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miércoles, 12 de junio de 2019

Yendo de la cama a casa, por Hebe Uhart ( Intramed)


Desde la Terapia Intensiva | 22 OCT 18

Un texto póstumo de una de las más grandes escritoras argentinas.
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Autor: Hebe Uhart Fuente: Página 12 Yendo de la cama a casa
Hebe Uhart siguió escribiendo hasta pocos días antes de su muerte, sucedida la semana pasada. Este texto que se publica aquí fue escrito en un cuaderno durante una internación el pasado mes de agosto. Luego ella lo pasó a máquina y les pidió a sus alumnos del taller literario que lo escaneen. A partir de ahí se compartió entre los talleristas, los amigos, los cercanos. En este texto, Uhart, fiel a su estilo cotidiano, sutil y humorístico, traza un retrato de la vida hospitalaria que transcurre entre una dosis de realismo mechada por no pocas pinceladas de absurdo.

Yendo de la cama a casa (Hebe Uhart)
Estoy internada en una sala de terapia intensiva, estoy en un sanatorio chico. Las camas están contra la pared llenas de aparatos que suenan todo el día, hay dos que dialogan, “dum, dum” y el otro contesta “Piff”. Por el pasillo central que pasa frente a mi cama, como si fuera una calle, pasa cualquier cantidad de gente: residentes colombianos, varones y chicas, kinesiólogos, radiólogos, repositores de mercadería de hospital, psicólogos, gente de la limpieza, otros que no recuerdo. En la cocina los enfermeros pican algo con energía y yo me hago la ilusión de que pican remolacha y cebolla, vana ilusión, el ruido es a vidrio molido. Muchas veces no ponen biombo cuando un paciente está con la chata o cambiándose los pañales y una vez me pasó que estaba cambiándome el pañal sin biombo, y justo enfrente tenía a un residente colombiano utilizando la computadora, mientras una multitud pasaba por esa calle. Ese pasillo se parecía a un cuadro del Bosco donde aparece el loco de la carretilla, otro tiene un chancho atado, más allá bailan. Yo pensaba, este lugar parece en antón pirulero o “con el culo al aire y sin careta”.
La sala es mixta de modo que hay pacientes varones y mujeres en las camas, y a una la puede bañar un enfermero varón, por ejemplo José, que me bañaba de noche con mucha suavidad, mejor que la enfermera María, me parece que ella me tenía bronca. Una vez empujé una almohada porque hacía ejercicios para fortalecer los pies en la cama y me dijo, de mal modo:
  –Tiraste la almohada
Y yo, como los chicos dije:
  –¿Y ahora, qué hice? Se me cayó.
A ella no le gustaba que yo estirase las piernas dentro de la cama, como si fuese un hecho antiestético y malo. Creo que tenía un pensamiento platónico: lo que es feo de ver, es a la vez malo.
Yo pensaba que dentro de mi cama podía hacer lo que quisiera, pero se ve que no. Mi cama era mi patria, mi identidad, yo le llamaba frontera al espacio cercano donde estaba la mesita.
Un día la enfermera María se dulcificó y me preguntó si yo iba a bailar cuando era joven. Le dije que sí, pero pasó tanto tiempo... Me preguntó:
  –¿Qué música te gusta? ¿Te gusta Vicentico?
  –Sí, cómo no, y también Calamaro.
Ella conocía a Calamaro y le gustaba. Yo, que no sé nada de rock nacional me sentí orgullosa de haber coincidido con María, así le dejaba una mejor imagen mía.
Se escuchan gritos de uno que se llama Juan, le rocían la espalda con un aparatito. Hace un escándalo bien grande, a mí me parece que no vale la pena gritar tanto por esa pavada, pero a lo mejor le duele. Grita: “¡Noo, eso no se le hace a una persona, son muy mala gente, los voy a denunciar, ya van a ver, van a ver lo que les va a pasar!”
La enfermera le dice:
  –Calmate, Juan.
Cuando terminan de rociarle la espalda, Juan cambia el tono de voz completamente, le habla en tono amistoso.
A unos pasos de mi cama (no sé cómo llegué a verlos porque todavía no caminaba con autonomía) hay unos seres que están como echados, no emiten ningún sonido, salvo una señora que se queja muy suavemente y después lanza una carcajada. Cuando llegué yo escuchaba que la enfermera decía, “Maxu, mi amor, arriba, ¿qué dice Evangelina, está contenta?”. Y yo pensaba: “Entraron nenes”, y no, eran las enfermeras que trataban así, como si fueran nenes, a esos seres que estaban durmiendo.
Vino a visitarme una alumna con la que tengo confianza desde hace muchos años y le dije que me daba vergüenza que me vieran con el culo al aire y sin careta. Coca me dijo, sentenciosamente:
  –Hebe, todos tenemos culo.
Es una verdad socrática, que corresponde al momento en que Sócrates buscaba consenso absoluto antes de seguir avanzando.
Efectivamente, Sócrates, todos tenemos culo.
Andrea, la enfermera, le dice a un paciente mudo que tiene la cara color caoba, parece una cara de madera, “Ahora nos vamos a sacar toda esa barba, sos mi náufrago”. No hay respuesta y le vuelve a hablar: “Cumplí nueve años de madre de hijo”. Silencio en la noche.
La psicóloga Marcelina viene todos los días a charlar conmigo una media hora. Es de facciones suaves y es hermosa, con una belleza que no se capta de entrada porque predomina en ella como un abandono de sí, ningún control en sus ojos azul claro, ninguna mirada pinchuda. Su marido la debe amar en silencio. Los médicos residentes son en su mayoría colombianos y por el pasillo que está frente a mi cama pasa constantemente el médico José, es un hombre de escaso tamaño pero grande es la extensión de su marcha. Recorre todo el piso con su paso de viejito (andará por los treinta y pocos). Nada lo asombra. Lo he visto computar largo y tendido frente a mi cama mientras yo hacia gimnasia con pantalones colorados. Es como si recorriera el piso con pasión científica llevando carpetas de historias clínicas de aquí para allá. Se peina raro, un chufa triangular sale de su cabeza maya. Seguro que es de la etnia maya. No hace amistad con nadie. Está casado con una médica colombiana muy seria y chiquita como él. No lo imaginaba casado, una persona casada se vuelve más flexible, cambia el tranco, varía. Él no parece tener más ilusión que ser herramienta de la ciencia, retiene con fuerza contra su pecho su preciosa carga de carpetas, a la altura del corazón. Se acerca a los otros médicos colombianos que apenas las miran y las dejan en un sofá o por ahí, como diciendo “Lista esta mierda”. Ellos no aprecian la devoción de José, le recriminan cosas, y después se van a hacer chistes con Ervin, un enfermero que se pasa la tarde divirtiéndose. Una vez estábamos Ervin, Marcela, su compañera de turno que siempre lo anda buscando porque él se va a hacer chistes a otra sala. Estabamos Ervin, Marcela con sus botitas diminutas de gnomo, el kinesiólogo, JuHo y yo. Y se armó un debate con relación al lenguaje que se usa ahora, “Elles” “Nosotres”. Julio me preguntó:
  –¿Qué te parece el uso de “Elles”?
Como para muchas otras cosas, ni tengo respuesta, mas bien no me suena a nada pero para no parecer retrógrada o poco informada, digo:
  –Es muy nuevo
Ervin dice:
  –Habiendo tantas cosas importantes para ocuparse mirá que pensar en esa pavada.
Pero Marcela, con sus botas de gnomo dijo:
  –Y acá somos cuatro en este conjunto, dos y dos, y no podríamos decir “Nosotras” porque vale “nosotros”, lo hicieron valer los hombres.
Al kinesiólogo Aldo le gustan otros oficios que no son el suyo, siempre está presente cuando los médicos hacen la ronda de pacientes, es aprendiz de cosas nuevas.
Los principios y los pañales
Las enfermeras muy principistas son personas drásticas que ajustan mucho los pañales y no me permiten caminar si no está el kinesiólogo. Yo puedo caminar un poquito nomás, con un cable de oxígeno. Siempre dentro de la sala, voy visitando a cada uno de los internados. A uno que esta mas allá del bien y del mal, la enfermera le dice:
  –Juan ¡tosé en forma más elegante!
A otro le dijeron:
  –Vos tenés las venas muy marquetineras, pura pinta y no se dejan pinchar.
Cerca de mí hay una mujer que tiene la cabeza ladeada, su cabeza es como autonómica. Le están haciendo un electro, dice “iAy, me duele!” y la enfermera le dice: “Doblá la cabeza, basta, ya está, tenés mugre desde que te bañaron las monjas en el hogar”.
 –Enfermera, me voy a caer.
  –En la limpieza vas a caer. Abrí la boca, no seas tan renegada.
Esa enferma tiene su cabeza hacia la derecha y se la quieren enderezar pero me parece que a ella le da lo mismo el mundo visto de costado que de frente. No hay coherencia en las observaciones de las enfermeras, pueden decir “Te tengo que Iimpiar la lengua que está toda verde” o “Abrí la boca, no seas tan mentirosa”, y a continuación le dice “Estás preciosa” .
Estoy leyendo mientras veo y escucho todo esto Biografías de hombres ilustres. Carlomagno, Goethe. Está escrito por Thomas de Quincey. Aunque en teoría pienso que la vida de Goethe fue interesante, siempre me aburrió leer su vida. Thomas de Quincey dice en su biografía: “No existe una forma mas triste de deslealtad que la que cuestiona los atributos morales del gran ser en cuyas manos se encuentra el destino moral de todos nosotros”.
Hagan algo
Uno en una cama de hospital se convierte en un tirano incomprendido
Hay personas que cuando ven inconvenientes o inacción a su alrededor dicen: “Hagan algo”. Antes yo repudiaba ese pensamiento pero cuando estuve confinada en mi cama todo el dia, lo entendí. Uno en una cama de hospital se convierte en un tirano incomprendido, que quiere que le alcancen los anteojos que se le cayeron, que alguien retire los restos del desayuno, que alguien me alcance la crema (para hacer algo), que me Ileven de la mano a alguna parte, que me tapen el pie que se me destapó y me queda lejos, que venga alguien a conversar sobre política nacional e internacional, o sobre cualquier cosa. Yo debo ser una tirana pero me conviene ser una tirana astuta, o sea que si está cerca la enfermera debo pedirle dos o tres cosas juntas pero no al mismo tiempo, con calma y mesura. Si de entrada digo quiero esto, esto y lo otro le parece mucho pedir. Aparte me volví un poquito nazi, porque las enfermeras curan primero a esas personas que son como plantas, no responden o apenas lo hacen, y yo estoy bien, cuando tardaba la enfermera en venir y estaba atendiéndolos a ellos, yo sentia que tenía mas derechos que ellos. No me dejaban parar sin permiso, temen una caida. La cama estaba bloqueada por dos puertas, para desbloquearla necesitaba que venga la enfermera. Una tarde pasó el doctor Angel, colombiano, tiene grandes ojos oscuros y pícaros, tiene una voz que avanza a borbotones que parece brotar de un lugar mas profundo que la garganta, viene a ser como una voz de la selva, muy agradable. Hablamos de política nacional e internacional.
Mucho tiempo uno pasa allí esperando. Que venga la comida, que venga la visita, que pase la hora, uno mira por décima vez la hora en el celular. Todo gira alrededor de un mundo limitado, repetido, de corto alcance. Me hace acordar ese mundo al de la sibila Cumana y el brujo Titonio, parece que pidieron a los dioses larga vida pero se olvidaron de pedir eterna juventud. Entonces cada uno da vueltas cortas alrededor de si mismos, haciendo siempre las mismas pavadas.
Yo estaba esperando ansiosamente a la neumonóloga. No la conocía, hablaban de ella como si pudiese aparecer a cualquier hora del día o de la noche. Me prepararon para su visita sin comer en todo el dia, y a las siete de la tarde cayó como una tromba. Tenía la potencia de una locomotora y los movimientos de una maga, en dos segundos embutió su pelo de ondas gruesas como Iianas en una gorra vieja. Empezó a explicar de aquí para allá, se puso a escribir en un pizarrón cercano y en dos segundos tenía a tres discípulos rodeándola, les explicaba algo a toda velocidad, a los tres al mismo tiempo. Todo eso tenía algo de puesta teatral. Me dio a tomar dos remedios de un sabor inconcebible y por la nariz me puso una sonda que lIegaba hasta los pulmones. Yo tenía la garganta dormida y no sentí nada. Ella me dijo que yo era muy valiente, yo más bien quería saber si todo estaba en orden en mis pulmones. No le pregunté nada sobre los pulmones, después de todo, ser valiente era una cosa buena.
Cambio de sala
Todo el tiempo que estuve en terapia intensiva me lo pasaba pensando en el baño, dónde estaría. Pensaba en el baño como si se tratara de Londres o París y ahora que me cambiaron a terapia intermedia, cerca de mí hay un cartel que dice “Salida” y ahí está el baño, una gran felicidad. Sentí que me ascendieron de categoría y además empecé a caminar por un pasillo exterior, con varios metros de cable. Podía hablar con las personas que andaban por el pasillo, lIegaba hasta la cocina y le preguntaba a la cocinera qué había para comer ese día.
Esta sala de terapia intermedia por una parte era mejor que la otra, y por otra, peor. Era mejor porque en esta había gente que gritaba de dolor, que por lo menos emitía sonidos. Se ve que también lo mudaron a Juan a esa sala porque gritaba “Los voy a denunciar”. Cerca de mí lIegó una paciente que gritaba como un bicho alarmado, le ponían la sonda y la enfermera le preguntó:
  –¿Hace cuánto que no comés nada?
  –Dos meses.
Dijo con voz de loca. La enfermera le dijo:
  –Si te sacás la sonda tengo cincuenta sondas más, vos sos jodida pero yo te gano, soy jodida y media. Mejor que te tranquilices porque se te pudre el rancho.
Esta sala es peor que la otra o me gusta menos, parece un hospital del siglo XIX, con largas cortinas blancas que cierran la mayoría de las camas. Me imagino que van a aparecer enfermeras de pollera larga hasta el suelo y cofia con volados. La sala de antes parecía un despelote por ese pasillo por el que pasaba todo el mundo, pero era un despelote del siglo XXI. A esta sala viene siempre el jefe de enfermeros, un playboy muy morocho que tiene dos hermosos pullóveres, uno rojo y uno azul.
Cuando él está presente y yo creo que ella no lo ve, la loca Justa no hace ruidos feos, está como moderada. Cuando se va el jefe de enfermeros, ella hace ruidos de alcantarilla.
Estoy leyendo unos cuentos de Bryce Echenique, fin del 2014, de ahora, que es ya mayor. Varios Iibros de Bryce me han gustado por su uso del lenguaje, se lo siente muy libre y a veces logra expresiones felices, pero este último libro no me gustó;es como si hubiera usado unas mañas de zorro para alargar los textos, me sonó un poco forzado. Prefiero mirar a mi alrededor.
Mis vecinos de cama
Casi en el centro de Ia sala, no se por que no tiene cortinas, esta el dueño de un micro escolar, dice que el hijo le vendió el micro por 20.000 pesos y que él lo va a denunciar a Ia policía. A cada rato dice que va a ir a Ia comisaría. Se lo dice a Alfredo, que está en una cama cercana. Alfredo es menudito, prudente, si hubiera nacido en Ia selva peruana lo lIamarían “Ratón asustao”. Jamas lo escuché emitir un juicio de valor y eso que los kinesiólogos lo dejaban esperando horas antes de acompañarlo a caminar. ÉI busca palabras desconocidas en el diccionario y se entretiene. ¿Por qué no lIamará al kinesiólogo para que se fije en su persona? ¿Por que no dice nada cuando Aldo se le escapa? Dice que va a buscar un andador y tarda como si hubiera ido al lejano Oriente. ¿Creerá en Ia palabra eficaz, como en el pensamiento magico religioso? Pensará: “Si pienso mal de Aldo no me va a venir a buscar, debo mandar buenas ondas.” EI colectivero Osvaldo le cuenta a ratón asustao lo del colectivo, habla con un vozarrón de matón pero se le entiende poco, tuvo un ACV. Entonces don Alfredo chiquito y tímido le dijo:
–Y además por el valor afectivo del colectivo.
Osvaldo lo miró con cara neutra.
A Ia madrugada, como a las cuatro, nos hacían a todos un electro y Osvaldo que estaba delirando con el colectivo y Ia estafa del hijo, de repente empezó a gritar:
–iEnfermeras hijas de puta! ¿Están locas que a las cuatro me hacen un electro? ¡Chiche, Coco, vengan que me tengo que presentar en Ia comisaria, voy a poner una denuncia!
Enfermera:
–Chiche no viene. ¿No ves que no viene?
EI día anterior yo le había dicho a Ia enfermera que me pusiera un biombo, que ese hombre me estaba mirando y yo en pañales. Ella me dijo:
–¿Cómo te vas a preocupar por un hombre que no sabe ni quién es ni por qué esta aquí?
Otra vez pasó un residente colombiano y le dijo a Osvaldo:
–Usted vocalice bien. ¿No ve que no se le entiende lo que dice?
Y una enfermera que lo escuchó dijo del médico:
–Y sí, hay que decirle tambien a él que vocalice bien.
Despues lIegó a Ia sala una señora de 96 años que se lIamaba Ogarina Pia Romana y su cama estaba ubicada justo enfrente de Ia mía. Su cabeza funcionaba muy bien y decía:
–Estoy obsesionada con Ia ropa. ¿Cómo es que mi hijo no me trajo? En mi casa tengo colchón de plumas.
Contaba que era profesora de dibujo y que dibujó hasta el año anterior; pintó el cuadro de San Martín pensativo antes de Ia batalla de Maipú. De su cabeza surgía todo el movimiento de los ejércitos. Despues Ia señora Ogarina se fue y en Ia misma cama pusieron una señora de 102 años que decía: “Estoy sorda de esta oreja y de Ia otra también”. También cantaba canciones de Alberto Castillo, esa “Siga el baile, siga el baile al compás del tamboril”. Ella discurría en la cama, hacía una especie de balance de su vida. Una vez le dijo a la enfermera:
–Curame con palabras.
La enfermera Sara
Una mañana, Sara llamó a su controlador por teléfono y le dijo:
  –Señor Marini, hoy no tengo ayudante, avisó que no va a venir.
Despues se volvió hacia todos nosotros y nos dijo:
  –Que nadie camine, nadie ambulante molestando.
Claro, éramos como diez pacientes para ella sola y con algunos tenía que hacer muchas cosas, darles de comer en la boca, que la sonda, que la higiene. Nos miró de nuevo y añadió:
  –Y hoy no se baña nadie.
Cuando se acercó a mi cama con una pastilla, yo, creyendo que era una señora muy obediente y de comportamiento ejemplar, le dije:
  –Yo ya me bañe a la madrugada
Ella me dijo:
  –¿Y a mi que me importa?
Y puso unas trabas a mi cama para que no se me ocurriera caminar o alguna otra idea absurda. Eso fue cuando estaba la señora de 102 años justo enfrente de mi cama. Sara, que ya se habia dulcificado un poco se puso a hablar con la señora. Le dijo:
  –¿Vos viniste de Roma?
  –¿Quien sos vos?
  –Soy la enfermera que te cuida quedate tranquila, descansa.
  –Dame el beso de Ias buenas noches
La vuelta a casa
A mi me internó un escritor amigo, Eduardo, una tarde en que me visitó y le dije que tenía pocas fuerzas. Me dijo “¿Te parece que lIamemos a la guardia?”. Yo pensé que íbamos y volvíamos enseguida. Ahí me internaron y Eduardo también me desinternó, me acompañó hasta mi casa de vuelta. Nunca le pude tomar el punto al doctor Arenas, que autorizó mi salida. El presidía la visita a los pacientes que hacía junto a los residentes colombianos, ellos le planteaban cada caso y él escuchaba, pero parecía no importarle nada, cuando ellos hablaban él tocaba la consistencia del sofá como si hubiera preferido estar en otra parte, o ejercer otro oficio, Yo pensaba que iba a estar toda la vida en una cama y me daba un poco de ansiedad volver a casa, vaya a saberse cómo era esa etapa nueva. Llegamos a la ambulancia, me senté frente a Eduardo y el hecho de ir sentada en una silla y no en camilla me parecía un ascenso. No estaba tan contenta por Ia vuelta ese primer día porque a mí lo nuevo siempre me asustó. La ambulancia se tomó su tiempo para lIegar porque habia mucho tráfico, pero si hubiera tardado mas yo igual hubiera estado conforme. De repente vi una pared de piedra amarillenta y dije “Yo a esta pared la conozco”. Era de la casa de enfrente.
Cuando entré a mi casa, me estaban esperando mis queridos alumnos y habían hecho modificaciones. A mí siempre me ha gustado ver cosas distribuidas de manera distinta, veo la marca de otra mano, como cuando una señora que limpiaba le puso un sombrerito a la tetera y le colgó una flor. En mi casa pusieron un sofá cama para la persona que me acompañe, me esperaba también el oxígeno y alguien me había ordenado en el placard las sábanas y las toallas. Yo las tiro así nomás y como caen quedan, lanzándolas como desde dos metros. Acá había dos pilas perfectamente discernibles de sábanas y toallas. Y les serví a todos un poquito de vino reservado.

viernes, 7 de junio de 2019

Carpe diem : contra el conformismo y el adocenamiento


El carpe diem ya está en las odas de Horacio, pero es Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) quien coge el tópico literario para provocar un big bang de rebeldía contra el conformismo y el adocenamiento. Aprovechemos el momento porque la muerte viaja sobre nuestros hombros, porque tenemos los días contados. Hagamos que nuestras vidas sean extraordinarias.
Thoreau, que nunca pretendió adoctrinar  sino dar un aldabonazo en las conciencias para que cada cual siga su propio camino, no podía imaginar la huella que iba a dejar en generaciones de lectores de todo el mundo.








«La obra de Thoreau nos saca de las bibliotecas y nos invita a llevar una vida filosófica en el día a día: su vida se hermana con su pensamiento, es subversiva contra la mercantilización, la oligarquía, el dominio de los capitales y las finanzas sobre la independencia y la soberanía de los pueblos. 

martes, 4 de junio de 2019

Desempacando historias. Prólogo del libro Sin maletas, de Margarita Solano (ed.)


imagen descriptiva
Hace dos décadas cayó en mis manos un libro hermoso, punzante, que me introdujo en el fecundo campo de la historia oral. La historiadora argentina Dora Schwarzstein entrevistaba a 87 republicanos españoles que huyeron de la represión franquista y llegaron a Argentina. Eran sobrevivientes de una catástrofe. Habían perdido la guerra, habían huido a tierras desconocidas. Me llamó mucho la atención que todos insistieran todavía en considerarse exiliados, no inmigrantes.
En ese libro, Entre Franco y Perón: Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina, una mujer recordaba que sus padres nunca compraron muebles, porque querían creer que en cualquier momento volverían a España. Somos del Atlántico, decía otro de los entrevistados. Estamos a mitad de camino de la ida y de la vuelta.
Estos exiliados eternos vivían con las maletas hechas. 
 *          *          *
En ese momento me pareció dramático eso de vivir con las maletas siempre hechas. Pero escapar sin maletas, como resume el título de esta colección de relatos de exiliados del presente, es más duro, como metáfora y como realidad.
Setenta años después de la Guerra Civil Española, del holocausto nazi, de los millones de refugiados de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se ha vuelto a llenar de exiliados, escapados, oprimidos, hambrientos de paz, pan y justicia. Cruzan fronteras, recorren desiertos y atraviesan océanos. Y los recibe mucho desconocimiento e incomprensión.
En este libro luminoso, brillan las ansias de estos héroes modernos de sobrevivir y construir, de no olvidar lo que dejaron atrás pero también de aprender y aportar en las sociedades donde los llevó el oleaje de sus tragedias.
Tal vez el principal drama para los sesenta millones de desplazados que viven en tierra ajena, de los cuales solo la tercera parte ha logrado el estatus de refugiado, es que el desarraigo es un mal que no tiene cura,dice la gran periodista de investigación colombiana Olga Behar en el prólogo de la edición latinoamericana de este libro. Es un gran honor ponerme en sus zapatos como encargado del prólogo de esta edición española. 
Un dato de Sin maletas: solo en América Latina, si los refugiados fueran un país sería el tercero más grande por número de habitantes, solo después de Brasil y México. Son más que las poblaciones enteras de Argentina o de Colombia. Otro dato: viene de países vecinos pero también del otro lado del planeta. Las voces de este libro vienen de Siria, de Afganistán, Palestina, El Congo, Eritrea, Ucrania, Iraq,  Rusia, Venezuela, Colombia, Guatemala y México.
Y vienen sin maletas.
Salieron con lo puesto. Cuando Essa Hassan sintió el estruendo de bombas y gritos desde su departamento de estudiante de la Universidad de Damasco, supo que tenía que correr. En Iraq, cinco mujeres yazidís consiguieron refugiarse en un centro de acogida tras ser violadas y vendidas por 50 dólares. En Eritrea, Filemón por poco logró escapar de su cárcel como esclavo del ejército.
El viaje es una tortura de la que con suerte salen vivos. Wali, un chico afgano, corrió por el campo para escapar de las balas de los militares. En Grecia, los refugiados sirios llegan con las últimas fuerzas o son vomitados en las playas por el mismo mar. Jamal, un refugiado palestino, está en manos de un funcionario de línea aérea que puede autorizarlo a volar o puede romper su sueño en pedazos.
Y cuando llegan, todavía falta mucho para que acabe la pesadilla. O peor aún: en la nueva tierra comienza otra. Martina consiguió salir del Congo con su esposo, amenazado de muerte, y dos de sus hijos; pero en un pueblo perdido en las afueras de Buenos Aires lucha cada día para traer a los siete hijos que le faltan y le duelen. Vera se alejó del daño inminente en Jimki, Rusia, pero en Argentina el mal que corroe a su familia sigue actuando en lo más profundo. Y la adolescente venezolana Raymar, que perdió a su marido en la vorágine de violencia de su país y huyó a Colombia con su bebé, sobrevive en lo que nunca hizo antes,dedicándose a la prostitución.
*          *          *
Me pongo en la piel de los autores. Se requiere valentía y temple para acercarse a estas historias. La primera reacción al escuchar esta colección de tristezas, es abrazarlos, llorar juntos. O apretar los puños y buscar a los causantes de tanto sufrimiento. O darles una mano, una ayuda, un consejo. Es difícil pedirle a los que han caído a un lugar más bajo de lo que imaginaban posible que vuelvan a recordar y cuenten su desgracia.
Pero hay que preguntar. Saber. Indagar. Y contar en estas crónicas precisas, duras y poéticas las historias de los sobrevivientes de un mundo en destrucción. Margarita Solano (el alma y compiladora de la colección y autora de uno de los textos más profundos), Agustina Grasso, Maddalena Liccione, Florencia Ángeles, Yabo Mora, Modesto Frías, Ximena Vélez, Luis Chaparro, Érika González, Leidy Campos, Luisa Ramírez, Eileen Truax, Yasna Mussa, Luis Chaparro, Javier Sinay y Gabriela Benazar Acosta lo hacen con respeto, con conocimiento de causa, con sabiduría narrativa.
No es fácil lo que ellas y ellos logran. Tras décadas de trabajo con víctimas, protagonistas y testigos del mal, me surge una y otra vez la pregunta: ¿Por qué querrían o deberían estos refugiados contarnos sus historias? ¿Qué puede llevarlos a abrirse a un extraño? ¿Qué puede ofrecerles una o un periodista, si nuestro gremio ha resultado en el mejor de los casos indiferente (y en el peor, nocivo) para sus pueblos, sus dramas, sus luchas?
Y si nos hablan, ¿qué esperan de nosotros? ¿Y cómo quedan después de abrir el horror que llevan dentro y ver cómo nos vamos con nuestras notas y grabaciones a cuestas? 
Los jóvenes autores de estas crónicas (la mayoría nacidos en los ochenta, al arrullo de las dictaduras, guerras y guerrillas del continente) han leído mucha crónica pero también se han empapado en la historia, la antropología, la geografía de sus personajes. Por eso en estas páginas laten las voces y los relatos que acercan, que desatan la identificación con estos refugiados; pero también el contexto para entender de dónde vienen y por qué pueden aportar tanto en las tierras que los han acogido.
*          *          *
Sorprende la variedad de recursos narrativos con los que se cuentan estas historias.
Algunas secciones, por ejemplo, están narradas en primera persona: son los mismos personajes los que toman la palabra a través de la atenta escucha y organización de los autores. Es el caso de El bibliotecario que rehusó matar, de Luis Chaparro. Los momentos más dramáticos de Essa Hassán los cuenta él mismo, en un monólogo teatral y efectivo. Son las dos de la mañana. Por la ventana entra un grito que me despierta los sentidos. Allahu Akbar!
En otros momentos, los autores les relatan a sus entrevistados sus propias historias, como hace con poesía quirúrgica Margarita Solano con el ex guerrillero del M-19 de Colombia Markos, exiliado en México. Ningún mexicano del común que te viera hoy con tu pantalón beige, cinturón caféque hace juego con la chamarra, camisa amarilla perfectamente planchada y un bigote arreglado, pensaría que veinte años atrás eras un guerrillero alzado en armas.   
Pero la mayoría de estos bellos y dolorosos retratos están contados en un empática tercera persona: el narrador toma el lugar de un lector atento, que pregunta, indaga, escucha, se deja empapar por estas historias de sobrevivientes heroicos.
Escribo estas líneas en tiempos muy duros para los refugiados y para los inmigrantes en general. Manifestaciones xenófobas, ataques racistas, gobiernos que cierran fronteras y deportan a los desesperados. En muchos países de Latinoamérica se olvida fácilmente o se oculta con alevosía el recuerdo de cuando las tornas estaban del otro lado.
¿Quién no desciende de algún antepasado que se hizo a la mar o se ensució con el polvo de los caminos para huir del hambre, de la guerra, del sin futuro? En Chile, donde vivo, hay quienes se quejan de la llegada masiva de venezolanos, cuando hace apenas una generación eran los chilenos los que buscaban huir de la dictadura de Pinochet y encontraron cobijo en la entonces pujante y pacífica Venezuela.
Que Sin maletas, con su cargamento de reveladoras y emotivas historias por desempacar, encuentre muchos y atentos lectores. Sus personajes somos nosotros, o lo que hay de más valiente y generoso en nuestras castigadas comunidades. Y sus autores son algunos de los más exquisitos cronistas que están transformando el periodismo narrativo en la lira y el fuelle con los que esta América Latina en ebullición se cuenta a sí misma.

domingo, 2 de junio de 2019

Ubuntu

Significado[editar]

Hay varias traducciones posibles del término al español, las comunes son:
  • "Humanidad hacia otros"
  • "Soy porque nosotros somos"
  • "Una persona se hace humana a través de las otras personas"
  • "Una persona es persona en razón de las otras personas"
  • "Todo lo que es mio, es para todos"
  • "Yo soy lo que soy en función de lo que todos somos"
  • "La creencia es un enlace universal de compartir que conecta a toda la humanidad."
  • Humildad
  • Empatía
Esta última es una definición más extensa y adecuada:
Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos.
Se ve a Ubuntu como uno de los principios fundamentales de la nueva república de Sudáfrica y está conectado con la idea de un Renacimiento Africano. Ubuntu es el concepto filosófico fundamental que le dio base a la Comisión para la verdad y la reconciliación (Sudáfrica) , presidida por Desmond Tutu en el momento de la transición democrática Sudáfricana. La idea del reconocimiento público de los crímenes contra la humanidad en el contexto del apartheid ha facilitado un proceso único de la amnistía y la construcción de la nación. Ubuntu es, por esa razón, a menudo traducido como: "Yo soy porque nosotros somos".
También se pueden establecer paralelos y similitudes con diversos conceptos para expresar y fortalecer el vínculo interpersonal o comunitario, en particular los de otros pueblos organizados en sociedades horizontales y no en estados centrales y jerárquicos:
  • Rohayhu que se traduce del guaraní moderno como "amor" o "amistad", pero que más ampliamente es "la vida de la tribu y su voluntad de vivir, la solidaridad entre iguales2".
  • el Ayni, principio precolombino de los pueblos andinos (la palabra es quechua) de solidaridad económica y social entre las comunidades.
Esta idea de "humanidad" (humanity en inglés) hace que se pueda aplicar la filosofía ubuntu a otros ámbitos como el deporte o la empresa; incluso al liderazgo, porque para lograr que un grupo social se mueva siguiendo los valores de ubuntu, es imprescindible que su líder sea, también, un líder ubuntu.3 ".