Translate

miércoles, 8 de enero de 2020

los títulos más relevantes de las dos primeras décadas del milenio

Un jurado de 84 expertos ha escogido para Babelia los títulos más relevantes de las dos primeras décadas del milenio





mejores libros
SETANTA

"Hacer listas", escribe Alberto Manguel en su Diario de lecturas, “da lugar a cierta arbitrariedad mágica, como si la simple asociación pudiera crear sentido”. Pues bien, ¿qué sentido se puede encontrar en una lista que trata de hacer balance de las dos primeras décadas del siglo XXI? Empecemos por el principio. El martes 11 de septiembre de 2001, dos aviones de pasajeros secuestrados por terroristas suicidas derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, mataron a casi 3.000 personas y cambiaron el mundo para siempre. De paso, mandaron al trastero de las hipótesis la teoría hegeliana del fin de la historia reciclada por Francis Fukuyama tras la caída del muro de Berlín y zanjaron la discusión sobre si el siglo XXI empezaba en el año 2000 o en 2001. La guerra de las galaxias se quedó en choque de civilizaciones. Los ordenadores pasaron la prueba del efecto 2000, pero sus usuarios —la nueva gran palabra— entraron en la era del miedo, la inseguridad, la precariedad, la intimidad (pública) y la realidad (virtual).




El futuro había llegado tan pronto en forma de metralla que los cines se llenaron de remakes; las librerías, de cánones, recuentos y resúmenes y listas de lo muy muy y lo más más (que había que ver, leer y escuchar… antes de morir). También de relatos con un fondo de historia universal y libros de no ficción o de autoficción que dan tanto valor a la trama como a su making-of. Incapaz de imitar a una realidad presente que parecía de novela, la literatura se volcó en el pasado, en la memoria (histórica y a secas), en las investigaciones periodísticas, en la primera persona y en la propia literatura, que se volvió metatodo.
De ahí el triunfo absoluto de 2666, un libro total compuesto de cinco partes y publicado en otoño de 2004, al año siguiente de la muerte de su autor. Desde Borges —retratado minuciosamente por Adolfo Bioy Casares en un diario ya ineludible—, ningún escritor ha influido tanto como Roberto Bolaño en las nuevas generaciones. Que sus libros empezasen a publicarse en Anagrama y actualmente lo hagan en Alfaguara —las dos editoriales más presentes en la lista de Babelia— es otro síntoma del peso de algunos sellos en la creación del gusto contemporáneo.
PUBLICIDAD






El escritor chileno Roberto Bolaño, en 1997.
El escritor chileno Roberto Bolaño, en 1997. 


Acaso por una mera cuestión generacional, la literatura canónica de las dos primeras décadas del siglo XXI se ha ocupado de hurgar en las heridas del XX. Las guerras mundiales, la guerra civil española, la posguerra, la descolonización, las migraciones, el apartheid, las dictaduras latinoamericanas, la caída del imperio soviético, los feminicidios en Ciudad Juárez o las turbulencias en Oriente Próximo pueden rastrearse en la obra del propio Bolaño, Ian McEwan, W. G. Sebald, Javier Marías, Javier Cercas, Tony Judt, Mario Vargas Llosa, J. M. Coetzee, Zadie Smith, Svetlana Aleksiévich, Emmanuel Carrère, Marjane Satrapi o Edmund de Waal.
Pero si esos autores empiezan a ser canónicos no es solo por los temas que abordan, sino por el modo en que lo hacen: mezclando realidad y ficción, narración y reflexión, dinamitando los géneros tradicionales o dejando que su intimidad sin filtros discuta con la historia universal. Ese yo con voluntad de nosotros es el que ha producido además títulos como los de Joan Didion, Lucia Berlin, Anne Carson y Raúl Zurita —que tituló su obra magna con su propio apellido—, pero sobre todo los seis volúmenes de Karl Ove Knausgård.
También la gran historia y la intimidad cruda están presentes en títulos del siglo XXI tan exitosos como El Código Da VinciEl niño con el pijama de rayas o Cincuenta sombras de Grey. ¿Por qué no están en esta lista? Tal vez porque no cuadran con la definición que el crítico Northrop ­Frye acuñó para la “gran literatura”: aquella que es “dueña de una visión siempre más vasta que la de sus mejores lectores”. El poeta Wystan Hugh Auden lo matizó así: “Hay libros que han sido injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado”.
La crisis económica de 2008 sumó la indignación a la inseguridad y dio la razón a una novela premonitoria publicada en España un año antes: Crematorio, de Rafael Chirbes. De paso, empoderó —el verbo del siglo— a un género y a una generación. El feminismo y el ecologismo son por ahora la respuesta más contundente a una deriva insostenible que va camino de convertir en realismo puro una novela de, digamos, ciencia-ficción como La carretera, de Cormac ­McCarthy. Protagonizada por dos hombres solos —un padre y un hijo— que vagan por un planeta devastado, la distopía del autor estadounidense incluye en sus páginas algo que se parece a una definición de la literatura de hoy: “Dios no existe y nosotros somos sus profetas”.







1. '2666', Roberto Bolaño

"2666 es lo mejor de una producción literaria prematuramente interrumpida", escribió Ana María Moix en Babelia en 2004, "Amalfitano, uno de los protagonistas de la segunda de las cinco partes o novelas que componen 2666, obra póstuma de Roberto Bolaño (1953-2003), publicada originalmente en Anagrama y actualmente disponible en Alfaguara, rememora desde México una conversación sostenida, hacía años en Barcelona, con un joven farmacéutico que pasaba sus noches de guardia leyendo. Al joven le gustaba leer novelas breves como La metamorfosis, de Kafka; Bartleby, el escribiente, de Melville; Un corazón simple, de Flaubert, o Un cuento de Navidad, de Dickens, títulos que escogía en lugar de El proceso, Moby Dick, Bouvard y Pécuchet o El Club Pickwick, novelas largas de los citados autores. 'Qué triste paradoja, pensó Amalfitano', escribe Bolaño. 'Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros (...)'. Y, de hecho, eso es 2666: una gran obra torrencial, que abre caminos en lo desconocido". Moix apunta que las cinco partes de esta gran obra pueden leerse por separado, pero se perdería la grandeza que alcanzan juntas.




2. 'Austerlitz', W. G. Sebald

La novela del alemán W. G. Sebald (1944-2001) narra la odisea vital de un hombre sin historia llamado Jacques Austerlitz en busca de ese tejido perdido en el tiempo que son sus padres. El protagonista camina sobre los restos de una devastación insoportable después de dos guerras. “Austerlitz es una formidable representación del destino del hombre moderno llevado a un extremo: el del desarraigo extremo; también lo es de la capacidad de supervivencia del ser humano”, escribió en estas páginas José María Guelbenzu en 2002. Traducción de Miguel Sáenz.




3. 'La belleza del marido', Anne Carson

Anne Carson (1950) abordó en La belleza del marido el conflicto desencadenado por su separación. “Hay en este poemario”, escribió el crítico Ángel Rupérez en 2003, “una tensión entre la idealización inicial del marido (…) y el derrumbe de ese ídolo que consigue sobrepasar con creces el anecdotario más estrictamente autobiográfico y confesional, constantemente convertido en materia poética contaminada por un continuo y soterrado —no explícito— aliento lírico hecho de elegía comedida y de creencia incondicional en la belleza”. Traducción de Ana Becciu.




4. 'La Fiesta del Chivo', Mario Vargas Llosa

La Fiesta del Chivo es un relato sobre el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina y, a la vez, un impresionante fresco de la corrupción destructiva de las dictaduras. En su crítica de 2000, el argentino Tomás Eloy Martínez definió la novela del premio Nobel Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) como “un retrato implacable del poder absoluto en una novela que se lee sin respiro de principio a fin”.




5. 'Expiación', Ian McEwan

Con minuciosidad y un talento infinito, el británico Ian McEwan (Aldershot, 1948) ha ido construyendo una obra tan variada como imprevisible. Expiación es una de sus novelas más célebres, mucho antes de que fuese llevada al cine. En su crítica, Andrés Ibáñez calificó en 2002 la novela como “un relato de una ambición y un alcance nada frecuentes”. “Es, ante todo”, proseguía, “un triunfo de la imaginación creadora, una obra que justifica en sí misma la existencia del arte de la novela”. Traducción de Jaime Zulaika.




6. 'Limónov', Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère (París, 1957) ha construido un género propio en el que mezcla la autobiografía con el retrato de personajes insólitos. Así definió el autor a su protagonista en 2013: “Ha sido granuja en Ucrania, ídolo del underground soviético, mendigo y después mayordomo de un millonario en Manhattan; escritor en París, soldado en los Balcanes, y, ahora, en el inmenso burdel del poscomunismo en Rusia, viejo jefe carismático de un partido de jóvenes desesperados. Él se ve como un héroe, pero también se le puede considerar un cabrón: yo no me atrevo a juzgarlo”. Traducción de Jaime Zulaika.




7. 'Tu rostro mañana', Javier Marías

Javier Marías cerró su trilogía Tu rostro mañana en 2007 con Veneno y sombra y adiós, en la que reflexiona sobre el egoísmo, la verdad y la culpa. José-Carlos Mainer calificó la obra de ejemplo del género de la autoficción: “Marías ha logrado la construcción más sostenida, compleja e importante que tal voluntad (de estilo y de género) ha producido en las nuevas letras españolas”. Mainer describe la obsesión por “la naturaleza de la verdad” y cree que “el punto de partida de la existencia es el egoísmo”.




8. 'Borges', Adolfo Bioy Casares

“De las 20.000 páginas de cuadernos íntimos que Bioy (1914-1999) escribió a lo largo de su vida, su relación con Borges ocupa 1.700”, explicó en una información de 2006 Javier Rodríguez Marcos. Son las que preparó para este volumen antes de morir: “Aunque el libro se extiende entre 1931 y 1989, Bioy resume los 15 primeros años en una decena de páginas. Eso sí, brillantes. Los diarios borgianos de Bioy están llenos de literatura”. Borges dijo que su relación era una profunda amistad “sin intimidad” cuya piedra angular eran los libros.




9. 'Verano', J. M. Coetzee

Verano, la tercera entrega de las memorias del sudafricano J. M. Coetzee (1940), “revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original”, escribió José María Guelbenzu en 2010. En este libro, cinco entrevistados crean con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, en un documento que manifiesta la viveza de espíritu del escritor y su apuesta irreductible por la verdad literaria. Traducción de Jordi Fibla.




10. 'El año del pensamiento mágico', Joan Didion

“La obra de no ficción de Joan Didion (1934) ejemplifica bien el género conocido como ensayo personal, una forma de escritura cuyo objetivo es someter a examen circunstancias de orden histórico o sociológico desde una perspectiva radicalmente subjetiva”, escribió en 2005 en estas páginas Eduardo Lago. Este libro de duelo es, en palabras del escritor, “el más personal por lo íntimo y doloroso del tema”: la muerte de su marido. Traducción de Javier Calvo.




11. 'Mi lucha', Karl Ove Knausgård

El noruego Karl Ove Knausgård (1968) narra su vida en seis tomos bajo el título de Mi lucha,como la autobiografía de Hitler. “Un vertedero documentario que necesita existir para que surja, de vez en cuando, un prodigio que, por sí solo, parecería puramente retórico pero que, nacido de la abrumadora acumulación de detalles, se convierte en una epifanía”, opinó Alberto Manguel en 2014. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.




12. 'La carretera', Cormac McCarthy

Un padre y su hijo, supervivientes de una hecatombe nuclear, caminan hacia un sur que, solo quizá, sea su salvación. “Unidos por el amor y el miedo, son la expresión de una soledad intolerable”, escribió J. M. Guelbenzu en su crítica de esta novela de Cormac McCarthy (1933). Traducción de Luis Murillo Fort.




13. 'Crematorio', Rafael Chirbes

Rafael Chirbes (1949-2015) narró en esta novela la corrupción urbanística en España. “Con una escritura de precisión clínica en la que a veces recala un medido lirismo, el escritor no cede al olvido de la grande y pequeña historia de nuestro país. Como si Galdós vigilara”, escribió sobre el autor y su obra J. E. Ayala-Dip.




14. 'Dientes blancos', Zadie Smith

“El rasgo más característico de la escritura de Zadie Smith (1975)es su propensión a la sátira. No obstante, Dientes blancos no es una novela divertida”, escribió Francisco Solano en 2001. “Retrata el espacio multirracial habitado por hijos de inmigrantes, cuya asimilación a la metrópoli, junto con la confrontación con los padres, les aboca a ser víctimas de una mezcolanza ideológica y religiosa que produce claros efectos de atolondramiento”. Traducción de Ana M. de la Fuente.




15. 'Manual para mujeres de la limpieza', Lucia Berlin

La estadounidense Lucia Berlin (1936-2004) empezó a publicar (no a escribir) muy tarde y solo a finales del pasado siglo se la comenzó a reconocer como una narradora excepcional. Manual para mujeres de la limpieza es una antología de relatos basados en la vida itinerante de la autora, alcohólica, que trabajó en toda clase de oficios para mantener a sus hijos. “Todo cuanto relata tiene olor a verdad”, aseguró José María Guelbenzu en 2016. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino.




16. 'Zurita', Raúl Zurita

“La primera impresión que produce Raúl Zurita (Santiago, 1950) es la de un poeta perdido en el mundo del misterio y la espiritualidad”, escribió el cronista Patricio Fernández en 2012. “No lee, canta, se lamenta, y reza”. Y este poeta publicó aquel año su particular autobiografía, un poemario de 800 páginas en el que se expone más crudamente que nunca. La obra está actualmente disponible en la editorial Delirio.




17. 'Postguerra', Tony Judt

El historiador británico (1948-2010) logró con este libro una hazaña, mezclando las lavadoras, los Beatles y Margaret Thatcher. Esto es, la vida cotidiana, la cultura y la política. “La nueva Europa constituye un éxito notable vitalmente vinculado a un terrible pasado”, escribió Santos Juliá en su reseña. “Para que los europeos conserven siempre ese víncu­lo vital hay que enseñárselo de nuevo a cada generación”. Traducción de Jesús Cuéllar y Gloria E. Gordo del Rey.




18. 'Soldados de Salamina', Javier Cercas

J. Ernesto Ayala-Dip habló en su crítica de Soldados de Salamina en 2001 de la mezcla entre “el relato real” que se plantea en el libro de Cercas y la “obra de ficción” que realmente es. La historia del fallido fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas, escritor y fundador de la Falange, se desarrolla con “esa prosa que se desliza con la naturalidad que da la madurez”, añadió Ayala-Dip sobre esta novela.




19. 'El fin del Homo sovieticus', Svetlana Aleksiévich

Cuando Svetlana Aleksiévich (Ucrania, 1948) recibió el Premio Nobel de Literatura, muchos lectores descubrieron la fuerza de una obra, a medio camino entre el periodismo y la historia. El fin del ‘Homo sovieticus’ ofrece las voces de los que vivieron el fin del comunismo. “Su obra es también una revancha del periodismo”, escribió Lluís Bassets sobre su obra, “que busca las fuentes más modestas y las experiencias más sencillas para explicar lo que fue silenciado durante las siete décadas soviéticas”. Traducción de Jorge Ferrer.




20. 'Persépolis', Marjane Satrapi

En Persépolis, el único cómic en la lista, la autora iraní cuenta la revolución islámica de 1980 vista por una niña, la que Marjane Satrapi era entonces, con 10 años, cuando tuvo que ponerse pañuelo por primera vez para ir a la escuela. “Tenía un deber para con mi país”, le dijo en 2002 a Jaume Vidal en una entrevista. Un cómic en blanco y negro porque, según Satrapi, “el rojo de la sangre podría ser muy dramático”. Traducción de Albert Agut.




21. 'La liebre con ojos de ámbar', Edmund de Waal

A través de la historia de 264 miniaturas japonesas llamadas netsukes —entre ellas, la liebre que da título al libro—, Edmund de Waal (Nottingham, 1964) construye la historia de su familia, aunque va mucho más allá en un retrato de la historia reciente de Europa y de sus profundas heridas y ausencias. Traducción de Marcelo Cohen.

Del 22 al 50

22. La grande, Juan José Saer
23. Nunca me abandones, Kazuo Ishiguro
24. Anatomía de un instante, Javier Cercas
25. Demasiada felicidad, Alice Munro
26. La tabla rasa, Steven Pinker
27. Los años, Annie Ernaux
28. Temporada de huracanes, Fernanda Melchor
29. Sapiens, Yuval Noah Harari
30. Kafka en la orilla, Haruki Murakami
31. El nervio óptico, María Gainza
32. Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia
33. La novela luminosa, Mario Levrero
34. En presencia de la ausencia, Mahmud Darwish
35. Incendios, Wajdi Mouawad
36. Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman
37. Las correcciones, Jonathan Franzen
38. El adversario, Emmanuel Carrère
39. La mancha humana, Philip Roth
40. Canadá, Richard Ford
41. Elizabeth Costello, J. M. Coetzee
42. Terror y utopía, Karl Schlögel
43. Lectura fácil, Cristina Morales
44. Las poetas visitan a Andrea del Sarto, Juana Bignozzi
45. Ordesa, Manuel Vilas
46. Distancia de rescate, Samanta Schweblin
47. La noche de los tiempos, Antonio Muñoz Molina
48. Teoría King Kong, Virginie Despentes
49. El mundo deslumbrante, Siri Husvedt
50. Los testamentos, Margaret Atwood

Del 51 al 100 (por orden alfabético del apellido del escritor)

Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie
Diccionario de autores latinoamericanos, César Aira
Experiencia, Martin Amis
Patria, Fernando Aramburu
Un país mundano, John Ashbery
Fun Home, Alison Bechdel
Genios: un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, Harold Bloom
Vida precaria, Judith Butler
El día del Watusi, Francisco Casavella
Las ensoñaciones de la mujer salvaje, Hélène Cixous
Hombre lento, J. M. Coetzee
A contraluz, Rachel Cusk
La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Junot Díaz
Jamás el fuego nunca, Diamela Eltit
El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince
Un ángulo me basta, Juan Antonio González Iglesias
El giro, Stephen Greenblatt
El tejido del cosmos, Brian Greene
Homo Deus. Breve historia del mañana, Yuval Noah Harari
Trabajos del reino, Yuri Herrera
Sumisión, Michel Houellebecq
La posibilidad de una isla, Michel Houellebecq
La doctrina del shock, Naomi Klein
La casa de la fuerza, Angélica Liddell
Berta Isla, Javier Marías
Asterios Polyp, David Mazzucchelli
Necropolítica, Achille Mbembe
C, Tom McCarthy
Aquí, Richard McGuire
Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Herta Müller
Escapada, Alice Munro
Suite francesa, Irène Némirovsky
Infiel. Historias de transgresión, Joyce Carol Oates
El salto del ciervo, Sharon Olds
El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty
Un apartamento en Urano, Paul B. Preciado
Diccionario sánscrito-español. Mitología, filosofía y yoga, Òscar Pujol
Retaguardia roja, Fernando del Rey
La conjura contra América, Philip Roth
Harry Potter y el misterio del príncipe, J. K. Rowling
La última noche, James Salter
Clavícula, Marta Sanz
El artesano, Richard Sennett
La estupidez, Rafael Spregelburd
La poesía del pensamiento, George Steiner
La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales, Joseph Stiglitz
Los errantes, Olga Tokarczuk
Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan
Hablemos de langostas, David Foster Wallace
Fabricando historias, Chris Ware

10 libros esenciales sobre vida sencilla y minimalismo

 


 nicolas.boullosa  staff  6 comments


Walden, la vida en los bosques Meditaciones La ética protestante y el espíritu del capitalismo Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara Teoría de la clase ociosa A Guide to the Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy El gran libro de los hombres A Place of My Own: The Architecture of Daydreams El lenguaje de patrones La autobiografía de Benjamin Franklin Nicolás Boullosa, durante su visita a Walden Pond (2007) Daguerrotipo de Henry David Thoreau
click thumbnails to expand for full photos

El ejercicio de la vida sencilla y el minimalismo hunde sus raíces en la filosofía presocrática y, sobre todo, en los estoicos romanos, con Marco Aurelio y su obra Meditaciones como exponentes. Desde el propio Marco Aurelio, otros han tratado de alcanzar la plenitud o el de felicidad con la receta de la sencillez y el sentido común.
En ocasiones, esta búsqueda de lo esencial suponía, como el escritor estadounidense del siglo XIX Henry David Thoreau explica en Walden, una manera de enfrentarse sólo a las circunstancias esenciales de la vida y acercarse al ideal propio de plenitud. En otras, se trata de recopilar consejos que expliquen los beneficios de la búsqueda activa de la austeridad.
Enseñanzas del estoicismo para la sociedad contemporánea
Varios autores han logrado trascender con sus tratados sobre la vida sencilla, el sentido común, la frugalidad o la práctica del estoicismo, corriente filosófica de la que el filósofo William B. Irvine cree que se pueden extraer métodos para reducir nuestro pesar cotidiano y lograr el bienestar personal, un concepto que nos hemos acostumbrado a relacionar únicamente con los ingresos.
Personalidades influyentes han practicado o aspirado al minimalismo, en ocasiones destacando a través de sus obras los beneficios derivados de aplicar, en la vida personal y el trabajo, el mínimo común denominador. El poder de la reducción está presente en la actitud política o ante la vida, como en Mohandas Gandhi, lector de León Tolstói y de Henry David Thoreau, dos declarados minimalistas.
O en la visión estratégica empresas de Internet reconocidas por su innovación, como 37Signals, una pequeña startup con sede en Chicago. Sus dos fundadores reflexionan en el libro Rework sobre el poder de la sencillez, también en las empresas exitosas.
Guías para acercarse a un minimalismo físico y metafísico
Existen multitud de libros sobre minimalismo, vida sencilla, frugalidad, estoicismo, que explican, de un modo u otro, los beneficios de centrarse en lo esencial, no sólo en el sentido físico de las posesiones materiales, sino también metafísicamente, en relación con la mente y el espíritu.
Con la actual crisis económica y medioambiental, una nueva generación de estoicos busca, con la ayuda de grupos de afinidades, organizados a través de Internet, modelos que sirvan de inspiración para crear los productos y servicios del futuro, que deberán ser por fuerza más eficientes, además de beneficiosos para el entorno en lugar de perjudiciales, biodegradables, bellos, sencillos, apropiados.
En el plano metafísico, el estoicismo llama al individuo a centrarse en la esencia y liberarse de la distracción de lo superfluo. Seleccionamos 10 libros, con calidades y capacidad de influencia dispares, capaces de inspirar (a través del estudio de la vida sencilla, el estoicismo, el minimalismo o sus contrarios), a quienes busquen simple inspiración o plenitud.
1. Walden (Henry David Thoreau, 1854)

El trascendentalista Henry David Thoreau influenció a la sociedad de su tiempo y a las generaciones venideras, desde León Tolstói a Mohandas Gandhi, con Walden; or, Life in the Woods (Walden, la vida en los bosques). Un individualista convencido, es considerado el padre del ecologismo moderno y de la desobediencia civil.
En libro es, en parte, una declaración personal de independencia, un experimento social, un viaje interior hacia el descubrimiento espiritual, una sátira, o un manual de la autosuficiencia.
El autor explica su vida durante más de dos años en una cabaña que construyó él mismo junto al lago Walden, una zona boscosa y apartada del núcleo urbano de Concord, Massachusetts, su ciudad natal. Desde la cabaña, reflexiona sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza, considerada por la sociedad de su época como un mero recurso transaccional para aumentar la riqueza.
En la generación de Thoreau, relacionada con el movimiento literario y filosófico del romanticismo, se refuta la visión de la naturaleza realizada por la Ilustración, en la que la tierra y los recursos son percibidos como un bien inacabable que el ser humano debe domesticar completamente. En Estados Unidos, un nuevo país en expansión hacia el entonces inabarcable Oeste, esta visión influyó sobre el reparto de la tierra y su modelo de desarrollo, basado en la protección de los derechos inaliebables del individuo, reconocidos en la Constitución del país.
Henry David Thoreau fue uno de los primeros individuos ilustrados que, desde Nueva Inglaterra, en la misma cuna de la Independencia de su país, cuestionaron varios aspectos del poder del Estado con los que estaba en profundo desacuerdo, tales como la esclavitud, la guerra, considerada por él profundamente injusta, con México, o el imparable retroceso de la naturaleza primigenia en su país.
Walden es considerado un tratado sobre las profundas convicciones y libertades del individuo, que están por encima incluso del poder coercitivo del Estado, pero también sobre la vida sencilla y el sentido mismo de los progresos de la civilización occidental.
Thoreau, un convencido del empirismo y la ciencia, formaba parte de la corriente de pensamiento trascendentalista, un movimiento filosófico, político y literario con raíces protestantes, que surgió a mediados del siglo XIX y ensalzaba las virtudes del estoicismo: autosuficiencia y ética del trabajo, pensamiento intuitivo y trascendental del propio individuo, y búsqueda de "una relación original con el universo", acercándose al panteísmo de Marco Aurelio.
Profundamente preocupado por la sociedad de su tiempo y por la actitud vital de sus conciudadanos, a los que no importaba trabajar toda su vida para dejar pagada una casa y unas posesiones de las que nunca podrían disfrutar en vida, Thoreau decidió vivir apartado una temporada, cultivando sus alimentos a la vez que escribía sobre la experiencia.
Su intención no fue la de vivir como un hermitaño y recibió huéspedes con regularidad, a la vez que visitó a los vecinos más cercanos. A través de la vida apartada, en una sencilla cabaña con apenas mobiliario -entre el que se incluía una cama, un escritorio, una silla, una chimenea y dos ventanas-, intentó comprender con mayor objetividad a la sociedad de su tiempo.
Una cita de Walden aguarda al visitante en un cartel de madera junto al lago, en el lugar donde Henry David Thoreau construyó su cabaña: "Fui al bosque porque quería vivir deliberadamente, para enfrentarme sólo con los hechos esenciales de la vida, y comprobar si podía aprender lo que ello tenía que enseñarme, y no, cuando estuviera a punto de morir, descubrir que no había vivido".
2. Meditaciones (180 dC, Marco Aurelio)

El último de los llamados Cinco Buenos Emperadores y recordado como el "filósofo Emperador", la figura de Marco Aurelio está presente en la retina de la cultura popular contemporánea gracias a la caracterización que, dos años antes de su muerte, Richard Harris hizo de él en Gladiator (2000), película de Ridley Scott.
Marco Aurelio escribió, en griego, los textos que componen Meditaciones durante las campañas de la década de 170. A juicio de John Stuart Mill, entre otros autores a lo largo de los siglos, se trata de "una obra escrita de manera exquisita y con infinita ternura", y es considerada un tratado de la vida sencilla, el estoicismo, la austeridad, la espiritualidad y el estoicismo, corriente filosófica de la que Marco Aurelio fue uno de los representantes más reconocidos.
No hay que dejarse engañar por la fecha en que Marco Aurelio culminó los escritos que serían recopilados más tarde en sus Meditaciones: su contenido, filosófico, autobiográfico y plagado de sentido común, sonará contemporáneo y universal a cualquier lector. Especialmente a quien esté interesado en conocer más a fondo las enseñanzas del estoicismo, como escuela filosófica que puede contribuir a mejorar la vida diaria de cualquier persona.
Escritas en XII libros o capítulos, las Meditaciones recorren las reflexiones vitales del emperador durante sus últimos 12 años, en las que predomina la mesura, el respeto por la naturaleza, la identificación entre todas las cosas y el universo (panteísmo), así como una profunda convicción en el estoicismo como modelo filosófico y vital.
El primero de los libros es considerado su testamento interior, un homenaje a todas las personas que influyeron sobre su vida y convicciones. Del libro II al XII, se incluyen las reflexiones sobre la condición humana, la vida, la muerte, el universo, la creación, la moralidad, la fortuna, los valores que deberían influir sobre las personas.
Como Séneca, también estoico, Marco Aurelio concebía el alma como una entidad distinta y separada del cuerpo, y en ella se concentra el espíritu (pneuma), el soplo vital y el intelecto.
En Meditaciones, el Emperador sentencia: "todo es bueno para mí, que es adecuado para ti, oh Universo. Nada para mí es demasiado pronto o tarde, y que viene a su debido tiempo para ti. Todo lo que tus estaciones traen es fruto para mí, oh Naturaleza. Porque tú eres todas las cosas, en ti están todas las cosas, y a ti todo vuelve".
O también: "Si trabajas en lo que está ante ti, siguiendo una recta razón seriamente, con vigor, con calma, sin permitir nada te distraiga, manteniendo pura tu parte divina, como si estuvieras obligado a devolverla de inmediato; si lo haces con firmeza, sin esperar nada a cambio, sino satisfecho de vivir ahora de acuerdo con la naturaleza, diciendo una heroica verdad en cada palabra que completes, vivirás feliz. Y no hay persona capaz de evitarlo".
3. La ética protestante y el espíritu del capitalismo (Max Weber, 1905)

El economista y sociólogo alemán Max Weber escribió a principios del siglo XX La ética protestante y el espíritu de capitalismo como introducción a sus ensayos posteriores.
A diferencia de los autores de la Ilustración, que no habían identificado con claridad la mentalidad protestante y con la búsqueda de la riqueza material, Weber dedicó parte de sus esfuerzos sociológicos en observar y contraponer sociedades europeas y coloniales protestantes y católicas.
El propio Weber se había formado como economista y sociólogo en una Alemania que había nacido como Estado moderno tratando de amoldar las dos corrientes de pensamiento espiritual, que influían sobre la ética de la propia sociedad: la ética del sur alemán, profundamente tradicional y católico, se contraponía al protestantismo, tanto urbano y moderno como rural, del norte del país.
En el ensayo se relaciona al protestantismo y a una de sus ramas, el calvinismo, como inspirador de hábitos e ideas que, según Weber, favorecen el comportamiento racional para lograr el éxito económico, en contraposición a la mentalidad imperante en las sociedades de raigambre católica.
Por ejemplo, Weber argumenta que el capitalismo de Europa del norte pudo forjarse cuando la ética protestante, particularmente calvinista, influyó sobre la mayoría de la población, que la aplicó desarrollando sus propias empresas, o aspirando a enriquecerse a través del comercio, para realizar otras inversiones.
En otras palabras, la ética protestante relacionada con su visión del papel del ser humano en el mundo, propulsó el desarrollo del capitalismo. Las personas podían aspirar a la plenitud por sí mismas, a través del trabajo duro y la mejora del porvenir terrenal, que derivó en ideas como la aspiración de la "búsqueda de la felicidad", en contraposición a la poca ambición terrenal de la tradición católica.
Conocida desde entonces como la "tesis de Weber", la ética del trabajo protestante habría influido sobre una acción no planeada ni coordinada que contribuyó al desarrollo del sistema económico capitalista; aunque, según Weber, los valores protestantes no fueron la única causa que consolidó el modelo.
Weber era consciente, asimismo, de las numerosas excepciones a su tesis, ejemplificadas en su propio país. Si bien la ética puritana había influido sin duda en el desarrollo del capitalismo, la devoción religiosa, tanto protestante como católica, iba a menudo ligada -observó- con el rechazo a asuntos mundanos como la búsqueda de la riqueza, o la acumulación de bienes y posesiones materiales.
Según Weber, trabajadores católicos y protestantes se habían iniciado en la industrialización del siglo XIX en pequeños talleres. Mientras el trabajador católico aspiraba a mejorar su técnica y convertirse en maestro del pequeño taller, el protestante pasaba a la fábrica, donde pretendía escalar posiciones y alcanzar los puestos superiores de la burocracia industrial, que en el siglo XX, con la expansión de los servicios urbanos, derivaron en trabajos profesionales liberales, "de cuello blanco", en contraposición al "cuello azul" industrial.
"El católico es más tranquilo; dotado de menor impulso adquisitivo, prefiere una vida bien asegurada aun a cambio de obtener menores ingresos, a una vida de continuo peligro y exaltación, por la eventual exaltación de honores y riquezas. 'Comer bien o dormir tranquilo', dice el refrán; pues bien, en tal caso, el protestante opta por comer bien, mientras que el católico prefiere dormir tranquilamente."
Mientras en el protestantismo la adquisición de dinero es el valor de la vida y se premian el ejercicio constante de una profesión, la racionalidad y la austeridad (la riqueza no se ostenta, se ahorra para crear más), en el catolicismo el individuo prefiere disfrutar de una vida asegurada a cambio de obtener menores ingresos.
El ensayo de Weber es, por encima de todo, una interesante reflexión sobre cómo determinadas corrientes de pensamiento popular, manadas de la ética religiosa predominante en cada comunidad, han forjado las aspiraciones, individuales y colectivas, de las sociedades.
El espíritu emprendedor, la actitud ante la racionalidad, la austeridad, el ascetismo como estilo de vida o el enriquecimiento como fuerza positiva, o "señal de predestinación", manaron de las distintas interpretaciones religiosas en las sociedades ilustradas, cuando la religión mantenía intacto su poder de influencia sobre las personas.
En la actualidad, décadas después de que la religión haya perdido buena parte de su poder sobre la conciencia colectiva, seguimos siendo beneficiados o perjudicados por las distintas maneras de entender el mundo, aunque creamos vivir en las sociedades más laicas del la historia de la humanidad. Ni el más ateo puede rehuir a realidades fundamentadas en visiones espirituales forjadas durante generaciones.
La ética protestante y el espíritu del capitalismo es una obra capital para entender las sutilezas culturales que han forjado nuestra personalidad y, en lugar de ser perjudicados por ellas, poder beneficiarnos de sus ventajas. Más de un siglo después de que se escribiera el ensayo, su contenido sigue tan vigente como el primer día.
4. Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara (E. F. Schumacher, 1973)

El economista británico E. F. Schumacher tuvo la suerte de contarse entre los alumnos de Leopold Kohr, primer economista de prestigio que se opuso intelectualmente al "culto de lo grande" en las organizaciones sociales y el diseño de bienes, además de inspirar el nacimiento del movimiento "small is beautiful" (lo pequeño es hermoso), que propugnaba la belleza, conveniencia y sostenibilidad de lo pequeño.
E. F. Schumacher dedicó esta colección de ensayos, cuya primera edición fue publicada en 1973, coincidiendo con el inicio de la crisis del petróleo, a dar forma a la idea inspirada por su maestro. Schumacher, colaborador de John Maynard Keynes y John Kenneth Galbraith, evita en el libro extremismo panfletario e ilustra consistentemente su elogio de lo pequeño.
En un mundo que se adentraba en la crisis del petróleo, especialmente negativa para la economía europea, el libro E. F. Schumacher es una llamada al ser humano para poner los pies en el suelo y crear tecnologías adecuadas, que destacaran por su eficiencia y sostenibilidad (económica, social, medioambiental) en un mundo que filosóficamente defendía el "cuanto más grande, mejor".
Considerado por la prensa británica como uno de los 100 libros más influyentes del siglo XX, Lo pequeño es hermoso (Small is beautiful) ha sido recuperado en los últimos años como paradigma de ideas como la vida sencilla, la sostenibilidad o una nueva generación de productos y servicios que, en lugar de tener un impacto negativo sobre el entorno, lo tengan positivo.
Productos que parten de conceptos como diseño ecológico, tecnología adecuada, o diseños "de la cuna a la cuna" ("cradle to cradle", o C2C), no hacen sino partir de la llamada a la defensa de lo pequeño realizada por Leopold Kohr, y plasmada por E. F. Schumacher en Lo pequeño es hermoso.
En el ensayo, E. F. Schumacher se muestra preocupado por la noción que propulsa el progreso mundial, basada en asunciones peligrosas, como considerar que todo crecimiento es bueno, o que lo más grande es siempre mejor, ideas preconcebidas que han influenciado sobre el diseño de automóviles y edificios, o sobre la falta de incentivos éticos y medioambientales que evitaron el desarrollo del coche eléctrico o la casa bioclimática.
Small is beautiful constituye una llamada a estudiar y adoptar la filosofía de la mesura y la suficiencia, que deben partir de una apreciación realista, minimalista y con un cierto espíritu estoico de las necesidades humanas, las limitaciones del entorno y el uso adecuado de la tecnología. Schumacher acuña el término "economía budista" para referirse a este profundo cambio en el sistema de valores que debía adoptar el mundo.
Años después del inicio de la crisis del petróleo de 1973, un nuevo período de expansión económica mundial y prosperidad dio al traste con la visión propugnada por Schumacher, que ahora ha sido desempolvada de nuevo con nerviosismo por quienes la condideraron demasiado radical en su momento.
E. F. Schumacher en Small is beautiful: "lo más sorprendente de la industria moderna es que requiere mucho para lograr tan poco. La industria moderna parece tan ineficiente hasta tal punto que sobrepasa nuestra propia imaginación. Su ineficiencia pasa, por tanto, desapercibida".
Y también: "la sabiduría exige una nueva orientación de la ciencia y la tecnología hacia lo orgánico, gentil, no violento, elegante y hermoso".
El ensayo fue escrito en 1973. Su mensaje es tan vigente en la actualidad que cualquier persona con intención de ocupar un cargo político, empresarial o social de relevancia haría bien en leerlo.
5. Teoría de la clase ociosa (Thorstein Veblen, 1899)

El sociólogo y economista estadounidense Thorstein Veblen, iniciador del institucionalismo, dedicó su vida a estudiar cómo los ritos comunes adoptados por el ser humano en sus relaciones sociales condicionan las decisiones del individuo a lo largo de su vida, además de incidir sobre su carácter, aspiraciones y escala de valores.
Las nuevas sociedades opulentas, surgidas de la Revolución Industrial, instauraron, según Veblen, mecanismos de ocio que partían del consumo exacerbado, un fenómeno que había ocurrido siempre, de un modo u otro, como se argumenta en Teoría de la clase ociosa.
Este consumo superficial, con el que las clases más pudientes de la sociedad industrial expresaban su entretenimiento, impulsaría la propia economía y, a través de lo que el sociólogo llamó reproducción simbólica, incentivaba el consumo de las otras clases, mediante la emulación.
Adentrándose en la antropología cultural, Thorstein Veblen argumentaba que la vida económica de las sociedades modernas no era propulsada por nociones de utilidad, sino por vestigios sociales presentes desde tiempos prehistóricos. Buena parte de la sociedad actual, según su punto de vista, es una variación de modelos ya presentes en organizaciones tribales.
A su juicio, la clase dominante, o "clase ociosa", de su tiempo, no se comportaba de un modo distinto al de la nobleza durante la Edad Media, o al de las clases privilegiadas de organizaciones más primitivas, como sociedades de jefatura, tribus e incluso bandas de cazadores y recolectores.
Estas clases llevaban a cabo tareas simbólicas o intermitentes para su sociedad, tales como la caza, la dirección de una guerra o la administración de haciendas. Pese a que estas tareas requerían poco tiempo, en comparación con las del resto de la sociedad, las clases dirigentes siempre habrían disfrutado de tiempo de ocio.
Si en la Edad Media, por ejemplo, sólo la nobleza podía cazar y combatir, en la sociedad industrial de Veblen los trabajadores manuales trabajaban más horas y con mayor intensidad que los de cuello blanco, por sueldos muy inferiores.
The Theory of the Leisure Class es ampliamente citado en antropología social al definir lo que Veblen llamó consumo y ocio conspicuos, o realizados para demostrar a nuestras relaciones sociales que somos capaces de ostentar un nivel de vida determinado.
Para el sociólogo, el consumo conspicuo consistía en gastar dinero u otros recursos para lograr el máximo estatus posible; por ejemplo, comer con cubertería de plata no incrementaba el placer objetivo de los comensales, en comparación con cubiertos de otros materiales.
Según Thorstein Veblen, los bienes socialmente visibles aumentaban su atractivo entre las relaciones sociales de un individuo en función de su precio y exclusividad, una idea que ha recibido apoyo empírico con posterioridad.
Como en el caso del consumo conspicuo, el ocio conspicuo destacaba como la consecución de determinados objetivos para lograr un estatus superior en nuestro entorno. Por ejemplo, Veblen expone que, para lograr ser un caballero, un hombre debía estudiar materias como filosofía y arte, con un valor económico a menudo simbólico.
Thorstein Veblen quería refutar la definición del ser humano moderno realizada por la economía neoclásica de la Ilustración. En lugar de individuos pragmáticos tratando de maximizar su placer, Veblen os veía como criaturas irracionales que persiguen aumentar su estatus social, sin importarles en realidad su propia felicidad.
Ello explicaba, según Thorstein Veblen, por qué la gente se empecinaba en emular el comportamiento y los símbolos de los miembros más respetados de su grupo, para así lograr mayor prestigio. Determinadas marcas o tiendas, consideradas de clase alta, centran su modelo de negocio en vender, más que productos útiles, "símbolos de prestigio" a compradores que, a menudo, no forman parte de las clases dirigentes.
Del mismo modo, ir a determinadas obras de teatro, leer cierto tipo de literatura o escuchar música clásica son, igualmente, acciones instigadas a menudo por el anhelo de alcanzar o reafirman un determinado estatus social que por cuestiones racionales o económicas.
El ensayo de Veblen constituye un tratado que ayuda a entender algunas de las motivaciones sociales más básicas, por qué ocurren y cuál es su auténtico significado.
6. A Guide to the Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy (William B. Irvine, 2008)

Todavía sin traducción al castellano, A Guide To The Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy no es sólo una aproximación, amena y adecuada para no especialistas, a las prácticas griega y romana del estoicismo, sino un tratado contemporáneo sobre la misma corriente filosófica, escrita por un profesor y filósofo estadounidense William Irvine.
William Irvine sable de lo que habla: se define como estoico practicante. Quizá por ello, el libro no se dedique a analizar sesudamente la teoría o historia del estoicismo, sino que ofrece una guía que proporciona "consejos detallados para aspirantes a estoicos.
Según el autor, el renacido interés por el estoicismo se basa en las técnicas desarrolladas por los filósofos clásicos de esta tendencia, como Séneca o el mencionado Marco Aurelio, capaces de aportar paz y plenitud espiritual, partiendo de la tradición occidental y sin necesidad de recurrir a tradiciones o corrientes espirituales orientales.
Con el ánimo de lograr lo prometido en el título, Irvine escribe de manera ligera y amena para dirigir su mensaje a lectores no iniciados con la literatura erudita, emulando a Bill Bryson, Malcolm Gladwell, Jared Diamond y otros autores estadounidenses que han acercado al gran público temáticas minoritarias y aparentemente académicas. Según el autor, el estoicismo es capaz de reducir los niveles de emoción negativa (tales como la ira, la frustración, la ansiedad), a la vez que potenciar la capacidad de apreciación de lo que la vida puede ofrecer.
Quienes se sientan atraídos o hayan flirteado con el budismo, aunque prefieren indagar en el sentido de la existencia y en uno mismo a través de principios y comportamientos cotidianos, en lugar de mediante la meditación, son interesados potenciales en el estoicismo, cree William Irvine.
El autor es, ante todo, un filósofo describiendo, de un modo ameno y libre de jergas, una corriente filosófica cuyos principios y métodos pueden ser puestos en práctica. La lectura del libro, del que cabe esperar una futura edición en castellano, no deja indiferente. No se trata de un título menor perteneciente a la literatura de auto-ayuda, sino una presentación contemporánea y clarificadora del estoicismo, una corriente filosófica cuyos principios y consejos pueden ser puestos en práctica en la sociedad contemporánea.
A través de sabios como Marco Aurelio o de la propia experiencia práctica de William Irvine, el lector aprende técnicas para minimizar el pesar, cómo asumir el pasado y centrar nuestros esfuerzos en cuestiones que el individuo puede controlar, así como maneras de hacer frente a insultos, dolor, vejez y tentaciones que nos distraigan.
De Marco Aurelio, se aprende la importancia de apreciar sólo aquellas cosas que tienen auténtico valor. De Epicteto, cómo estar más satisfechos con lo que poseemos. A Guide to the Good Life muestra al lector cómo agudizar su capacidad de observación de su propia vida.
Al analizar nuestro devenir cotidiano y confrontarlo con nuestra propia conciencia, podemos identificar mejor qué es lo que nos incomoda. Mediante este proceso, los estoicos pretendían alcanzar una vida auténticamente plena.
7. El gran libro de los hombres (Brett McKay y Kate McKay, 2009)

Un libro bajo el título El gran libro de los hombres (el original es todavía más explícito: The Art of Manliness: Classic Skills and Manners for the Modern Man) suscita, como poco, sospechas. ¿Se tratará de un tratado sobre el machismo? ¿O es acaso un manual de chulería?
No es ninguna de las dos cosas. Y, dicho sea de paso, no es un libro centrado en la feminidad de la mujer, ni en la mujer. Y no por ello es un libro "machista". Simplemente, sus autores, Brett McKay y Kate McKay, han escrito en una prosa divertida un libro sobre "hombres".
La palabra "macho" es uno de los vocablos que el castellano ha sido capaz de prestar con éxito a otras lenguas. A diferencia de otras palabras hispánicas igualmente influyentes, tales como "maestro", "macho" es un vocablo chabacano, hortera, de mal gusto, relacionado incluso con actitudes tan deleznables y punibles con el maltrato. El carácter peyorativo del término ha acabado desterrándolo de cualquier contexto positivo. No obstante, "macho" o "machista" no son sinónimos de "masculino" o "masculinidad".
Pero The Art of Manliness no es el "libro del machote". Todo lo contrario. Recupera, quizá, valores devaluados que ya no se relacionan en las últimas décadas con la hombría, al haber caído en desuso las costumbres relacionadas con la caballerosidad.
La masculinidad, la caballerosidad, la hombría, no tienen por qué relacionarse con actitudes rudas, neandertales o, simplemente, machistas, y el gran valor de The Art of Manliness es afrontar con valentía este estereotipo, profundamente arraigado en la sociedad contemporánea.
¿En qué habilidades y maneras clásicas podría estar el hombre moderno? El libro se encarga, con un tono divertido, de dar respuesta a la pregunta, explicando las reglas más elementales que debería conocer y adaptar a su personalidad cualquier caballero que se precie.
Tomando ejemplos ilustrativos de caballeros como Benjamin Franklin y Theodore Roosevelt, Brett y Kate McKay, también responsables de un celebrado blog bajo el mismo título del libro, han compilado una colección de consejos que ayudan a desplegar el potencial de un hombre.
Se recogen divertidos consejos, desde habilidades para la supervivencia hasta modos de mejorar el carácter, tanto si lo que se pretende es divertirse con los amigos, cortejar a una novia o formar una familia.
Este compendio de información práctica incluye consejos sobre cómo:
  • Afeitarnos como nuestros abuelos.
  • Ser un perfecto huésped.
  • Asistir a los amigos en algún problema.
  • Pedir la mano a nuestra pareja.
  • Educar niños fuertes y autónomos.
  • Encender un fuego sin cerillas o mechero.
  • Dar un discurso celebrado.
  • Disfrutar de una vida equilibrada.
No se trata de un libro plagado de verdades irrefutables, pero aporta de manera divertida interesantes reflexiones acerca de la crisis de valores en las que la sociedad contemporánea se halla inmersa.
Las palabras masculinidad y caballerosidad han caído en desuso y, cuando son invocadas, suelen relacionarse con lo rudo y anacrónico. The Art of Manliness demuestra hasta qué punto el sentido común debe ser, en ocasiones, recuperado en generaciones anteriores, ya que existen pocos modelos contemporáneos que sirvan de inspiración.
8. A Place of My Own: The Architecture of Daydreams (Michael Pollan, 1991)

Publicado en 1991 y reeditado en 2008, A Place of My Own es el segundo ensayo de Michael Pollan, escritor, periodista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, celebrado en los últimos años por sus libros sobre lo que él considera el mayor trastorno colectivo de la sociedad estadounidense: la comida.
De no ser por A Place of My Own, los posteriores libros del autor, presentes en las listas de más vendidos desde su publicación, quizá no hubieran alcanzado el grado de madurez que muestran su influencia y repercusión. El dilema del omnívoro (The Omnivore's Dilemma) es, por tanto, tributario de A Place of My Own, el pequeño ensayo de 1991.
El libro no es sino la parte escrita de un proceso creativo emprendido a principios de la década de los noventa, cuando, emulando la decisión de Henry David Thoreau a mediados del siglo XIX, Michael Pollan decidió construir una cabaña con sus propias manos.
Pollan lo justifica al inicio del libro como la voluntad de construir una "casita de escritor", una tarea llevada a cabo concienzudamente, con amor por el proceso creativo y voluntad de realizar un viaje introspectivo a su interior, así como a la arquitectura -nueva para él- durante la tarea.
Si el primer capítulo nos sitúa en la construcción de la casita y el porqué de la decisión, el segundo se centra en el proceso de selección. El tercer capítulo sigue el proceso de diseño, en el que se incluyen referencias a la obra más influyente del arquitecto austríaco afincado en California Christopher Alexander, El lenguaje de patrones (A Pattern Language).
Los siguientes cuatro capítulos se centran en la construcción de los cimientos, la estructura, el tejado y las ventanas, para finalizar en el capítulo final con los acabados y el uso del pequeño edificio artesanal por parte del autor.
Pese a lo detallado de la explicación, no estamos ante un libro de bricolaje para constructores aficionados, interesados en erigir una pequeña cabaña en su patio trasero. Es, más bien, la reflexión de un neófito no sólo de la arquitectura y la construcción, sino de los proyectos de bricolaje de envergadura, sobre las motivaciones y el aprendizaje derivados del proceso, así como una visión general de su evolución.
El libro contiene ecos del trascendentalismo estadounidense, representado por Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson, entre otros, movimiento a su vez influido por el puritanismo y el estoicismo.
Thoreau decidió marcharse una temporada al bosque junto al lago Walden para reflexionar sobre su propia existencia y vivir sólo con lo esencial, para lo cual construyó una cabaña. Michael Pollan persigue la misma aspiración humana: encontrar la esencia, trascender, comprender, dedicarse a una tarea manual, observar su interior durante el proceso.
Como Marco Aurelio y Henry David Thoreau, Michael Pollan se aproxima, mediante el trabajo y la escritura, a los principios del minimalismo y el estoicismo.
9. El lenguaje de patrones (Christopher Alexander, 1977)

El lenguaje de patrones (A Pattern Language) es un libro sobre arquitectura, escrito en 1977 por Christopher Alexander, con la ayuda de Sara Ishikawa y Murray Silverstein del Center for Environmental Structure de Berkeley (California).
Desde su publicación, es uno de los libros sobre arquitectura más difundidos. El lenguaje de patrones es, más que un libro sobre arquitectura, una caja de herramientas que puede adaptarse a cualquier edificio del mundo, tal es su universalidad y tan bien urdidos tanto su planteamiento preliminar como el desarrollo de su tesis.
Se trata de una discusión de un lenguaje de patrones o convención estructurada de la arquitectura tradicional, con 250 patrones unitarios de todo tipo de componentes arquitectónicos.
Como los idiomas creados por el ser humano para comunicarse de acuerdo con las necesidades, evolución, usos y costumbres de una sociedad determinada, un lenguaje de patrones -por ejemplo, uno sobre arquitectura- permite describir una serie de buenas prácticas que, a continuación, pueden ser usadas y modificadas de acuerdo con las necesidades específicas de cada contexto.
Si una lengua permite conversaciones, registros o dialectos, un lenguaje de patrones aporta una convención marco que se comporta, del mismo modo, de una manera flexible, sin que por ello se pierda el mensaje. Un lenguaje de patrones sobre arquitectura permite nombrar elementos, describirlos de manera lógica y combinarlos, con modificaciones si es necesario.
A Pattern Languaje parte de la observación de que muchas ciudades medievales son atractivas y harmoniosas. Christopher Alexander y el resto de autores lo achacan a que fueron erigidas de acuerdo con regulaciones locales que requerían características específicas pero, a la vez, permitían al arquitecto adaptarlas a situaciones particulares.
El libro proporciona reglas básicas e ilustraciones, pero deja en manos del lector decisiones específicas, que deben ser tomadas, explican, de acuerdo con el entorno del proyecto. Se describen maneras de construir diseños prácticos, seguros y atractivos a cualquier escala, desde regiones enteras o ciudades hasta pequeños complementos de mobiliario.
Varios de los patrones reflejan no sólo la visión arquitectónica de Alexander, sino también su filosofía personal, tanto espiritual como política. De ahí que se perciban las influencias Zen y humanista, además de libertaria.
Tampoco es casual que Alexander cite a E. F. Schumacher y su concepto "economía budista".
A Pattern Language es un tratado de la arquitectura universal, al construir un lenguaje que parte del equilibrio logrado en las ciudades medievales, cuyas leyes parten de la visión cosmológica de artesanos anónimos sobre los que no conocemos nada, así como de gigantes renacentistas, que parten de la reinterpretación clásica.
Pero El lenguaje de patrones ilustra también el anhelo legítimo de la mesura, la frugalidad, la sostenibilidad, el rechazo a la monstruosidad, el estoicismo arquitectónico, la frugalidad, el sentido común. Lo pequeño es hermoso, lo equilibrado también, explica Christopher Alexander.
No es un tratado sobre la vida, pero ofrece pistas sobre los espacios en los que ésta se desenvuelve, y sobre los objetos que nos rodean cotidianamente. Rodearse de poco, y de calidad, también contribuye, aunque sea humildemente, a nuestra plenitud.
10. Autobiografía (Benjamin Franklin, 1790)

Benjamin Franklin dejó incompleta su autobiografía, escrita entre 1771 y 1790, trabajo al que él se refirió como "Memorias"; pocos trabajos incompletos han logrado tanta difusión como La Autobiografía de Benjamin Franklin.
Dividida en cuatro partes, es uno de los ejemplos de autobiografía más influyentes jamás escritos, entre los que también se hallaría la ya mencionada obra Meditaciones, de Marco Aurelio.
Político, científico, inventor y figura clave de la independencia de Estados Unidos, la influencia de Benjamin Franklin sobre sus coetáneos y generaciones posteriores es sólo comparable a la de las figuras destacadas del Renacimiento, al haber participado en todos los campos de acción que la Ilustración pretendió reformar a partir del siglo XVIII.
Conjuntamente con Thomas Jefferson y John Adams, influyó decisivamente sobre la redacción de la Declaración de Independencia, un tratado de los ideales políticos de la Ilustración. Pese a su intensa vida política, tuvo tiempo de convertirse en uno de los científicos más destacados de su generación.
Su autobiografía, dividida en cuatro partes, incluye un pequeño listado de virtudes, tan citado en el mundo anglosajón como olvidado o desconocido en otros entornos culturales. Como un estoico de la Ilustración, Franklin cultivó su carácter mediante un plan de 13 virtudes que él mismo había desarrollado a los 20 años, en 1726, y que influyó sobre el resto de su vida. El plan:
  • Templanza: no comas hasta el hastío, nunca bebas hasta la exaltación.
  • Silencio: habla sólo lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo, evita las conversaciones insignificantes.
  • Orden: que todas tus cosas tengan su sitio, que todos tus asuntos tengan su momento.
  • Determinación: resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.
  • Frugalidad: sólo gasta en lo que traiga un bien para otros o para ti (no desperdiciar nada).
  • Diligencia: no pierdas tiempo, ocúpate siempre en algo útil, corta todas las acciones innecesarias.
  • Sinceridad: no uses engaños que puedan lastimar, piensa inocente y justamente, y, si hablas, habla en concordancia.
  • Justicia: no lastimes a nadie con injurias u omitiendo entregar los beneficios que son tu deber.
  • Moderación: evita los extremos; abstente de injurias por resentimiento tanto como creas que las merecen.
  • Limpieza: no toleres la falta de limpieza en el cuerpo, vestido o habitación.
  • Tranquilidad: no te molestes por nimiedades o por accidentes comunes o inevitables.
  • Castidad: frecuenta raramente el placer sexual, sólo hazlo por salud o descendencia, nunca por hastío, debilidad o para injuriar la paz o reputación propia o de otra persona.
  • Humildad: imita a Jesús y a Sócrates.
No hace falta comentar, tras este breve listado de ideales del joven Franklin, la talla del personaje. De nuevo, el eco estoico de Marco Aurelio está presente.

viernes, 3 de enero de 2020

Desigualdad y también pobreza









 

Hace un siglo exactamente el mundo acababa de entrar en un bucle de tres décadas con dos guerras mundiales y sus consecuencias (1914-1945), que acabarían con la primera fase de la globalización, la que había arrancado en el último tercio del siglo XIX (1870-1914). Lo que sucedió luego fue calificado por el historiador Eric Hobsbawm como "un siglo corto", un siglo que comenzó en el año 1914, con la Gran Guerra, y terminó en 1989, con la caída del Muro de Berlín.
Si viviese Hobsbawn, quizá hiciese una revisión de su tesis a la luz de lo acontecido en lo que llevamos de siglo XXI. Posiblemente podría concluir que el siglo XX, al revés de lo que creyó, fue un siglo largo que todavía no ha acabado, y que se podría dividir netamente en tres partes muy diferenciadas, además del citado periodo de conflictos bélicos. La primera sería la de los "treinta gloriosos" (1945-1975), la época de mayor crecimiento del capitalismo con mayor equidad, los años de la hegemonía keynesiana, del "capitalismo de rostro humano". La segunda etapa dura desde finales de los años setenta hasta la Gran Recesión de 2007; es la época de la revolución conservadora, la treintena opulenta, tiempo de consumismo desaforado en la que hubo un momento en el que parecía que la codicia producía resultados. Aumentó espectacularmente la desigualdad, pero en lo básico fue porque los ricos se escaparon, incrementaron mucho más la renta, la riqueza y el poder que el resto. Pero ese resto, a trancas y barrancas, siguió mejorando y aumentaron los efectivos de las clases medias de todo el mundo. Se vivía de un simulacro: vosotros os lleváis la mejor tajada pero nos proporcionáis trabajo y un cierto progreso. Aumentó la desigualdad pero se redujo la pobreza en el mundo.
La tercera fase está muy bien reflejada en el informe de Oxfam. Comienza en 2007 y no sabemos cuando podrá darse por finalizada. En ella ha habido un crecimiento exponencial de la desigualdad y de la pobreza. En este caso, las razones están más basadas en el hecho de que las recién creadas clases medias han visto detenerse la escala social que en que los ricos hayan multiplicado sus beneficios (que los han multiplicado, aunque no tanto como en la etapa anterior). Muchas de aquellas personas que se sintieron parte del progreso y de las clase medias forman parte ahora de ese grupo que el Banco Mundial denomina "los vulnerables" o el "precariado": familias que mejoraron pero que han perdido de modo acelerado parte de lo avanzado. La combinación es letal: más desigualdad, más pobreza.



Se ha reducido la capacidad distributiva de los Estados y, por tanto, aumenta la desigualdad
El informe de Oxfam se centra en esta ocasión en el papel de los paraísos fiscales. Un papel que quiso ser demediado al inicio de la Gran Recesión en las declaraciones del G 20, cuando esa formación G se convirtió en el organismo oficial para protagonizar la solución de los problemas económicos. No se pasó prácticamente de la retórica de los comunicados. El rol de los paraísos fiscales se une a una política fiscal generalizada, que ha reducido la actividad de los ingresos en la necesaria actividad redistributiva del sector público. En cuatro etapas: la primera, rompiendo el proceso generado tras la Segunda Guerra Mundial e iniciando una senda de falta de progresividad en los impuestos; a continuación, trasladando parte de los gravámenes sobre el capital hacia el trabajo; luego, transformando los impuestos sobre la renta en impuestos sobre el consumo; por último, reduciendo e incluso eliminando los impuestos patrimoniales (patrimonio, sucesiones y donaciones), último reducto de aquella progresividad de los sistemas tributarios.
El resultado es que se ha reducido la capacidad distributiva de los Estados y, por tanto, aumenta la desigualdad. Se ha permitido una fuerte acumulación de los ingresos, la riqueza y el poder en una élite económica que cada vez se escinde más del resto (que sufre fuertes tasas de desempleo, devaluaciones salariales, inseguridad en el trabajo y una reducción de la protección social) y que no quiere solidarizarse con la distribución del gasto público. Así es como se ha hecho tan popular el eslogan de "Somos el 99%", frente al 1% restante.
Y ello es lo que ha dado lugar a la crisis de legitimidad y de representación del sistema, que estamos observando por todas partes. La política y la economía inextricablemente unidas. Como las cerezas.

Ansia viva ( Articulo de El Pais . Sanchez Mellado )




Son diez, quince minutos, media hora los peores días, pero esa eternidad en la que se te agarrota el espinazo, se te sale el corazón del plexo, se te viene el estómago a la boca y no te llega el pijama al cuerpo no te la quita nadie. Eso, sin que te pase nada ni a ti ni a los tuyos sino las prisas, las penas, las presiones, la vida. Nada distinto de lo que te pasaba anoche, cuando cogiste la cama como quien coge el último tren de vuelta al útero y cerraste al tiempo las pupilas y las rendijas del pánico a los peligros de ahí fuera. Bendita cama. Bendito sueño. Bendita tregua. Porque la guerra sigue. Cuando vuelves en ti de repente, siempre a la misma hora de la madrugada oscura del alma, malditos biorritmos, ahí sigue el dinosaurio, Monterroso no se inventaba nada.
Entonces, debajo de la manta, o del nórdico gordo, o de la sabanilla fina en verano, tratas de recuperar el resuello y convencerte de que no, la mancha que te ha salido en la frente no es el aviso de un melanoma que te va a devorar viva. De que no, en el trabajo no se van a dar cuenta de que eres una impostora y te van a dar puerta. Y de que no, no van a caer sobre ti una tras otra las siete plagas de Egipto. Luego te levantas, te duchas, te pones la armadura de enfrentarte al prójimo, te tomas el primero de los equis placebos con los que vas engañando a la bestia a lo largo del día y parece que el tigre se domestica hasta que te arrea el próximo zarpazo y te vuelve a dejar tiritando de miedo a todo y a nada. Quien lo ha sentido sabe de lo que hablo. Somos legión, me temo. Cada poco, salen de eminencias de Nobel a psicólogos de barrio diciendo que no dan abasto a atender a ansiosos, deprimidos, sufridores de eso que no es exactamente el cuerpo y que, como no sabemos cómo llamar, llamamos espíritu. Y, eso, estando hartos de pan y wifi. Sí, me come la ansiedad, como a tantos. Como tantos, trato de vivir con ella. Y no, no nos quejamos de vicio.

Pobres argentinos

Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz
cuando la mayor parte de sus miembros son
pobres y miserables.
ADAM SMITH

jueves, 2 de enero de 2020

A los 81 años sigue con ideales médicos

La guerra me persigue”

¿Qué ha impulsado al cirujano italiano de 81 años, Sergio Adámoli, a operar en los conflictos de El Salvador, Somalia o Angola y a dedicarse ahora a la formación de paramédicos africanos?




Sergio Adámoli posa en el porche de su vivienda en Beleko, Malí.


Aquellos que saben que Sergio Adámoli (Téramo, Italia, 1934) ha tenido tantas vidas como años —y ya cuenta con 81— le piden de vez en cuando que describa una de sus batallitas. Entonces él mira hacia el infinito, da una chupada a su inseparable pipa y se va lejos, muy lejos: a Somalia, a Angola, a El Salvador…
Cuando Adámoli habla, mezcla sin darse cuenta el español aprendido durante años en Latinoamérica, el francés que ahora usa en Malí y un marcado acento italiano que no ha logrado quitarse tras una vida entera recorriendo algunos de los lugares más inhóspitos del planeta. Ha pasado buena parte de su vida de guerra en guerra aunque nunca empuñó un arma, pues la suya siempre fue el bisturí. Pero mucho tiempo antes de esta azarosa vida, este italiano —genovés de corazón, insiste— ya tenía historias que contar.
El pequeño Sergio era un niño inquieto al que le encantaba inventarse aparatos, por eso toda su familia pensó que iba para ingeniero. Pero cuando llegó la adolescencia, sus inclinaciones resultaron ser otras. “Al terminar la secundaria dudaba entre geología y medicina; me quedé con la segunda porque era la que se estudiaba en Génova. Acerté al elegir la medicina porque me llenó” cuenta desde el tranquilo jardín de su casita de Beleko, una aldea remota y paupérrima del Este de Malí.
El joven Adámoli tenía por entonces una visión muy idealista de la profesión, reconoce ahora, y soñaba con parecerse al doctor Albert Schweitzer, premio Nobel de la Paz en 1952 y fundador de un hospital en Gabón donde atendió a miles de pacientes. Un poco más adelante surgió otra figura romántica: el cirujano Norman Bethune. “Era una hombre muy comprometido con la izquierda, estuvo en España con las brigadas internacionales y fue artífice de las primeras transfusiones de sangre en la misma línea de fuego”, describe. “Este me gustaba mucho más porque se acercaba a mis ideales políticos”.
Sergio Adámoli no tenía ni idea de cuánto se iba a parecer su vida a la de su admirado Bethune. Pero en aquel entones, ésta era mucho más corriente: recién casado, con un hijo de corta edad y la carrera recién terminada, necesitaba aprobar el examen del Estado italiano para poder ejercer la medicina, pero la convocatoria nunca llegaba. Como necesitaba un empleo, aceptó una plaza en un hospital suizo y más tarde una beca en Moscú para especializarse en cirugía torácica. Al volver, su vida dio un vuelco: fue diagnosticado de tuberculosis. “¡Me quedé cuatro años ingresado, no me curaba nunca! ¡Era un desastre!”, exclama, todavía escandalizado. Fue ingresado en un hospital “en una montaña altísima, lejos, en la frontera con Suiza, donde todo el mundo era tuberculoso: el médico, las enfermeras, los cocineros, las lavanderas… Era un mundo de tuberculosos, ¡un mundo absurdo!”, añade entre carcajadas.
Al cabo de esos cuatro años, Adámoli consiguió dos cosas: especializarse en enfermedades pulmonares y curarse “más o menos con los dos pulmones funcionando”. Corre el año 1968 y recupera su vida genovesa. Estamos en la época de los brigadas rojas, el grupo revolucionario de izquierda radical que acabó siendo considerado una formación terrorista. El cirujano participa en mítines y otras actividades reivindicativas, sobre todo a favor de la libertad de los presos políticos y la tranquilidad no le dura mucho: “En 1979 me cae encima una acusación de terrorismo”. ¿Fundamentada? “Más o menos…”, responde, jocoso. “No soy un ejemplo a seguir, pero aquel era un momento importante en el mundo, con el mayo francés, Pinochet en Chile, la independencia de Vietnam en el 75, Portugal mandando a la mierda a los fascistas en el 73, España también… Yo me quedé atrapado en el juego pirotécnico”. Unos “amigos internacionales” le ayudaron a escapar de Italia, donde ya era buscado por la Interpol, y le hicieron llegar hasta Angola, que en ese momento se desangraba en una guerra tras su independencia que duró 20 años, hasta 2001.

Lo más difícil, como médico, era que tenía que enfrentarme a cualquier situación con los medios que tenía
El italiano, que ya por entonces se había divorciado, comenzó a trabajar en el hospital militar de Luanda y allí aprendió otra rama de la medicina sobre la marcha: la cirugía de guerra. Aguantó hasta 1982, cuando en El Salvador ya se libraba una guerra civil entre el Gobierno derechista y la oposición de izquierdas. “Yo pensé: bueno, me voy a ayudar a esa gente. Así que salgo de Angola, voy a Portugal, luego a Nicaragua y desde allí establezco contacto con la guerrilla salvadoreña y entro en el país. Siete años me quedé ahí y fue un poco complicado, sí…”.
Cuando habla de El Salvador, se queda como ausente. “De todo me pasó. Lo más difícil, como médico, era que tenía que enfrentarme a cualquier situación con los medios que tenía. Operar una persona prácticamente sin nada…” rememora mientras fuma sin tregua. Fuma tanto que su blanquísimo bigote se ha teñido de amarillo y marrón según se aproxima a las comisuras de la boca. “Tenía todo el quirófano en la mochila. Cuando había algo construíamos una mesita y operaba allí mismo, no tenía material estéril ni posibilidad de hacer radiografías... Nunca sabías lo que ibas a encontrar, pero el 99% de lo que curé fueron heridas de guerra”.
Este veterano médico podía haber elegido un camino menos peligroso, como todos los italianos que conoció en Nicaragua, asentados y con una vida nueva y tranquila, pero él no estaba de acuerdo. “Yo estaba buscado por la Interpol, ¿qué podía hacer? Podía haber ido a un sitio sin guerra pero por mis convicciones políticas pensaba que tenía que aportar algo. Después de tanto luchar, no íbamos a parar ahora”.
Mientras Sergio operaba en medio de la nada, en Italia fue sometido a cuatro procesos judiciales y absuelto en todos ellos. Era el año 1991 y se acercaba la hora de volver a casa. “Regresé a Génova pero no fue fácil porque yo no aceptaba el mundo que me encontré. Había estado fuera 13 años y era muy diferente para mí”, reconoce. Quería volver a El Salvador, pero era consciente de que debía trabajar hasta los 65 para poder jubilarse y obtener una pensión. Le quedaban cuatro, así que los pasó en su hospital de siempre, donde había recuperado su plaza.
Llegó 1996, se jubiló oficialmente y se marchó a África de la mano de varias ONG. “A mí la guerra me persigue porque salgo de El Salvador y caigo en Somalia. Salgo de allí y caigo en Angola. Y otra vez a operar sin nada. Y después termino en Angola y me voy a la República Democrática del Congo: otro desastre, otra guerra. Pero ya terminé con eso, dejé de operar a partir del año 2005”, concluye.
Es inevitable preguntarle por sus recuerdos de Somalia en aquel 1996, cuando el país se desangraba en un conflicto que ha degenerado en el Estado fallido que es hoy. “Recuerdo las ganas de salir de allí y no volver más; ese país me hace cambiar a peor, sales sintiéndote más mala persona que cuando entraste”, responde con enfado. “Son unos hijos de puta terribles, no lo aguantaba más. Siempre con fusiles, me robaban en el hospital y si me quejaba me sacaban el arma y me preguntaban si de verdad quería protestar”. En una ocasión casi le matan, dice, porque alquiló un automóvil a una kabila (una tribu) y otra se ofendió porque no se lo había pedido a ellos. “Dispararon al coche y asesinaron a mi guardaespaldas, el chófer fue herido y yo salvé la vida de milagro”.


Sergio Adámoli escucha a un grupo de mujeres durante una reunión para iniciar un proyecto de planificación familiar en Beleko, Malí.


Sí tiene buenas palabras para las mujeres de Somalia, “todas lindísimas pero todas mutiladas”, recuerda con pesar. Entre ellas, una excepcional: la sultana de Merka, que se oponía a la ablación. “Me sorprendió porque yo intentaba que anestesiaran a las chicas para que la práctica fuera menos dolorosa y ella no quería. ‘Si no hay dolor cortan más, pero si les duele las niñas lloran, se mueven y patalean, así que les cortan menos’, me dijo”.
Sergio Adámoli no es un anciano que viva sumergido entre recuerdos del pasado. La razón principal es que no tiene tiempo porque aún hoy, pese a haber dejado de operar, sigue en activo. Trabaja para Medici in África, una organización que pertenece a la Universidad de Génova y que ofrece cursos de formación in situ a jóvenes doctores y enfermeras africanos. Ya no viaja tanto por dos razones: que los seguros no se la juegan con él, —“no me aseguran porque soy muy viejo y el riesgo de que me muera fuera es alto”—, y porque la crisis económica redujo los fondos para la cooperación al desarrollo, y él lo ha notado.
A pesar de los obstáculos, el cirujano acaba de terminar un trabajo de tres meses con la ONG vasca Osalde en Beleko, un pueblo del Malí más rural, donde ha estado enseñando un curso de cuidados post operatorios a las enfermeras del centro de salud. Aunque dice que no puede soportar más el calor de esta parte del Sahel, ha trabajado hasta el último día, que ha empleado en reunirse con un grupo de mujeres y con las autoridades locales para impulsar un programa de planificación familiar. Y vuelve ya mismo a Génova, donde no se podrá quedar mucho tiempo de brazos cruzados: en marzo recibirá a un grupo de 30 jóvenes enfermeros y matronas de Senegal para recibir una formación de tres meses.
¿Extraña operar? Sí y no, afirma. “En los últimos tiempos tenía bastantes dificultades y después de una intervención me quedaba pensando si lo había hecho bien. Pero me gustaba mover las manos, inventarme cosas… Cada cirugía era diferente”.

Libertango ( de Piazzola por Michel Camino )