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Mostrando entradas con la etiqueta Empatía. Mostrar todas las entradas
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lunes, 15 de junio de 2020

Schopenhauer ; es la mas grave locura sacrificar la salud a cualquier cosa


 comienza este capítulo insistiendo en que este aspecto es, con mucho, el que más aporta a la felicidad, tras lo cual el autor pasa a concretar qué es lo que recae entre las cosas que uno es.189 Entre éstas, la primera y más importante, asegura, es tener alegría de espíritu (Heiterkeit des Sinnes), la cual nada tiene que ver con la posesión de riquezas (más bien al contrario) y sí mucho con la de una buena salud, pues «las nueve décimas partes de nuestra felicidad se fundan solamente en la salud».190Por eso mismo,
«es la más grave locura sacrificar la salud a cualquier otra cosa: riqueza, carrera, estudios, fama, por no hablar de la voluptuosidad y los goces fugitivos; más bien hay que subordinarlo todo a ella».191
No obstante, la salud no es condición suficiente de aquella alegría, la cual parece depender mucho del temperamento: por ejemplo, los melancólicos tienden a verlo todo negro; según sean las personas, tienen mayor o menor receptividad para lo agradable o lo desagradable, etc.192
Parcialmente emparentada con la salud, la belleza contribuye indirectamente a la felicidad por la impresión que produce sobre los demás, sirviendo como una «carta abierta de recomendación, que nos gana los corazones de antemano».193
Los dos enemigos de la felicidad son el dolor y el tedio; la vida humana oscila entre uno y otro, pues cuando la necesidad y el dolor cesan, se presenta el aburrimiento. La capacidad de alejarse de éste depende de las fuerzas intelectuales: en este sentido hay personas que tienen un gran vacío interior, lo que les mueve a buscar con avidez estímulos externos; a ello se opone la riqueza interior, espiritual, que, sin embargo, conlleva una mayor sensibilidad para los dolores morales en general.194 Esto se relaciona asimismo con la sociabilidad, pues
«cuanto más tiene uno en sí mismo, tanto menos necesita de fuera y tanto menos pueden, asimismo, ser los demás para él. Por eso conduce la eminencia del espíritu a la insociabilidad.»195
Schopenhauer insiste en esta distinción, y escribe:
«La gente vulgar se preocupa tan sólo de pasar el tiempo; quien tiene algún talento, en aprovecharlo

sábado, 29 de febrero de 2020

Gente así van a hacerte mejor la vida

Alguna vez te he escuchado decir que con los años ha pasado de valorar la inteligencia por encima de todo a la bondad.
Hay una sabiduría natural que no necesita lecturas, pero que si las tiene, las aprovecha. La persona que tiene sabiduría natural nunca te va a rechazar un libro. Lo va a poder entender más o menos, pero lo va a aprovechar. A mí me gusta la gente esponja, pero con un buen corazón. Son las que, además, van a hacerte mejor la vida, en las que puedes confiar. Es fundamental tener personas en las que confiar porque si no sería espeluznante. El mundo se ha vuelto muy cínico y más que nunca son necesarias las personas que te dicen ‘no puedo seguir contigo porque tengo una vecina que está enferma, sola y le voy a hacer la comida’. Que existan personas así me justifica la vida.

sábado, 13 de abril de 2019

La edad de la empatía ( del Blog un libro junto al fuego)

La edad de la empatía
AUTOR: Frans de Waal
TÍTULO ORIGINAL: The age of empathy. Nature´s lessons for a kinder society
GÉNERO: Ensayo, Divulgación Científica
AÑO: 2009

RESUMEN: ¿Somos altruistas por naturaleza? ¿O hemos venido al mundo sólo para luchar por nuestros propios intereses y nuestra supervivencia? A partir del análisis de la conducta de diversas especies de mamíferos, Frans de Waal demuestra que la empatía es un rasgo ancestral que caracteriza tanto a animales como a humanos.

OPINIÓN PERSONAL Y TEMASLa Edad de la empatía es un ensayo que creo que es IMPRESCINDIBLE sobre la empatía, el egoísmo, el individualismo, y la compasión. La mayoría de lo que se encuentra en este libro son hechos científicos interpretados desde un punto de vista científico. Algunas son opiniones subjetivas, con las que no estoy siempre de acuerdo, pero que considero que son un anclaje importante sobre el que pensar y debatir para cualquiera que considere el tema del libro interesante e importante.

Frans de Waal, el autor, es un reconocido investigador especializado en etología, psicología y primatología. Ha escrito numerosos libros de divulgación científica como El mono que llevamos dentro o La política de los chimpancés.

Hay dos ideas que se pueden sacar de la lectura de La edad de la empatía. La primera es que los humanos somos animales y que cualquier idea que tengamos de que somos especiales es una absurdez. Todas nuestras cualidades vienen de nuestro pasado evolutivo, la cultura no apareció de repente por arte de magia (o divina) con la llegada del Homo sapiens, y tampoco la compasión o la empatía, cuestiones sobre las que la humanidad siempre ha querido tener la exclusiva. La segunda es que la sociedad actual en la que vivimos remarca mucho más las cualidades de confrontación (como la competencia) y olvida fomentar las que permiten la existencia misma de la sociedad (como la empatía).

Somos capaces de sentir un profundo desprecio hacia cualquiera que tenga una apariencia diferente o piense de otra manera que nosotros, incluso hacia grupos vecinos con un ADN casi idéntico, como ocurre entre israelíes y palestinos (…). La empatía hacia «otra gente» es el único bien del que el mundo está más falto que de petróleo”.

De Waal ahonda en lo anterior y muestra nuestro parecido con nuestros primos más cercanos, los
Bonobo, también conocido como
chimpacé enano. Fuente de imagen:
Wikipedia
chimpancés y los bonobos. Los chimpancés viven en sociedades más agresivas, dominadas por los machos, practican la guerra e incluso el asesinato. Los bonobos son pacíficos, altamente cooperativos, matriarcales y cualquier enfrentamiento es rápidamente sosegado a través del sexo, se podría decir que su lema es “haz el amor y no la guerra”. Los seres humanos tienden a resaltar su lado chimpancé y olvidan adrede a los bonobos. Sin embargo, tenemos ambas cualidades ¿por qué entonces se habla más de las negativas que de las positivas? Mucha culpa de ello, y de la interpretación sesgada que se hace de la supervivencia del más apto, es del uso pésimo que de ella hacen los políticos y economistas, quienes la han tergiversado a su antojo. Alaban la competencia y el egoísmo, como si fueran el motor de la especie. El egoísmo (y la estupidez) ha llegado a escalas tan altas que el político Newt Gingricht culpó a la población de Nueva Orleans de haber sido (ojito) tan carente de preparación que “literalmente no pudieron apartarse del camino del huracán” tras el desastre del Katrina, y reclamó una investigación del “fracaso de la ciudadanía”.

Sin embargo, y a pesar de economistas, políticos y darwinistas sociales, cuando se leen atentamente los estudios de biólogos, psicólogos y antropólogos, la conclusión a la que se llega es que:

Somos animales grupales: altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, a veces beligerantes, pero principalmente amantes de la paz”.

A lo largo de todo el libro asistimos a ejemplos de altruismo entre diferentes especies, sobre todo en simios, para ilustrarnos cómo la empatía está presente en diferentes especies.

Cuando Washoe oyó a otra hembra gritar y caer al agua, pasó entre dos cables eléctricos que normalmente disuadían a los monos de que intentasen alcanzar a la víctima, mientras ésta se debatía inútilmente. Washoe se adentró en el resbaladizo fango que bordeaba el foso, agarró del brazo a la otra hembra y tiró de ella hasta rescatarla. Obviamente la hidrofobia no puede vencerse sin una motivación que la supere (…) Esa clase de heroísmo es común en la vida social de los chimpancés. Por ejemplo, cuando una hembra reacciona a los gritos de su aliada defendiéndola de un macho dominante, se pone a sí misma en peligro. A menudo he visto hembras de chimpancé romperse la cara por sus amistades (…) El compromiso con los otros, la sensibilidad emocional hacia su situación y la comprensión de la clase de ayuda que puede ser efectiva constituye una combinación tan nuestra que a menudo la calificamos de humana. (…) pero nuestra especie no es la primera ni la única cuyos miembros ayudan a otros con conocimiento de causa”.

Frans de Waal. Fuente de imagen: Wikipedia
Nos explica también de Waal otras muchas cosas, como que por ejemplo parece haber una diferencia entre sexos en cuestión de empatía y de compasión: desde bebés, las niñas parecen tener estas capacidades más desarrolladas.

lunes, 7 de mayo de 2018

La practica reflexiva en la medicina actual

La práctica reflexiva no nos dirige específicamente a aclarar un error estrictamente técnico, sino más bien, una postura inadecuada, un prejuicio sin fundamento, una indiferencia o una imprudencia, una impaciencia excesiva, una angustia paralizante, un optimismo o un pesimismo exagerados, un abuso de poder, una indiscreción injustificada, una falta de tolerancia o injusticia, un fallo de anticipación o de perspicacia, un exceso o falta de confianza, un conflicto de interés..; en definitiva, actitudes y prácticas relacionadas con los pacientes, el saber, el trabajo, la organización, etc

viernes, 2 de marzo de 2018

Elon Musk da una lección de inteligencia emocional

En un artículo publicado en el Huffpost, Travis Bradberry, coautor de ‘Emotional Intelligence 2.0’, reveló los los rasgos propios de una persona con alta inteligencia emocional:
  • Clasificas mejor tus emociones: Al parecer tan sólo un 36% de las personas saben interpretar e identificar correctamente sus emociones. Carecer de esta habilidad provoca que las decisiones se tomen irracionalmente en base a una emoción identificada equívocamente. Por ejemplo, algunos individuos con menos inteligencia emocional tal vez describan su sentimiento como “malo”, mientras que otros serán más específicos empleando términos como “nervioso”, “frustrado” o “irritable”.
  • Sientes curiosidad por las personas: La curiosidad puede equivaler en muchas ocasiones a la empatía, una de las principales claves para tener alta inteligencia emocional. Cuanto más te preocupes por las personas y su situación, más curiosidad sentirás.
  • Aceptas los cambios positivamente: Saber adaptarse a los cambios es clave para tener inteligencia emocional. Las personas más inteligentes emocionalmente saben que el miedo a cambiar sólo les frenará, y se enfrentan al mismo eficazmente.
  • Sabes cuáles son tus fortalezas y debilidades: Conocer bien tus puntos fuertes, así como los más débiles, significa que eres una persona con inteligencia emocional. Así, es importante también que identifiques qué ambiente y situación favorece tu desempeño.
  • No te ofendes fácilmente: Sabes quién y cómo eres, así que es difícil ofenderte. Tomarse las cosas con humor suele ser clave en una persona con inteligencia emocional.
  • Eres muy intuitivo: Sabes interpretar a las personas, entender cómo son y las circunstancias por las que están pasando.
  • Sabes cómo decir que ‘no’: Las personas con inteligencia emocional suelen caracterizarse por ser racionales e identificar su límite. Saber decir que ‘no’ es síntoma de autocontrol y organización, ya que de lo contrario posiblemente te sometas con mayor frecuencia a situaciones estresantes.
  • No te atascas en tus errores: Si tienes inteligencia emocional probablemente tengas mayor capacidad para aceptar tus fallos. Esto no implica que te olvides de ellos por completo, más bien aprendes de los mismos y los tienes en mente para no repetirlos en el futuro; pero el fracaso no te frena, más bien te motiva a ser mejor. Así, tampoco buscas la perfección, sino te centras en lo que has logrado y lo que conseguirás más adelante.
  • Dar sin recibir a cambio: Pensar en el resto sin esperar nada a cambio es un rasgo muy característico de las personas con inteligencia emocional.
  • Sabes tratar con las personas tóxicas: Obviar una actitud negativa es muy complejo, pero se trata de una característica fundamental en una persona con inteligencia emocional. Generalmente suelen identificar sus propias emociones y no dejar que las de la otra persona influyan negativamente en ellas. Así, intentan ponerse en su lugar para entender y manejar la situación mejor. Si tienes dificultades con este aspecto descubre cuáles son las claves para lidiar con tu compañero que no sabe trabajar en equipo y adopta técnicas para calmar discusiones en el trabajo.
  • Aprecias lo que tienes: Ser agradecido por lo que tienes mejora tu humor notablemente, un rasgo propio de las personas con inteligencia emocional. Así, suelen evitar detenerse en los pensamientos negativos, ya que cuanto más importancia les das, más poder tendrán.
  • No permites que nadie disminuya tu felicidad: Si te sientes satisfecho con tu labor, las opiniones negativas del resto no te influirán tanto. Tiendes a no compararte con los demás y sabes como tomarte una crítica constructiva.

domingo, 4 de diciembre de 2016

The Heart and the Bottle


A gentle reminder of what we stand to lose when we lock away loss.

“Children … are the most attentive, curious, eager, observant, sensitive, quick, and generally congenial readers on earth,” E.B. White famously asserted in an interview, admonishing: “Anyone who writes down to children is simply wasting his time. You have to write up, not down.” And yet down we write still, deaf to White’s wisdom and to Tolkien’s insistence that there is no such thing as writing “for children” and to Gaiman’s crusade against the spiritual disservice of shielding children from difficult emotions.
Nowhere is this disservice clearer than in how we address children’s experience of life’s darkest moments, as evidenced by the minuscule the pool of intelligent and imaginative books that help kids make sense of death and loss. And nowhere is there more heartening an antidote than in The Heart and the Bottle (public library) by the inimitable Oliver Jeffers.

Jeffers tells the story of a little girl, “much like any other,” whose expansive and exuberant curiosity her father fuels by reading to her all sorts of fascinating books about the sea and the stars and the wonders of our world.




We witness the duo’s blissful explorations until, one day, we realize that the father is gone — the little girl finds herself facing the empty chair.


With exquisite subtlety and economy of words, Jeffers — whose mastery of the interplay between darkness and light extends as much to the paintbrush as it does to the psyche — silently uncorks the outpour of hollowing emotions engendered by loss.
But if grief is so disorienting and crushing an emotion for adults, how are unprepared little hearts expected to handle its weight? The little girl cannot, and so she doesn’t.

Feeling unsure, the girl thought the best thing was to put her heart in a safe place.
Just for the time being.
So she put it in a bottle and hung it around her neck.
And that seemed to fix things … at first.
But as Simone Weil knew when she considered how resisting our suffering splits the psyche asunder, and as Rilke knew when he wrote that “death is our friend precisely because it brings us into absolute and passionate presence with all that is here, that is natural, that is love,” the little girl soon finds out that locking away the pain also locks away her capacity for love and aliveness.

Although, in truth, nothing was the same.
She forgot about the stars… and stopped taking notice of the sea.
She was no longer filled with all the curiosities of the world and didn’t take much notice of anything…


One day, while walking on the beach where she had once strolled blissfully with her father, the “girl” — now a grown woman — encounters another girl still little and still filled with the boundless and buoyant curiosity that had once been hers. Suddenly, she is reminded of all she lost when she locked away loss.

So she sets out to liberate her heart from its glassy prison — but the bottle has been fortified by years of self-protection.



The bottle couldn’t be broken. It just bounced and bounced … right down to the sea.
But there, it occurred to someone smaller and still curious about the world that she might know a way.




The heart was put back where it came from. And the chair wasn’t so empty anymore.
Although such extensions typically tend to be gimmicky at best, if not a pure travesty of storytelling, the app version of the story is excellent beyond words.

Still, an app can never measure up to the tender, tangible magic of a book — and in a great book, even a detail as subtle as the endpapers never fails to enchant. E.B. White himself knew this and cared deeply about the endpapers of Charlotte’s Web even as he acknowledged that “probably not more than 1800 people in the United States have ever heard the word ‘endpaper.’” Jeffers clearly knows this as well — the book’s endpapers are a treat in their own right. The front set celebrates the bond between a little girl and her paternal figure in its various permutations — a father, a grandfather, perhaps a kindly uncle — and the back set tickles the science-lover’s curiosity with a minimalist illustrated anatomy of the human heart.


The Heart and the Bottle is an immeasurable delight from endpaper to endpaper. Complement it with other exceptional children’s books about grief— including the Japanese pop-up masterpiece Little Tree and the Norwegian gem My Father’s Arms Are a Boat — then revisit Jeffers’s equally wonderful Once Upon an Alphabet, one of the best children’s books of 2014.
Jeffers has also explored the subject of grief with equal subtlety and genius in a grownup project celebrating the art of bearing witness.
Illustrations courtesy of Oliver Jeffers; photographs my own

viernes, 2 de septiembre de 2016

Verguenza ajena

Una vergüenza empática
Smith añade que la vergüenza ajena es un sentimiento es paradójico. Por un lado, tiene una parte de burla y exclusión. Pero por otro lado, también tiene una parte de empatía, ya que nos estamos poniendo en la piel del otro. “Estos impulsos aparentemente contradictorios apuntan a la importancia del grupo por encima del individuo, motivo que según algunos lingüistas ha llevado a los hispanoparlantes a darle nombre a esta emoción”, escribe la autora.
En este sentido, el neurocientífico alemán Frieder Michel Paulus publicó un estudio en 2013 sobre la relación de la vergüenza ajena con la empatía. Su experimento mostraba que cuando otras personas contravenían normas sociales, en el cerebro del espectador se activaban las mismas regiones que en momentos empáticos. “Cuando tienes vergüenza ajena sientes empatía por alguien que pone en peligro su integridad al violar las normas sociales, se trata de una vergüenza empática”, explicaba Paulus en declaraciones recogidas por Sinc. Es decir, nos estamos poniendo en su lugar o, mejor dicho, en el lugar en el que consideramos que deberían estar, porque lo cierto es que ni siquiera pasan cerca.
Smith también añade que en España, “el miedo a perder la dignidad o el orgullo -ambos términos en español en el original- se consideran muy pronunciados”. E incluso recuerda que la última pieza de comida en una ración compartida es “la de la vergüenza”. Al mismo tiempo, “también es una cultura en la que los lazos de simpatía son muy intensos”.
Traducir palabras intraducibles
Smith recuerda que todo el mundo siente vergüenza ajena, aunque no sepa ponerle nombre. Y también que el término existe en otros idiomas: en alemán esFremdscham, en finlandés es myötähäpeä (vergüenza compartida) y en holandés es plaatsvervangende schaamte (vergüenza que intercambia su lugar).Fremdschämen, por cierto, se incluyó en el diccionario alemán Duden en 2009, lo cual no quiere decir que los alemanes no sintieran esa emoción hasta ese año o que los españoles la sintiéramos más que los alemanes, pero solo hasta 2009.
El hecho de que un idioma no tenga una palabra para describir una experiencia se llama “hipocognición”, un término acuñado por el antropólogo Robert Levy. Según contaba Levy, en Tahití no había una palabra para expresar el concepto de “pena”. Por supuesto, la sentían, pero la describían como un estado de extrañeza o de malestar. Según Levy, esto llevaba a la ausencia de rituales para aliviar esta pena, lo que era la principal causa del alto índice de suicidios en la isla.
El efecto del lenguaje en nuestro pensamiento se considera hoy en día bastante más moderado y circunscrito a experiencias muy concretas. Por ejemplo, en ruso, el celeste se considera un color diferente al azul más oscuro, tal y como nosotros diferenciamos entre el rosa y el rojo. Esto lleva a que los hablantes de ruso sean más rápidos al categorizar los diferentes tonos de azul. El hecho de que tengamos palabras para sentimientos, experiencias o colores concretos, también ayuda a nuestra memoria, según recoge Scientific American. Pero poco más, como apunta Steven Pinker en The Language Instinct, donde subraya que el pensamiento no es lo mismo que el lenguaje.
Además de eso, también hay que recordar que todas las palabras se pueden traducir, aunque siempre se pierdan matices y connotaciones. En inglés vergüenza ajena se suele traducir por “vicarious embarrassment”, que a su vez significaría “vergüenza indirecta”. Eso sí, aunque se entiende perfectamente, no se trata de una expresión fija y de uso común.

miércoles, 20 de julio de 2016

¿Les pasa? - Leila Guerrero ( atentado en Niza)


¿No les pasa que a veces descubren que tienen el corazón como un pedazo de carne atravesado por un anzuelo?

Miles de personas guardan un minuto de silencio por los muertos en Niza. EFE
¿Les pasa que, a veces, aunque todo esté bien, y el gato esté bien, y los padres estén bien, y los hermanos estén bien, y los primos y los tíos estén bien, y los hijos estén bien, y el trabajo esté bien, y los árboles del patio estén bien, y el jardín esté bien, y las macetas estén bien, y la comida esté bien y las ganas de cocinar estén bien, y los libros estén bien, y los poemas estén bien, y el sol que entra por las ventanas esté bien, y las plantas del balcón estén bien, y los pisos estén bien, y los amigos estén bien, y los bares estén bien, y el vino esté bien, y las calles y las cosas que hay en las calles estén bien, y los vecinos estén bien, y el barrio esté bien, y la ropa —prolijamente colgada en los placares— esté bien, y las cajas con fotos viejas —prolijamente guardadas en los placares— estén bien, y el mantel esté bien, y la mesa esté bien, y las cortinas estén bien, y el clima esté bien, y el auto recién lavado esté bien, y los recuerdos estén bien, y el cuerpo esté bien, y los óvulos y el esperma y el hígado y las glándulas y los isquiones y los fémures estén bien, y las canciones estén bien, y los viajes estén bien, y las paredes estén bien, y los cuadros estén bien, y las hornallas estén bien, y las ventanas estén bien, y el agua esté bien, y el pasado que nunca termina de pasar esté bien, y los pies estén bien, y las manos estén bien, y los ojos estén bien, y las sábanas estén bien, y el pan esté bien, y el desayuno esté bien, y la cena esté bien, y el amor y el dolor estén bien, y el perro esté bien, y todo esté bien, no les pasa que a veces descubren que tienen el corazón como un pedazo de carne atravesado por un anzuelo, la garganta llena de piedras, la vida pegajosa como lana húmeda, y se encuentran sin nada que querer, ni que decir, ni que esperar: sin nada? A mí me pasó. El otro día. Era jueves. Eran las cinco de la tarde.

domingo, 20 de marzo de 2016

domingo, 13 de marzo de 2016

La amistad amorosa entre un pinguino y un hombre . Carlin . El Pais

“Odio y detesto a ese animal llamado hombre”. Jonathan Swift

La historia de amor entre un anciano brasileño y un pingüino dio la vuelta al mundo la semana pasada. João Pereira de Souza, viudo de 71 años, se encontró al pingüino hace cinco años cubierto de alquitrán en una playa cerca de su humilde hogar. Lo limpió, le dio de comer unas sardinas y lo lanzó al mar. El pingüino nunca se olvidó de su salvador. Vuelve a visitarle con regularidad, conviviendo con Pereira semanas o incluso meses antes de regresar a su gélido habitat natural.
Según un reportaje en The Wall Street Journal, los dos pasean juntos por la playa, se bañan en el mar. Si un perro o un gato se acerca a Pereira, el pingüino lo espanta con aleteos y chillidos. “Lo quiero como si fuera mi hijo”, dice Pereira, cuyos hijos en Río de Janeiro se quejan de que dedica más tiempo el pingüino que a ellos.
¿Por qué causó tanto interés la noticia? Será en parte porque a los seres humanos nos fascinan las historias (solo hay que darse una vuelta por YouTube para verlo) que revelan nuestra afinidad con los demás habitantes de la tierra. Criados en casi todas las culturas con cuentos o películas de animales a los que se les atribuyen características humanas (viene a la mente Madagascar con su león, jirafa, burro, hipopótamo y simpática tropa de pingüinos), parecemos tener una necesidad de creer que algo de verdad hay en estas fantasías infantiles.
Por otro lado, la historia del hombre que adoptó al pingüino, o del pingüino que adoptó al hombre, apela a valores que no suelen saltar a la vista en las noticias que recibimos en nuestros teléfonos móviles, iPads, radios, televisores o, para los nostálgicos, en periódicos de papel. Puede ser que el pingüino solo vaya a visitar al viejo por sus sardinas, pero nos conmueve la historia porque elegimos ver una inusual pureza en la relación hombre y animal, una sencilla reafirmación de valores como la generosidad, la lealtad y el afecto incondicional que no acostumbramos a ver cuando leemos sobre los atentados terroristas de los islamonazis, la desesperación de los refugiados sirios, el cinismo putinesco, la imbecilidad trumpiana, la rapacidad de las multinacionales, los nacionalismos rabiosos, la malhumorada parálisis que hoy define a la política española y la corrupción de los gobernantes mire uno por donde mire, por ejemplo en el país de João Pereira donde el expresidente Lula fue detenido la semana pasada por la policía.
Vi la historia de Pereira y el pingüino y pensé inmediatamente en unas líneas de un poema de Walt Whitman que ronda en mi cabeza desde la primera vez que lo leí hará más de 30 años. Aquí van, traducidas:
Creo que podría dar la vuelta y vivir con los animales,
Son tan plácidos e independientes,
Me detengo y los observo largo rato.
Ellos no se trastornan ni lloriquean por lo que les toca vivir,
No permanecen despiertos en la oscuridad llorando por sus pecados.
No me enferman con sus discusiones sobre el deber a Dios.
Ninguno está insatisfecho, ninguno enloquece con la manía de poseer cosas,
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante sus antepasados que vivieron hace miles de años,
Ninguno es respetable o desdichado en toda la faz de la tierra.
La idea que quiere transmitir Whitman se podría resumir en la famosa cita, atribuida entre muchos a Charles de Gaule, “Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro”. O sea, contemplamos las mezquindades de los seres humanos y los desastres que provocan y nos cuestionamos la premisa en la que se basan la mayoría de nuestras creencias, que somos superiores al resto de las criaturas del mundo animal, que nosotros —y solo nosotros— estamos hechos a imagen Dios. Se ha escrito bastante sobre el tema, con la opinión científica dividida entre aquellos que concluyen que somos especiales y los que ven al ser humano como una bestia más de la naturaleza.
Un biólogo británico llamado Henry Gee ha escrito un libro en el que concluye que no hay diferencias cualitativas entres los hombres y los animales. No representamos la cima de la evolución; no somos más excepcionales, argumenta Gee, “que un conejillo de indias o un geranio”. Marc Bekoff, profesor universitario neoyorquino, es un experto sobre el comportamiento de los animales que ha escrito sobre la vida emocional de las abejas, el altruismo de las ratas, la espiritualidad de los chimpancés. Berkoff comparte con Gee la opinión de que la diferencia en la complejidad mental de los hombres y los animales es meramente proporcional.
En el otro lado del debate está Michael Tomasello, un psicólogo estadounidense que se ha dedicado su vida a investigar las diferencias entre los humanos y los primates. Tomasello concluye que la diferencia elemental reside en que nosotros somos capaces de cooperar para lograr objetivos comunes y que ellos son casi siempre por naturaleza egoístas y competitivos. O sea, que somos animales sociales poseídos de la virtud de la empatía, capaces de dar el salto mental que nos permite entender las emociones y necesidades —incluso la lengua y la cultura y la religión— del prójimo.
Persuasivo, Tomasello. Me inclino más hacia su tesis. João Pereira siente amor; el pingüino siente hambre. Pero el hecho de que nuestros procesos cerebrales sean más complejos que los de los animales no nos convierte en seres más sensatos, nobles o decentes. Por eso me inclino también hacia la visión de Whitman: los animales dan menos asco que nosotros. En Los viajes de Gulliver, una salvaje sátira contra lo que entendemos como la civilización, Jonathan Swift acaba comparando los vicios, las idioteces y las crueldades de los humanos, los yahoos, con la racional serenidad de los caballos. Gulliver, anticipándose a Whitman, acaba conviviendo en un establo con dichos animales. Se anticipa también a João Pereira, que parece preferir la compañía de su amigo el pingüino a la de los seres de su propia especie. Es difícil convencerse de que carece de razón.

viernes, 22 de enero de 2016

The Heart and the Bottle

 A Tender Illustrated Fable of What Happens When We Deny Our Difficult Emotions

A gentle reminder of what we stand to lose when we lock away loss.

“Children … are the most attentive, curious, eager, observant, sensitive, quick, and generally congenial readers on earth,” E.B. White famously asserted in an interview, admonishing: “Anyone who writes down to children is simply wasting his time. You have to write up, not down.” And yet down we write still, deaf to White’s wisdom and to Tolkien’s insistence that there is no such thing as writing “for children” and to Gaiman’s crusade against the spiritual disservice of shielding children from difficult emotions.
Nowhere is this disservice clearer than in how we address children’s experience of life’s darkest moments, as evidenced by the minuscule the pool of intelligent and imaginative books that help kids make sense of death and loss. And nowhere is there more heartening an antidote than in The Heart and the Bottle (public library) by the inimitable Oliver Jeffers.

Jeffers tells the story of a little girl, “much like any other,” whose expansive and exuberant curiosity her father fuels by reading to her all sorts of fascinating books about the sea and the stars and the wonders of our world.




We witness the duo’s blissful explorations until, one day, we realize that the father is gone — the little girl finds herself facing the empty chair.


With exquisite subtlety and economy of words, Jeffers — whose mastery of the interplay between darkness and light extends as much to the paintbrush as it does to the psyche — silently uncorks the outpour of hollowing emotions engendered by loss.
But if grief is so disorienting and crushing an emotion for adults, how are unprepared little hearts expected to handle its weight? The little girl cannot, and so she doesn’t.

Feeling unsure, the girl thought the best thing was to put her heart in a safe place.
Just for the time being.
So she put it in a bottle and hung it around her neck.
And that seemed to fix things … at first.
But as Simone Weil knew when she considered how resisting our suffering splits the psyche asunder, and as Rilke knew when he wrote that “death is our friend precisely because it brings us into absolute and passionate presence with all that is here, that is natural, that is love,” the little girl soon finds out that locking away the pain also locks away her capacity for love and aliveness.

Although, in truth, nothing was the same.
She forgot about the stars… and stopped taking notice of the sea.
She was no longer filled with all the curiosities of the world and didn’t take much notice of anything…


One day, while walking on the beach where she had once strolled blissfully with her father, the “girl” — now a grown woman — encounters another girl still little and still filled with the boundless and buoyant curiosity that had once been hers. Suddenly, she is reminded of all she lost when she locked away loss.

So she sets out to liberate her heart from its glassy prison — but the bottle has been fortified by years of self-protection.



The bottle couldn’t be broken. It just bounced and bounced … right down to the sea.
But there, it occurred to someone smaller and still curious about the world that she might know a way.




The heart was put back where it came from. And the chair wasn’t so empty anymore.
Although such extensions typically tend to be gimmicky at best, if not a pure travesty of storytelling, the app version of the story is excellent beyond words.

Still, an app can never measure up to the tender, tangible magic of a book — and in a great book, even a detail as subtle as the endpapers never fails to enchant. E.B. White himself knew this and cared deeply about the endpapers of Charlotte’s Web even as he acknowledged that “probably not more than 1800 people in the United States have ever heard the word ‘endpaper.’” Jeffers clearly knows this as well — the book’s endpapers are a treat in their own right. The front set celebrates the bond between a little girl and her paternal figure in its various permutations — a father, a grandfather, perhaps a kindly uncle — and the back set tickles the science-lover’s curiosity with a minimalist illustrated anatomy of the human heart.


The Heart and the Bottle is an immeasurable delight from endpaper to endpaper. Complement it with other exceptional children’s books about grief — including the Japanese pop-up masterpiece Little Tree and the Norwegian gem My Father’s Arms Are a Boat — then revisit Jeffers’s equally wonderful Once Upon an Alphabet, one of the best children’s books of 2014.
Jeffers has also explored the subject of grief with equal subtlety and genius in a grownup project celebrating the art of bearing witness.
Illustrations courtesy of Oliver Jeffers; photographs my own