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miércoles, 4 de enero de 2017

Las fortalezas de Berger (y las que yo deseo e intento desarrollar )

En una reciente entrevista en The Guardian con motivo de su cumpleaños, se ponían de manifiesto tres fortalezas características de Berger , tres sensibilidades cada vez más olvidadas: la primera es la capacidad de escuchar: “ Si soy un contador de historias es porque escucho. Para mí, un contador de historias es como un barquero, alguien que pasa el contrabando entre fronteras”.
La segunda fortaleza es la capacidad de vivir el presente, de la que era muestra su tendencia a leer en voz alta, precisamente para concentrarse en el presente evitando mirar hacia delante:” Trabajé esto desde el principio, precisamente porque era una forma de escaparme de órdenes, profecías, causas y consecuencias”.
La tercera tiene que ver con la necesidad de mantener bien presente el recuerdo de los que se fueron, de los que dejaron de estar aquí pero cuya enseñanza nos hizo lo que ahora somos, ya sea un viejo profesor, un escritor que nos hizo felices, o la persona amada que perdimos

El Roto

El Roto

martes, 3 de enero de 2017

Colores que brotan de una cabeza atormentada


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Lausana celebra el 40 aniversario de su colección de art brut con la obra del artista esquizofrénico Gabritschevsky




Una obra de Gabritschevsky. C. A. B.


En 1931 Eugen Gabritschevsky (1893-1979) ingresó en un hospital psiquiátrico de Múnich con un diagnóstico de esquizofrenia. Su carrera de biólogo genetista de fama internacional acabó allí. Hijo de un conocido bacteriólogo moscovita, Gabritschevsky tendría que haber pasado a la historia por su producción científica, pero la historia guardaba para él una suerte distinta, y más dolorosa. En los casi 50 años que pasó en el hospital, Gabritschevsky se dedicó a arrojar sobre el papel, con pinturas y dibujos, “el ruido infernal de su vida gastada”, así como la define él mismo en una carta de 1946. Una producción compulsiva que suma casi 5.000 obras hechas sobre trozos de papel, en el reverso de cartas, documentos, de hojas de calendario. Con ocasión de la celebración del 40 aniversario de su creación, la colección de Art Brut de Lausana presenta 160 piezas descubiertas a finales de los años cincuenta por el pintor francés Jean Dubuffet y una selección de material del archivo familiar del artista.
En 1945 Dubuffet acuñó el concepto mismo de Art Brut (que significa arte bruto, o crudo) para indicar todo el arte que se producía fuera de las academias o de los circuitos habituales. La descripción recoge todas aquellas obras creadas por autodidactas, marginales, enfermos, hospitalizados, internados: artistas a su pesar, como solía definirlos, cuyos impulsos artísticos consideraba más auténticos. En un internado de Berna (Suiza), un médico, el doctor Jakob Wyrsch, le habló de las obras de Gabritschevsky, que hasta aquel momento habían sido recogidas por el hermano del artista, que vivía en Múnich. Son dibujos de bestias imaginarias, de humanos deformados, de paisajes inquietos de colores brillantes. “Me he dedicado a pintar para olvidarme de mí mismo”, sigue Gabritschevsky en su carta con destinatario desconocido, “He conseguido representar la muerte, el dolor, las emociones, la ironía de la vida y del ánima de los elementos”.


La exposición, que cerrará sus puertas el 19 de febrero, cuenta con las obras que forman parte de la colección permanente de Lausana y de los préstamos del archivo familiar y de la Galería Chave, en Vence (Francia) donde se encontraba la carta. Se supone que iba dirigida a Tiette, una chica con la que tuvo una relación durante su estancia en Nueva York, como investigador de la Universidad de Columbia en 1926. Gabritschevsky usa tanto el pincel como las esponjas, la acuarela como la témpera. Annie Le Brun, que firma uno de los textos críticos sobre la exposición, afirma que, en un primer momento, Dubuffet rechazó la obra de Gabritschevsky por parecerse demasiado al canon tradicional del arte europeo. En su recorrido solitario de artista Gabritschevsky quiso explorar el absoluto, los límites de la existencia a los que los había llevado su condición de enfermo internado.


Una obra de Gabritschevsky (1947), tempéra sobre papel.


No se tiene constancia de los tratamientos a los que fue sometido. Su visión, sin embargo, está mezclada con la observación de la naturaleza, está impregnada de su investigación científica. Una cara enorme de hombre pez de color rosa y verde llena un de los papeles dibujados entre 1947 y 1948. Entre 1950 y 1956, Gabritschevsky pintó con témpera tres hombres larvas de color negro. Parecen avanzar en el papel: uno más grande que los dos que quedan en el fondo. Todos llevan pajarita y sombrero, uno, de copa: un detalle de caballeros acomodados. ¿Dónde acaba lo respetable y empieza la locura?, se pregunta Le Brun en su texto. Si Gabritschevsky tuvo el valor de explorar los límites, de operar durante 50 años una forma creativa de resistencia sin perder la sensibilidad hacía lo irónico, logró “sobre todo”, según cuenta en la carta, “representar la imposibilidad de la felicidad”, de lo que habría podido ser y de lo que fue.


CUARENTA AÑOS DE ART BRUT


La colección de art brut de Lausana nació en 1976 del legado de las 5.000 obras que Jean Debuffet había recogido a lo largo de su carrera como investigador. El museo, que está financiado íntegramente por el Ayuntamiento de Lausana, es el más grande de Europa dedicado este tipo de arte. En cuarenta años, el número de las obras se ha ido ampliando hasta sumar 70.000 piezas. Además de Gabritschevsky, la colección permanente cuenta con las esculturas de la nortemaericana Judith Scott (1943-2005), autista y sordomuda que empezó a crear piezas en un centro para discapacitados de San Francisco tras haber sido internada durante 30 años, o del italiano Giovanni Bosco (1948-2009), huérfano y pastor casi analfabeto que tras ser detenido por pequeños robos, no volvió nunca a trabajar.

Berger, un vacío eterno en el compás del tiempo ( Blog El gerente demediado)


“Cuando el tiempo es compás, como en la música, la eternidad se encuentra en los vacíos existentes entre uno y otro”
John Berger. To the weeding.

En Las Doce tesis sobre la economía de los muertos, incluída como epílogo en el libro Matters of Life and Death ( Ayudar a morir) de Iona Heath, John Berger escribe:
“¿Cómo viven los vivos con los muertos? Hasta que el capitalismo deshumanizó a la sociedad, todos los vivos esperaban la experiencia de la muerte. Era su futuro final. Los vivos eran en sí mismo incompletos. De esa forma vivos y muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo una forma de egotismo extraordinariamente moderna rompió esa interdependencia. Con consecuencias desastrosas para los vivos, ahora pensamos en los muertos en términos de los eliminados”
Berger alcanzó ayer su plenitud como ser humano al morir en Antony a las afueras de París con los 90 años recién cumplidos.
En el prólogo de ese mismo libro, el propio Berger describe la situación de F, un hombre algo mayor que él que “si bien caminaba  tan encorvado como una navaja a medio abrir , se preparaba la comida, leía el periódico y seguía lo que sucedía en Oriente Medio.” F. era vaquero, y fue encontrado desvanecido un día en el suelo de su cocina: “ F murió hace dos martes. En la tarde, apenas antes de la hora de ordeñe, los hijos lo hallaron en el suelo junto a su cama. Le costaba respirar. Telefonearon a todos los lugares posibles. Sólo los bomberos locales contestaron. Alrededor de las diez de la noche le trasladaron al hospital más cercano, donde murió a las cinco de la mañana.Retirado con precipitación de su casa, pasó las últimas horas de su larga vida con escasa atención médica. En tales circunstancias, de las que ninguno de los involucrados tuvo la culpa, murió separado arbitrariamente de toda la experiencia humana, aprendida en el transcurso de siglos, relacionada con la tarea de estar con-y acompañar- a los moribundos…En la actualidad, la atención médica en un caso de emergencia quedó reducida a un servicio de transporte compulsivo. F. no murió el lugar alguno”
A diferencia de F., John Berger sí murió en algún lugar: simplemente en su casa, una forma de muerte coherente con lo que había sido su forma de pensar, vivir y  escribir.
En una reciente entrevista en The Guardian con motivo de su cumpleaños, se ponían de manifiesto tres fortalezas características de Berger , tres sensibilidades cada vez más olvidadas: la primera es la capacidad de escuchar: “ Si soy un contador de historias es porque escucho. Para mí, un contador de historias es como un barquero, alguien que pasa el contrabando entre fronteras”.
La segunda fortaleza es la capacidad de vivir el presente, de la que era muestra su tendencia a leer en voz alta, precisamente para concentrarse en el presente evitando mirar hacia delante:” Trabajé esto desde el principio, precisamente porque era una forma de escaparme de órdenes, profecías, causas y consecuencias”.
La tercera tiene que ver con la necesidad de mantener bien presente el recuerdo de los que se fueron, de los que dejaron de estar aquí pero cuya enseñanza nos hizo lo que ahora somos, ya sea un viejo profesor, un escritor que nos hizo felices, o la persona amada que perdimos.Hace no mucho tiempo, recordábamos su forma de hacer presente a Beverly, la mujer con la que compartió buena parte de su vida:
“Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia. Estaba escuchando una grabación del Rondó número 2 para piano de Beethoven. Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti, Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura”.
En otra de los 12 tesis sobre la economía de los muertos, Berger escribía:
“Considerar que los muertos son los individuos que alguna vez fueron tiende a oscurecer su naturaleza. Tratamos de considerar a los vivos como podríamos pensar que lo hacen los muertos: de manera colectiva. El colectivo se extendería no solo al espacio, sino también a lo largo del tiempo. Comprendería a todos aquellos que alguna vez vivieron. Así también pensaríamos en los muertos. Los vivos reducen a los muertos a aquellos que vivieron, pero los muertos comprenden ya a los vivos en su propio gran colectivo”.
John Berger no forma parte de “los desaparecidos”. Bien al contrario, esté vivo o muerto, forma parte de nuestro mismo colectivo. Y seguirá estando presente mientras seamos capaces de aprovechar todo lo que enseñó: escuchar, vivir el presente, recordar a los que se fueron, cuestionar lo que nos dicen:

“Lo que te he mostrado y lo que he escrito debes contrastarlo con tu propia experiencia. Todo lo que ha escrito responde a este espíritu”

El silencio no miente : hoy falleció John Berger

Propongo una conspiración de huérfanos, rechazamos toda jerarquía, damos por sentada la mierda del mundo e intercambiamos historias sobre cómo, a pesar de todo, sobrevivimos. Somos impertinentes. Más de la mitad de las estrellas del universo son huérfanas, no pertenecen a constelación alguna y arrojan más luz que todas las estrellas de constelación. Sí, somos impertinentes, y yo me acerco a los lectores de la misma manera, como si ellos también fueran huérfanos”.
¿Qué sentimiento tiene releyendo ese párrafo sobre la orfandad? “Creo que pensé en mi madre. Cuando era muy anciana, como a la edad que tengo ahora, me dijo que, cuando estaba embarazada de mí, su primer hijo, sintió que esperaba que ese niño fuera escritor. ‘Y nunca te lo dije para no influir en ti’. ‘¿Y por qué nunca has leído mis libros?’, le pregunté. ‘Porque quería que siguieran siendo tan buenos como yo imaginaba que eran”.
—Igual usted los borra de su mente por la misma razón.
—¡Síííí! ¡Jajajaja!
—A esa edad que usted tiene su madre le dijo a Katia, su hija, su nieta: “Cuando seas muy vieja te darás cuenta de lo difícil que es convencer a los demás de que estás feliz”.
—Estaba contenta, la recuerdo decir eso. La tomé de la mano y me dijo: “¿Me das la mano para consolarme? Es muy agradable, pero puedo vivir sin ello, y así estarás más relajado… De niño, cuando venía a darme las buenas noches, ponía el sonido de su voz bajo la almohada para que estuviera conmigo toda la noche.
—En sus libros están la soledad, la ternura y la fuerza. Parece aquello que decía Ernesto Guerra, hay que endurecerse pero nunca perder la ternura…
—Sí, me acuerdo de esa cita del Che… Qué razón tiene. Eso estaba en mi cabeza. Es un pensamiento hermano… ¿Le cuento una historia? Me convertí en escritor porque quería ser pintor. Estaba en la escuela de arte. Una amiga me llevó a la BBC a que describiera cuadros. El primero que escogí fue uno de Van Dyck, en la National Gallery. Cinco minutos de radio, y así me fui haciendo escritor.
Mira como un pescador; dice con los ojos y con la palabra. “Sí que miro como un pescador, al interior del agua, a ver lo que hay bajo los bancos del lago, a ver si hay un pez o si esas burbujas muerden, ¡jajajaja!”.
El mundo es ahora, dice Berger, una carga de la caballería de los especuladores, las decisiones las toman ellos, los políticos solo hablan. Tal vez pase que una nueva política se abra paso, “seguro que yo no viviré para verlo”.
Berger echado en su chaise longue, el periodista preguntando. Le pregunté cuál es el valor del silencio:
—El silencio no miente.
Luego se levantó para decir adiós, su mano poderosa sobre la puerta, los ojos azules de pescador impecable. El abrazo fue también un beso a un niño huérfano en sus ya tan innumerables años.