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viernes, 15 de julio de 2016

Un encuentro con Frida

MEXICO > ARTE, MURALES Y AUTORRETRATOS

 

La Casa Museo donde vivió una de las artistas más reconocidas del siglo XX es el eje imperdible de una visita que sigue las huellas de Frida Kahlo en la capital mexicana. Junto con su vida y su poderosa obra se enlaza la de Diego Rivera. Y, con ambos, la historia del arte latinoamericano alcanza nuevas proyecciones y significados.
 
 Por Graciela Cutuli
Londres es una calle tranquila del barrio residencial de Coyoacán. Tranquila hasta que de pronto, en una de sus esquinas, una casa de un color azul vibrante rompe la monotonía de las fachadas discretas y se hace notar por encima de todas las demás. No hay que ser adivino para vincularla enseguida con la más famosa residente de aquellas manzanas, la “niña Fridita Kahlo” como la apodaba cariñosamente Diego Rivera. Probablemente el viajero haya venido hasta aquí expresamente atraído por la magia de su arte, por el potente imán del folklore mexicano que irradiaba su figura y por fortaleza con que encarnó, como nadie, el nuevo papel de la identidad femenina en el siglo XX.
De mañana o de tarde, y en cualquier época del año, siempre hay una larga cola de gente formando fila delante de aquella puerta. Son los turistas esperan su turno para entrar y visitar el lugar, a veces después de haber atravesado media ciudad (lo cual no es poco trajín cuando se habla de la capital mexicana). El Museo Frida Kahlo –o la Casa Azul como se la conoce generalmente– se ha convertido desde los años 60 en uno de los lugares que no se puede dejar de visitar cuando se viaja llevando en la memoria los colores y la mirada de los autorretratos de Frida. Los seguidores de su obra saben, sin embargo, que aquella mansión donde nació y falleció la artista no es el único lugar vinculado con su figura, ya que existe todo un circuito Kahlo-Rivera a través de las distintas colonias (así se llaman localmente los barrios) de México. Aunque naturalmente es el punto de partida ideal –además de recomendado y obligado– de cualquier visita temática relacionada con su figura.
El atelier de Frida, sus pinturas y su silla de ruedas, en el interior de la Casa Azul, en la capital mexicana.
LA CASA AZUL Coyoacán perdió quizás algo del lustre que tenía hace un siglo. Hoy las veredas necesitan unos toques de arreglo, y entre las grandes casonas de antes se deslizaron casas más sencillas. La Casa Azul es una de las primeras. Grandes piezas, techos altos, un jardín parquizado, dependencias en el fondo: ¿quién podría comprarse tamaña propiedad hoy día en pleno centro de un barrio residencial de la ciudad más poblada de las Américas? A fines del siglo XIX, fue la familia Kahlo. El padre había emigrado desde el Ducado de Baden, en Alemania, donde sus parientes eran joyeros y la madre era hija de una línea de militares de alto rango. Muy lejos de México, en alguna sala del MoMA de Nueva York, se los puede ver a todos, pintados y dispuestos a la manera de un árbol genealógico, unidos por medio de una Frida niña.
Magdalena Frida Carmen Kahlo Calderón –su notación completa en el registro civil– nació en 1907. Vivió buena parte de su vida en Coyoacán, en la casona familiar, aunque luego de sus casamientos con Rivera ocupó también otras moradas en la Ciudad de México y residió un tiempo en Estados Unidos. Pero siempre regresaba a la calle Londres y fue allí donde finalmente la encontró la muerte en 1954, siempre entre las paredes azules de la misma mansión.
Durante la visita, llama la atención una inscripción sobre un muro del patio que dice “Frida y Diego vivieron en esta casa 1929-1954”. Parece la versión resumida a lo esencial de algún cuento de amor, el epitafio de una pareja feliz. Sin embargo, los que conocen sus obras, los que la descubren en las salas de aquel museo, los que leyeron alguna vez su biografía o vieron la película sobre su vida saben que no fue exactamente así. Aunque apasionada, la relación entre ambos estuvo lejos de ser tranquila y feliz. Sin embargo, para bien o para mal están unidos en la historia y en el arte. Rivera es la otra cara del circuito que sigue las huellas de Frida. Omnipresente al lado de ella, luego de salir de la Casa Azul serán él y sus obras quienes guíen al visitante hacia otros destinos vinculados con su vida, con su mito.
Mientras tanto, el recorrido continúa, una tras otra, por las salas de la casa: obras propias y obras que inspiró, muebles y objetos; es en parte un museo y en parte una casa donde se siente que aquella mujer inspiradora ha salido apenas hace un rato y no tardará en volver. En la pieza que le servía de atelier, su silla de ruedas, su caballete (un regalo de Nelson Rockfeller) con un lienzo por terminar, su caja de colores y sus pinceles están listos. Volverá en cualquier momento.
Frida solía decir: “Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar?”. No necesita tampoco estar presente físicamente para que todos sientan su influencia, absortos en la contemplación de sus telas, los libros de su biblioteca u objetos de su querido México por todas las salas de la vivienda. Al lado de su taller, la diminuta cama donde dormía, en un pasillo, no deja de llamar la atención. Por la ubicación y por su pequeño tamaño. Es un recuerdo cruel y tangible de las malas jugadas que un cuerpo débil le jugó a una mente tan fuerte. Lo confirma la exposición temporaria que se presenta actualmente en torno a su vestimenta y su visión obsesivamente fragmentada del cuerpo humano, una muestra abierta en las piezas del fondo del patio, cruzando los jardines.
En la Casa Azul y en Museo Olmedo se reúne la mayor colección de obras de Kahlo.
AMORES Y ARTES Frida Kahlo se ha convertido hace ya mucho en un ícono de la cultura mexicana, al igual que la Catrina, un esqueleto de mujer elegantemente vestida con sombrero de pluma, boa y falda de gala. Frida y la Catrina están incluso una al lado de otra en una de las más famosas obras de Diego Rivera, Sueños de una tarde dominical en la Alameda Central. Fue el quien bautizó así al personaje de La Calavera Garbancera, que se ha convertido en otra figura declinada al infinito en recuerdos y objetos. Igual que la de Frida Kahlo.
Este mural es una de las obras más representativas de Diego Rivera. Se lo puede ver en el Museo que le ha sido dedicado al artista en pleno centro histórico de la ciudad, donde se conserva el magnífico fresco que es, de algún modo, un atajo por cuatro siglos de historia mexicana a través de 150 personajes. En el centro figura Rivera, como un niño, al lado de una Catrina y delante de Frida Kahlo. No es la única aparición de ella en las obras de él. Su cara también es recurrente en los graffiti y otras muestras de arte callejero sobre las paredes, bajo los puentes, en restaurantes y tiendas o en estaciones de subte (como en la de Insurgentes). Frida hasta tiene su estatua oficial en una plaza pública de Coyoacán: el Parque Frida Kahlo, para no buscar más lejos su nombre. Hace una segunda aparición notoria en un mural de la capital, esta vez en el magnífico conjunto de obras de su marido que adorna la escalinata central del Palacio Nacional, la casa de gobierno mexicana, sobre la plaza del Zócalo.
Diego Rivera pintó allí cinco grandes murales entre 1929 y 1951, para trazar la historia de Mexico a través de varias escenas, desde los tiempos precolombinos hasta mediados del siglo XX. Frida Kahlo es uno de los personajes más visibles y reconocibles. Bien le debía este protagonismo a quien fue dos veces su esposa. Entre los dos casamientos hubo separaciones y engaños pero sobre todo los vaivenes que impusieron el amor y la pasión. Diego y Frida se encontraron por primera vez en el Colegio de San Ildefonso, que es otro hito importante de este circuito. En aquellos tiempos era todavía una escuela, la Nacional Preparatoria, donde la joven Frida estudiaba con apenas 16 años. El era ya un artista reconocido y pintaba un fresco en el anfiteatro de esta histórica institución transformada luego en museo (fue una de las escuelas más antiguas del Nuevo Mundo, fundada en 1588). En este edificio se exhiben actualmente las obras de varios otros muralistas como Fernando Leal, David Alfaro Sequeiros y José Clemente Orozco.
La entrada a la Casa Museo de Frida Kahlo, punto central de un circuito sobre su vida y obra.
DE MUSEO EN MUSEO Después de pasar por la casa donde vivieron y el lugar donde se conocieron; después de admirar los principales murales de Diego Rivera, el circuito sin embargo está lejos de terminar. Imposible pasar por alto la casa donde vivieron y trabajaron ambos artistas entre 1934 y 1940. Los vecinos conocen esta propiedad como las Casas Gemelas y los turistas como el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo. Es una construcción de líneas rectas y de grandes ventanales, una de las primeras casas funcionalistas que hubo en el país. Fue diseñada especialmente para ellos cuando volvieron de vivir en Estados Unidos y cada uno tenía su taller propio. Sin embargo, Frida no se quedó y volvió a la Casa Azul luego de la muerte de su padre en 1941, mientras Diego Rivera permaneció en esa casa hasta su muerte, en 1957.
Paso a paso, casa tras casa, el retrato de Frida va emergiendo con mayor claridad, con toda su fortaleza y todo su sufrimiento. Pero al desenlace del paseo le quedan todavía dos museos por recorrer: el Anahuacalli y el Olmedo. La pareja nunca ocultó sus ideales y sus simpatías marxistas. Y una de sus aspiraciones era donar sus obras al pueblo mexicano. La Casa Azul formó parte de este plan y ha sido transformada en centro de exhibición a pedido de la artista. Por su parte la Casa del Valle de México (el significado en español de Anahuacalli) exhibe algunas otras obras, pero sobre todo la impresionante colección de 50.000 piezas arqueológicas reunidas por Diego Rivera. Es vox populi que no todas son originales, pero no le quita interés al museo, que merece la visita también por su construcción. Fue levantado con piedra volcánica y el diseño de su particular silueta recibió algunos trazos del arquitecto Frank Lloyd Wright.
Finalmente, dejando lo mejor para el final, se termina frente a lo que es la mayor colección de obras de Frida Kahlo, un imperdible para quien siga las huellas de su arte. Son unas 27 piezas, reunidas por la mecenas amiga de la pareja (y amante de él, según las malas lenguas) Dolores Omedo. El museo que lleva su nombre fue instalado en el casco de una antigua hacienda del siglo XVII, en medio de grandes jardines donde se pasean pavos reales y xoloizcuintles (aquella raza de perros mexicana que tiene pelos solamente sobre la nuca). El más valioso de todos los lienzos expuestos allí es el Autorretrato con changuito, donde Frida se pintó precisamente con uno de esos perros en brazos.
Las distancias y el tránsito –tristemente célebre– entre el sur y el centro de la capital mexicana y el barrio de Coyoacán diluyen este recorrido a lo largo de uno o dos días, sobre todo si lo quiere recorrer detalladamente. La gran mayoría de los visitantes se limita a la Casa Azul, que es de por sí el epicentro de la peregrinación, y a los murales del Palacio Nacional, cuando se lleva a cabo el itinerario clásico por el centro histórico de la ciudad. De todas formas, siempre quedan las obras, los libros, los recuerdos, las reproducciones y los souvenirs que cada uno puede llevarse de México, inspirados por una artista que forjó una obra muy personal y en la cual sin embargo –o tal vez precisamente gracias a ello– se reconoce y proyecta un país entero.

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