Translate

martes, 6 de febrero de 2018

La educación por excelencia : William James



William James,  escribió en 1890:
“La capacidad de traer de vuelta de forma voluntaria una atención errante, una y otra vez, es la base del discernimiento, del carácter y de la voluntad. Nadie es dueño de si mismo si no la tiene. Una educación que permitiese mejorar esa capacidad sería la educación por excelencia. Pero es más fácil definir este ideal que dar indicaciones prácticas para alcanzarlo.” 

domingo, 4 de febrero de 2018

LA VIRTUD DE ESCUCHAR : DEL BLOG EL GERENTE DEMEDIADO



La primera vez que vi a Gurpreet Dhaliwal fue en una sesión de Mortalidad y Morbilidad, tan habitual en los hospitales americanos. Era fascinante observar el proceso de razonamiento clínico de alguien que ha convertido esa rutina en un arte. En el amplio artículo que le dedicó el New York Times al profesor de medicina clínica de la Universidad de San Francisco, comparaban sus sesiones a observar a Steven Spielberg rodando una película o a McIllroy jugando al golf. Él desdramatizaba la cuestión, señalando que solo aspiraba  " a elevar la estatura del pensamiento”. En un mundo en el que a los médicos se les evalúa y paga por el número de veces que registran la hemoglobina glicosilada, Dhaliwal considera que "el pensamiento es el procedimiento clínico más importante de todos”. En su opinión “ mejorar en el diagnóstico no es diagnosticar enfermedades raras; es reducir el daño para el paciente con las decisiones que tomamos. Es saber diferenciar la señal del ruido”.Hace unos meses Dhaliwal publicó un articulo en Academic Medicine que intentaba explorar las razones por las que determinadas personas son expertas en el proceso diagnóstico. Aquellas que no son las más famosas, ni las que tienen un mayor factor de impacto, pero son las que todo el hospital busca cuando un familiar cae enfermo. Como Dhaliwal. El grupo de investigación un estudio basado en entrevistas destinado a contribuir al desarrollo de una teoría explicativa de la práctica diagnóstica experta. En seis grandes centros clínicos americanos ( Mayo Medical School, University of Michigan, University of California, University of Toronto, McMaster y Otawa) seleccionaron, a partir de la nominación de sus pares, a un grupo de 34 clínicos excelentes tanto en el proceso diagnóstico, como en la atención clínica general ( 20 y 14 respectivamente). 76% hombres, de 55 años de edad media, y 24 años de experiencia; la media de jornada semanal era de 61 horas. Mediante entrevistas semiestructuradas grabadas identificaron cuatro características esenciales que conceptualizan su explicación de la expertez en el proceso diagnóstico. 
La primera de ellas es la posesión de un extenso conocimiento a través de una implicación continua en la práctica clínica: “ ver pacientes. Estar interesados en el trabajo clínico. No puedes ser un buen clínico solamente leyendo. Ver más pacientes. Ver una gran variedad de pacientes”. 
La segunda de las características es la de poseer habilidades para reunir de forma efectiva las historias de los pacientes. No las historias clínicas ele ctrónicas, sino su narrativa: “ creo que lo más importante del aprendizaje es escuchar. Es la habilidad de de realmente escuchar lo que el paciente quiere contar y no lo que te gustaría oír. Creo que los médicos menos habilidosos, los menos experimentados son los que interrumpen, preguntan continuamente, dirigen al paciente en vez de escuchar lo que dice. La mayor parte del diagnóstico sucede a través de tus oídos, no de tus ojos”
La tercera clave es la de integrar reflexivamente conocimiento e historias, siempre pendientes de buscar más causas que pueden explicar los síntomas, sin ignorar los síntomas que no cuadran en nuestra hipótesis. 
La última característica es el aprendizaje continuo en la práctica clínica: “ Hay que ser humilde. Creo que la humildad significa aprender de tus errores. Eso forma parte también de ser un experto”. 
Esas cuatro características clave no sirven de nada aisladas. Es su integración la que las convierten en poderosas. La capacidad de integrar lo aprendido con otras pacientes en el pasado mientras se construye nuevo conocimiento enfrentándose a nuevos casos difíciles. Llaman a esa situación “el pasillo de adaptabilidad óptimo ( optimal adaptability corridor)". El marco de juego que han aceptado los clínicos de todo el mundo dificulta en gran medida la realización de esta forma excelente de ejercer la medicina. La obsesión por una supuesta eficiencia, impulsada desde sectores que desconocen profundamente lo que es practicar la medicina, empuja a ver cada vez más pacientes en menos tiempo: atender 50 en vez de 40, dedicarles 7 minutos en vez de 15 se consideran signos de excelencia. El “buen médico” ha pasado a ser el que es capaz de diagnosticar sin dejar apenas hablar, porque ya se sabe que los pacientes siempre se enredan. Nuestra arrogancia ha convertido las viejas virtudes de escucha, silencio y paciencia en una pérdida de tiempo.

El pequeño milagro de Penelope Fitzgerald : La librería

 

'La librería', nuevo filme de Isabel Coixet, adapta la novela homónima y recupera así a una de las mejores autoras inglesas del siglo XX

Fotograma de la película 'La librería', de Isabel Coixet. / Tráiler de la película.
La evolución de un escritor es siempre misteriosa. ¿De dónde surge, y cuándo, la necesidad de inventar historias, de componer magníficas mentiras en las cuales los lectores podemos reconocer nuestras secretas verdades? A veces, casi de niño, como en el caso de Rimbaud; a veces ya en los umbrales de lo que las burocracias llaman, con voluntad jerárquica, la tercera edad. Este último fue el caso de Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916-Londres, 2000), una de las escritoras inglesas más admirable de la segunda mitad del siglo veinte. Penelope Fitzgerald empezó a escribir en 1975, a los 58 años, publicando primero una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, luego otra de su padre y sus tíos (los hermanos Knox, destacados hombres de letras). Dos años más tarde, aparece su primera novela, The Golden Child, una suerte de relato policial humorístico que transcurre en un museo de antigüedades de Inglaterra.
Le siguieron otras novelas espléndidas como Inocencia(que transcurre en Florencia y cuenta una historia de amor con Gramsci como personaje secundario) y El comienzo de la primavera (sobre inglés exiliado en Moscú que retoma, y en cierta manera perfecciona, un complejo argumento de Henry James).
Fitzgerald, autora también de La librería (Impedimenta) ahora adaptada al cine por Isabel Coixet, contó en alguna entrevista que su primera novela fue escrita para entretener a su marido que se estaba muriendo de alcoholismo. Se habían conocido cuando ambos eran estudiantes veinteañeros en Oxford y, con un gusto compartido por lo literario, fundaron una revista confidencialmente exitosa que publicó por primera vez en Inglaterra a autores como Salinger y Alberto Moravia. Después de la guerra, su marido, agobiado por el horror de las atrocidades que había vivido, empezó a beber, falsificó la firma en unos cheques, y finalmente tuvo que abandonar su carrera de abogado.
Empieza entonces para los Fitzgerald una vida menesterosa, alojados primero en un refugio para indigentes, y luego en una barca anclada en el Támesis, que se hundió un par de veces. Fitzgerald nunca logró gozar de una vida holgada: aún después de sus primeros éxitos, siguió viviendo cautelosa y modestamente, asistiendo a eventos literarios con sus pertenencias en una bolsa de plástico cualquiera.
Reconocida como una de las voces más talentosas de la literatura inglesa moderna, publicó su última novela, La flor azul, tal vez su obra maestra, cinco años antes de su muerte en 2000.

Corta experiencia

En 1978, basándose en su corta experiencia de librera, Fitzgerald publicó la novela de una heroica mujer, amante de la lectura, quien decide instalar una librería en una remota aldea del este de Inglaterra, y debe enfrentarse a la incomprensión y antagonismo de los nativos. Luego de decidir poner a la venta la Lolita de Nabokov, la librera debe enfrentarse a los prejuicios e intolerantes actitudes de sus vecinos, hasta que se ve obligada a renunciar a su proyecto. Menos la historia de una derrota que la crónica de una batalla personal por algo que íntimamente importante, La librería es uno de los libros más conmovedores y perfectos de esta extraordinaria escritora.
En una reseña de la correspondencia de Fitzgerald publicada póstumamente, el escritor británico Julian Barnes observó que sus lectores enfrentados a una infinidad de detalles narrativos de una precisión asombrosamente bien documentada y a la vez poética (la jardinería y el habla popular en Florencia, la geografía y las costumbres burguesas de Moscú, el vocabulario y las habitudes domésticas del siglo XVII en la Alemania de Novalis, la contabilidad y la disposición de una librería inglesa), se preguntan maravillados: “¿Cómo pudo saber esto?”. Sin embargo, dice Barnes, la verdadera pregunta es: “¿Cómo logró hacerlo?”.
Es la misma pregunta que se hicieron los que vieron a Paracelso crear una rosa a partir de las cenizas del hogar. El arte de Fitzgerald es comparable a esa antigua magia que, al mismo tiempo que nos ofrece una experiencia inusitada del mundo, nos convierte en agradecidos testigos de un pequeño milagro.

La política es un ámbito donde el psicopata se mueve como pez en el agua

 
 
 

Hugo Marietan
“La política es un ámbito donde el psicópata se mueve como pez en el agua, lo que no significa que todos los líderes o políticos sean psicópatas. Pero sí que allí donde hay poder, hay psicópatas, que no distinguen ideologías. Por eso los encontramos en la izquierda y en la derecha”, define el doctor Hugo Marietan, médico psiquiatra y uno de los principales especialistas argentinos en psicopatía. Docente universitario y autor de varios libros sobre su especialidad, Marietan es referencia obligada para aquellos que les ponen la lupa a estas personalidades atípicas, que no necesariamente son las que protagonizan hechos policiales de alto impacto. Para decirlo de algún modo, cuando hablamos de psicópata no necesariamente nos referimos a un criminal al estilo de Hannibal Lecter, el perturbado psiquiatra de El silencio de los inocentes, sino a aquellas personalidades que la psicología bautizó como “psicópatas cotidianos”.
Tal vez el aporte más novedoso de este profesional, miembro de la Asociación Argentina de Psiquiatría, considerado una autoridad en su especialidad, es que el psicópata no es un enfermo mental sino una manera de ser en el mundo. Es decir: una variante poco frecuente del ser humano que se caracteriza por tener necesidades especiales. El afán desmedido de poder, de protagonismo o matar pueden ser algunas de ellas. Funcionan con códigos propios, distintos de los que maneja la sociedad. También tienen una lógica propia y suelen estar dotados para ser capitanes de tormenta por su alto grado de insensibilidad y tolerancia a situaciones de extrema tensión.
Marietan es autor de Sol negro: un psicópata en la familia y El jefe psicópata, entre otros libros.
–¿Cómo distinguimos fácilmente a un político psicópata? ¿Qué características tiene?
–Trabaja siempre para sí mismo, aunque diga lo contrario, pero tapa esa ambición con objetivos supranacionales: la seguridad, la patria, la pobreza, la revolución, etcétera. Es un mentiroso e incluso puede fingir sensibilidad. Actúa. Y uno le cree una y otra vez porque es muy convincente. Un dirigente común sabe que tiene que cumplir su función durante un tiempo determinado. Y, cumplida su misión, se va. Al psicópata, en cambio, una vez que está arriba, no lo saca nadie: quiere estar una vez, dos veces, tres veces. No larga el poder, y mucho menos lo delega. Otra característica es la manipulación que hace de la gente. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. Y puede ser gente muy inteligente.
–¿Y por qué gente inteligente sería obsecuente de un psicópata?
–Claro, es lo que uno se pregunta: “¿Cómo Fulano o Mengano se arrastra ante esta persona?”. Bueno, primero porque es vulnerable a los psicópatas. El psicópata trabaja siempre con la mente del otro, y cuando te relacionás con él, y sos vulnerable, se mete en tu cerebro. Te captura. Y cuando eso sucede, el obsecuente se convierte en un esclavo mental. Te come la cabeza, como dicen los chicos, y es muy difícil salir de ese circuito. El psicópata es además un manipulador; manda a hacer, nunca hace él. Es ingrato, carece de sensibilidad, de empatía, de poder ponerse en el lugar del otro. Y cuando lucha por el poder, aísla a su enemigo y ningunea. O mejor dicho, manda a los demás a ningunear al enemigo. Y algo importante: el psicópata tiene una lógica, un modo de pensar muy distinto a la media de la sociedad. Una lógica que le va transmitiendo a los obsecuentes que tiene danzando a su alrededor.
–¿No tiene cura?
–No. Pero sabe muy bien qué está bien y qué está mal, por eso decimos que no hay “tipos” entre los psicópatas sino grados o intensidades diversas. Así, el violador serial sería un psicópata más intenso o extremo que el cotidiano, pero portador de la misma personalidad. No reconoce errores propios, por eso no puede corregir el rumbo.
–¿Y no hay forma de ejercer el poder sin ser un psicópata? Porque digamos que en algún punto todos los políticos trabajan para sí mismos.
–Antes de responder, una aclaración importante. Por supuesto que se puede ejercer el poder sin ser psicópata y, de hecho, la enorme mayoría de los líderes no lo son. En un punto, es cierto que todos los políticos, de algún modo, trabajan para sí mismos porque quieren ser reelectos, pero también trabajan para los demás, buscan generar beneficios. Al psicópata, en cambio, eso no le importa en absoluto y si beneficia a alguien es por algún efecto colateral. El líder comunitario se distingue también porque forma alianzas y consensúa. Cede para avanzar en la carrera política. El psicópata carece de capacidad para el consenso porque, justamente, no puede ponerse en el lugar de otra persona. Por eso, es difícil entrar en su cabeza. Un político normal no lo comprende: “Si yo estuviera en su lugar, cedería o consensuaría, incluso para conservar el poder”, piensa el líder no psicópata. Pero el psicópata no piensa así.
–¿Y están en la izquierda y en la derecha?
–Y entre los moderados también, que necesitan ser conducidos. Allí donde hay poder, hay psicópatas. El psicópata establece relaciones piramidales. Una de sus frases puede ser: “Están conmigo o en contra de mí”.
–¿Cuál es el efecto que se genera alrededor de un líder psicópata?
–La tensión. Siempre son generadores de tensión y de conflicto, de división. En un consorcio, los que terminan peleados son los demás, él siempre cae parado aunque haya generado el conflicto. En una familia, los que se enferman son los demás, generalmente por el estrés generado, mientras él sigue fresquito como una lechuga.
–¿Hay sociedades más propensas que otras a depositar el liderazgo en dirigentes psicopáticos?
–Sí, claro, las que tienen tendencia a generar crisis recurrentes, porque el psicópata es un ser que brilla y es buscado en las situaciones de máxima tensión. El psicópata florece en las crisis porque es frío, calculador y tiene un saber hacer en situaciones de tensión que la persona común no.
–¿Y cómo se reemplaza a un líder psicopático?
–Con otro psicópata o con la unión de varios políticos comunes, con una alianza. Para un líder normal solo, resulta imposible.

sábado, 3 de febrero de 2018

Voltarie : contra los fanáticos ( a través de Gluckman )

André Glucksmann creyó necesario escribir una nueva reivindicación de Voltaire. Al año siguiente, el 9 de noviembre de 2015 —cuatro días antes de los atentados de París— Glucksmann (Boulogne-Billancourt, 1937) moría en la capital francesa. Y ahora, seis meses después, Voltaire contre-attaque llega a las librerías en su versión en español (Voltaire contraataca,editado por Galaxia Gutenberg).
Es el libro póstumo del autor de ensayos lúcidos y controvertidos sobre la evolución política del siglo XX como La cocinera y el devorador de hombresLos maestros pensadores o La tercera muerte de Dios. Un intelectual respetado, idolatrado y odiado por igual que sobre los adoquines de mayo del 68 fue maoísta, que abjuró del marxismo y que acabó reconvertido, en el plano internacional, en defensor de las políticas de EE UU e Israel y de los bombardeos contra Irak (y en Pepito Grillo de las causas chechena, georgiana y ucrania frente a uno de sus grandes ogros, Vladimir Putin, lo que argumenta en el libro) y, en el ámbito doméstico, en adalid de la causa Sarkozy. "Lo que nos sirvió para aprender el valor de la amistad: superamos aquel trance sin un rasguño en nuestra relación personal", escribe Josep Ramoneda en el prólogo del volumen.



Un mensaje claro

Lo que parece seguro es que el viejo discípulo de Raymond Aron no se despidió con un libro así porque sí. Su mensaje, lo dijo él en su día, estaba claro: reivindicar, desde una relectura comentada y apoyada en un gran número de notas, la obra de Voltaire en general y su cuento filosóficoCándido o el optimismo en particular, como símbolos inalterables de la lucha contra las tres ies: el integrismo (o fanatismo), la ignorancia y la indiferencia.
La clave de por qué y cómo entronca Glucksmann con el viaje alucinado de Cándido, ese antihéroe volteriano que recorre el mundo y sufre en sus carnes la tragedia del ser humano, puede estar en esta frase, recogida en el libro: “He dedicado mi vida adulta a combatir el beatífico optimismo de los dogmáticos, de los idealistas, de los bienaventurados ideólogos convencidos del progreso ineluctable de la Historia, he intentado desbaratar la engañosa benevolencia de los estafadores que prometen el paraíso así en la tierra como en el cielo mientras nos conducen al infierno”.




UN PENSADOR DEL XVIII, UN VISIONARIO DEL XXI


“Todo aquel que tenga el poder de hacerte creer tonterías, tendrá el poder de hacer que cometas injusticias”.
“Nunca veinte volúmenes en papel harán una revolución. Son los libros portátiles los que deben temerse. Si el Evangelio hubiera costado 1.200 sestercios… la religión cristiana nunca se habría establecido”.
“No me gustaría ser feliz a condición de ser un idiota”.
“Los que creen que el dinero lo es todo, suelen hacer de todo por dinero”.
“El universo es una inmensa disputa de bandidos abandonada a su suerte”.
“Si algún poder ha amenazado alguna vez la tierra entera es el de los califas”.

El autor de Voltaire contraataca saca partido del infinito sarcasmo que habita las páginas del cuento filosóficoCándido y el optimismo y lo erige en metáfora de los horrores y los errores contemporáneos del género humano. Sobre todo, Glucksmann arremete contra el cinismo disfrazado de buenismo que encarna el filósofo Pangloss, el tutor del pobre Cándido y que representa sin asomo de duda —en la pluma de Voltaire— ese ideal del mejor de los mundos posibles que edificó la filosofía de Leibniz. Voltaire, y una vez más Glucksmann, abjuran del optimismo histórico de Leibniz y lamentan las hipócritas ganas de salvar a la humanidad que tienen los poderosos de altar y de palacio. Es el espíritu ilustrado en toda su eclosión.
Su credo moral: es mentira que todo acabará bien porque alguien nos quiera convencer de ello, el mundo es lo que es porque “un hombre es torturado en la rueda y eso es más que suficiente, es lo que deshonra al creador del orden, al verdugo y a cada uno de nosotros”. Voltaire nos viene a decir que el mal es irremediable pero que por cuestiones morales estamos obligados a la subversión. André Glucksmann asume el principio, y frente al ansia de influencia y poder de los papas, Lenin, Hitler, Putin o el fundamentalismo islámico propone la elegante disidencia de Vaclav Hàvel, el absurdo de Ionesco y la rebelión de Lou Reed.
François-Marie Arouet —Voltaire— defiende a los desharrapados y lanza una especie de grito que molesta profundamente al orden establecido y biempensante del siglo XVIII (recuérdese que estuvo preso dos veces en La Bastilla básicamente por eso, por tocar las narices al poder): “Desarraigados del mundo, uníos”. André Glucksmann coge el guante y escribe sobre los nuevos desarraigados: “La permanente ruptura de las fronteras económicas y espirituales ha llevado a millones de asiáticos, sudamericanos y africanos a un modo de vida, de producción y de consumo que era para ellos terra incognita (…) Las izquierdas europeas, que se definen como humanistas, y las derechas, que se dicen caritativas, refunfuñan a la hora de felicitar a dos tercios del género humano por su ascensión no al ‘mejor de los mundos’ sino a una condición comparable a la nuestra”.




VOLTAIRE, “EL PRIMER EUROPEÍSTA”


.  ¿Por qué leer, por qué seguir leyendo a Voltaire? : por  uso de la razón como arma arrojadiza frente a desidias, fatalismos, ignorancias y abusos. Para ello, nada como tomarse un Voltaire: “¿Por qué leerlo hoy? Porque fue alguien que se preocupó por los distintos, por esos personajes que llamamos ‘diferentes’ pero que según él habían de ser comprendidos desde la misma razón: Voltaire demostró que el elemento racional es el que nos une a todos. Porque cuando nos ponemos en el folclore, todos somos muy diferentes, pero cuando nos ponemos en la razón, en eso que él llamaba el espíritu geométrico y analítico, todos nos parecemos mucho… y esa es la base para empezar a entenderse. Cuando empezamos a buscar definiciones en lugar de solo tradiciones y leyendas, estamos todos bastante de acuerdo”.

viernes, 2 de febrero de 2018

La sociedad sana ( FROMM )


El amor siempre involucra un conjunto de actitudes: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Si amo, cuido, es decir, estoy activamente implicado en el desarrollo y la felicidad de la otra persona; no soy un espectador. Soy responsable, es decir, respondo a sus necesidades, aquellas que puede expresar y más aun aquellas que no expresa o que no puede expresar. Lo respeto, es decir, (tomando el significado original de re-spicere) lo miro tal como es, objetivamente y no a través de la distorsión de mis deseos y temores. Lo conozco, y he penetrado a través de la superficie hacia el centro de su ser y me relaciono con él desde mi profundidad, desde el centro, y no desde la periferia de mi ser.


 Si uno aprende a amarse a sí mismo y es capaz de jugar en la propia vida, es probable que también pueda ofrecer ese amor y esa disposición al juego a quienes nos rodean, co-creando así microculturas de cuidado y libertad creativa y expresiva. Una sociedad caracterizada por el amor apoya la expresión de la diversidad en vez de castigarla, y ese cambio cultural comienza siempre por uno mismo. Esta responsabilidad es ineludible e intransferible.