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miércoles, 24 de junio de 2020

Nuestro instrumento de supervivencia es la imaginación

Alberto  Manguel 2014
Estamos en una sociedad que ofrece valores triviales y al mismo tiempo trata de convencer a los ciudadanos de que no son lo suficientemente inteligentes como para acceder a lo que parece más difícil. Por eso prefieren a Paulo Coelho que a San Agustín


“Es muy peligroso confundir el hecho de que los poderosos digan que hay que estudiar para conseguir un trabajo con pensar que la cultura no tiene importancia. Es difícil sustraerse a algo que se nos inculca diariamente, pero hacerlo es esencial para seguir viviendo. Los que no son realistas son los políticos, porque la realidad es que la cultura es importante, biológicamente importante. Nuestro gran instrumento de supervivencia es la imaginación, que anticipa escenarios que nos permiten resolver problemas concretos”.


Hablando de supervivencia, en El sueño del Rey Rojo Alberto Manguel recuerda la duda que le asaltó cuando tuvo que elegir un libro para leer en el hospital tras la fulminante operación de un tumor. Después de jugar con la idea de espantar a las enfermeras con Dolor y sufrimiento, de Kierkegaard, su elegido fue el Quijote. ¿Y si ese efecto paliativo lo tiene para alguien un libro malo? “¡Pues claro! Con qué derecho vas a decir a nadie: ‘Te has enamorado de una mujer fea’

domingo, 26 de enero de 2020

Como engañar a la gente : repitiendo falsedades

Nobel de Economía Daniel Kahneman:” una forma rentable para hacer creer a la gente en falsedades es la repetición frecuente, porque la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad”.

miércoles, 21 de agosto de 2019

La enseñanza debe respetar el derecho de cada uno a buscar su verdad


Camus agradeció siempre a su maestro que la escuela le enseñara que hay plagas y hay víctimas y que en la medida de lo posible hay que negarse a estar del lado de la plaga .
Se trata de educar a los jóvenes para que tomen sus decisiones y lo hagan sin desembarazarse de la obligación que supone el problema moral .
La educación debería hacernos comprender que leer , dominar la técnica  o sobresalir en el manejo de Internet no nos hace mejores personas ni mejores ciudadanos
Finlandia el país que ofrece la mejor educación del mundo, tiene un alto porcentaje de votantes xenófobos y ultraconservadores
Se puede recibir una educación exquisita y utilizarla para ser intolerante y cruel . Una cosa u otra dependerá de nuestra propia decisión individual
Y todo esto no tiene nada que ver con practicar una religión o no practicarla . Ya vemos las guerras que provocan las religiones y lo que separan , ademas de los fundamentalismos variopintos que nos asolan .

miércoles, 7 de agosto de 2019

La enseñanza debe respetar el derecho de cada uno a buscar su verdad

Camus agradeció siempre a su maestro que la escuela le enseñara que hay plagas y hay víctimas y que en la medida de lo posible hay que negarse a estar del lado de la plaga .
Se trata de educar a los jóvenes para que tomen sus decisiones y lo hagan sin desembarazarse de la obligación que supone el problema moral .
La educación debería hacernos comprender que leer , dominar la técnica  o sobresalir en el manejo de Internet no nos hace mejores personas ni mejores ciudadanos
Finlandia el país que ofrece la mejor educación del mundo, tiene un alto porcentaje de votantes xenófobos y ultraconservadores
Se puede recibir una educación exquisita y utilizarla para ser intolerante y cruel . Una cosa u otra dependerá de nuestra propia decisión individual
Y todo esto no tiene nada que ver con practicar una religión o no practicarla . Ya vemos las guerras que provocan las religiones y lo que separan , ademas de los fundamentalismos variopintos que nos asolan .

sábado, 18 de mayo de 2019

Michi Strausfeld: La gente culta es dificil de manejar porque piensa

 

¿Cómo hacer que los chicos quieran leer?Fascinándolos. Ofreciéndoles, gusto, placer por la lectura. Un libro que me aburra, que contenga moralina, no sirve, ¡los niños no se merecen eso! La literatura para niños y jóvenes es algo muy serio y muy difícil de escribir, porque tiene diferentes niveles de comprensión. Cuando los leemos los adultos con ellos vemos que en la buena literatura infantil hay otro nivel más profundo.
¿Y cómo se adquiere esa fascinación? Haciéndolos participar. Se dice que los padres han de estar con los hijos, pero no se habla de la calidad de ese tiempo. Hay que estar leyendo a su lado desde que son muy pequeños: ellos querrán compartir también el hábito de leer. El niño que tenga esa experiencia desde pequeño cuando sea grande tendrá el reto de leer por sí mismo. ¡Estará orgulloso cuando sepa leer una página!
¿Cuándo hay que empezar? En la primera infancia. A partir de entonces ya empieza a competir el libro con el iPad, con las nuevas tecnologías; el niño que nunca ha tenido el privilegio de compartir lectura lo tendrá más difícil. Octavio Paz decía, antes de Internet, que la sociedad se dividiría en dos: una leería, la de los ciudadanos responsables; y la otra sería una masa que se dejaría manipular. Esta es la que les gusta a los políticos. Por eso es tan importante fomentar la lectura en los niños.
¿Qué razones hay para que en España la lectura se asocie al fracaso? En la dictadura no les gustaba que la gente fuera culta. Y no había tradición de libros para niños, al contrario de lo que sucede en los países anglosajones, en los nórdicos o en Alemania. Quizá en esos países debíamos entretener las horas oscuras. Lo cierto es que en los países del sur se lee menos. Pero las cosas están para cambiarlas. Jaime Salinas, con quien hice la colección de Alfaguara, creció en Estados Unidos, sabía lo que significaba la literatura infantil, empezó a editarla, y vimos que la sociedad española quería esos cambios. Los padres, que no habían tenido libros de niños, vieron con buenos ojos que sus hijos los tuvieran. Fue un momento muy creativo, formidable para la sociedad de los años 80. Y lo mismo pasó luego con Jacobo Siruela, cuando hice con él la colección de Siruela.
¿Qué interés tenía la dictadura en que la gente fuera inculta? La gente culta es difícil de manejar porque piensa, no está de acuerdo, y eso es peligroso para cualquier dictadura. Por eso en todos los países de regímenes dictatoriales la lectura es tan deficitaria… En una época globalizada como ésta lo que tenemos que globalizar son las cabezas de los niños desde pequeños, ¡y globalizar los corazones! ¡Que sientan empatía con lo que se les cuenta de África, de América Latina, del mundo! El libro es ideal para familiarizarse con el pasado. Las bibliotecas son imprescindibles para el bienestar de la democracia.

martes, 22 de enero de 2019

Wisalawa Szymborska : El homo ludens con un libro es libre



Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo mas hermoso que la humanidad ha creado . El homo ludens baila , canta , realiza gestos significativos , adopta posturas, se acicala , organiza fiestas y celebra refinadas ceremonias . Para nada desprecio la importancia de estas diversiones ; sin ellas , la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable y , probablemente , la dispersión . Sin embargo , son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva . El homo ludens con un libro es libre .
Al menos tan libre como él mismo sea capaz de serlo . Él fija las reglas de juego , subordinado únicamente a su propia curiosidad . 

viernes, 7 de septiembre de 2018

viernes, 20 de julio de 2018

Vida sin cultura . Rafael Argullol

Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema -o, más bien, el síntoma- no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor -un buen editor, de buena literatura- añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.
De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.
El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector -en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos- no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, "cultura".
?
 El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la "lógica del emprendedor" no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la "lógica del emprendedor", aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.
El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura -o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación- es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.
Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Rita Levi-Montalcini . Premio Nobel de Medicina

"Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir con dignidad"


ENTREVISTA:RITA LEVI-MONTALCINI | PREMIO NOBEL DE MEDICINA | UN CEREBRO CENTENARIO


El 22 de abril cumple 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.
Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.

"Decidí no casarme cuando era adolescente. Nunca habría obedecido a un hombre, como mi madre a mi padre"

Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.
Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.
Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".
Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.
Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?
Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.
P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?
R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.
P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?
R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".
P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?
R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.
P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.
R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.
P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?
R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.
P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?
R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.
P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?
R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.
P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?
R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.
P. ¿Cómo ve a Italia hoy?
R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.
P. ¿Cómo vivió el fascismo?
R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.
P. ¿Así que no sintió miedo?
R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.
P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?
R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.
P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?
R. No comparto lo que ha dicho.
P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?
R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.
P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?
R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.
P. ¿Le importó alguna vez la gloria?
R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.
P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?
R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.
P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?
R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...
P. Díganos el secreto.
R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.
P. ¿Está preparada?
R. No hace falta. Morir es lógico.
P. ¿Cuánto desearía vivir?
R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.

sábado, 12 de mayo de 2018

Las mafias de la industria farmaceuticas , opina el editor del BMJ Richard Smith

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Richard Smith fue editor jefe del BMJ durante diez años y conoce muy bien el mundo de la ciencia médica, las revistas y las compañías farmacéuticas. En su etapa como editor colocó al BMJ en la vanguardia de la lucha por la independencia de la medicina y la transparencia en la investigación científica. Al contrario que Peter Gøetzche, es más amante de la ironía y de los posicionamientos contundentes en el fondo pero suaves en las formas. Para prologar el libro de su amigo Peter, en su edición en inglés, sin embargo, Smith no se anda con remilgos. Merece la pena su lectura.
Queda menos de un mes para que presentemos en Madrid la edición en castellano del texto de Peter Gøetzche “Medicinas que matan y crimen organizado. Cómo la industria farmacéutica ha corrompido el sistema de salud” y contemos con su presencia en España por gentileza de su valiente editorial española Los libros del lince.
Desde NoGracias tenemos esperanzas de que este lanzamiento editorial sirva para estimular el necesario debate público en nuestro país acerca del daño que las estrategias publicitarias de la industria farmacéutica están haciendo en los pacientes, la institución de la medicina, la confianza en la ciencia y el prestigio profesional.
“Debe haber cientos de personas que sientan escalofríos cuando oyen que Peter Gøetzche hablará en una reunión o vean que su nombre aparece en los contenidos de una revista. El es como ese jovencito que no solo puede ver que el emperador está desnudo sino que, además, lo dice. La mayoría de nosotros o no podemos ver que emperador va sin ropa o no lo decimos y es por eso que necesitamos personas como Peter. Él no es conciliador ni hipócrita y tiene un gusto especial por lo fuerte, el lenguaje desafiante y la metáfora poderosa. Alguna gente, quizá mucha, huirá de este libro por la insistencia de Peter en comparar la industria farmacéutica con la mafia, pero aquéllos que se den la vuelta perderán una oportunidad única para comprender algo importante acerca de nuestro mundo (y para salir noqueado)
Peter acaba su libro con una historia sobre cómo la Sociedad Danesa de Reumatología le pidió que hablara sobre el tema “Colaboración con la industria farmacéutica. ¿Es eso peligroso?.El título original era “Colaboración con la industria farmacéutica ¿Es peligrosa?” pero la Sociedad creyó que sonaba demasiado fuerte. Peter comenzó su charla enumerando los crímenes de los laboratorios que patrocinaban la reunión. Roche había crecido vendiendo ilegalmente heroína. Abbot bloqueó el acceso de Peter a los datos no publicados en manos de los reguladores que eventualmente mostraban como las pastillas para adelgazar eran peligrosas. La compañía UCB también ocultó sus datos, mientras que Pfizer mintió a la FDA y fue multada con 2.300 millones de dólares en los EE.UU. por la promoción off-label (fuera de ficha técnica) de cuatro medicamentos. Merck, el último de los patrocinadores de la reunión, había causado, según Peter, miles de muertes de pacientes por un comportamiento ilícito en relación con un medicamento para la artritis. Después de este inicio el se lanzó a condenar las prácticas de la industria.
Se pueden imaginar lo que debe ser estar en una reunión científica con los patrocinadores balbuceando presas de la cólera y con los organizadores profundamente avergonzados. Peter cita a un colega que dijo que pensaba que una aproximación tan directa podía ser rechazada  y ahuyentar a muchos colegas. Pero la mayoría de la audiencia parece que respondió favorablemente y aceptó los  argumentos de Peter.
Las numerosas personas que han defendido de manera entusiasta las mamografías rutinarias para prevenir las muertes por cáncer de mama seguramente enfatizarán con los patrocinadores, porque Peter también ha sido muy crítico con ellos cuando publicó sus experiencias con las mamografías. Lo más importante para mi es que Peter era la única persona que criticaba las mamografías cuando comenzó sus investigaciones pero, a pesar de los intensos ataques que ha sufrido, ahora sabemos que tenía razón.
Peter no tenía ninguna posición particular acerca de las mamografías cuando el gobierno danés le pidió que revisara la evidencia que las sustentaba concluyendo que la mayoría de los experimentos en que se basaban las recomendaciones eran de muy pobre calidad. Sus conclusiones fueron que las mamografías podían evitar alguna muerte por cáncer de mama -aunque muchas menos de las que afirmaban sus defensores- pero con un alto coste en forma de falsos positivos, mujeres sometidas a procedimientos y tratamientos angustiantes e invasivos sin beneficio y el sobre-diagnóstico de cánceres no dañinos. Los argumentos de réplica a favor de las mamografías han sido amargos y hostiles pero, ahora, la visión de Peter ha pasado a ser la más aceptada por la comunidad científica. El libro que escribió sobre sus experiencias con los debates surgidos sobre las mamografías tras sus hallazgos muestra cómo los científicos habían manipulado las pruebas solo para que apoyaran sus creencias previas.
Yo soy consciente desde hace tiempo de que la ciencia la hacen las personas no robots fríos y objetivos y, por tanto, está sometida a las debilidades humanas pero, sin embargo, me conmocionó leer el libro de Peter sobre las mamografías.
Muchas de las cosas que aparecen en este libro son igual de increíbles: muestran cómo los científicos se corrompen en la defensa de sus argumentos y cómo el dinero, los beneficios y la reputación son los más potentes instrumentos de corrupción.
Peter es consciente de que muchos medicamentos han traído grandes beneficios a la humanidad. Así lo afirma en esta frase: “Mi libro no es sobre los bien conocidos beneficios de muchos medicamentos con las infecciones, las enfermedades del corazón, algunos cánceres o deficiencias hormonales como la diabetes tipo 1”. Para algunos lectores podría ser insuficiente este reconocimiento pero Peter deja bien claro que este libro es sobre los fallos que se están produciendo en todo el sistema de generación, producción, venta y regulación de los medicamentos. No es un libro sobre sus beneficios.
Muchos de los lectores de este libro podrán preguntarse si Peer no se ha superado a sí mismo al comparar a la industria farmacéutica con el crimen organizado. Las características del crimen organizado son descritas por la ley norteamericana como el acto de participar activa y repetidamente en ciertos tipos de comportamientos ilícitos, incluyendo extorsión, fraude, ilegalidades contra las leyes federales sobre medicamentos, soborno, abuso de confianza, obstrucción a la justicia, obstrucción a  las fuerzas del orden, manipulación de testigos y corrupción política. Peter nos aporta evidencias, la mayoría muy detalladas, que demuestran que la industria farmacéutica es culpable de la mayoría de estas acusaciones.
Además no es el primero que compara a la industria farmacéutica con la mafia. Cita al antiguo vicepresidente de Pfizer que dijo:
“Es aterrador ver las semejanzas que existen entre la industria farmacéutica y la mafia. La mafia gana una obscena cantidad de dinero; la industria también. Los efectos secundarios del crimen organizado son asesinatos y muertes; los mismo que los de la industria farmacéutica. La mafia soborna a políticos y a otros, igual que lo hace la industria..”
La industria farmacéutica ha sido encontrada culpable frente al Departamento de justica de los EE.UU. en múltiples casos y ha sido multada con mil millonarias cantidades. Peter describe las penas de las diez primeras compañías pero hay muchas más. Es cierto que los laboratorios siguen comportándose ilícitamente a pesar de las multas calculando, quizás, que los beneficios de su comportamiento superan los perjuicios de las multas. Parece que las multas son “el precio de hacer negocio” como pagar la factura de la luz o un alquiler.
Muchas personas han muerto por culpa de la industria farmacéutica y muchas más por la mafia. Incluso, cientos de miles mueren cada año por medicamentos prescritos. Muchos podrán ver esto como inevitable ya que los medicamentos se utilizan para intentar curar enfermedades que matan. Pero un contra-argumento es que los beneficios de la industria son exagerados y se obtienen gracias a la manipulación de la evidencia que hay detrás de los medicamentos, un crimen que puede ser atribuido en exclusiva a la industria
El gran médico William Osler dijo que sería bueno para humanidad y malo para los peces si se tirasen todas las medicinas al fondo del mar. Estaba diciendo esto antes de la revolución terapéutica de la segunda mitad del siglo XX que nos trajo la penicilina y otros muchos antibióticos y medicamentos efectivos, pero Peter se acerca mucho a sus opiniones cuando defiende que estaríamos mejor sin la mayoría de los medicamentos psiquiátricos en los que el beneficio es escaso, los daños importantes y el nivel de prescripción masivo.
La mayoría del libro de Peter está construido sobre la premisa de que la industria farmacéutica se ha dedicado sistemáticamente a corromper la ciencia exagerando los beneficios de los medicamentos y escondiendo sus efectos secundarios. Como epidemiólogo que es, con su alta preparación estadística y pasión por los detalles, de hecho es un líder mundial en la crítica de estudios clínicos, Peter pisa aquí un terreno muy firme. El se ha unido a otros, incluyendo al ultimo editor del New England Journal of Medicine, en la denuncia de esta corrupción. Nos muestra demasiado bien cómo la industria compra médicos, académicos, revistas científicas, reguladores y políticos. Estos son los métodos de la mafia.
El libro no permite ni a médicos ni a académicos evitar la culpa. Incluso, se podría decir que la industria farmacéutica está haciendo lo que se espera de ellos maximizando los beneficios económicos de sus accionistas, pero de los médicos y los académicos se esperaban objetivos más elevados. Las leyes que exigen, en los últimos años, que las compañías revelen lo que les pagan a los médicos nos están desvelando que una muy alta proporción de doctores tienen mucho que agradecer a las compañías por haber recibido cifras de hasta con seis ceros por haber aconsejado a las compañías o realizado conferencias en defensa de sus productos. Es difícil no llegar a la conclusión de que esos “líderes de opinión” han sido comprados. Son las “escopetas cargadas” de la industria.
Y, al igual que la mafia, pocos se atreven a hablar y ha mostrar pruebas en contra de la industria. Peter revela historias de informadores internos que han sido acosados de una manera propia de una novela de John le Carré o de una despiadada película de Hollywood.
Así que no enteramente caprichosa la idea de comparar a la industria farmacéutica con la mafia y la sociedad, si olvidamos su entusiasmo por la ingesta de píldoras, es ciertamente escéptica acerca de la industria farmacéutica. En una encuesta realizada en Dinamarca, los entrevistados colocaron a la industria farmacéutica como la segunda institución en la que tenían menos confianza y otra encuesta norteamericana colocaba a los laboratorios al nivel de la industria tabaquera o la petrolífera. El médico y escritor Ben Goldacre en su libro Mala Farma señalaba como los médicos han llegado a ver como normal relacionarse con la industria farmacéutica de una manera que sería visto como inaceptable por la opinión pública si la conocerán. En gran Bretaña, los médicos podrían ser los siguientes en caer en desgracia tras los periodistas, los parlamentarios y los banqueros si se hiciera público las innumerables maneras de corromperse en las que han caído. Hasta el momento la gente sigue confiando en sus médicos y desconfiando de la industria pero eso podría cambiar rápidamente.
El libro de Peter no habla solo de problemas sino que propone algunas soluciones, algunas más factibles que otras. Es poco probable que la industria farmacéutica sea nacionalizada pero es más posible que todos los datos de los medicamentos que están en el mercado puedan ser conocidos. La independencia de los reguladores tiene que potenciarse. Algunos países seguro que mejorarán la evaluación de los medicamentos por organismos públicos antes de incorporarlos al mercado y la obligación de transparencia en las relaciones entre los médicos, las organizaciones profesionales y académicas y las revistas científicas con las compañías farmacéuticas, cada vez tiene más apoyos. Desde luego, la gestión de los conflictos de interés debe mejorar. La publicidad a los médicos debería limitarse y la que se realiza directamente al consumidor todavía debería contar con legislación más dura.
Las críticas a la industria farmacéutica han ido aumentando en número, respetabilidad y vehemencia pero Peter las ha superado a todas al comparar a las compañías con el crimen organizado. Espero que nadie deje de leer este libro por la osadía de la comparación y que la crudeza del mensaje sirva para llevar a cabo las reformas necesarias”
Richard Smith
Junio de 2013

La documentación electrónica usurpa la atención médica- Sergio Minué

Stephen Martin, de Harvard, y Christine  Sinsky de la American Medical Association publicaron un trabajo en The Lancet hace unos meses apropiándose de la metáfora de Korzybski sobre las diferencias que existen siempre entre los territorios y los mapas que los representan, a propósito de las derivas a las que están llevando los registros clínicos electrónicos.
El inicio de su Punto de Vista no puede ser más contundente: “La documentación clínica está en riesgo de usurpar la atención real en términos de tiempo, enfoque clínico  e importancia percibida. Los registros médicos tal y como se están empleando, están contribuyendo en buena medida a la sobrecarga cognitiva, forzando la relación entre clínicos y pacientes y fomentando el síndrome del”quemado” (burnout). Un relato exacto del encuentro clínico no es ni posible ni deseable, y los intentos de producirlo son dañinos para pacientes, profesionales y para el sistema en su conjunto. En este trabajo proponemos una construcción alternativa de los registros clínicos que los reconduzcan a su propósito primitivo: ayudar en el proceso de cognición, comunicar, generar una sucinto reporte de lo realizado y soportar una atención longitudinal de las personas, en definitiva facilitar la construcción de relaciones, apoyar el proceso de toma de decisiones, disminuyendo a la vez la carga de trabajo”.
El prepotente aforismo del gurú de la calidad W Edwards Deming (“En Dios confío; los demás deben traerme datos”), tan jaleada siempre por los calidólogos, resume con concisión una forma de pensamiento que Martin y Sinsky no dudan en definir como “Tecnogobernanza”, un modelo burocrático en el que la conducta de los profesionales está moldeada y manipulada por estrictas políticas regulatorias.
Una muestra de ello es la queja de los pacientes (cada vez más generalizada) de que cuando se acude a un centro sanitario el profesional de turno apenas le dirige la mirada, obsesionado como está en satisfacer la insaciable voracidad de datos de ese Gran Hermano Institucional que se esconde tras la pantalla del ordenador. Otra, también importante, es el tiempo que consume de la jornada de trabajo de los profesionales de la salud. En otro trabajo, también del grupo de Sinski publicado en septiembre pasado en los Annals of Internal Medicine se describe el empleo del tiempo en el ámbito ambulatorio de 4 especialidades médicas en Estados Unidos: por cada hora de atención “cara a cara” (en la que se incluye también la conversación con colegas sobre los pacientes), se empleaban dos horas adicionales en trabajo administrativo fundamentalmente vinculada a la cumplimentación del registro clínico electrónico; y fuera del horario de trabajo, durante el supuesto tiempo libre, los médicos empleaban al menos entre 1 y 2 horas más en seguir alimentando el registro. 
Es decir, empleamos mucho más tiempo en escribir que en atender, entre otras razones porque de ello depende parte de nuestro salario: un conflicto de interés invisible para profesionales y organizaciones, y que está hurtando a los pacientes la atención que precisan y merecen. No es cierto, como señalan Martin y Sinsky, que ello esté dirigido esencialmente a mejorar la atención del paciente.Es posible que ese pudiera ser su fin en un principio ya demasiado lejano;pero hoy en día los Registros electrónicos sirven para una gran variedad de objetivos, desde dar respuesta a evaluadores de todo tipo y pelaje, hasta servir de acreditación y certificación de profesionales, centros e instituciones; desde cubrirse ante acciones legales hasta satisfacer las supuestas “ necesidades de información” de cada funcionario, departamento y director de la inmensa burocracia kafkiana en que se han convertido los servicios sanitarios. El propósito primordial de ayudar a tomar decisiones y facilitar una concisa comunicación se perdió en un magma de corta y pegas.
El fin último del encuentro clínico debe seguir siendo el de escuchar,establecer relaciones clínicas, y tomar decisiones juiciosas. Perder de vista ese propósito, aliena a los profesionales convirtiéndoles en meros oficinistas de una burocracia anónima. Registrar todo lo que el sistema demanda es imposible; para ello sería más barato colocar una caja negra en cada consulta y grabar todas las conversaciones. “Un pacientes es mucho más que un cuestionario de cuadros a clicar”, escriben Marin y Sinsky. No deberíamos olvidarlo nunca.