciente si no sabe nada de su alma?”.
“Cuando aprenda a hablar con sus pacientes, el médico tal vez vuelva, por medio de la palabra, a tomar afecto por su trabajo. (…) Si lo hace, ambos podrán compartir –y muy pocos pueden compartir así- el asombro, el terror y la exaltación de quien está al filo mismo del ser, entre lo natural y lo sobrenatural”.
“A mí me gustaría sentarme con mi médico y conversar con él sobre mi próstata. Qué órgano tan curioso.”
“El pensamiento médico podría beneficiarse del uso de más libres asociaciones”.
“Que el paciente desarrollase sus propias estrategias, que se surtiese de todas aquellas cosas que el médico no le había recetado”
“Si tuviera que desmitificar o deconstruir mi cáncer, tal vez hallaría que no hay un diagnóstico absoluto (…), sino tan solo la interpretación que hagan cada médico y cada paciente”
“Como la tecnología me priva de la intimidad de mi enfermedad, la convierte en algo que no es mío, sino que pertenece a la ciencia, desearía que mi médico de alguna manera la “repersonalizara” para mí”.
“Es completamente natural que un paciente sienta algo de asco ante los cambios que impone en su cuerpo la enfermedad, y me pregunto si un médico innovador no podría hallar una manera de reconceptualizar esta situación”.
“El médico ha de acompañar al paciente en su salida del mundo de los sanos, y en su ingreso en el purgatorio físico y mental que le está esperando”.
“El médico tiene el cometido imposible de intentar reconciliar al paciente con la enfermedad y la muerte”.
“Lo que un enfermo crítico necesita, sobre todo, es que lo entiendan. La muerte es un malentendido que es preciso aclarar antes del fin”.
“El ambiente estilo laboratorio seguramente se puede atribuir a la idea de la asepsia, a la evitación del contagio. Originariamente, el paciente estaba protegido por la esterilidad del hospital. Solo que la esterilidad llegó a extremos excesivos: se esterilizó el pensamiento del médico”.
“Tal vez los médicos desalienten nuestros relatos”.
“Las explicaciones técnicas restan empaque al relato de la enfermedad”.
“Los médicos están acostumbrados a que sus pacientes les propongan falsos yoes, pero creo que a los médicos hay que enseñarles a reconocer y a aceptar el verdadero yo del paciente. (…) Uno ha de seguir siendo quien es” a pesar de la enfermedad. Que no te expropien de tu propia identidad, ni te despojes tú mismo de ella.
“Lo que importa es el paciente, no el tratamiento”.
“Acaso sea necesario que renuncie (el médico) a una parte de su autoridad a cambio de recuperar su humanidad, pero, como bien saben los viejos médicos de familia, éste no es un mal trato”.